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Testimonios de una langosta

lunes 13 de abril de 2020
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
Testimonios de una langosta, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

1

Ahora que me encuentro en clausura dentro de esta botella, he decidido dejar por escrito ciertos testimonios que considero importantes. En primer lugar, tengo que decir cómo llegué a la presente situación… Me hallaba con mi compañera, de manera plácida y despreocupada, retozando sobre los arbustos florecidos de un jardín. Me adormilé por un instante y, de súbito, sentí que unos dedos aprisionaban mis patas traseras y, aunque me debatí, terminé por ser inmovilizado. Por fortuna, mi compañera se percató del incidente y huyó a tiempo, dejándome sin ninguna posibilidad de escape. En pocos minutos, me conseguía como prisionero en el interior de un recipiente de diáfano cristal, en donde había una cantidad mínima de aire…

 

2

Yo no obraba al modo de los demás insectos y siempre, antes de actuar, reflexionaba acerca de mis futuros movimientos para que no se vieran precedidos de una torpe necesidad mecánica. Por eso, yo no poseo aquella estúpida uniformidad en la repetición de mis trasiegos. Soy muy capaz de modificar mis actuaciones para no cometer fallas y evitar imperfecciones. Mi lamentable captura sólo se debió a un accidente fortuito y así lo asiento aquí, con responsabilidad.

¿Qué hacía con mi pareja en aquel nefasto jardín, en tan mala hora? Después de aspirar con fruición las fragancias de las flores, nos disponíamos a determinar por el olfato el lugar más propicio de la tierra para depositar los huevos. Mi compañera ya se había entrenado previamente y sabía extender sus seis patas para clavarse con las uñas en el terreno escogido y agarrarse con los dientes de una fuerte hierba. Ya me había puesto en conocimiento acerca de la forma artística que tendría el canutillo donde iba a confiar los huevos. Mientras tanto, yo amasaría el barro para confeccionar el cilindro y luego arrastraría los suficientes cadáveres de lombrices, orugas y escarabajos hasta el sitio de la deposición para que sirvieran de alimento a nuestros hijos cuando nacieran… Ya todo se frustró y por el presente sólo me resta consignar estas notas y aguardar mi deceso.

 

3

Nadie podría imaginar cuál es mi edad. Puedo afirmar que desde muy temprano hacía escapar a los hombres prehistóricos, obligándolos a refugiarse dentro de sus cavernas por semanas y meses, imbuidos de inenarrable terror. Los egipcios tallaban mi figura sobre sus tumbas, a guisa de amuleto, al atribuirme poderes de dios omnipotente. En la Ilíada se me menciona y se señala que junto con miles de mis compañeras sabíamos escapar del fuego que provocaban los campesinos para eliminarnos. En la Biblia, en el Libro del Éxodo, también me dedican algunos párrafos y hasta Aristóteles habló de mí. ¡Magno honor! Y Tito Livio, quien registró una plaga devastadora provocada por mí y mis semejantes en Capua. Y los chinos que se las vieron negras con nosotros y tuvieron que nombrar a funcionarios antilangostas. Mi campo de acción se extendió hasta Inglaterra y asolé el mundo árabe y me gané un lugar en el Corán. Recuerdo en especial la vez que llegamos a las afueras de Damasco y comenzamos a devorar los cultivos y a cuanta vegetación encontrábamos. Mis huestes formaban una inmensa nube y los barberos (ignoro la razón de porqué sólo ellos clamaron) pidiendo ayuda: “¡Que Alá todopoderoso nos salve!”. En Al-Andalus atraparon a muchas de mis congéneres y sirvieron como exquisitos bocados y luego, debido a lo delicado del sabor, pasaron a las páginas de los recetarios. Recuerdo, maravillado aún, las profecías de los mayas que nos vinculaban a las enormes catástrofes que ocurrirían en Katún 13 Ahau y eso me enorgullecía y aumentaba mi fe en nuestro infinito poderío. ¡Ah, y olvidaba cómo continuamos arrasando la tierra africana de norte a sur y de este a oeste y cómo aturbonamos los espacios y los aturdimos con el resonar de nuestras alas y los ensuciamos con nuestras cagarrutas inmensurables!

 

4

Evoco con fruición aquella impresionante y vasta nube que organizamos para devastar a muchos distritos en la China central. Gobernaba la dinastía Ming y los magistrados estaban inmersos en un total pánico, sin saber qué hacer para acabar con lo que ellos llamaban “plaga destructora”. En aquella época teníamos nuestra propia diosa que velaba por nosotras. Los magistrados, desesperados, acudieron a hechiceros y magos para que nos desalojaran de los lugares donde ya casi nos habíamos asentado. Un brujo de apellido Sauce utilizó no sé qué extraordinario recurso prodigioso y logró que muchas de nosotras sucumbiéramos. Nuestra diosa se desesperó y acudió en ayuda nuestra. Reunió en un solo batallón a las sobrevivientes y nos condujo hasta las orillas de los canales y acequias, donde estaban plantados innúmeros sauces. Allí ella nos conminó a vengarnos  y en cuestión de horas devoramos, engullimos, tragamos con avidez y voracidad todas las hojas de sauces y dejamos los árboles tan pelados que nunca más se repusieron. El brujo, enloquecido, emprendió una huida sin rumbo cierto y no pocos magistrados se suicidaron, vencidos. Nosotras levantamos vuelo y nos dispersamos temporalmente.

