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Darlas al viento

lunes 27 de abril de 2020
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Textos y collage: Wilfredo Carrizales
Darlas al viento, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

1

GAVIOTAS que en vuelo palmean a los peces para vivir cenicientas sobre el blanco de los horizontes y simulando ser de los vencejos, vencen en la lucha por la casa encima del mar. Al sonar las campanas de coral baten las alas y se difunden hacia levante y chillan con altanería. Sus nupcias son instrumentales, pero el sol no las ciega, sino que las ayuda a curvarse, superpuestas a las líneas de carga. Por extensión, sus plumas ajustan unas tramoyas al vaivén de las olas y así amaestran las algas de un envión.

GAVIOTAS de aterrizaje inmóvil que comprende santo y seña para perseguir a otros pajarracos intrusos. Su hidrografía constituye un paramento para adornar la tradición del cielo. En su cuerpo se ajusta de maravilla la vestidura que le otorga propiedad al espacio donde se posan. Ellas se arbolan en las playas para disfrutar de sus derechos.

GAVIOTAS que existen como bandadas y como bandadas ascienden. Por razones térmicas reaccionan contra los albatros y con ellos ocurren en vapores de odio y disputas. Cuando las gaviotas se paran en el aire parecen unos badajos engreídos.

GAVIOTAS con frecuencia olvidadizas: la danza para dos puesta al margen. Gavota cual madero encorvado flotando para no terminar en ancla y dentro de la gavia de piedra, tus huevos, gaviotas, deslindan los desagües que plantan especiales mástiles.

 

2

ESCARABAJO que camina con su defecto consistente en un pequeño hoyo dentro de su nombre. No es feo porque haga garabatos, sino porque sonríe muy de vez en cuando. Se encoge al iniciar una trama en su ámbito y eso lo delata hasta perderlo. No obstante, si sale airoso, se encasilla en el interior de su refugio e instala unas antenas para mirar televisión de pantalla hojosa.

ESCARABAJO de pensamiento ovalado, lenguaje común y cabeza que ronronea. En ocasiones muta con la oscuridad hasta ganar anocheceres que esplenden sus tránsitos. En otros momentos se larva y fabrica pelotas de estiércol para divertirse a sus anchas, sin compromiso alguno.

ESCARABAJO con los fémures adaptados para todo tipo de coreografía y que le permite evadirse de escaramuzas no deseables. Desde que él comienza a roer en las malas figuras, le acompaña una fama de perverso. Traza con astucias sus disgustos y luego anda, bullidor minúsculo, y devoto de su fe subterránea. De improviso, puede tomar su maza y aguzarla a dentelladas.

ESCARABAJO de aguijones alternos, con los cuales convierte al escaramujo en materia comestible. Aspira a ser general coprófago, pero ignora que ese rango ya está completo y sin plazas vacantes. Por sus hábitos, no conoceréis jamás al escarabajo: lo acometen con frecuencia mudanzas que lo transforman por completo. Él no posee familia y tal asunto no lo deprime. La mayor parte de sus amigos viven en el extranjero y con ellos se comunica escribiéndoles breves esquelas sobre hojas de vid. Suele jugarse su fortuna entre los palos o alrededor de puntos con escaques. Escarba, mas nunca escarda. Su escepticismo se fundamenta en la más pura escatología.

 

3

HOMBRE: tronco principal del árbol que identifica caracoles por sus blasones y por sus desgajamientos. Hombre de frutos de ambos costados y que concilia los actos de las florescencias en todos los mapas a su alcance. Hombre de raíces no atacadas y que frecuenta el campo de las mieses y de los hallazgos de los espíritus hocicudos que jalonan los moderados oteros.

HOMBRE encuadrado sobre el árbol de los vitrales —encina o tótem receptor— y que está siempre a la altura de sus letras y sus iconos y que, potente y volante, dilata su taller de maderos para servir a quienes no desaparecerán. Hombre acodado a la flexión de sus nudos y sus oquedades.

HOMBRE en lo alto, a la vera de los senderos para contemplar los utensilios de las savias y también de las resinas. Hombre con capa de amplio follaje, amigo de la distinción y la osadía, pero enemigo del incienso de los falsarios y de los taladores de verdades.

HOMBRE de un entero arboledo y con pichones prendidos de su cabellera para ellos convertirse en bucles migratorios con las brisas australes. Hombre que percibe los olores auditivos en las magnas épocas de los deshojes y que en sus dedos siempre actuales roznan las hechuras del serrín.

HOMBRE espiritualizando el terreno que a su paso estático se ofrenda y que cercas no tolera y las lejanías se tornan en cosas maleables. Hombre irrumpiendo de su proveniencia con el susurro de las frondas cual flechas, con los soplos sobre las semillas cimarronas hasta la hazaña pluvial.

 

4

MUJER con rostro de niña, por convención o por obligada ceremonia. Empero escogió una cara con algo de conventual y eso le da un cierto aire de ¿ingenuidad o picardía? Ella ha retrocedido hasta toparse con una pantalla y desde ahí observa las imágenes que la distraen, que acaso la regulan, que la serenan dentro de la leyenda que ya se ha empezado a redactar con peculiar ligereza.

MUJER que es la que ha llegado para quedarse y hacerse sentir ejerciendo autoridad sobre cascadas y torrentes. De la casa mundana también es y la diferencia de las otras moradas, con arte y galanura. Señora con muestrario de relojes que no acechan y que marcan triunfos y pactos.

MUJER activando la naturaleza con su aspecto de ninfa que divierte y se regocija. Espíritu que no se aleja de la evolución, porque la adormece para que medre relacionándose con los caudales. Doncella ambigua de ignota fisionomía, enmascarada según los principios volátiles del verdor.

MUJER amada por guerreros desconocidos, quienes la alzaron por encima de su síntesis individual para que predominara sobre animales y plantas y sobre hombres desprovistos de entereza. Ánima disímil, de afectos impulsivos e intelectual con el conjunto de símbolos que le otorgan implicaciones en las categorías del siglo. Figura femenina que se personifica como alegoría de la transmutación.

MUJER no unida a la visión de matrona, sino a la estampa que transita libertaria por el gineceo, de alguna manera suyo y ajeno. Cisne que se alude ante la probable muerte por saetas. Misionaria que ruge desde la iconografía de la jungla de hormigón armado para ahuyentar la destructividad de los mafiosos. Hetaira de hervorosa hesitación en los trabajos hacia la consecución de los hesperidios.

MUJER de la estilización y de los jeroglíficos, con la gracia de los juncos de ámbar. Esbelta esfinge de precauciones, ataviada con ropa de los tordos, calzada con los cueros de las alegrías de las comparsas. Intuición del cosmos inmediato y aprehensión de los destellos de la aurora apetecible.

MUJER oficiante en la embriaguez y el embrujamiento, brotando del fondo del pozo ahíto de consistencias. Soñadora de los instintos y las transitoriedades. Hela en sí misma, en el arriba de abajo, en los adentros de afuera, en las vísperas con mirillas. Protagonista de la vindicación de los débiles y los locos. Sabedora de las vueltas de los enfermos de hartazgo.

MUJER, prolongación de la entidad de la novia nunca manifestada. Compañera de la sangre de las noches y sus primicias. Nauta por mares despellejados, en pos de bulbos de la zarabanda. Patrona de las impresiones en las ventanas. Sujetadora de zonas destinadas al crecimiento de faros. Sensualista que se sienta a la mesa para no descansar y librar luchas contra lo negativo.

Wilfredo Carrizales
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