XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Memento mori

lunes 4 de mayo de 2020
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Textos y fotografía: Wilfredo Carrizales
Memento mori, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

1

Mi abuela ya estaba familiarizada con el ruido del motor de la avioneta de los hermanos Portales. Cada tarde el aparato —construido por ellos— revoloteaba sobre el sector del pueblo donde estaba ubicada la casa de mi abuela y donde uno de los aviadores tenía una novia. Mi abuela levantaba la vista y en cada ocasión afirmaba que esos locos se iban a matar cualquier día de esos, cuando la armazón voladora se precipitase a tierra. En efecto, la avioneta cayó en un corral, cerca del taller de donde surgió, mas los “locos” Portales salieron indemnes. No obstante, mi abuela continuó aseverando que ese “par de chiflados” perecería en corto tiempo. Un mes después, los Portales, conduciendo un carro de carreras —prototipo propio—, chocaron de frente contra un camión cargado de desechos metálicos y, prácticamente, los dos vehículos quedaron comprimidos y ensamblados. A mi abuela le llevaron la noticia y sólo movió un poco la cabeza y continuó con sus labores domésticas.

 

2

Al murciélago se le vio bailoteando en los dormitorios. Por instantes, su danza macabra, en aquel escenario improvisado, aparecía ejecutada junto con un esqueleto que portaba una guadaña de oro y un estrambótico reloj de arena. Las internadas entraron en pánico y comenzaron a gritar, desesperadas, fuera de sí. Muchas se lanzaron por las altísimas ventanas y perecieron al estrellarse contra los brocales; otras más murieron pisoteadas en las escalinatas, durante el tumulto que se produjo. Las autoridades del convictorio nunca pudieron aclarar con fidelidad las causas de lo ocurrido.

 

3

El conocido comerciante de la famosa urbe universitaria decidió suicidarse: debido a una terrible pandemia que asolaba a todo el país, su negocio estaba casi quebrado y, para remate, las escasas mercancías que guardaba en el almacén fueron saqueadas por turbas hambrientas. Redactó su carta de despedida dirigida a sus familiares, tomó su revólver y, antes de que amaneciera, se dirigió hacia un parque. Allí buscó un árbol corpulento y se ocultó tras él. Extrajo su arma de fuego y se colocó el cañón en la sien. Sonó una detonación y el hombre cayó al suelo, con la cara bañada en sangre. Con las primeras luces del nuevo día llegó la policía. Examinó el cadáver y descubrió que el hombre no había disparado su revólver. Sin embargo, una bala del mismo calibre le había destrozado los huesos temporales.

 

4

El periódico digital trajo hoy la noticia del deceso del sabio O. P. Q. Sin embargo, yo sabía que el eminente erudito ya había fallecido en 1964, durante un terremoto en su ciudad natal y también había fenecido después en 1975, cuando el barco donde viajaba en un crucero por el Mar Caribe se había hundido. Así mismo se rumoró con insistencia que había acabado su vida, en 1989, en el tranquilo reposo de su hogar. Con respecto a esas tres previas muertes no había ninguna duda: se las aceptaba de la manera más normal y natural posible. Sólo la última de ellas era la que causaba suspicacias, recelos y sospechas de todo tipo. ¿Por qué el sabihondo había escogido, de modo preciso, el mes de abril del año 2020 para exhalar el postrero suspiro? ¿Por qué?

