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El insomnio, las pesadillas

lunes 16 de diciembre de 2019
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Textos y collage: Wilfredo Carrizales
El insomnio, las pesadillas, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

El insomnio

1

Cada noche miro con insistencia el reloj para saber cuánto tiempo resta hasta marcar las once. Siempre tengo la esperanza de que a esa hora —como antes— me dé sueño y pueda tumbarme sobre la cama para dormir larga y profundamente. Empero, desde hace más o menos un mes, la acuidad del insomnio me agobia, me causa angustia y somete a intensa presión mis nervios. Por mucho que intento cerrar los párpados, éstos, como una persiana enrollable, suben de inmediato. Entonces pretendo contar ovejas perseguidas por lobos, olas sucesivas en los Mares del Sur, bandadas de garzas en los crepúsculos, hojas infinitas cayendo de un árbol en eterno otoño…, mas el sueño no llega y sí un sudor frío, la taquicardia, la cólera y la exasperación: todo en ese orden. Me levanto, enciendo la lámpara y procuro leer algún libro o escribir impresiones a vuelapluma, buscando provocar la somnolencia: en vano. Me introduzco en la bañera con agua tibia y, aunque permanezco allí unos cuarenta minutos, la soñolencia ni siquiera me ronda. A la sazón, opto por ponerme una bata, salir al jardín, caminar de un extremo al otro y, a intervalos cortos, observar las estrellas, mientras espanto los zancudos. Casi al borde de la locura, escucho el canto lejano de un gallo y al rato percibo la conocida refulgencia que anuncia el amanecer. Desgonzado y en estado de agotamiento regreso al dormitorio y me lanzo sobre el colchón y duermo un par de horas, a merced de la dictadura del reloj despertador.

 

2

A altas horas doy vueltas y revueltas sobre la cama. Estiro y encojo la sábana. Me masajeo los párpados y las sienes. Y el sueño ni siquiera pellizca mis cejas. En semipenumbra, mi mirada tantea, una a una, las manchas que se han formado en el techo y en las paredes del cuarto. Ahora descubro rostros de ancianos antiquísimos, algunos acompañados de breves animales. También asoman figuras fantásticas en las más estrambóticas posiciones. Sonrío entre frenéticos parpadeos, mas el sueño no se delata. Otras cosas ocultas parecen querer encimarse y les franqueo las puertas de la imaginación, con la esperanza de que me ayuden a dormir. Sólo se cumple la ilusión. Decido autohipnotizarme: el espejo se resiente y se cuartea. Pienso en Ramos Sucre, en el suicidio, en dar cabezazos contra la pared. Mi tormenta estalla, pero no logra abatirme y la tortura prosigue con su larga cadena de sonidos de todas las variedades que ofuscan y hacen alucinar.

 

3

Quisiera convertirme en noctívago, en lugar de seguir soportando esta horrible condición de insomne. Sin embargo, la mutación no se produce, por mucho que me esfuerce y dedique ingentes energías a ello. El desvelo continuado me ha convertido en un ser neurótico, a quien lóbregas fuerzas empujan hacia la aniquilación. Admito que no anhelo sucumbir, pero mis resistencias se quebrantan por momentos y tiemblo y debo reprimir grandes gritos. Con mi mente trabajo mi cuerpo como una oruga, procurando alcanzar el lindero de la metamorfosis, mas ruedo sobre el colchón y únicamente obtengo una accidentada circunstancia: el insomnio pervive conmigo.

 

Las pesadillas

1

Recién llegado al “centro de reeducación” me ponen a dar clases acerca de la “alegría de vivir” a un grupo de reclusos. En la improvisada aula, los “alumnos” me escuchan sin interés y adormilados. De improviso, se presenta la directora de la “institución”, una tipa fea, bajita y con unos gruesos anteojos que casi le tapan la cara por completo. Me grita: “¿Quién te ordenó a ti dar clases? ¡Este trabajo no es para ti! ¡Ven conmigo!”. Y me hala por el sobretodo numerado y me conduce hasta la sala de máquinas. Allí me suelta con brusquedad y exclama: “¡Este es tu lugar! ¡Vigilarás noche y día las calderas y las tuberías! ¡Ay de ti, si te descuidas!”. Antes de marcharse, extrajo una libreta de un bolsillo de su inmaculada bata y anotó mis señas. Penetro al gran local inmerso en sucesivas bocanadas de caliente vapor y a través de las emanaciones entreveo cañerías oxidadas, de donde no cesa de gotear agua que inunda el piso por doquier. Al tratar de introducirme un poco más en el ambiente, resbalo y caigo de bruces sobre los charcos. Por un altavoz, la directora me increpa: “¡Levántate, imbécil! ¡O envío al preboste para que te guinde con la garrucha!”. A duras penas logro ponerme de pie, magullado y contuso. Doquiera se posa mi vista, encuentra fracturas, orín, pegotes de grasa, chorreras… Me llevo las manos a los ojos y lanzo enormes gritos hasta desgañitarme y desvanecerme.

