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Al decir de los labios elegidos

lunes 2 de diciembre de 2019
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Textos y dibujo: Wilfredo Carrizales
Al decir de los labios elegidos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

Dijeran, dicen, dirían… en la grandeza que se declara y desaparecen las confusiones. Sin vacilar, duran los ejemplares del habla. La emancipación no distrae sus lienzos. Un día no es sólo un día: hay más anormalidades y casillas por llenar. La magnitud de los derrames verbales pasa y no se opone. Los favores son monedas de dos caras y la fe va al telar a convertirse en pañuelo. Esos responsos agraciando bajo la luz de un sol difunto. Se dice: concesión, punta seca para las formalidades, textos afuera procurando divinidades. Tratar diciendo lo que no gusta de la taxonomía de los idiotas. Cualquier eventualidad ataca con sus armas más blancas que anginas de eruditos.

 

2

Hubieran dicho que los tribunales no necesitaban testigos, ni plañideras, ni insultos sin salida. ¡Buenos los apagones y las multas recogidas! Se distribuyen los regodeos entre los divorciados de la abundancia. Se han puesto enfermos los aspirantes a las molduras, los compañeros que giran alrededor de los mamíferos. Los viáticos ya son autónomos: ya no se afectan por exceso de pulimento. La veracidad se presta para la purgación de la comunidad de rogantes. En un libro donde no se pone el final, se anotan las rabias, las envidias y las humillaciones. De un concilio a un conciliábulo se mueven, en masa, los traficantes de estopa para los ojos aullantes y tiesos.

 

3

Lo que se dice, decir, aún no ha sido dicho, digamos. Pero, de improviso, un papagayo quema los escenarios de las discusiones insulsas, sin salsas. Se conmueven los capaces, los efervescentes de los tinglados. El apogeo arrastra a sus partidarios y sus rostros de bonanza aparecen en los televisores, cortesía del señor de la gonorrea. ¡Qué esplendor, qué edad, qué eccema! Parten los espulgadores en busca de sus canes y las campanillas van convocando a los neófitos y a los recién captados.

 

4

El tiempo dirá y, con seguridad, anunciará que las mentiras serán productos de primera necesidad. No hay porqué estropear las cosas: adelgacemos a conciencia y hagamos patria al respecto. Otras visitas traerán amuletos y el Padrenuestro que Está en su Tumba de Momia no se devaluará por eso. Se dividirán los tejidos y los palillos de dientes, los enjuagatorios y las pupas. ¿Habrá que pensar en afilar las guadañas, esos utensilios que deshacen triángulos amorosos? Algunos fusiles veremos con cascabeles para los gafos. Por medio de la electricidad se conseguirá aligerar los bochornos de las disidencias. Estará la mar con sus dispositivos de aspirina y podremos aspirar, con los pulmones al rojo, el civismo más gaseoso. Daremos en creer que el orégano es un ano con oreja.

 

5

No decir ni pico, ni pala. Soltar la boca con labios para que declare guerra y, en prosa o en verso, se ensarten los enchufados. ¡Que les vaya bien y disfruten sus vicios! Para esmirriarnos, los ámbitos nos sobran y los huecos entrantes y las alegrías salientes y las vértebras motivadas por el asco, adosadas a los sucuchos de la contemplación. Si viene frescura que sea de flores… de plástico.

 

6

Demasiado decir nada y arengas en broma y recitados a lo nuestro, a lo mío, a lo tuyo sin cocuyo. De donde se alimentan los circos y las alternancias de los payasos y bufones circunvecinos, circuncisos. Las algarabías saben a chocolate de trastos. Los pantalones no se ajustan para pronunciarse con los traseros con catarros continuos. Llaman a las puertas: ¡vienen por las pieles y por las tripas! ¡Oiga, señora Socorro! ¡Escuche y convoque a misia Amparo! Los toques son bruscos y se mean los luceros.

 

7

Por ver lo que dice el cartero, el orador se quedó sin carta. ¿Para qué frisar los setenta y meter resoluciones como si de escapularios se tratase? A las facciones les convienen los claroscuros y no reprimendas guindadas de los postes. Ello es que se vive por años y el agua sigue fluyendo hasta en sus más mínimas expresiones. Y la antigüedad se agita, aunque no se crea. Así surte efecto y nos deslumbra, nos capacita para ser efébicos. Después echarse a volar y servir huevos en el vacío.

 

8

Que digamos y digamos y nada hagamos. ¿En broma? Exenta de barullos con el régimen de pistola sobre la sien. Distamos tanto unos de doces y al cuadrado el tabaco no alcanza ni para infusiones de conticinio. Nos acostumbramos a caernos de la cama, a no encontrar los zapatos, a blasfemar para que nadie nos escuche. La retórica no se corrige: ha mucho está expresado. Salvo que… ¿Cuerpos sin sepultar, bajo el aguacero de equidad? No es de creer, sin embargo. Pero a los ofensores se les compran penas y luego se les sazona con mermeladas y conjuras. ¿No es un desarrollo grato?

 

9

Es poco si lo que se dice es bufido y sugestión de soplo. ¿Cómo defenderse contra las piñas cuando van rodando por las calzadas? No hay fiereza que valga y que lo diga el introducido de contrabando. Al hacer el cambio de turnos prestar atención a las secreciones, a los engendros malditos, a los huesos con el dolor muy adentro. Por ruptura se entiende el pago de la vejez con el dominio de las llagas. La sensación no debe engañar y, en consecuencia, los acentos se devuelven y matizan.