 

5

N. Armas era el obrero de la construcción más temerario que se recuerde. Con su un metro y noventa centímetros de estatura y sus ciento treinta kilos de peso se balanceaba, sin cinturón de seguridad, en los altísimos andamios colgantes instalados en los últimos pisos de los edificios que se iban erigiendo en las principales avenidas de la ciudad. Él escogía, ex profeso, los cuatro primeros pisos de arriba y allí les producía calambres y temblores a sus compañeros situados más abajo y bien resguardados. Ya llevaba en ese oficio más de quince años y nunca había tenido un accidente laboral. Uno de sus colegas se atrevió a ir, de modo furtivo, a la casa de N. Armas y convenció a la esposa de éste para que lo obligara a usar el cinturón de seguridad mientras laborara en aquellas alturas. N. Armas se avino a los razonamientos de su señora y al día siguiente subió a su puesto de trabajo con el correaje ciñéndole la cintura. Sus compañeros lo vieron y respiraron aliviados. N. Armas reinició la labor de frisado de la fachada del edificio entonando una melodía pegajosa. De improviso, se rompieron las gruesas sogas del andamio y el soporte que mantenía tenso el cinturón de seguridad. N. Armas no tuvo tiempo de gritar: la fuerza de gravedad lo atrajo con violencia hacia un montón de escombros situado al pie de la edificación. Ahí cayó boca abajo y quedó exánime. Sus compañeros se volvieron de piedra, por la sorpresa, y se negaron a seguir trabajando ese día.

 

6

Los dos jóvenes amigos decidieron pasar una noche en una bahía lejana y apartada, protegida por elevados cocoteros. Llegó la oscuridad y trajo una brisa bastante agradable. Localizaron un sitio satisfactorio para descansar y conciliar el sueño. Encendieron una fogata y se introdujeron en sus sacos de dormir. Se pusieron a platicar de asuntos generales para aletargarse. De manera inopinada, el más joven de los muchachos, dijo: “Es una felicidad morir antes de invocar a la muerte. Si amanezco muerto, amigo mío, te agradezco que hales mi cuerpo hasta la orilla del agua para que las olas se lo lleven como a un madero de cuenta naufragado”. El otro sólo rezongó como respuesta. A los pocos minutos ambos roncaban. Pareció que el sol había emergido más precoz y rápido. El joven de menor edad abrió los ojos, se palpó el cuerpo y comprobó que seguía su corazón latiendo. Sacudió un poco el hombro de su compañero y éste no se movió. Estaba frío, sin vida. En alguna imprecisa hora nocturna había optado por partir, tomando el lugar de su camarada.

 

7

La daga reposaba sobre la amplia mesa de caoba. Pertenecía a la recién instalada huéspeda.  La dueña de la pensión vio con mucha desconfianza la brillante arma, pero no se atrevió a comentar nada. La propietaria del arma blanca le había pagado con liberalidad seis meses por adelantado, correspondiente al alquiler de la habitación que había tomado. La huéspeda emitió un leve suspiro y le dijo a la dueña de la pensión: “Le ruego que no se atemorice. La daga no pretende intimidarla a usted ni a los otros residentes. La dejo allí, encima de esa superficie lisa, sólo para que se aclimate. Después usted comprenderá a cabalidad mis palabras… Por ahora, me sentaré en el sofá del salón a aguardar a alguien que vendrá a percatarse de que estoy aquí…”. La dueña de la pensión asintió con un ligero gesto casi imperceptible. La huéspeda extrajo un libro de bolsillo de su cartera y se sentó a leerlo en el sofá. Una hora se esfumó sin dejar rastro. El reloj de pared dio tres campanadas: las tres de la tarde. Se abrió la puerta de calle y entró un hombre robusto, vestido de negro, muy mal encarado, mirando a diestra y siniestra. Apercibió a la mujer y una súbita cólera le congestionó el rostro. Cuando iba a acercársele, la mujer se puso de pie con una insólita energía, tomó la daga y se la lanzó al hombre. El arma se le clavó con certitud en mitad del corazón y lo derribó encima de la alfombra, sin emitir ni un quejido. La mujer pasó por encima del cadáver, le echó una ojeada y le arrojó al pecho el libro que estaba leyendo. Su título: “Cómo arrojar una daga para eliminar a una persona impertinente”.

