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Por separado, aunque una sola relación

lunes 11 de mayo de 2020
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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Esfera de piedra que ganó su capa de hojas con los ecos de junio y aunque su totalidad se oculte, rota en la inmovilidad que describe. Le corresponde un espacio infinito, donde la homogeneidad se manifiesta con las vueltas simbólicas de algún cuerpo celeste caído a tierra. Le cabe la profundidad que se transparenta en la perfección y se considera asidua del jardín de luz que desciende por el norte.

El orbe se contrae para darle figura y su horizonte no se observa por ser ideal. En sus polos habitan los minúsculos habitantes saxátiles y sus cápsulas y sus desconocidos impulsos.

Acude el centro a su llamado interior, pero no se equidista del reloj que rodea el cielo. Alcanza el ámbito de sus agentes circulares, con la condición de que no estampen sus símiles de intrincada armonía. Recremento que fija su posición en el plano de la curvatura que no se entierra para oscular.

 

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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Pata de palo con mucho acierto para hollar las texturas que se ramifican a ras del suelo. De atrás discurren sus pasos, sus avances para empatar el color oscuro que dura desde lo multíplice. Se sostiene cual pezuña, pero con horcajadura de cómodos bordes. Se quiere cortar y cerrar las heridas, mas la buena suerte es puro desperdicio. Un trozo de triángulo le acaba al tacto.

Se curva y luego se alisa para implantar sus fisuras que comparecen a la hora del grillo muerto. Suple su andar defectuoso con un pateo durante una cierta parte de las abreviaciones. Su madera no se encoge ni que se la someta a presión bajo el forraje. Allí se extrema y se ensancha.

Hacia ambos lados de su divergir se van aplastando sombras renunciantes y los sentidos de la periferia sufren por las cortezas tostadas. Su gratificación se difunde a semejanza de los apéndices que halan las ventajas por el eje. Al adorar el palo de la pata se llevan asidos los recuerdos del amargor, compacto y sin pulimento.

 

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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Fibras en la manera de estar tejidas y que ahora han emigrado para diferenciar su función. En la unión se han figurado resistir a perennidad, pero se han visto —se ven— destrizadas por los gorrones de los árboles. ¿Y dónde las agujas que pasaron? ¿Y las filas de donde salieron? ¿Y adónde la anterior piel? Un organismo cabe en lo contráctil de su seno y luego se aplana, encarnado.

Sin fin la lesión, el desgarramiento más sonoro. Debajo se sacuden las reducciones de la hojarasca, su doctrina y sus ondulaciones. Velo que se recoge a su vega de esquila foliácea. Otra credencial, fenece.

No tan allá prosigue la trama y cohabita con restos de clorofila y yemas antes espesas. Ya no es posible el entrelazamiento severo: el cuadro sólo denota la perversión de los manojos que quisieron reproducir fases y géneros. En los travesaños del fondo hay ojales que se mojan según su albedrío y que, además, urden lo aglutinante del olor de la inclemencia.

 

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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

A veces, la hoja flota sobre el agua y su sombra se hunde. En otras ocasiones, sobrenada la sombra y la hoja se va a pique. ¿Se realiza la caída de la hoja con la transpiración de la vistosidad? Quizá tal asunto acontezca con la inutilidad de alguna foliación. Por lo común, se pacta la firmeza de la axila.

Adrede, el agua atrae a la hoja, sabiéndola nerviosa y opuesta a sí misma. Se agitan las ondas correspondientes al huso horario y caducan los compromisos contraídos. Si consta la placa, dentada sea. Cualquier alusión a la partida se exfolia con el artificio del limbo o el verdor del grumo.

Se bate la hoja mojada y se imprime en su extensión. Ocurre por el crédito del otoño, en caso de estar abierto. El trámite de la movilidad de la hoja: ornamento por cuanto antes y flexor.

De cien en cien y no hay extracto y la hoja existe en su humedad de pozo. Su silueta se procura soluble, ostensible para el asombro. El tiempo ácueo no se discute. Un desenlace fluirá verdinegro.

 

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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Sobre las grietas de la elipsis rocosa, la espiga ha dejado de espigarse y su tema, aunque gastado, se renueva con la génesis. Recóndito y breve haz ensamblado para el sosiego temporal y albo. Y un injerto del futuro para el badajo exiguo y en la unidad un punzón para nutrir sin distingo.

Adheridas circunstancias de las agujas de pino y virutas en braveza con la imagen del teñido. Y menores espigas de llantén en busca de un ara para lloriquear y plantarse libérrimas.

Bastante nunca para soldarse al sumario terrizo, cuando la mañana no padece fresca y se han expresado las andanzas de liturgias de arrastre. Segmentos de astillas que serían y han sido arbustos, proporcionales a sus ápices y empobrecidos tras perder sus elementos y más tarde aluvionados por el mantillo que en alboroto no se presentó cansado. (No olvidemos a la espiga y su templanza que, en modo consistente y simple, nos transporta para desecarnos y encimarnos el rasgo serrado).

