Textos sugeridos por Wilfredo Carrizales
Fotografías del sustituto ad hoc
1
Llegado a la estancia número sesenta y ocho, el escribidor se recuesta y comienza a rememorar en voz alta hechos y lecturas que abarcan sesenta y tres años.
Las grosellas siempre aparecían en los cuentos antiguos, en especial los de los hermanos Grimm y los de Perrault. Nunca vio esas bayas ni al arbusto que las producía, pero siempre sintió en su boca la carne jugosa y el sabor del licor preparado con ella. Las zorras merodeaban espesando la fecundidad hasta que debían huir, perseguidas por los lebreles y los jinetes sobre briosos corceles. Había lechuzas contemplando las escenas, ocultas detrás de sus ojos oscuros redondeados y manchando de ocre el horizonte... Las vulpejas lograban escapar y se metían dentro de la choza de Esopo y éste las incluía en el conjunto de fábulas que estaba escribiendo el famoso jorobado. Más allá aparecía La Fontaine trayendo en una mano, una raposa y en la otra, un cuervo y detrás le seguían la hormiga y la cigarra haciendo comentarios maliciosos y libertinos.
Merlín en la Mesa Redonda del Rey Arturo enseñando la poesía y la música y la risa como señal de lo porvenir. Los bosques coincidían en otorgarle supremacía, mas al final es vencido por el amor y sólo le queda el murmullo nemoroso, preámbulo de su letargo nostálgico. ¡Ah, y luego Moisés refugiado en Egipto portando la vara de Dios para hacer milagros y allí está haciendo brotar el agua al golpear una piedra con su cayado y entonando cánticos para preservarla! Y el Mar Rojo es sajado por Moisés y las culebras abandonan sus venenos para seguir sus consejos y Yahvé parece ganar la batalla y los crepúsculos se sostienen sobre brazos de oro que compiten entre sí. (Orfeo permanecía acompañando a los muertos con sus prácticas chamánicas y danzando entre confusos sueños para alejar a los demonios y ensancharse hasta la plenitud de su ser, prístino y distinto).
El Diablo iba tentando a los embriagados y el Doctor Fausto hizo un pacto con él y Mefistófeles al fin lo lleva a la tumba. Y se dice que el Doctor Fausto cometió horribles pecados y se convirtió en un personaje patético por obra y gracia del poeta Christopher Marlowe y Goethe lo transforma en héroe popular y Paul Valéry trata de intimar con él y la relación se trunca por la mitad hasta que Thomas Mann lo invita a acompañarlo. Y el Doctor Fausto fue llevado en alas de la música y subido al escenario para que con eficacia su figura y su leyenda no se olvidasen de modo tan expedito.
Y Gulliver disertando sobre poesía en el país de los caballos, mientras Jonathan Swift hace y deshace en Liliput y maldice a su patria irlandesa, ese “agujero sucio y miserable”, aunque el toque de campanas lo recibe doquiera que llegue. ¿Sería verdad que Swift nunca se rió en su vida? ¿Y su joroba tendría que ver con ello? ¿Moriría su sátira en la iglesia de San Patricio en Dublín adonde terminó arrumbado como decano?
F. Villon contemplando el mundo desde lo alto de una horca y su inmortal Balada de los Ahorcados abofeteando al mundo y Villon torturado y desterrado a perpetuidad de París y su rastro perdido para siempre, eslabonado a la soledad. Y he que allí aparece Grandes e inestimables crónicas del grande y enorme gigante Gargantúa y Rabelais gritando “¡Quiero beber!” y su maestro Ponócrates llenándole el vaso hasta el borde y obligándolo a usar el intelecto de manera combinada para que no se atrofie y Rabelais señala como guía “¡Haz lo que quieras!” y pare a Pantagruel y éste a Panurgo y ambos dan a luz extraordinarios goces colmados de vitalidad y contra las guerras y la absurdez de la justicia arbitraria.
2
El escribidor se mesa la barba, entorna los ojos a la usanza clásica y musita: “el arte no tiene finalidad” y cualquier lámpara no se eterniza ni la botella se resigna al naufragio. Y prosigue: “¡Bella cosa es el pubis de la mujer y si está casada, doblemente hermoso!”.