 

8

El sendero por el que transitaba el caminante cojo se topó con una carretera aislada, recta, amplia, que atravesaba un espantoso y sobrecogedor desierto de arena. El caminante, parado en el borde de la carretera, ojeó con calculada parsimonia la vastedad que tenía al frente. Le pareció vislumbrar, allá no sabía dónde, un retazo de verdor. ¿Acaso un exiguo oasis? Se dispuso a cruzar la carretera, pero primero se cercioró de que ningún vehículo se aproximaba de ninguna de las dos direcciones. ¡Nada, nadie! Entonces, cojeando con suma dificultad, comenzó a moverse hacia el centro de la vía. Sudaba en abundancia. Ya en el centro de la carretera, con una pierna a cada lado de la línea divisoria, elevó la vista hacia el cielo en procura de auxilio. Se escuchó un estampido de cláxones que se perdió con rapidez en la inmensidad y que dejó sobre el asfalto supercaliente una figura humana aplastada y espachurrada por completo.

 

9

Aquel afamado escritor solía reiterar que si la muerte venía a buscarlo lo encontraría trabajando. Una tarde, él, después de su acostumbrado paseo por las glorietas aledañas a su apartamento, regresó a su domicilio. Sin rodeos, se dirigió a su estudio para continuar escribiendo. Abrió la puerta y se encontró con una viejarrona que estaba copiando sus cuentos y un par de novelas, inéditos. Por su aspecto, supo de inmediato quién era. Le arrebató los papeles de las manos y empezó a insultarla y a empujarla. La viejarrona no se defendía, sólo se carcajeaba. El escritor terminó por desalojarla del estudio y del apartamento. Acosándola sin tregua, la obligó a descender por las escalinatas. Mientras bajaba, sin cesar de reír, le gritó al escritor: “Vendré por ti cuando yo lo determine. No cuando tú lo proclames. Continúa afanándote en la que será tu última obra y te recomiendo que te incluyas como personaje fatídico en la página que dará remate a la novela. Colocas el punto final y yo te llevo conmigo”.

 

10

Durante un declive del invierno fuimos a visitar una comuna agrícola en una región del sureste chino. El jefe de la comuna nos recibió con amplias muestras de alegría y nos acompañó en persona por cada uno de los sectores que componían aquella entidad. Al mediodía nos obsequió con un abundante almuerzo. Luego salimos a visitar las nuevas casas de los comuneros. Cada uno de nosotros ingresó en la que más le atrajo. Yo ingresé en una que tenía pegada en la entrada una imagen del dios protector de las puertas. El anfitrión me invitó a entrar y nos sentamos en la austera sala, donde bebimos té, conversamos y comimos pipas de girasol. Luego él quiso que yo le diera un vistazo al dormitorio. Sobre un tablón recubierto con una colcha y que fungía de cama, estaba acostada, boca arriba, una anciana que, a todas luces, había alcanzado la longevidad. Su cabeza, casi por completo desprovista de cabello, descansaba encima de un taco de madera, ahuecado de modo conveniente. Ella dormía en completa calma. El anfitrión —su hijo— me informó que su madre ya había perdido el sentido de la audición, pero no se le había extraviado la memoria. Cada día le preguntaba a él si su féretro estaba bien protegido. El anfitrión me mostró el ataúd: permanecía semioculto, a un lado de la cama. Me despedí del anfitrión y prometí regresar al día siguiente antes de marcharnos, ya que esa noche pernoctaríamos en un alojamiento de la comuna. Por la mañana, después del frugal desayuno, encaucé mis pasos hacia la vivienda del comunero. Lo encontré en la puerta de entrada —parecía aguardarme— y, en silencio, me condujo a la habitación donde yo había visto a la anciana dormida. Ella ahora  estaba tendida dentro de la urna, finada, y a mí me dio la impresión de que su cabeza había ganado muchos nuevos cabellos. Además ella sonreía, con una placidez tal que yo pude catalogar —para mí mismo— de beatífica. Le di un apretón de manos al anfitrión y esa fue la despedida.