 

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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Piedra inmersa en el líquido de su ablución. Piedra lavándose en los preámbulos de sus matinales. Piedra tortuga, con la caparazón donde se consuma el ritual del enjuague de las visiones.

Piedra en medio del aguacero invisible, en el goce de la inmensidad de lo redondo. Esa piedra de carne suave y dura, labrada con cincel solar, carente de esquinas y amolada para facilitar los nidos.

Piedra puesta dentro del lacrimal del estanque y procedente para su rayo de reflejos. Piedra que se engasta en la aguamarina que no se embarca. Piedra con su cauce exento de trastornos.

Piedra que cura los huecos por donde penetran minerales inexpresivos. Piedra que suena a dos aguas, en la simultaneidad de lo evidente. Piedra con jarros de lirios ensenados, en puridad.

Piedra construyendo la rareza de las espumas, entre los giros que se ablandan. Piedra que parte ausente de distancias y que se asienta, a hito, más de día que de noche y dimana chispas y cristales.

 

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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Cabellera de paja acariciada por las brisas en remolino de jolgorio. El encuentro con el pájaro resucitado —golondrina o gorrión— andará erguido de boca en boca, aquende la corriente que no inquieta. Es para pensar en lo flexible de la vigilancia y en cualquier varilla aterida.

Una espuerta se decolora entre cursos y pulsaciones, mientras las granzas se avientan para que las cacen los lenguajes del colmo. Un bálago y un columpio no hacen postal ni paisaje servil.

Los rizos en aquellas delgadeces, en esos tallos que se sustancian, escurridos, se sutilizan con las cadencias de los intervalos. La melena se piensa como pajas sorbidas y ni siquiera monta en la ceba. Del cogote a los lomos se encienden lumbres con pocos momentos fáciles y un desarraigo de pábulo.

Una bestia diminuta se salva envuelta entre regalos de un acuario y su pajada. Lo que se escucha acaba en punta y se tuerce al sereno, con la mucosidad que descansa en ella y pajiza se evoca.

 

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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Se afilia la hierba a la flor que, aledaña, se estira para no fruncirse en el olvido. Pronto el dúo atrae antojos, flamas y ataques y sus aromas se ajan. Antes el lustre ni con su presencia se avenía.

La contrariedad suele ser perfecta. Hazte alta y te cortan. Así se dice virtud, rutilancia, alegría. Se caldean los despidos y los burladores se cautivan con excusas. La virilidad se desflora, sin rama.

En un convite la mañana se marchita. Origen que se lega con el desgaste. Ha de notarse la necesidad de la bruma, porque la batalla menstrual se perdió. ¿Quién arma tres flores de lis, de canto y pináculo? Se verá una reliquia, asentada al esgrimirla. De mal cocido, el floreo se agudiza y hiede.

Cómense las yerbas con nervios y artificios. Si las cala el aire con sol pronto maduran. Junto a peñas póstumas se dan de fiado los pesares. Entonces llega lo seco y la muda y todo se apercibe en dísticos. El hueco de emergencia, al fondo, se acometió y, ¡ay!, ningún ser oyó.

 

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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La roca encordada —¿hito inoportuno?— veteando sin desnudar la tierra, sin sedimentar lo eruptivo. De donde se toman los peñascos se funda el cognomento del castillejo levantado. Algunos mojones de rusticidad se rodean de estambres y se saltan las escrituras de la quietud rupestre.

Litolatría al pie del ángulo más fundamental. Sucesos y oportunidades para poseer lo no destruido de un inverosímil aerolito. ¿Quién lo testifica y cuándo la referencia para menor desgracia?

¿Le vendrá la inspiración al cúmulo de guijarros para fusionarse y emular a la roca roncadora o habrá que esperar al milagro por mampuesto? Si se medita en demasía se quebrantará lo que tritura en el molino. En plural, la repulsa pedregosa y, en líneas curvas, las sogas y el esparto cogerán candela.

Nuevo estado para ganarse las grafías que son propiedad de un inmenso pedernal. Mientras tanto uno se atrae las frotaduras de la piedra señalera y queda contra las cuerdas sujeto.

 

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Por separado, aunque una sola relación, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Nudo recién activado de lo noval. El entrelazamiento aprieta intentando comunicar con los anillos de lo turbio. Sólo se vinculan las ataduras con los ramales de las costras. Un eslabón nudoso nace entre dificultades desatadas, pero pesa su poder sobre el tábano sin control.

Con la primera cavidad a su servicio, el nudo aprende a distanciarse y luego abultarse en interés de los arranques de diversos tejidos. A un empalme le sale un impedimento que es una porción de gaza.

A tantos nudos por superficies enlodadas y no cualquiera puede narrar la ausencia de lascas en tales parajes. La turbación se rodea de segmentos que se desanudan con amenazas añadidas.

Nulo preludio del nudo no tragado. ¿Qué se juega en el transcurso de una barredura de briznas? ¿Un castizo rompimiento? ¿Una carnosidad de lenzuelo, ocre y vegetal? No era la firmeza de la tensión del nudo lo que brotaba tenaz, sino una hechicería de roturas sin respiro y sin oblación.

Wilfredo Carrizales
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