 

2

Siento que me arrean a palos, a mí y al montón de gente que va a mi lado. Avanzamos a cuatro patas, entorpecidos por los uniformes que llevamos puestos, y los chimpancés que nos apresuran con violencia se carcajean mostrando sus deformes dientes. Llegamos a un redondel cubierto con arena y circundado por tablones de colores. Una descomunal algarabía nos recibe, una mezcla espantosa de chillidos, rebuznos, ladridos, relinchos, maullidos, cloqueos, rugidos… De inmediato, surge un orangután, ataviado con sombrero de copa y frac y portando un látigo en una mano, al cual hace restallar frente a nuestras narices y que nos obliga a trotar en círculos, sin límite de tiempo. A una señal del orangután, los chimpancés se trepan a nuestras espaldas y nos cabalgan de todas las formas posibles. El alboroto se incrementa desde los asientos colocados alrededor de la pista y que están ocupados por tigres, loros, caballos y demás animales comunes en los circos. A punto de caer extenuados, el orangután vuelve a chasquear el látigo y los chimpancés nos impelen a introducirnos en unas jaulas ubicadas a un costado. Desde allí contemplamos, con los cabellos erizados, cómo hacen entrar al ruedo a unas mujeres desnudas con máscaras de focas, quienes palmoteando con frenesí, atrapan pescados que les lanzan unos pelícanos trepados sobre una plataforma elevada. Algunas de las “focas” vomitan, hartas, y son arrastradas fuera del coso por unas “cebras” de dos patas. El clímax del espectáculo adviene cuando unos rechonchos cocineros, vestidos con pieles de chanchos, son obligados a defecar frente a nuestra jaula y a lanzarnos los excrementos. La banda musical estalla en una tremebunda fanfarria. El público animal vocifera con estruendo y todos los focos son apagados de modo simultáneo.

 

3

Numerosas urnas vienen flotando con la riada. Conservan —a duras penas— los cuerpos que contienen. No hay urgencias de ningún tipo y desde los puentes las personas cuentan los féretros, por puro placer, por gratuita diversión. También los dioses tutelares han sido arrastrados por la brutal correntada. La tempestad se ha apaciguado un tanto, pero los estragos son cuantiosos y abultados. Sobre tablas viajan utensilios y herramientas agrícolas. Desde ese momento, la crónica del suceso se convierte en una enfermedad contagiosa. Barrunto que el sosiego posible es infundado. No habrá cómo saborear una taza de café caliente o un bol de sopa humeante.

 

4

Unos militares con los rostros cubiertos con capuchas me conducen maniatado hasta la orilla de una laguna en medio de una sabana. Me han puesto una mordaza de tela y, a empellones, me constriñen a caminar. Llegados a la ribera, los militares me señalan una lancha varada en una isleta, a corta distancia de nosotros. La embarcación está repleta de hombres amarrados con mecates, tumbados sobre la cubierta y vigilados por dos guardias armados con fusiles y machetes. A una señal de uno de los militares que me custodian, los guardias amachetean los hombros de los prisioneros y con rapidez los van lanzando al agua. De súbito, aparecen incontables caimanes que destrozan y engullen a los sangrantes, mientras todos los custodios se carcajean con estrépito. Mi cuerpo se convulsiona entre una mezcla de arcadas y absoluto pánico. “Ahora es tu turno”, me dice el militar que funge de jefe, al tiempo que su dedo apunta hacia un enorme y horrendo caimán atado a un tocón. Recibo un violentísimo empujón desde atrás y caigo, ya inconsciente, sobre las fauces del aligátor.