 

11

El viejo José persistía en continuar sentado en la acera, bajo el árbol de almendrón de su jardín. Sabía que en la casa de enfrente, María R., la ajada, mala lengua y terrible enemiga, lo estaba espiando desde hacía rato a través de las rendijas de la ventana. José se solazaba escuchando cómo María se movía de un lado a otro en esa habitación, nerviosa; sin duda, crispada. De repente, José exclamó en alta voz: “¡Qué calor, carajo y esa vieja infame no se derrite allí adentro!”. Desde el interior del cuarto se oyó un berrido: “¡Te veré muerto sobre la carrocería de un automóvil!”. José se desternilló de risa y en ese preciso momento llegó uno de sus hijos conduciendo un maltratado Buick. Ambos penetraron a la casa, todavía festejando la guasa. No había transcurrido un cuarto de hora, cuando un alarido explotó en el seno de la vivienda de José. Su hijo gritaba: “¡Papá, papá!”, al tiempo que emergía hacia la calle, con él en sus brazos. Como no lograba conseguir las llaves del automóvil en sus bolsillos, depositó a su padre, de espaldas, sobre el capó. Un segundo infarto abatió al viejo José, cuya cabeza quedó colgando, enfrentando la ventana de María R. Ella se persignó, oculta entre la penumbra del recinto, y fue obturando, con extrema precaución y sigilo, las aberturas de la ventana.

 

12

Cada vez que yo veía a Pancho le notaba la cabellera mojada, incluso destilando agua. Le preguntaba la razón y él me obligaba a pasarle las manos por la cabeza para comprobar que estaba seca. No obstante, yo no salía en cada ocasión de un recurrente asombro. En esa época, yo tenía trece años y Pancho tres años más que yo. Estudiaba yo primer año de bachillerato y Pancho había culminado la primaria, a trompicones, y luego no quiso saber más nada de libros, ni de maestras, ni de aulas. Se dedicó a ayudar, de manera irregular, a un tío suyo que era comerciante. Pancho nació para la vagancia y la aprovechaba, a todo tirar, de las más diversas formas, siendo su preferida la de ir a nadar al profundo y torrentoso canal extraurbano. En múltiples momentos, él me invitó a “chapotear” en el tal canal, pero yo le temía a esa acequia, donde ya se habían ahogado varios muchachos. Pancho se burlaba de mi cobardía y yo bajaba la vista hacia el suelo, mas lo escudriñaba de reojo y descubría, de nuevo, que su cabellera lucía empapada. Hasta que una tarde lluviosa del mes de mayo mi padre me comunicó que Pancho se había ahogado en su canal predilecto. Mi padre y un pariente de Pancho fueron, en un jeep, a rescatar el cadáver de la orilla para trasladarlo a la casa de su madre. Cuando llegué a esa vivienda cercana, me asomé por la ventana de calle que tenía los postigos desplegados y vi a Pancho, desnudo, tirado sobre una mesa de trabajo. Sus pies, amoratados, casi tocaban los barrotes de la ventana. Los brazos los tenía cruzados sobre el pecho y de su cabeza, desgreñada y salpicada de barro y yerbas, no paraba de manar el fluido acuoso. No me sentí impresionado por el fenómeno, pues desde hacía mucho tiempo atrás había intuido algo así, al revelárseme en innumerables oportunidades la cabellera enchumbada de Pancho… Después yo comencé a estudiar segundo año de bachillerato y una de las materias era Educación Artística. Extraordinaria sorpresa fue encontrarme, una vez más, con la figura de Pancho muerto, pintada por Andrea Mantegna, en escorzo, y aunque no chorreaba agua, su rostro aparecía brillante y fresco, como recién salido del baño… Me gradué de bachiller y creí olvidada la imagen de Pancho yacente y sepulcral. Empero en octubre de 1967, me volví a topar con el conocido escorzo en la primera página de un periódico: colocado encima de una plataforma de cemento armado, con su cabellera alborotada, aguanosa y las manos pegadas de los muslos… Transcurrieron incontables calendarios y acontecimientos y Pancho, al fin, se replegó y se sumergió en un ignoto pozo.

