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En silencio

lunes 30 de marzo de 2020
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Textos y dibujo: Wilfredo Carrizales
En silencio, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

Protesta, pero no gruñe. En silencio, sufre. No reniega. ¿Habrá lágrimas? ¡Ni de broma! La querencia, ya extinguida. Los lucimientos quedan atrás. Se descubren los defectos aunque se doblen. Empalidece su rostro, pero no llega a ser pasivo. Los zapatos le aprietan y le interrumpen la continuidad de sus pasos.  Pulsa en la calle su estrella diurna y luego se inclina para recoger sus corolas. Si dice algo se contesta entre dientes. Iguala sus cejas para conseguir una expresión severa. No siente apremio y su estación se le torna en ejemplo. Su circunstancia le precede y no al contrario. De excepción, su sonrisa privilegiada. De ella, el principal caudal. Los pájaros tontos no andan a su lado. Por momentos, es vacilante como un niño y espera encontrar moscas en algún sitio y deberá decidir si las mata o las espanta. ¿Echará al olvido sus sueños? Sólo se desentiende de ellos. Evita la conducta estándar. Su brújula procede de remota parte. A veces, se inserta en la muchedumbre, mas no abusa de la estadía. Con claridad se figura abreviando las mezclas de comportamientos extraños. Su excitación llega al máximo cuando las hojas secas batidas por la ventisca golpean su cara. Se ha formado un manojo de opiniones de las otras mujeres que conoce. Los refranes la distraen, sobre todo aquellos que aluden a las prácticas de rebeldía. Es pródiga de su inteligencia, pero no pasa por alto las ofensas. Siempre lo que exige está muy puesto en razón.

 

2

Callantía figura. Domiciliada en la libertad. Las letras la suscriben y la ajustan al carrusel de la vida. Peregrina por el país que la abrillanta. Pide la luna, sus piedras, sus arcos. Con una cuchilla imita su luz. Antiguamente copiaba parvedades; ahora transcribe adiciones. Cuando le preguntan si moraliza, responde: “¡No, no y no!” Dice verdades más grandes que las de los locos, de modo espontáneo, natural. Hace la noche en su sitio de celebridad y luego festeja hasta que se articula el conticinio. Siempre consigue a una buena modista y se peina en la mejor peluquería. Entra por un pasmo y sale por una obstinación. Ojea con perspicacia las calzadas que la impresionan. Reflexiona y arriesga, de continuo, consideraciones de peso. También se refocila viéndose en apuros. Saborea sus éxitos a escondidas. No se esfuerza por mostrar que conoce más cosas que los otros. Nunca habla de ella misma porque la gana la melancolía. La exaspera la mediocridad y no pide indulgencias.

 

3

Despacio transita por la umbra, confidente de los grillos y las luciérnagas. Algo debajo de la tierra la atrae con sutilidad. Lanza las manos a volar en pos de las cabritillas del cielo. Asciende su espíritu, febril, hasta las estancias de las altas cuestas. Se adjunta a los toboganes para observar los procesos en deslizamiento. Le fascina tamborilear con los dedos sobre bidones vacíos. Con sentido hipotético, apacigua las tormentas que ve en el horizonte. Al nadar, se aplica como un batracio con ilusiones de nobleza. Flamea con la herencia de sus antepasados provenientes de distintos países lejanos. Baila con la más fea de las agitaciones, pero experimenta una alegría que la hincha. Le gasta bromas a los trasgos, a los duendes y a los fantasmas. Se hunde en las madrigueras de los conejos y los resguarda de peligros y sobresaltos. De ordinario, no tira sus trastos, sino que los adorna con flecos, guilindujes y caprichos. Va de cierta dirección a un desvío que intercepte un parapeto y allí la ataca un cúmulo de incontenibles risas. Traza hojas de tréboles sobre los muros para que la guíen a través de los capítulos de la intemperie. Vadea las rígidas doctrinas y se apasiona por la incertidumbre.

 

4

Entrega su casa a la quietud y se olvida de ella para mencionarla callada. El silenciario omite los bosques que no le pertenecen. Desestima los recursos del vencimiento, por poco táctiles, por unicursales. En el mar tiene escondidas sus antiguas guedejas y las criaturas del fondo crecen con ellas. Desde arriba de las torres chifla hasta gobernar los contornos. Su primer movimiento, de modo inexorable, proviene de sus talones. Al advertirlo, su mente se tupe de vaivenes que son atravesados por serenas atmósferas. Adonde se esconde, clama para no sentirse herida. Ya era ida cuando retorna a su vivencia instrumental. Espera existiendo; avanza cesando. Se disuelve dentro de las incumbencias de los domingos y les extrae las platas y los perdidos  marfiles. Junto a los seres de amplio ánimo construye los dormitorios bajo las nieblas. Si se llena de nacimientos, veloz los transforma en vuelos. Hacía el barrido de los pisos con plumas y, en adelante, el corazón le trinaba derrotando su encierro. Salía a trabajar mientras descubría por doquier comunidades de huellas y manjares. Allí, en su dicha, se suelda a los estados que constituyen misterios y los cabalga, mojada.

 

5

Con cautela, con los cencerros tapados, exorna un carruaje de dos ruedas y alto asiento y pliega las patas de una yegua para que marche a un trote diligenciado. Para tal desplazarse, una salutación como prenda. Entra en la paz que antaño dijese y alternan en su garganta cánticos y coplas. Entonces, las verjas se doblegan. Y ella tiénelas por uñas de gatos silvestres. Alguna llovizna antojadiza le sale al paso y ella la absuelve con un parecer de risueño continente. ¡Hasta cuando la adivinación concurra! Ella, tan matorral, tan bordado, tan unción. Toma las albricias de los sucesos que la requieren. Viene al estío sorprendiendo a sus entrañas y con una sola ala de defensa. Posee tanta blandura que mucho le cuesta y, de aquellas sus necesidades, las fieras le temen. ¡Cuánto desea golpear los malecones hasta hacer saltar las chispas y, al cabo, olvidar a los buques que ya no besan! ¿Quién le reparte la sal por el cuerpo deseable? ¿Quién la mira y muere consorte?

 

6

Quedo y revolotea un ángel, a tantos del mes cual. ¿Cebrión que asusta? Se le pensó en eterno goce y acompañó sin acabar. Se le donó saludos como insignias de un arte recóndito y encontró una oleada que fungía de vorágine. Tenía menas y zafiros y rosas desfloradas. Tenía existencias dragadas. Tenía vasos para beber de la sed de los terrenos. En vano heredaba, porque cerraba los ojos y se cubría con cautelas. Todas sus partes cometían los vidrios, fuesen insomnes o no. Sus cuadros latían en las más insólitas capitales y a los viejos nostálgicos se le alejaban las cuitas. Amasaba los eslabones para curarse, aunque perdiera los bálsamos que hubiere entre estragos. Quiso disipar cadenas, pero le faltaron escudos y escuderos. De sus ondulantes trazas se lograron halos de un muy buen tono. Tras las farolas tripulaba los aparatos de los bardos en retirada y la seguían los mininos de las costureras. Siempre andaba con las orejas puestas, pendiente del trasiego de las tarifas. Todavía levantaba los grifos, por muy seculares que fueran. Preguntaba, por casualidad, por el hombre que repartía sinos y persona alguna le imponía de un sufragio aceptable. Una errancia le declaraba sus amuletos y ella se emparejaba con los inicios de la trova. Pasajera, arrullaba los pichones tornasolados en el menester de sus nidos vacilantes o untuosos o irremisibles.

Wilfredo Carrizales
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