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Tránseat

lunes 10 de febrero de 2020
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

I

Tránseat, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Zona de silencio donde se crían los pegotes que no dan tumbos. Hay yugos que uncen los cráneos en resguardo hasta la pertenencia al calcio en parla. Los yesqueros invocan a las válvulas y las asas. También se estipulan hallazgos de una brea síquica. Ya se persiguen las astillas del pasado para las lluvias que han partido y piden imposibles. Ya el lugar se abarata con el rayo de primicias.

Los xantomas del piso han recibido las órdenes de oscurecerse. Las témperas a quienes las quieran, con desiertos y todo. Dentro de las semillas ocurren claudicaciones y una doctrina se desempolva. Se apuesta por la dureza y triunfa la blandura. Los reflejos nunca serán grumos: les faltan los síntomas del aprendizaje. ¿Además qué? De tributos nada se apunta. Cesa lo convulso; se detiene lo hostil.

Una lengua se arrastra por encima de la negrura. Arcano enfrentando arcanos. Si hubiera una caja de ondas, otra argucia sería el drama. Mas la luz se funda sin derechos y allí estriba el abandono. Luego trepan las limaduras a ninguna parte y la orina obtiene su afán casi absoluto. A las fibras, la duración de los escenarios sin hidratos. Aun desembocan los pliegos como arenas.

Por mor de las renuncias, los solitarios se esbozan. Conciencia de los escombros en procura de una sangre de desquite. Medida por medida y unas serpientes de utilería. Brazos y barios en los bordes de las confituras, mientras no existen formas que trascienden. Se vulnerarían los rostros por sus servicios de quietudes. Un nervio acude a su enfermedad y ambos se refrenan.

¿Vainas con culpas? ¿Adónde? ¿Por qué? Un frío se moja hasta el tamaño de su ganancia y así se emparenta con los rosarios, con los amuletos sin alas. Un prodigio se crema y después evoluciona y conduce sus epístolas. Se manifiestan los espíritus trastocados en carbón de poco mundo. Se volatilizan los espejismos al fundirse en lingotes que malefician. Un regocijo apenas se suelta.

A través de la adivinación, la orfandad de los terrones. Dos veces alrededor del vacío sin música. De la parte de acá, la atenuación; de la de allá, la preeminencia. Fuera del origen, las oposiciones de la epidermis. Entre carencias y voces o entre cambios de anfibios. Debajo de las fobias, los sobresaltos de los dedos. Junto a las curvas, las cuñas del calor que imita y odia. ¿Qué se lleva? Paso y ósmosis.

Sí, avanza el prurito por sobre el basalto aun breve. Una melodía con catarro y se agradece. Cualquiera no se vuelve y suma su mismidad. Es la rapidez de los efluvios que se apartan. ¿Y cuánto tardan las apetencias? ¿Eones, microsegundos, emanaciones de unidades no divinas? Los que rumian se entregan; los que limitan se encierran. ¿Se entienden los haces de pañuelos foscos?

Aquellas huellas de los iones, anteriores al susto de niebla. Un golpe de cierta semejanza, al amparo de hospedajes de mosaicos. Un agente de cuerpos en repulsa y el amargor obstinado en su instrumento. Desde la erupción, declive de los sitios y más lesiones, sorderas, atonías. ¿Cuál vértigo para colectivizar? ¿Cuál expiación que valga aberturas? Se enluta de motas lo que no murmura fluidez.

Ventanillo de la horizontalidad para llamar. Se infieren calamidades o un cortejo de borras. Sobre las descargas, conocimiento de desdichas. Eran las cuerdas también al decirlo. Y las frecuencias hacia el filo de las rayas. Usagres transformados en libretos de uso. Ante la tutela del misterio los llenos aprendieron mucho de sus apéndices. Todo y trazas inclusive y la diafanidad no satisfizo.

 

II

Tránseat, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Uñas para unas cuantas inutilidades. Préstase la libertad sin promesas y, quizá, diste un ahora no nacido. Una antelación con parejas y raíces de hulla. Un quién y un comienzo a lo no clásico o salen mensajes en medio de vacilaciones. Las migas se miman y no se tornan hermosas. Se estudian los números onces con la acción en los fueron o fueran. Las saliencias dosifican las valvas y las relatividades de los ombligos sucios. De la creación un bullicio que balancea una fístula en ristre.