 

5

Mi abuelo tirado en la playa, casi sin luz, recibiendo en los pies la agradable y espumosa agua marina. Restos de sargazos se le enredan entre los dedos. Mi hermana y yo lo cuidamos sin que él se dé cuenta. El cielo no luce tan estrellado, a pesar de ser culmen del año. De repente, se escucha un horrísono fragor subterráneo y el mar se retira y deja a la vista una honda fosa. Vemos al abuelo deslizarse hacia ella con los brazos levantados y sin emitir ni un gemido. Mi hermana y yo emprendemos una nerviosa carrera para informar al resto de los familiares que se preparan para cenar. No encontramos a nadie y los perros permanecen encadenados y aúllan, desquiciados por el terror. Comienzan a sonar las alarmas que anuncian tsunami y apenas nos queda tiempo para poner en libertad a los canes. Corremos en dirección a las montañas vecinas y allí encontramos a nuestros parientes, llorando y abrazados. Enfocamos los ojos hacia la bahía y vislumbramos las enormes olas que arrasan las casas y los automóviles.

 

6

En una tarima se acumulan, desperdigados, braseros de diferente tamaño. Un grupo numeroso de tartamudos preparan exóticas viandas. Algunos de ellos lucen en mal estado y se mueven entre temblores que apabullan. Insectos desprovistos de patas revolotean, sin cesar, sobre las cabezas de los gagos. Se oyen balbuceos y murmuraciones que tallan el humo reinante. Los miembros de una logia aguardan por la comida sentados al pie de la tarima. Canturrean y rasguean guitarras apolilladas. Todos están exhaustos por las distancias recorridas, pero el hambre angustiante les mantiene medianamente despiertos. Un hombre que fabrica botas y odres se aparece en el escenario y después de agraviar y putear a los cofrades, los empapa con vino que expulsa de un pellejo. En ese momento, ellos levantan sus cabezas y muestran sus grotescas y horripilantes fisonomías.

 

7

Banderas blancas y banderas negras y explosiones de artillería. Los soldados resisten, aunque ignoran contra quienes combaten. La hostilidad ha estallado a cualquier hora. Los beligerantes no cejan en su propósito de extender las proclamas. Nadie se atreve a parlamentar y los que lo han intentado han sido pasados por las armas. Nos sentimos vencidos, aunque no tomamos parte en la contienda. Hay avances y bombardeos, escaramuzas y repliegues. Los alaridos de los mutilados estremecen el campo de batalla. Alguien, enloquecido, trata de liquidarnos a bayonetazos. Nos salvamos de milagro y corremos a través de la tierra arrasada. Detrás, se inicia la matanza, el pillaje, la degollina. La línea de fuego se traslada para hostigarnos y nos defendemos a dentelladas.

 

8

Entre grises y azules, acompañamos a los delincuentes que han robado bolsas de dinero. Ellos entrechocan sus pistolas para amedrentarnos. Fruncimos el entrecejo, pero disimulamos nuestro enfado. Sin opción para escapar, guiamos a los bandidos hasta una casa vacía en el bosque. Las mandíbulas traquetean y los cacos se desternillan de risa. En la vivienda abandonada hacemos fuego para calentarnos las manos. Fumamos unos burdos cigarros y percibimos que en las volutas nuestra honradez se difumina.

 

9

Sobre un muro cuelgan gallinas e iguanas recién degolladas. La sangre desciende en hileras que se entrecruzan y forman arabescos de una muerte murmurante. Un murciélago me ataca con saña y consigue alejarme del lugar. Desde el retirado espacio atisbo a un monigote que pugna por subir al muro. Me consta que una fuerte carga se lo impidió y resbaló al suelo, rompiéndose ambas piernas.

 

10

Mis antepasados se ausentan para no contagiarme sus enfermedades, sus males desmenuzados. En segundo lugar, sus acciones transcurrieron rebasando la melancolía. Yo los observaba desde aquello que llamamos “sentimiento” y que preside los atisbos del pasado. Al otro lado del papel historiado me esperaban hechos espeluznantes y decidí proceder con ellos sin mencionarlos. Cuando me hice próximo conjugué mis sustos con sus negamientos. A ratos, mi “valor” equivalía a un entrar sin expresión. Fui principiando las respuestas envuelto en sospechas. Un cambio se realizó en nombre de un misterio que albergaba en mi pecho. Tosí y alargué mi tos lo más que pude, sin ningún sentido ni propósito. Quise salir del engaño, mas un fraude se me interpuso. Sólo me quedó alterar mi mente y largar un fuerte quejido.

Wilfredo Carrizales
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