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Era cuando aquel rostro se hubo sumergido

lunes 25 de noviembre de 2019
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Era cuando aquel rostro se hubo sumergido, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

ERA CUANDO AQUEL ROSTRO se hubo sumergido y el libro que leía se abstrajo hasta perderse entre las arrugas de la humedad. También otros actos se supeditaron a unos preceptos fuera de control. El hundimiento de una materia no tan cierta fue consecuencia de un ahogo.

Lo que se pretendía —creo— se fue por los surcos. Un abanico emigró y se colocó sobre un altar de avispas y frutos rojos. Una quietud se cansó de sí misma, a pesar de las inflorescencias de los falsos higos. Percudía tanto el énfasis de los quebrantos. Una cerradura se aprisionó en su coto.

Se purificaron los polvos y se hicieron más soberanos. El oxígeno asistía como oyente y producía descargas que no molestaban. Unas ñiscas de huesos fungían de adornos en los rincones. Me nutría con la atracción de los pelajes y las membranas. Eché una cadencia inspirado en el preludio de soga.

La lumbre y su lugar adecuado y el asiento sin lógica. Cada instancia cargada de razones. Fuerza era brío y pujanza. Al fresco, los ídolos se enceguecían para luego procurar el desalojo de los excesos. Nombres junto a resoplidos, amén de deserciones bien disfrazadas. Todo en alguna ocurrencia.

Divergían las manchas, huérfanas de espejos. Las aureolas empeñadas en manifestarse. En vilo, las flemas se tornaban interminables. Donde lo gregario se aunaba al arrendajo y el post meridiem no ardía en ascuas. Lo eterno mediato se atravesaba con un alfiler y existía soltando signos angulares.

Un opúsculo se cantó como impulso de la rutina. En una charca aneja faltaban las espinas y el lodo y las ventajas importaban sin quebrantar la desidia. Elementos del misterio, cuya presencia no era fortuita ni desvalida. ¿Cómo olvidar los trazos sobre las piedras surgiendo de lo impensable?

Subían o bajaban las almas en sus frecuencias. Jabones de poca alzada meciéndose en el cobertizo. Me alegraba más que derecha el agua recibida de lado. De las larvas casi ni se comentaba. Los rayos lejanos se padecían en los codos, mientras los sonidos maliciaban las incisiones.

Marrones golpeteos hasta desfigurar las faces. Los neófitos del peligro se despellejaban entre gravezas. Desde las oquedades emergían vaticinios de una conjunción de tormentas sin patronazgo. (A ratos pensaba: ¿qué humo darían mis papeles manuscritos, hablados de arañas?).

Después declaré sobre la densidad de las raíces y me apresuré a mezclar las postales de los roedores caseros. También contrastaba mis rayas y las cuadrículas: esas perpetraciones para el uso de los sepultadores. Los movimientos volvieron mucho más tarde, pero tampoco con demasiado retraso.

En vano las frivolidades emitían vapores y las piezas que se curvaban servían para eludir tributos. El recuerdo de las fachadas me traía la emoción y el sentido de lo mutable. Un rocío se devanaba en medio de pendencias y roces de los pilares. Las anomalías aumentaban la prosodia y la obviedad.

Acertijos para los cuentagotas, adivinados por casualidad. Encima de las bandejas, las condecoraciones de las aves de paso y mi barba en busca del cilantro cerca de los terrones que giraban. Así y flexibles señuelos, las llamas vivían para sus adentros carentes de grifos.

 

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Era cuando aquel rostro se hubo sumergido, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

SE HUBO SUMERGIDO y su fisonomía era de su líquido aún y sometido a la gratitud. Un alivio suministrado tras los toques leves de la campana sin apuro. Por un pivote, el feliz adormecimiento admitía renglón para continuar. En el límite de lo hondo, la precariedad no ejecutó su algo.

Las agruras estaban agrupadas para fregar. Un báculo se llenaba de perfumes en un facticio invernadero. Se ceñían los cabezales de un testamento revestido de lacre. En comunión, me doté de la ortopedia de un buzón de correos y allí recibía esquelas membretadas de todo el orbe.

Del serpentín al alambique mediaba una plácida ilusión. Los pocos corchos resultaron un fiasco. Ochavado, marchaba de temple en temple. En su última aparición, la damajuana anduvo muy casada con su pie de gallo y menoscabando el poso. Del realce quedó fiel memoria.

La decadencia debió ser como fue u obligación sin ejemplo. Nos dolían las efemérides, ¡para qué negarlo! Al auscultar las persianas se barruntaban efulgencias, muy difíciles de explicar. La fatalidad conseguía enfadarnos, pero consumábamos el aparato y descendían los circuitos.

La gallardía retornaba por sus fueros encima de los élitros de las mariposas cimbradas. El goteo aludía a su constancia y a sus cosas sin ataduras. Permanecíamos hablando hasta que los vocablos nos esculpían los dientes. Alguien apuntalaba fíbulas y no figuraba en la nómina.

Lo ignoto nos tuvo en ayunas por semanas y pasiones. En su rigor, también las caras se insolentaron. Un jazminero se volvió más ancho y aludía a lo cabal de su fallo. Sentíamos, de soslayo, los disimulos de los helechos, empero nos entreteníamos en los arbitrajes. Cada destello continuaba la rutina.

