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A todo calor

lunes 20 de enero de 2020
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A todo calor, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales
Textos y collage: Wilfredo Carrizales

1

Al abrigo de la intemperie hace más calor y molesta y se experimentan los cuerpos con la vehemencia de los átomos estallando. El proceso nos torna en animales enlazados a una salacidad hecha de estufas y de yesca. Cambian las sustancias y se vuelven más visibles sus formas hasta el punto del desfallecimiento de los grados. Se recibe con angustia lo que debería proteger, pero las incandescencias irradian un movimiento que ahoga. ¿El flogisto regresará por sus fueros?

 

2

Los labios enrojecen y se abultan: aprovechan la transmisión del fenómeno que los erotiza. El bochorno se carga con sus zumos que encandecen. Se caldean las chicharras entre los muslos y los setos y resbalan los sudores empujados por la alta tensión y el pronóstico de guisos. Al amor de la quema rechinan los dientes y miden el descomunal tamaño de sus ansias.

 

3

La ardentía y su espejo ustorio y la recurrencia de las flamas donde se extreman las colas y las pipas. Los cabellos se desatan hacia lo abrasivo de sus causas. Quienes conducen los braseros se sofocan y nadie acude en su auxilio y entonces perecen recordando las hazañas de las salamandras.

 

4

Estamos —están— calientes y soñamos con hermosas alas de un fuego en constante eclosión. Nos originamos en la irradiación, en el contacto con su morbo. La buena acogida trabaja a nuestro favor. No osamos llamarnos “degradados” y aparecemos llevados por frotamientos. Durante el curso reaccionamos con la propiedad de los rayos que nos constituyen y no somos reemplazados por combinaciones que no se muestran a las claras.

 

5

Ahora la antigüedad expulsa su canícula en cualquier temporada y, exhausta, se echa bajo un palo manso de oro y cobre. Nada le acribilla sus costados jadeantes y más bien se impregna de una resina que, divertida, la adormece. Un perro adopta el resumen del entusiasmo, mientras se avivan unos vapores. (Más adelante se asan los suelos ante la mirada vigilante del anciano crítico).

 

6

En vigor, todos los filamentos fueron esputados por el vacío fundamental y el rendimiento latía con la fusión que explicaba los niveles de la sofoquina. Varias turbulencias reposaban sobre los principios de las termas. A distancia, el calor sublimaba los hígados hasta el formato de la estivación. Jamás hubo tanto daño y los sólidos casi emitían ondas de pasión. Ya la agitación caía encima de las cabezas menos frías y los vientos se hallaron alrededor de los pigmentos que databan de la era de las libraciones convexas. El estilo se hizo residual y se acercó a lo femenino de las bestias nunca en celo. Con gentilidad había que encolerizarse para subir a las ondas de las corridas. Sólo un fermentado desconsuelo podía permutar en salpullido con derecho a la piedad.

 

7

De unas anatomías a otras la energía se aviene a un diámetro que las compensa del cansancio. Los rubíes ocultos van entre intervalos de cantos llanos y la temperatura se acrece y oprime las cuerdas de la paciencia. En tránsito, nos escalfamos hasta parecernos a esfinges talladas sobre tizones. Las relaciones del pequeño infierno asisten con su caldo de borbolleo a los espíritus pronto a extenuarse. Los trébedes se escasean e interrumpen sus padecimientos con pajas de los trechos.

 

8

El fenómeno que calienta cauteriza. El dinamismo se enroja y, por debajo, acota la transferencia hacia el horno por el común imaginado. Con destino al radiador seguimos segregándonos para arder consumados. Se rigen las marchas por el aprendizaje de los pasos fogueados, con gran aparato, desplazando bagazos y orujos. (Alguien se previno con el equipaje del ocaso y no lo enredó la quemadura). Se perdieron las siestas, de modo definitivo, y hubo que consumar el cambio de rejillas.

 

9

De afuera hacia adentro, de los alrededores, de las hondonadas inquietas, las calorinas se elevaban encima de sus dispositivos de pedernal. Ya partíamos con los cinerarios a cuestas. Las casas perdidas se nos caían al desús. Despulsados, agitábamos los gritos para confundir a las bataholas adustas. Nos devanábamos más rapaces que una colmena de cuervos tensionados. Y lo sensible sin poder medirse.

 

10

Aun lo cinético vivo en la combustión, organizando nuestros focos de escaldaduras. Y tiempos latentes, de sobra, para buscar el origen primigenio de lo que mata con rareza y laxitud. Los resisteros nos halaban figurados y nosotros respirando los hálitos del escozor y las fritangas. Después la química corporal predominando sobre los termómetros hasta alcanzar el rechizo que no se niega. Cualquier fuego no iba al paladar: sólo el alterado por el clima y el recelo.

 

11

Los rozamientos en el país de la quintaesencia de la fiebre. La luminosidad deflagra contra las sienes y las quejumbres no llegan al vicio. Las calorías vegetando al lado de las pieles, sin complementos ni silencios. De las señales de las pavesas ningún bicho viviente dio testimonio. Arrugas habrían de morir por ello y el vaticinio arribaría sin rodeos, sin preparación unánime.

 

12

A las zonas que continuaron el padecimiento de las flamas se las tuvo por chamiceras. Su coloratura de predominio se aproximaba al atramento de los portales hoscos. Las ampollas como autos de fe en pos de remedios inhallables. Cúmulo de cráneos calcinados en las solemnes aperturas del envés del estío. Membranas despellejadas y chamuscadas, a la espera de un juicio para su legal otorgamiento. Todo un desfile de ardores que picaban con destellos y hacían emitir ayes de hoy y de mañana.

 

13

Querellas para llegar a la discordia de las hogueras. ¿Valía la pena aquerenciarse para estallar a posteriori en un remedo pícrico? La dureza de la cera desde hacía lustros estaba en entredicho y los mecheros tendían a desacreditarse. La ropa se carbonizaba sin pérdida de sangre o sedimentos diferidos. También las respuestas del socorro concurrían acalladas y tarde. A partir de los frontones las coronas se somarraban en total descrédito. Había que desdar el agua y conducirla por vueltas y vueltas hasta topar la clave del fogaje que se cargaba de continuo.

 

14

Disparos ustibles contra las córneas; gruesos lagrimones que se evaporaban al momento, ahondando las penurias. La calidez inmensa sin motivos, sólo con el pretexto de abochornar y recurrir al secado extremo. Y los sonidos de las quemadas trampeando a quienes se servían de plañideras. Los sulfurados liquidando sus géneros, ya retostados por las chispas de los meteoros no exentos de rayos y lo candente prolongándose allende las larvas ofensivas.

 

15

Llamaban a fornicar en medio de las llamaradas y los arrebatos desprendían brusquedades. Los humos gruñían, exaltándose, comburentes y oficiosos. Las nociones de nuevos incendios se desperdigaban tras las agitaciones de panderos cremados. Como brascas los rostros se retorcían bajo el desastre de la candela celeste y asfixiante. De la misma madera, los preteridos resuellos: la misma historia sin esperanza de cambio. Y nosotros convertidos en los angustiantes que no lográbamos internarnos en los misterios de la ebullición y sus ejes dipluros.

Wilfredo Carrizales
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