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De la imaginación como fugacidad proteica

lunes 24 de febrero de 2020
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Textos y dibujo: Wilfredo Carrizales
De la imaginación como fugacidad proteica, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

Se abren los brazos y, de este a oeste, fluyen por el cuerpo las ondas rojinegras que emanan de las materias más diversas del mundo. No son fantasías lo que acude a hacernos compañía o a intercambiar experiencias, sino vivas realidades que habían permanecido subyacentes, a la espera de un llamado. El espíritu no se impacienta y expresa su alegría soltando imágenes por doquier: arriba y abajo, a derecha e izquierda. Enormes pasos nos ubican en ámbitos nunca soñados, aunque tal vez intuidos en instantes a los que no se les prestó el debido cuidado. Lo inextricable pasa a ser comprendido por completo y, de modo desapercibido, llovizna y no nos mojamos. La elegancia de los cielos aun sigue patente y ya nos extasiamos en la lejanía de lo hermético y no evitamos las hipérboles para no perdernos en la inercia que no debiera, en tales momentos, existir y molestar.

 

2

Un diplodoco desciende por un muslo después de abandonar su guarida en la axila siniestra. Va en busca de agua y alimento y arrastra su cola sobre la hojarasca (pensamos) produciendo un pavoroso ruido que primero atemoriza y luego hace huir a los animales pequeños y rastreros y a las bandadas de aves que han evolucionado muy rápido, sin de veras proponérselo. Cabe también la posibilidad de que el largo dinosaurio intente regresar al jurásico para preservar mejor su esqueleto cuando acaezca su muerte. (Uno se imagina desenterrando el fósil y recibiendo un dorado diploma por el importante hallazgo y dando conferencias en prestigiosas universidades, mientras se escuchan los rugidos del diplodoco porque llegó la hora de que le lean el menú del día).

 

3

La lagartija se pone al corriente e indaga acerca del lagar, los lagos y las lagañas. Sus patas se han angostado (no agostado) y su cola hace allí lo que le viene en gana y culebrea para aparentar. Ella, a veces, se inmoviliza con instrumentos de tortura y nadie logra explicar tan insólito proceder. Suele recorrer sin límite de tiempo las lagunas palúdicas, en pos de mosquitos, y para ahuyentar la mala suerte. Cierra los párpados y lanza interjecciones que paralizan las brisas. En ocasiones se aprieta con fuerza el cuello y los ojos se le brotan hasta adquirir una extraña coloración verduzca  que se le acumula de manera transitoria. A escondidas, se aplica a trazar dibujos de la hidrografía o a realizar bordados que después vende por elevados precios a los escasos turistas.

 

4

Si un murciélago cuelga de un gancho no se mustia y por eso recurre con frecuencia a tal comportamiento. Su mutismo no se compromete a devolverle nada a la naturaleza callada y él le presta atención a su forma para beneficiarse de la simbiosis y no cercenarse. Como quiróptero señala con presteza los espacios de su incumbencia y no tolera murmullos en ese sentido. (Se dice que su empuje está destinado a estructurar su fama y su prestigio. Hay quien lo duda). Cuando sostiene las techumbres, él padece las más crueles censuras, mas muestra sus dientes y se escurre de las maledicencias. No le agrada que lo asimilen a la familia del ratón (acaso esto se deba a que los franceses lo llaman “ratón calvo”) y chilla para rebatir el poco fundamento de esa relación. Extramuros, se dirige a donde susurra el viento y le da a la noche sus críos para que se los amamante. Siempre en su defensa acuden las sombras de los árboles que devienen en espantajos y les extienden sus cortinas, sus brújulas y sus relojes.

 

5

La mujer desgreñada ofrenda su aspecto a la figura opaca que carga adosada a un costado. Ella ulula porque es tarda de oído y porque se desentiende de los otros sonidos que podría expulsar su boca. Una mugre se le ha arraigado en la cabellera, la cual empieza a tomar color negro, como el de cierta fruta que se enamora de la escasa luz. La fémina tiende a ser la tarde cinética, pero las pinzas de sus uñas se lo impiden con una tremenda tozudez. Ella se vuelve con insistencia y enseña el emblema con el cual piensa triunfar. No da muestras de gran talento, aunque se esfuerza en marcar las distancias que levanta. Se trata a sí misma con el respeto correspondiente a las doncellas.

