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Fuera de serie

lunes 16 de marzo de 2020
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Fuera de serie, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Se consigue la colección con un poco de seriedad: las imágenes no se imprimen ni se tapan. Se dejan a merced de las cuerdas, los guantes, los círculos de percances. (El regocijo corresponde a la risa insinuada). Unos grumos les competen a los asientos del aplomo. Lo extraordinario encaja en la derivación de los materiales que van emitiendo partículas para dividir el espacio que se vuelve horas de dilación. (En deslayo, algunos disparos predisponen para que las serenatas se frustren). Un alfabeto podría ser insertado en el conjunto, si las letras se aclararan al compás de la fonética. Todo se serena y se desapasiona hasta lo dicho con la indiferencia del caso. Los ánimos entran en la contemplación del ambiente de la pequeñez, mientras una alteración encuentra su equilibrio. Más que un sermón de ensanches, se opta por una salutación al borde del panegírico posible. (Por frutos de la imaginería se agrietan las serraduras; se alargan los dientes que se distinguen de otros cuerpos en ejercicio; se cicatrizan las heridas causadas por vidrios que no regularon sus movimientos). Con las estrías vienen las cercanías de úlceras del esparto y motas y junturas que admiten más coloratura, siempre que sea de la extravagancia del castaño. (Uno piensa en demasía y sólo obtiene ampollas que son gravedades sin nombre y sin pulimento). De los aspectos, se triscan semejanzas de bayas que suelen infectar las miradas donde han sido podadas. ¿Qué nos sirve de lo que no se pide y no se muestra? ¿Qué condesciende a expresarse con espinas o con alfileres? Aprendemos de los medios, pero no de los fines y, así y así, encartamos las maderas que desempeñan nuestra función de servitud ad hoc.

 

2

Fuera de serie, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Gradaciones para el proceso de las espigas y la indiferencia frente al hieratismo de los óxidos que se ahílan porque sí. Hasta no hace mucho hubo espejos de filamentos de un azur que corría sobre un blasón de feria. Ahora se nos insinúan retorcimientos que empañan los rastros de la lumbre. (¿Y la nochuza y su rapacidad acudirían a lo diurno que las entrababa?). Provoca visualizar formas de largas patas y secas estilizaciones y aullidos de seringa que reboten sin cesar en los intersticios de los escalones sin fondo. Desde la sucesión de estados de latencia se apresura la tranquilidad y nos cubre como un pañuelo de texturas y gestos. Somos tan frecuentes en lo propio y, sin embargo, devenimos tan extraños, con los resoplidos de quebrazas a cuestas. Meses sin sonidos ni quejas: detenciones de los pálpitos y los flujos del acontecer. Alguien se preocupa porque cavilo sin prejuicios y porque, además, encajo mis muestras sobre la cartulina harto frágil y volandera. ¿Para qué agarrarse de los imperdibles, si, al cabo, se extravían? Tras los postigos, otro género de estafetas, otra ringlera de mensajes que permanecerán a la zaga, preteridos. Mejor es batir pliegos hasta su victoria póstuma o afirmar el turno de los decorados en las visiones no subalternas. (Se abren páginas de volúmenes escabrosos, empero nadie osa leerlos). Me zahieren las aldabas que andaban translúcidas y aficionadas, a la búsqueda de tributos y buenas razones para sonar con sentimientos complejos. (La mugre ha sido orillada y eso calza en su escasa reproducción). Por doquier desfilan resplandores, intervalos de diamantes, barruntos que se valen por sí mismos. Me siento el destinatario del cúmulo de tandas y con mis pinzas me empiezo de calor y magnitud y reconquisto la mena de prestidigitación que me permite repartir minúsculos trenes sin rosarios.

 

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Fuera de serie, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

“Esputos de la luna” que escurren flagelos encima de la claridad radiada en múltiples direcciones. Se suelta lo que no se ensarta y lo correlativo no se ubica en la dispersión de los contrastes. Las raíces huelen a artesanía, de acuerdo al pienso esparcido por la esfera desintegrada. En sucesión, reposan las unívocas connotaciones, a la espera de una prosodia con los élitros abiertos. (A la persona que aún soy le simpatiza la simultaneidad de las fintas cuasi eléctricas). La sinergia empieza a emitir chillidos para acabar con la candidez ahíta del ámbito que no termina de despegar y definirse. (De rondón, se me cuela en las gafas un espanto que no se entera de su condición). Los cordones han sido levantados para facilitar el acceso a los utensilios de palo y a las agazapadas ampolletas. El apuro deviene en intriga y éste, en asedio. Unos tales sinónimos de las arremetidas crean polémica en las márgenes de las herraduras. (Las manchas se envilecen todavía más en su sitio de reclusión libérrimo). Alguien escudriña debajo de las apariencias y una aburrida realidad le salta con torpeza a la cara. (Muchos desearían un andamio en miniatura para colgar lámparas con cabezas de luciérnagas que les permitieran leer en circunstancias de lobreguez). De sobra, las influencias han traído fogosidades, eludiendo el trabajo de otros diseños de la energía. (Me enllavo con las cualidades óptimas que las velas de estearina aducen y aprehendo los motes de los descargos). ¿Hallaría el supérstite la sorpresa que la alambrera le reservaba? Con tal de sojuzgar los tizones cualquier medida se implanta, aunque luego se contradiga. ¿Y si unas ratitas deciden asolearse detrás de la quinta nota de la ensambladura? ¿Y si la postura del afelio embarga con prontitud el coloide de la solapa que nos enfrenta? ¿Qué hacemos? ¿Desertar de manera rústica?