Asegura que cae junto a él el defecto de la naturaleza en forma de caracola o de rama seca entreverada. Asevera que la alegría viene y se va con una inocencia sin sometimiento. La ensoñación se sitúa en su vía y hacia allá parte lo que se esfuma y sólo aparece un eón después.
Walt Disney le presentó a un risueño y bondadoso anciano llamado Geppetto, quien vivía solo en su taller. Un día, el anciano se pone a fabricar un niño de madera y así nace Pinocho. Mas, ulteriormente, el escribidor descubre que al muñeco de madera lo habían extraído de Las aventuras de Pinocchio de Carlo Collodi y que no correspondía con la versión bobalicona y edulcorada de Disney. El “bueno y amable” Geppetto en realidad había creado al juguete para que le sirviera como esclavo y Pinocchio se rebela y decide vagar por las calles, pobre, hambriento, mentiroso, avaro, sin escrúpulos ni emociones. También se dedica a robar las pertenencias de Geppetto y a usar el dinero que obtiene de la venta de aquéllas en derrocharlo en vicios y en francachelas. Así que Walt Disney fue a parar al baúl de los desechos por tergiversador, mistificador, embaucador y manipulador de las almas infantiles.
Hace poco un voraz incendio casi quema por completo a Notre Dame de París. El escribidor contempla asombrado y triste las escenas televisivas del fuego y, de pronto, cree ver, agitándose entre las gárgolas, a Quasimodo el jorobado, interpretado por Lon Chaney, en un film del cine mudo. Nuestra Señora de París de Víctor Hugo acompañó al infante que leía a toda hora, durante muchos años, en una edición mejicana de la década de los cuarenta que había pertenecido a su abuelo materno. Mucho después vuelve a aparecer Víctor Hugo vinculado a la admiración que le profesaba Rubén Darío y se divisa el volcán Momotombo en una de las series de La leyenda de los siglos del escritor francés. Darío da la razón a Hugo, que llama a París la Ciudad Luz, y que para Rubén Darío será la capital de las capitales y en homenaje a ella escribe su libro Parisiana, publicado en Madrid en 1908.
Copias de los retratos fotográficos de Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire, colocados uno al lado del otro, reposaban sobre la mesa de trabajo del escribidor. A diario los observaba con detenimiento y comparaba sus miradas penetrantes, casi demoníacas y, por instantes, lo ganaba la turbación y el desconcierto y, también, un temor indescriptible. La contundente afirmación de Baudelaire acerca de que el objeto de la poesía era: “...sumergirse hasta el fondo del infinito para encontrar cosas nuevas...”, rebotaba de continuo en el ámbito del estudio del escribidor. La alquimia del dolor, la soledad y la proscripción se drenaron, muy adentro, en Las flores del mal y la abyección se tornó en su signo y el poeta se exiló de la hipocresía burguesa. “¡Qué enfermedad puede compararse con el alcohol!”, dijo Allan Poe y frente a él “La caída de la casa de los Usher” y el gato negro como demonio de la perversidad. (El escribidor evoca, con fruición estética, la versión de “The Fall of the House of Usher”, en cortometraje de Jan Svankmajer y sus pupilas se le dilatan de modo ostensible). Baudelaire admiraba en Poe “le ton le plus poétique de tous, le ton mélancolique”.
3
La energía alrededor del escribidor no se degrada y sus dardos pasan de una palma a la otra. Su mayor ahínco es catar cada palabra, cada frase, cada oración que salen de sus labios. Persigue las perspectivas a saltos y, de esta manera, aprehende la panóptica de los sucesos verbales.
Daniel Defoe obliga a desembarcar en una isla desierta (presumiblemente una perteneciente al archipiélago de Juan Fernández) a Robinson Crusoe e inaugura la novelística del encierro en una porción de tierra rodeada de mar (acaso una metáfora de la prisión que padeció el escritor por panfletario). Luego le concede al protagonista la compañía de Viernes (Veneris dies: día de Venus) para que no se sienta tan solo y sin mujer. (Uno de los seudónimos de nuestro Simón Rodríguez era Samuel Robinson. ¿Quizá el Robinson procede del apellido del protagonista de la novela de Defoe? ¿Y Samuel Robinson era un perseguidor contumaz de la utopía social a partir de cero?). Defoe ganó fama como prófugo y presidiario y murió pobre y en la indigencia. El otro Robinson, Samuel, se extinguió en la miseria, olvidado, sin ningún Viernes que lo asistiera.