 

6

Una ruleta gira sobre los cueros de la ausencia y lo amigable encaja bajo las patas de un mesón de registro. La ruma de fichas se transforma en una sola bala y rueda, rauda, para no explotar. Un ruiseñor se aplica al ruido y gana la ruindad de los empleos encorvados. Restos de una construcción se han hundido y la ruina no es ilusión de decadencia y desastre. Los rufianes, al fondo, se enfrentan con sables, en medio del jaleo de una música estruendosa. Ruegos y preguntas emanan de una hornacina que imita una panoja, pero recubierta con pedazos de cáscaras de huevo. Rugen unas fieras en los alrededores y se trasluce, nítida, la barbarie que sobrevendrá.

 

7

Duerme la varonesa con los audífonos pegados a sus orejas, mientras el animal de oscuridad vela sus sueños de coqueteos que circulan en dos sentidos. La presencia de ella viaja ocupando el extremo de un camarote de barco. La nave se balancea y da señales de aturdimiento: el océano se ha tornado grosero y escupe múltiples espumarajos a la vez. El alma de la varonesa es corpulenta y temeraria, apta para arrostrar inmensos peligros. El timón ha estallado con todos sus vidrios y el cuaderno de bitácora hierve en un agua salada con aceite. La varonesa se auxilia en mitad de la tempestad; se enfrenta al adversario que quiere tirarla por la borda y ahogarla. Al cabo, ella se alza a gritos y enrumba hacia zonas despejadas y al divisar unos promontorios, vocifera: “¡tierra, tierra!” y un cúmulo de polvo cae sobre su rostro y la hace toser, despertándola.

 

8

Adquiere el puñal la silueta de un hombrecito flexible, pero adusto. Su única pupila guía sus movimientos. Se inclina sin ningún tipo de esfuerzo: la sangre fría le domina. Se empeña en alcanzar pronto su objetivo y pondera su perspicacia. Su acero ha designado su valor y su destreza. Por donde escoja el ataque será mortal. Su próxima víctima puede que esté en casa o camine en una solitaria vereda. Irá canturreando y acariciando su corbata de encaje o, quizá, vaya elucubrando planes para estafar a sus socios del casino. El puñal sentirá una leve calentura: síntoma de la tensión previa al trance sangriento. Se exorna de duelo y se coloca en acechanza. Diez minutos, un cuarto de hora, veinte minutos… y el futuro occiso aparece detrás de un seto en el jardín donde estaba orinando. ¿Silba? ¡Sí, silba y avanza con lentitud! El puñal se pliega un poco hacia un recodo para ocultarse mejor y cuando el individuo pasa por su lado toma impulso y se le clava en la garganta, dejando al silbido atravesado y goteando las postreras notas rojas y palpitantes.

 

9

Geometría con cilios para equidistarse de la geomancia y para que las aristas y las cúspides  inscriban las letras primeras orientadas hacia los hemisferios. De las trazas se conocen los giros que toman en las temporadas de lúnulas con prismas, cuando sobre los mapas se estudian los arrastres y las abrasiones. Según se intersequen las aristas, así serán las determinaciones de los ángulos en la búsqueda de la citerior polaridad. (Entre tanto, un ganoso de observación pugnará por hacerse imprescindible en los trapecios que oficializan los relieves y, además, el fulano afinará su gañote para hacerse oír allende las pirámides ubicadas entre las borrascas y las depresiones).

 

10

Rostros con los fundamentos de los figurantes en medio de las alegrías de las fiestas inexistentes y onomatopeyas de risas suspendidas y lanzaderas de serpentinas, caramelos y máscaras que nunca aparecen y adoración de difuntos ataviados como saltimbanquis expoliados y correr de pólvoras por las calles ahítas de macilentos y veladas con genios del dislate y las morisquetas y tránsitos hacia las circuncisiones de ancianos moribundos y recepciones para los aventureros en sus jets privados y saraos de putas con los pistones doblados y cotillones expulsados desde los sanitarios  de la execración y cabalgatas de jamelgos con uniformes militares andrajosos y cabañuelas a deshora como epifanía del morbo y tiros al blanco usando negros reclutas y procesiones de presos políticos con capuchas cubriendo sus cabezas y guateques para conmemorar la infinita prolongación del horror sanguinolento y excrementicio.

Wilfredo Carrizales
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