Nada de suplicios por causa de la obturación del bronce. La cuchara tiene que localizar su mena y tallarla, de facto. Sugerir los intentos de los fanales en sus vías de purgas. A los asmáticos y a los díscolos horadarles lo adverso, aunque renieguen. Suele excederse la vasija que contiene los sueros dormitantes. ¿Son ofrecidos los sentidos para el relajo parvo, por culmen de una tal imposición? Han de conducirlos los calambres con sus secreciones que convergen a lo particular.

La serenidad se ocupa de las piritas. Así se sigue la tónica. ¿Destruir para componer cámaras alienadas de las vistas de la nocturnidad? Un danzante furtivo con eso se colma, mas la muerte pronto lo encandila. Los lazos tras las profundidades hacen leyendas, a pesar de las coordenadas sin sombras. Mil plasmas no logran las ideas de arácnidos vírgenes. Más tarde que temprano habrá constancia de las caídas en los cartones y un culto obsoleto se aplastará a sus anchas.

Se explica poco lo que no actúa, la superstición de la mugre. Visiones de los frisos con sus fotones en hileras. Un espectro y una perspectiva: ambos bajo sospecha y un martillo rebotando para desoxidarse. Sobre los avisos cualquiera los moja, pero la porfía se pierde. Y que tuvieran tapas los artificios del molde. Sin los tinos, la esencia acelerada de la micción. La fatalidad es un mueble que aterra por sus clavos de contraste. Luego un hongo se incrusta y el dolor se vuelve tiniebla.

Transitan las siluetas en la vecindad de su homonimia. También se actualizan las ingles y las mayores escisiones. De golpe, se prescinde de los símbolos del fierro. Un centro se condena dentro de sus curvaturas. Para la agudeza se reparten viandas de opacidad. ¿Y las maquetas serán radiografiadas como sustento de los cilindros espigados? ¿Qué sugiere la órbita al margen de la tina? ¿Cómo saldrán los atrevimientos de los ojos desprovistos de abolengos o encantos de avispas?

Esas turbiedades desde el norte hasta el osario. Aquestas desolaciones a priori. Manchas sin manteles arrojados de cualquier manera. Nunca más las victorias de la chimenea en su función chiquita. Por donde se oyen las ruinas andarán los excitadores del alba y sus primos y sus lecciones. Saberes del orín en las diferencias claustrales. Tácitas mescolanzas: aullidos de sartenes, llorantinas de platos, resquemores de cuchillos y tenedores… Se afirma lo que se duda y cuaja, a lo efímero.

Una ruleta, lobreguecida, sin rótulo ni rotura. Análisis de un milagro no manifiesto. Y las molduras embarcándose en un cemento de mulatas consecuencias. Rondan las pendientes las broncas erecciones del olvido. Quien esconda sus aventuras con los fluidos recibirá mordiscos y rosas mustias. De los jueves, sólo remanentes y despojos y una helada calígine. Espantajos como lenguas. ¿Qué querer si por doquiera los leños vulcanizan todavía y espesan los destinos?

Quedar en la mudez del aguamanil, absorto en su humedad de escurana. Tan momento y tan sombrío, hundido en la oquedad sin brisa. Metros y emitirlos con los crespones sobrados. ¡Que alguien se monte sobre lo calvo del asunto! Dichos para la asistencia y un cierto gasto de acritud y mojarra. Están metidos los fracasos bajo los derroteros del eclipse que las drásticas prendas acongojan. Pero los ocios van tras las mercedes semejantes a los jarabes. ¿Qué desborde hubo?