Formando parte de los tomos del Tesauro de la Juventud llega a la breve biblioteca de una de las tías maestras, La Isla del Tesoro, y aquel niño, a la sazón, de siete años, se “apodera” de la novela de R. L. Stevenson y la va engullendo noche tras noche sobre la cama, a la luz de una vela. De inmediato, se identifica con Jim Hawkins y, a la par de éste, también inicia su aprendizaje. En la Isla del Esqueleto traba conocimiento de los piratas y se entera de que hay un tesoro enterrado y la figura de John Silver El Largo lo amilana y le causa pavor... Afluyen con el correr de los años noticias desconocidas sobre la novela de marras y sobre su autor. Stevenson dijo: “Esto es mi deuda con Washington Irving que ejerce en mi conciencia y justamente es así; ya que creo que el plagio raras veces fue llevado más lejos... El espíritu interior y mucho detalle del material de mis primeros capítulos es propiedad de Washington Irving”. El escribidor abejorrea un poco y, de seguida, rumia, apretándose la cabeza: “A partir de las lecturas de la novela de Stevenson se inició en mi mente un decidido deseo de trabar conocimiento con los mundos perdidos e inicié la pesquisa en las obras semejantes de otros autores. Así “trabé amistad” con Joseph Conrad, Graham Greene, G. K. Chesterton, H. G. Wells, Jorge Luis Borges, Bioy Casares et aliis. Me maravilló en especial La isla misteriosa, de Julio Verne... Resulta extraño esa atracción que siento por las islas, aunque nunca he vivido en ninguna y en mis sueños tampoco he hollado alguna. La isla tiende a evocar fascinación, escape, soledad, refugio y además, sospecha, recelo, encogimiento... Si Jung tiene razón, los mitos acerca de las islas todavía continúan su recudida en nuestros inconscientes con su aspecto de lugares fríos y yermos: ámbitos de los muertos. ¿Cuántos sedimentos acumulados de remotas memorias perviven en las islas? Pienso en la primera impresión que debió tener Stevenson cuando leyó Robinson Crusoe y que debió “engancharlo” para sumergirse en “El escarabajo de oro” de Poe y en Wolferts Roost de W. Irving. Stevenson, antes y después de escribir La isla del tesoro, visitó algunas islas situadas en diferentes regiones de la geografía mundial. ¿Por qué decidió Stevenson pasar sus últimos días en las islas del Pacífico Sur? Los aborígenes de Samoa le llamaban Tusitala (“el que cuenta historias”) y allí murió de una hemorragia cerebral y su tumba está en la isla Upolu. (A 3.620 km de distancia, en Atuona, Islas Marquesas, se encuentra la sepultura de Paul Gauguin, el pintor francés que también anduvo en pos de paraísos perdidos. Él dejó asentado lo siguiente: “Nadie es bueno; nadie es malvado; todos son ambos, de la misma forma y en formas diferentes... Es tan pequeña la vida de un hombre y aun así hay tiempo para lograr grandes cosas, fragmentos de la tarea común”. A pocos metros de la sepultura de Gauguin está ubicado el osario del cantante y compositor belga-francés Jacques Brel, fallecido en 1978, y quien, asimismo, pasó sus últimos años en las Islas Marquesas. ¿Buscaba él, del mismo modo, su Edén desaparecido? Su última composición se titula “Les Marquises” y un fragmento reza así: “Ils parlent de la mort / Comme tu parles / D’un fruitels regardent la mer / Comme tu regardes un puit... / La pluei est traversiére / Elle bat de grain en grain / Quelques vieux chevaux blancs / Qui fredonnant Gaugin / Et pour manque de brise / Le temps s’immobilise / Aux Marquises...”).