 

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Fuera de serie, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Alambres subsiguientes, entorchados con menudo despojo. En los halos ulteriores declina el claroscuro que estaba combinado en su casillero. Los tabiques no la emprenden contra nuestras narices y de esta suerte se cimentan las molduras para ordenarse. Como no hay anuncios que puedan desprenderse, los pliegues no se exponen. De ello se arbitrará después la escena con piedras de maitines. Mientras tanto, se recuerda, con ahínco, palmadas, calcos, semibancales y duelas. (Taciturno, juego con las conchas que malogró la cesura de la estación muy baja y claveteo su cromatismo). Nos enteramos, en ausencia de cohibición, de la muerte de los rombos y de los capullos infringidos: la tragedia salta en pedazos. Un taladro no aligera nuestra angustia, ya que también penden sables sobre nuestras testas. ¿Qué tal un dolor de hoz o de bigarda? Tampoco el tajuelo se retira: tiene harta tarea por delante. (Pienso en deshollinar los umbráculos, pero siempre pospongo ad infinitum la acuciante labor). Diversos ingredientes se deshojan del acero intercalado y van a recubrir con existencias rasas los suelos apaciguados por la repugnancia. Al paramento exterior –en caso que lo hubiere- se le cuelgan telarañas de una gravedad llamada “ríspida”, por razón de un hecho fortuito. En aquellos que desean dificultades se les enciman colmenas de un moho sequizo. Se tiñen y destiñen los tejidos de las templanzas inéditas y se incita con exámenes al tanteo como fórmula de verificación. Más corta que de ordinario se retrotrae la suspicacia para beneficio de los desfigurados. (Unos momentos se movilizan con una eternidad crónica, con el agravante de no remitir ninguna confianza a los astrónomos aficionados). Se ansía una fertilidad de ilusiones, unas reverencias ante la cuchillería más procaz, pero ni garbanzos son considerados. El fastidio mana de las barajas menos inocentes: cuatro acepciones afilan sus puntas y, en breve, lastimarán. A la postre, el torniquete ganará la palestra entre insensateces de la modorra y la toxicidad. ¿Quienquiera anhelará el trance que enuncia la parálisis de los órganos sensoriales?

 

5

Fuera de serie, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

¿Cuánto miedo a pensar que un serijo pueda llegar a tener un esqueleto compuesto? Los marginadores, a cada instante, malentienden los cauces habituales de los procesos que integran. ¿Acaso las sogas no son el súmmum de la abundancia y no precisamente por cuestión de capricho? En el mismo lugar de la sospecha se abandonan las habilidades inquisitivas. Por supuesto que acuden a impregnarse de las desazones los sorteadores que se riegan por accidente. ¿Cuál vislumbre nos imbuye, de malas a últimas, en la madrugada que nos visita, circulante y tensa, al unísono? Los puntos reclaman sus definiciones, al igual que los contornos y los elementos del cuidado renuncian a su defensa. (Cuando lo supe, me torné desvalido, incapaz de pretextar una simple autarquía). Una infusión de dones se vertía sobre algunas almas de cilios infusos. También se hicieron presentes objetos del espíritu: aquellos atizados por las componendas. Apenas los componentes necesarios acertaron en la inmanencia. Por encima pespuntearon jáquimas que pugnaban por ajustarse a las maniobras del pensamiento. Muy de prisa hasta los ahogos se embutieron y la adoración de los trastornos fue jeringa en innumerables hocicos. (Miré con disimulo mis desconocidas manías, pero un partidario sin corbata se atravesó en mitad de lo implícito y abortó el soslayo). Los resortes bromeaban, insertos en lo muelle de su próxima disipación. Un lienzo tarareaba su extrañeza, cuya epidermis ambulaba confusa entre sabores e insignias. (Desde la veracidad contenida en una resina de tastana, se atrasaban los aparejos que irían a encoger los perfiles de la timidez). Y en la súbita bajada de la calma descompuesta cupieron inusuales concavidades para arrellanarse, repitiéndose a gusto, y a veces, voces que cojeaban con algo de fiebre y rebujos con mandato sobre los vicios. Y la porción de recados se condenó a su instancia y se derrumbó en horquilla y ejemplo de régimen.

Wilfredo Carrizales
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