 

5

Otra historia que me conmueve es ésta: en cierta prefectura del Japón de principios del Periodo Meiji arribamos sin previo aviso y, de inmediato, nos dimos a la tarea de comernos los cultivos. Los campesinos gritaban y corrían de un lado para otro, rogándoles a sus dioses que los salvaran. El gobernador de la provincia envió a un funcionario entendido en artes mágicas, quien con su sello de piedra atrajo chispas del planeta Venus, las cuales nos chamuscaron las alas, forzándonos a escapar a lejanos confines.

 

6

Fuimos a parar a una pradera del Asia central y allí no permitíamos que creciera ningún tipo de hierba. Se aparecieron muchos jinetes y lanzaron al aire ramos de flores silvestres. Luego bajaron de sus flacos caballos y se prosternaron frente a nosotras. Desconcertadas por tal actitud, emprendimos el retiro en medio de una ensordecedora agitación de nuestras alas y nuestras mandíbulas.

 

7

En otra ocasión, en Armenia, la emprendidos, con especial ferocidad, contra los campos labrantíos de las mesetas meridionales. Consumimos los frutales, las plantas de tabaco y algodón y los arrozales. Donde se había sembrado vida, nosotras sembramos muerte. Grandes bandadas de nuestra especie les revoloteaban a los lugareños sobre sus cabezas y frente a sus rostros, aumentándoles aún más su impotencia y su angustia. De entre la masa de gentes acobardadas surgieron dos hermanos que manifestaron no tenernos miedo e iniciaron un brioso contraataque contra nosotras y después de más de cien días de combate, nos hicieron abandonar sus predios, ya cubiertos con decenas de féretros.

 

8

Tal vez resulte útil recordar que nosotras, en el simbolismo cristiano, representamos a las fuerzas de destrucción. En el Apocalipsis (9, 1-10) se asienta que del humo de un pozo emergimos sobre la tierra y se nos dio poder para que atormentásemos a los hombres. Se nos describía como caballos aparejados para la batalla, con coronas de oro sobre nuestras cabezas y con dientes como los del león y el ruido que producíamos con nuestras alas semejaba el estruendo de los carros de combate. ¿Todo esto no ilustra con fidelidad la energía inaudita que nos anima y que nos incita a continuar con nuestra labor destruyente?

 

9

Ya que somos peregrinas con fuero para desertizar, entonces devastamos regiones enteras, espaciosas, sea en el Egipto de los faraones, sea en el país de ahora, y caemos como castigo divino, aunque pocos así lo crean y muchos lo afirmen y constaten… ¿Acaso los chinos no interpretaban nuestras periódicas apariciones como una perturbación del orden cósmico? ¿Y nuestros cambios de piel no se entendían vinculados a la transmigración de las almas?

 

10

Antes de mi captura, ya habíamos dispuesto, en contundente resolución asamblearia, enrumbar nuestra “plaga”, la más peligrosa del mundo, hacia África oriental. De tal manera, Kenia, Eritrea, Etiopía y Somalia verán pasmadas nuestras nuevas oleadas en hermosos enjambres estridentes y expeditos. Ciento cincuenta millones de langostas por kilómetro cuadrado. ¿Qué o quienes osarán oponérsenos? Enormes conglomerados humanos recibirán nuestra ofrenda: una hambruna que obtendrá un hito en la Historia. Ni los pájaros depredadores serán suficientes para acabar con nosotras y contenernos. Ni las peores condiciones climáticas nos arredrarán. Después de cumplida la misión en tierras africanas, daremos vuelta a la brújula y nos encaminaremos hacia España y Portugal. ¡Desde ahora puede temblar la Europa toda!

 

11

Mis compañeras ignoran mi triste suerte. Ignoran el destino que me aguarda en breve. Mi amplia familia acrídida no recibe mis señales de auxilio y opto por rendirme, superada ya mi gris amarillenta apariencia y disminuida casi por completo mi vitalidad. A propósito intento saltar y ni siquiera logro articular las patas. Quedo, a la sazón, exánime, pero membranosa aún y circunspecta.

 

12

El aire dentro de la botella se agota a cabalidad. En la despensa se nota su carencia. Dejo ex profeso estas postreras palabras para que sirvan de epitafio al pie de este recipiente que me contiene: “Aquí reposa, petrificada, esta ortóptera de edad más que ultralongeva, quien saltó y asaltó, a placer y por doquier, y que nunca mendigó, sino que se valió de su astucia, fiereza y constancia para medrar a conveniencia y causar espanto sin medir las consecuencias”.

Testimonios de una langosta, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales
Wilfredo Carrizales
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