4
Cursando el último año de bachillerato, alguien le regala al futuro escribidor un ejemplar de Drácula de Bram Stoker. En medio de la oscuridad de un gran cuarto y sirviéndose de una linterna de mano va avanzando con calculada lentitud a través de la tenebrosa historia del vampiro. Se queda dormido, boca arriba, al cabo de un par de horas de lectura y, de improviso, algo peludo y con alas le cae sobre el rostro, con toda probabilidad del techo de cañas amargas. Un aterrador grito sacude a los otros durmientes, tíos y primos, y los despierta, sobrecogidos. Un murciélago chilla, aletea cerca del lector acobardado y va a colgarse de nuevo entre las cañas. Todos los allí presentes emiten unas risitas nerviosas y tratan de conciliar el sueño. Drácula es introducido debajo de la almohada para conjurar extemporáneos miedos. Al siguiente día, bajo la sombra de un copudo árbol, el vampiro de Stoker vuelve a emerger y, de un tirón, el escribidor en cierne culmina con éxito la lectura, pero una sensación de desasosiego se había apoderado del joven estudiante, haciéndole sudar... y después de lograda la calma, llegaba el momento de las reflexiones... El conde vampiro era un ser nocturnal y las fuerzas de la perspectiva acudían hacia esa condición. La oscuridad equivalente al inframundo y también a las simas cavernosas de la psique. La emergencia del vampiro durante el crepúsculo como fuerza primordial que estalla en una expansiva liberación. La fantasía asocia a murciélagos y vampiros con la luna nueva y con la luna llena y con el reino de los espíritus y de allí su enlace con la hechicería, el encantamiento, la brujería y los poderes malignos. El vampiro chupa la sangre y se vincula con la muerte que él transmite. El revoloteo del vampiro, errático, lo hace hurgar en lo lóbrego, al igual que la mente que escarba en lo oscuro. Algunas veces la alquimia representó el espíritu mercurial del inconsciente con las alas del vampiro. Era una vía no sólo para conducir la oscuridad de la psique, sino también su provisión e inesperada acción... Mucho antes de que Bram Stoker diera a conocer su Drácula, el escritor alemán Karl von Wachsmann había entregado al público su relato “El extraño misterioso” (1844), donde aparecen varios temas vampíricos... Unas dos décadas después de aquella apasionante lectura de Drácula, el escribidor pudo ver y disfrutar de Nosferatu (1922), la primera versión fílmica (bajo la dirección de Friedrich Wilhelm Murnau) de la novela de Stoker, con una música y un ambiente que sorprendía y causaba cierto susto.
5
En su caja craneal de los recuerdos, el escribidor reserva un lugar destacado para la imagen de Boris Karloff protagonizando Frankenstein en 1935. El film llegó primero a sus ojos que la obra escrita de Mary Shelley en la cual estaba basado: Frankenstein o el moderno Prometeo. Boris Karloff, estupendamente bien maquillado, interpretaba al monstruo que había creado el doctor Víctor Frankenstein a partir de secciones de diferentes cadáveres. Con su novela de terror gótico, Mary Shelley jamás concibió que su libro surgido una noche en Villa Diodati, a las orillas del lago Lemán, en Suiza, pudiera llegar a tener tanto éxito posterior y que se versionara tantas veces en formato cinematográfico. Debió resultar fascinante para la autora de la novela sentirse como una diosa creando, de materia ya casi putrefacta, a un ser monstruoso, especie de gólem trágico de los nuevos tiempos de la segunda década del siglo XIX. (Una de las primeras adaptaciones de Frankenstein para el teatro fue la titulada Presunción o el destino de Frankenstein [1823], de Richard Brinsley Peake, y alcanzó gran popularidad. El actor Thomas Potter Cooke logró enorme notoriedad en su papel del monstruo que no hablaba. Gracias a Internet, el escribidor pudo disfrutar, hace aproximadamente un lustro, del cortometraje mudo de dieciséis minutos [el primer film acerca del monstruo] de 1910, de J. Searle Dawley, que lleva por título el de la novela de Shelley, pero cuyo contenido se aparta de manera evidente de la obra original).