 

10

Vamos y pronto dirán y el capote irá prensado, atado hacia su lado femenino. Las alabanzas en demasía ocasionan chascos y acaban las anheladas melodías. Los cachivaches y las calabazas, todos caben en el hogar y en los bordes de las prendas, proa y popa de las naos sin combate. Bostezamos para espantar la hojarasca reunida a grandes rasgos. De primera mano, parques y emparrados. ¿Querremos dar un paseo sobre la bienal de la bicicleta? Se piensa y nos ajustamos en su ambiente.

 

11

No ignorar el qué que te digan, que te deslicen con potencia de aceite. El barbullido logra diferencias, espumas por los momentos del exterior y mucho contento entre las costillas. De sopetón, se comenta acerca de los bizcochos de los tullidos y se caldean los ánimos escultóricos. Donde las faldas se encajan buscando el brasero de los muslos, las pendencias se tornan místicas con volteretas de ojos y un cúmulo de ceceos que obligan a ponerse macilentos y apocados en lo locuaz. A un punto del zodiaco se hace mérito de cuarentena. Es distinto y se establece. Ya mero.

 

12

¡Quién lo dijera mejor que el extraño! Repartir razones para alienar la locura y discurrir con la mente perpetrada de milagros y cumplimientos. Hacia atrás, los velones para los suicidas y los dineros acampando en medio de fantasías que sí existen. Las escenas se reclinan por el peso de sus obras ahítas de amor dictatorial. Gente de armas administrando las mortecinas a domicilio. Como complemento, mandíbulas que se encuentran graciosas y que se baten ante el paisaje de madrugada rota. Los hematomas se han puesto en remojo y el vinagre se ha hecho cargo. ¿Apago la luz?

 

13

No me dicen lo que piensan de eso, de aquello, de lo otro… Las uñas se deslizan de sus dedos y los dedos, de los defectos de pliegos. Se instalan las intrigas para deponer a los profetas y sustituirlos por arrebatados en estado de dignidad inferior. Las contingencias lucen salpicadas de heces y setas. El plan del billar mayor gana las carambolas deseadas y en tres órdenes se componen los grises, los desayunos y las derrotas. De la muchedumbre arrancará el triunfo de las marionetas. Los desquites se propiciarán después: cuando los próceres reposen luengos y agusanados.

 

14

¿Qué decía el dislocador de hombros favorecido por la fortuna autoritaria? Insinuaba directrices de los pretendientes al control de la trituradora máxima. ¿Equivalía lo tal a descarga de gases, rociadas pimientas en esfuerzo de filosofía práctica? Quizá, acaso, quizá. El espionaje ya no supone ultraje, ni las suposiciones obran excrecencias venerables. Aunque se puede admitir a los mesones a los pensadores del divertimento. ¿Quién no menciona martinetes para exacerbar mendacidades? Hay los lapsos de las confesiones aunados a los periodos de los decomisos. Hijos de la escritura, los decires se pelean por encontrar su acomodo pleno en las proclamas que infectan los aires.

 

15

Por más que se digan advertencias, los hilvanes siguen en caída. Nos ordenan que salgamos y negamos las disonancias. Nos conminan a sonar y enmudecemos entre pláticas desgraciadas. No nos apetecen los malos recuerdos ni las echadoras de buenaventuras. De las promesas brincan los andrajos, los jirones de las banderolas dizque victoriosas. Se han pegado del asfalto las estampas con griterías de aleluyas y los espejismos animan los recién estrenados cuadros para vencer con cartones marcados. Los tartamudos y sus tartaletas; los truhanes de los puentes escondidos: club de las truculencias y el más infame desparpajo.

 

16

Constreñidos a decirlo, a decírnoslo. Los doctores y los comisionistas habiendo tanto del oficio de multiplicar los panes de oro, sin provocar cuchilladas, sólo respiros aliviados y la fe en los monumentos bancarios. Uno se imaginaba y pensaba y la pasión ya no perseguía. Parece que ha muerto el agrado y las tonterías jamás se desprestigian. Se encasquetan intimaciones por vías expeditas y torcidas. De modo expreso, se aceptan soplos, pronósticos y desahogos. Se miden los calibres toqueteándose el corazón, consecuente con nimias frusleríuas. Los axiomas de los lúcidos y fragantes estrategos pululan sobre los miasmas y los círculos sobacales. La hediondez prorrumpe con ansias de bodegón y aclaratorias tardías de las naturalezas muertas por agotamiento.

 

17

(¡Decidles que sí! Que se comenta que por las paredes, muros, portales, bajan y suben, ascienden y descienden, arañas que no rehúyen y se expresan con hilos para sus llamadas y llamados; ciempiés que celebran bautizos para civilizar y sembrar cizaña; lagartijas tan largas como sus lágrimas y que perdieron su nomadismo. Hay que decir todo eso y más y anticiparse a los debates de ocasión que buscan domeñar, de modo perentorio, a los flagelantes, pasando por encima de sus respetos humanos. ¡Decir sin desdecir hasta la vencida, pero sin vencerse! Apostando por lo que somos, a vida o muerte, a nado o en el bote, con rigor absoluto y juzgando el color del cutis con el que otrora lucían los labios).

Wilfredo Carrizales
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