Lemas de las hormigas sobre los ladrillos en pos de sus exenciones. La lunación frente al escenario tardío del almanaque. Pronto el magisterio de la inteligencia y un néctar activado bajo lo superfluo. La ociosidad, insondable; el recato, soterrado; la puridad, desvestida. Y un imán de pellejo, ileso.

Paginaciones aventando los granos nunca anunciados. Quehaceres de una llovizna que radicaba sin hilos. En mi votación salía de almizcle y voladizo. Las manos se encontraron, por sorpresa, entre sermones. Como se hizo la resina nadie se desaguó en las grietas. Un párrafo contuvo su vena.

(Llegó a insistirse en un sapo que devoraba luz de luna y el pánico logró sus bienes. Otra conseja decía que una lechuza arrullaba los sueños morbosos del vecindario. ¿Qué habría sido de nosotros si pasos infundados hubieran venido a nuestro encuentro y los gritos alojados, en suspenso?).

Guindas y ratas ocurridas y el gato dedicado a la maleza, oculto tras su alias. Por completo, un medio punto para sobrevivir. Dos tazas de caldo adjuntas al taburete. Desdecirse era ser llevado por la tristeza de las cotorras. Sin pisarlas, las cuerdas acordaban su temprano enrarecimiento.

Los vasos y no los vasallos. Un receptáculo donde catalogar a los aguadores. Se apretaban las tuercas y el tuerto iba tirando aforismas. Tales relaciones sin atropellar a los pétalos, sin hurgar en el trashoguero. Los periódicos holgaban entre sus facciones y solían sudar una tinta de preñez.

Apéndices en los sillones para sujetos zafios. Novecientas sentencias y ninguna idea de aprendiz. Hielos en la mitad del cacumen: pronósticos para aquilatar melindres. Muy de loterías y bingos y nada en las radios charlatanas. Los abandonados delante de sus tejas de adorno y oración.

 

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Era cuando aquel rostro se hubo sumergido, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

SUMERGIDO (inexorablemente sumergido) hasta el fin de los cursos de posdata. El semblante gravitando acuoso sin sus infusorios. Los mayores ya no lo recordaban como tendrían que recordarlo. ¿Aterecidos en la medida de la verdad? Una vasija se bruñía y soltaba su carnosidad.

Salpicaduras con un sedimento untado en lo más difícil de la trabazón. En los labios se marcaban los vahídos, mientras en los bordes del vidrio se desvanecía un apelativo de continuidad. Yacían unos soplos, sorprendidos por rojeantes circunstancias de una escasez inaudita y precoz.

Quizá ánimos contrarios se vieran obligados a cercarse. Lo que encerraba un quiste se tostaba para anunciar la discordia. No se sabía en qué vértice se oficiaba la tirantez. Menos se daba en un timbre el diario acontecer. Las libertades se silabeaban hasta el culmen de lo expreso y nulo primor.

Un mal rato con una criatura lamiendo, a ras, el muro. Quienquiera embrutecido por los síntomas de un resfriado que se infería. Acertaban los profanos indicios en completar las antiguas prédicas. Un desarrollo paró en su caída y de allí antevino una mengua del conjunto habitado.

Por el envés de la transparencia, unos rasgos se resentían entre lo específico y lo solitario. Lindaban las vistas con engaños no conexos. Había succiones y cortes reabiertos. Desde la punta de la nariz resbalaba, cerril, un estigma alejado de lo natural. Una tal forma peyorativa se secaba, en trance.

Se abrazaban con fidelidad las reliquias de la humectancia. En perspectiva, los derechos de la refracción y aun las adormideras mutadas en su acomodo. ¿Qué decálogo osaría undular bajo la embestida de los anfibios? Por telepatía se percibían las zambullidas de las clavijas trocadas.

Se querían o no los ataderos y los celajes foscos. Nada o todo vivía fuera o dentro de la realidad. A las claras, pocas trascendencias y las enfermedades con los despojos enchumbados y contritos. Y las apoyaturas para individuos semibreves, memorialistas de carnet y marginación.

Siempre los últimos, con respecto a los motes. Y las cuestiones eludidas para preservar los muebles. Las tantas y los crepúsculos zumbando dentro de los agujeros de repente o de hechizos. No en una cota alarmante ni sobre un salitre avisado de antemano. La principal figura: culebrilla delatora.

Eran los mismos: negados, amanecidos, solfeados. Las muñecas de azares permitían los raptos y sus cuerpos se plateaban por abajo. Los besantes, mudos, se meaban en las hamacas y sus físicos llegaban a ser ménsulas para los recados. Callaban los apellidos y las gotas de respingo.

Yemas en los procesos de asilo y la aspersión tras los tejados con los amuletos de savia. Charadas que flotaban sobre los líquidos que reculaban trozados. Hileras de perchas con sombreros y privanzas. Señales para el enjuague y besos de ritual para reforzar los diques imaginados.

Todavía duraban los diámetros de los cenadores y las raeduras sorprendidas y potables. Lo furtivo escarnecía con sus gametos, entre anagramas y matinales. Los inciensos suavizaban sus afinidades en previsión de cualquier encuesta. Si aflojaba la borrasca, las lágrimas sonaban muy prietas.

Los ganchos alcanzados por las prendas, en mitad del despeje de rodillas. El frío le huía a su ruina, en tanto no amenazara el bautismo. De puyas a vibraciones un solo hecho en infinitivo. Ahogadizas, las pupilas se asían a los tejos y no se anegaban los esbozos de la jofaina.

Wilfredo Carrizales
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