El sedente sexagenario se pasa una mano por la frente como si estuviese atisbando la lejanía, mientras evoca: “También la imagen del poeta Ezra Pound (‘Il miglior fabbro’, según T. S. Eliot), cuando estuvo al servicio de Mussolini, se me allega con frecuencia, junto con su voz algo cascada exhortando a los soldados de Estados Unidos a desertar... Por primera vez, en 1978, estando en la habitación de la estudiante belga Sophie Chang, en la Universidad de Pekín, descubrí, entre sus libros amontonados en un rincón, tres de un poeta estadounidense para mí desconocido: Ezra Pound. Los libros eran Catay, The Cantos y Confucius. The Unwobbling Pivot. The Great Digest. The Analects. Me puse a hojear The Cantos y en la sección ‘The China Cantos’ encuentro que el poeta había intercalado caracteres chinos y eso para mí fue como una maravillosa revelación. Ya de vuelta en Venezuela, en 1984, tuve la suerte (¿o la causalidad cumpliéndose?) de recibir de una amiga muy querida, una edición bellísima de Los cantos (que había pertenecido a su difunto esposo), en español, que venía dentro de una caja de color madera de acajú... Hasta ahora no he podido ir a Venecia, pero estoy seguro de que pronto iré y he de visitar la tumba de Ezra Pound en la Isla de San Michele y he de colocar sobre su lápida mis ‘humildes cantos chinos’ envueltos en flores silvestres”.
6
Refiere el escribidor que siempre ha sentido una atracción hacia lo sobrenatural, el mundo de los fantasmas y todo lo que tiene que ver con lo extraordinario y misterioso. Durante su estadía como estudiante de la Universidad de Pekín se topó con la colección de relatos más famosa de la literatura clásica de China: Registro de lo extraño durante conversaciones ociosas en un estudio (Liao Zhai Zhi Yi), del escritor Pu Songling (1640-1715), en dos tomos, ilustrados con xilografías. Aunque en aquel entonces no pudo leer la versión original en chino clásico, logró acceder a los relatos a través de una versión en idioma chino moderno y otra en inglés. La fascinación por los temas que contenían los relatos se incrementó y lo llevó a indagar en otras obras parecidas de siglos anteriores... Uno de los tópicos que más lo atrapó fue el concerniente a los zorros. Por ejemplo: “Cuando un zorro tiene cincuenta años de edad se transforma en mujer; cuando tiene cien llega a ser una beldad o una bruja o un hombre que traba relación con mujeres. Los zorros pueden conocer los eventos desde largas distancias; son buenos en encantamientos y en hacer que la gente se confunda y pierda los sentidos. Cuando alcanzan los mil años pueden comunicarse con el cielo y llegan a ser zorros celestes”. Otra referencia: “Los hombres y los animales son de especies diferentes, pero los zorros están entre los hombres y los animales. Lo oscuro y lo claro van por caminos diferentes, pero los zorros están entre lo oscuro y lo claro. Los inmortales y los demonios transitan por distintas rutas, pero los zorros están entre los inmortales y los demonios. Así se puede decir que encontrarse con un zorro es extraño. Se puede decir que encontrarse con un zorro es normal”. Estas famosas citas de hace un milenio y medio están entre las definiciones de los zorros en la literatura china tradicional. La primera enfoca las habilidades transgresivas del zorro; la segunda, sobre sus transgresiones de las categorías. La primera describe a una criatura en un estado progresivo de cambio; la segunda, la señala como una criatura suspendida en el medio. En China, lo sobrenatural se expresa con una frase ya muy común: “Conversar sobre zorros; hablar de demonios” (Tan hu shuo guai). En verdad, en ciertos periodos, sólo los fantasmas excedieron en número a los zorros como la más ordinaria cosa de la imaginación de los chinos... Hasta hoy día, la superstición y el miedo hacia los zorros continúa existiendo en China. También se continúan usando expresiones que conllevan malignidad al vincularlas con los zorros o zorras. Verbi gratia: referirse o decirle a una mujer “espíritu de zorra” significa que es una mujer seductora, coqueta o maligna. La palabra duda o sospecha lleva en primer lugar el carácter “hu” (zorro) para su formación. También para enfatizar que una mujer sabe seducir o hechizar a los hombres se emplea la locución “humei”, compuesta por “hu” (zorra) y “mei” (atraer, seducir”). Es decir, que una mujer se vale de los poderes de seducción de los zorros para atrapar a los hombres.
Cabecea el escribidor: parece que lo gana el cansancio. Intento alejarme, sin hacer ruido, y apago el móvil. Él entreabre los ojos y aun agrega: “En un próximo encuentro te hablo de mis experiencias oníricas con Alicia y Lewis Carroll en la tierra de las maravillas y también de La vida es sueño y La rama del sur, su equivalente en la literatura china”. Asiento y me despido y al girar la cabeza, lo miro ya dormido, con la caracola sobre el pecho.
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