 

III

Tránseat, por Wilfredo Carrizales
Tránseat, por Wilfredo Carrizales

De los charcos que perdían humos se mantenían los lutos en agraz. Los talantes extraían sus antagonismos del subsuelo, escapatoria acordada desde siempre. Cualquier señal de errabundez era abdicada por costras. La ínfima prisión dormida accionaba en beneficio de la fugacidad. Para vencer a los peores se recurría a la insistencia con holgura y punzón. A veces la podredumbre se quemaba en las distancias no recorridas. Algo de los engaños se transmutaba en agravios y la nada imponía su potestad. En poco estuvieron las regularidades de un magma y la presión se definió en fracciones.

Contados entes daban cuenta de la turbiedad del espejo. A tientas se movían los poseedores de ligaduras. Mientras menos coberturas, más accésit. Tratándose las estrecheces se violentaban y entonces la evolución cundía envuelta en preguntas. ¿Cómo hacer para lograr la pertenencia a la mandíbula que llameaba? La microtermia barbarizaba su absurdo hasta el nivel del endurecimiento. En tanto, de los sollozos del lignito ningún ser se acordaba. Por no arraigar, sucumbían las tuercas de la convalecencia. Un carburo se ventilaba en el exterior buscando la aberración más falaz.

¿Por cuáles medios los sumideros sentían los olores de las monedas tardíamente acuñadas? Muchos maldecían y se vengaban con pesadillas de toda índole. Aun los disturbios comprometían sus bencinas sin espaldas. No se bruñían desasosiegos para admirarlos; no se soplaban los restos de miasmas. De lo tapetado de los canteros un garfio servía de emisario. Filos y pizarras, de oídas, discurrían con los tropiezos al raso. O lo inalterable o la cabida en cada segmento. La oblicuidad por acreencia, aunque hubiese obligaciones de aires o de recetas o de callados equívocos.

Lo que se dice para encabezar los entuertos. Lo que se pregona con instancias y disfraces. Una colección de impulsos que no paladea la turba y sus hijuelas. Irse a pique los resplandores con los paréntesis de lo infuso. Entre la rueda y el módulo un aspaviento de petardo. En tal desliz, la secularización de las fluencias y una inquietud que no se agasaja en lo corrosivo. Vayan luego y muy luego los quiebres y los agostamientos en mano. En un solo día los yerros como atisbo pluvial. Las tonalidades de funeraria para un ir sin venir. ¿Un azabache cercado por su orificio de irredención?

Jamás se vistieron las efluxiones de embarazos renegridos. Asimismo acude una exclamación a las aberturas del susto. Bajo los cinceles se levantan madrugadas con trenos. De inmediato, una ardentía y un miserere sin palio. Las groserías elevadas cual murmullos hasta la alfombra de gangrenas. No un extendido hemisferio, sino un icono aherrojado y trunco. Chichones plantados; plantadas ronchas. Y los venenos de la alegoría al máximo. Los lugares administrados por los crepúsculos borbotando en sus prédicas vanas. Mallos a punto de destrozar prebendas.

¡Que ya no menuzan las prisas! ¡Que las bisagras se retuercen! ¡Que la fealdad es estricta! Aceites de piedra, ojerizas, lápices disipados, putrescencias, gástrulas al alimón, entre lo desvaído se cuelan. Y por último, en los umbráculos, suspicacias sin memoria. Derritiéndose, se derrite el rictus. Acabamientos de los polos, antes de la anochecida que menudea con sus cordeles. Se enchumban los antídotos, se enmohecen, se liquidan en lo seco. La vileza y su turbión y un homenaje a las ratas. Con traslado del plexo, aguardar el hachazo pleno y no indagar luego por la suerte del ombligo.

El muerto arrogante con su rienda de plomo. Su ventura que se resume en fórmulas de urbanidad. La vejez tremolando encima de las sutilezas del abecedario. Mientras vive, la insolencia ama sus paradojas. Sin embargo, ¿cuándo no vence el quinqué torvo? ¿Cuándo no convida lo que decae? Dentro de la supuración, el asombro y la parálisis. Al plastecer la suerte, se queja y adolece por lo bajo. Cunde la mordacidad con el excesivo asueto. Porque penar por las entrañas a nadie aliena y tras la telaraña no se allega la luz. Dónde y dando desprecio y no dones. ¿Otros desvaríos?

Wilfredo Carrizales
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