 

13

El célebre chef chino, Ma Fei, fue invitado por un prestigioso restaurant de Hong Kong para que preparara sus muy apetecidos platos a base de carne de serpientes venenosas. Ya instalado en la flamante cocina del restaurant, el chef trajo, agarrada por la tráquea, un ejemplar de la más ponzoñosa culebra del sureste asiático. El reptil mostraba sus agudos colmillos y la cola se enroscaba en el brazo del chef. Ma Fei colocó la serpiente encima de una mesa —sin dejar de sujetarla— y con la otra mano tomó una hachuela y de un certero tajo, le cortó la cabeza. Luego haló el cuerpo descabezado del ofidio y procedió a quitarle la piel y extraer las vísceras. Se olvidó por completo de la cabeza del reptil y, en un descuido, puso una mano muy cerca de ella y la cabeza, aún viva, le clavó el par de colmillos en el dorso. El punzante dolor paralizó a Ma Fei por breves segundos, pero, de inmediato, empezó a agitarse y convulsionar hasta que se desplomó muerto al aséptico piso de la cocina.

 

14

Lepaute (todo el mundo le llamaba “Lepote”) había consumido treinta años de su vida como cartero de aquel pueblo montañoso, donde abundaban inmigrantes venidos de Francia, Italia y Alemania. “Lepote” repartía las cartas todos los días, lloviera, tronara, relampagueara, la tierra temblara o los ríos se desbordaran. Montado en su pesada y resistente bicicleta de hierro inoxidable, entregaba la correspondencia sin demora y con una amplia sonrisa en su rostro aguardentoso. En la fecha cuando iba a ser jubilado —su última jornada de trabajo— se levantó más temprano que de costumbre y contempló el cielo que amenazaba tormenta, pues ya se veían entre las oscuras nubes chispazos de electricidad. Su consorte le rogó que no saliera con ese tiempo tan horrible y peligroso, mas “Lepote” le aseguró que no había nada que temer y que además, siendo ese día su postrero recorrido, debía entregar todas las cartas y despedirse de toda la gente a quien había servido por tantos años. Se puso en movimiento “Lepote”, pedaleando con sumo entusiasmo en su bicicleta. El firmamento parecía arder con el resplandor de las centellas y abrirse con el fragor de los truenos. En los alrededores, algunas descargas eléctricas habían fulminado copas de árboles. “Lepote” no recordaba haber experimentado en su vida tormenta asaz horrísona. A media mañana había repartido la totalidad de las cartas, menos una: la de la viuda sorda que vivía en el extremo oriental del pueblo, poblado de vetustos pinos. Introdujo la misiva por debajo de la puerta, trepó de nuevo a su bicicleta y trató de alejarse de allí con precipitación. Una violenta ráfaga de viento lo azotó por un costado y lo hizo derrumbarse. Al intentar ponerse de pie, escuchó una especie de feroz crepitación y, de manera consecutiva, una potente descarga eléctrica descendió sobre él, aniquilándolo.

 

15

El soplón que vivía casi frente a su casa ya lo tenía harto con sus inmundas actuaciones. Había pagado en varias oportunidades para que lo apalearan y expulsaran del vecindario y siempre en último momento el delator conseguía escaparse del castigo. Luego se exhibía orondo en la entrada de su vivienda y presumía con la ridícula ostentación de un pavorreal. El hombre que se consideraba agraviado por las bajezas del soplón compró una pistola. Una tarde se sentó en el espacio libre de su jardín y se puso a limpiar la pistola con un pañuelo. El chismoso lo atisbaba desde su portal. El hombre se afanó más en la limpieza de la pistola y, de súbito, se le escapó un tiro que fue a incrustarse en el ojo derecho del espía, quien se desgajó, en cámara lenta, de su querencia.

Wilfredo Carrizales
Últimas entradas de Wilfredo Carrizales (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio