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Itinerarios retrospectivos

lunes 25 de mayo de 2020
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Textos y fotografía: Wilfredo Carrizales
Itinerarios retrospectivos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

1

Muy atrás quedó el río no muy caudaloso, cuyo nombre continuó resonando como un mecatazo sobre la cara. Enhiestos eran los árboles de sus riberas y frondosos y colmados de nidos de diversas especies de pájaros. Unos toros furiosos pacían bajo las sombras de los samanes y, de pronto, se arrojaban unos contra otros y trataban de herirse con desatino. El breve furor de los astados pasaba rápido y el terreno permanecía ofendido y polvoriento. La aleación de oro y plata del sol tendía a fundirse y de ello se aprovechaban las chamizas para hacer humo. Había perros que entraban a los sembradíos y comían mazorcas de maíz y luego huían hacia casas rústicas escondidas entre los matorrales. Fuera del tiempo, unos viejos vivían apartados, allende las leyes de los significados. Algunas veces los nombres de las cosas manaban desde una fuente que los descargaba en cortos capítulos. De donde se acumulaban las mudanzas se hallaban conciertos de estampas de una ruralidad contraída. Las ropas se lavaban solas encima de grandes piedras, mientras se fruncían las hojas y los frutos zarandeados por la corriente. Con descuido los hierros se oxidaban bajo palmos de terrones y después se imponía un escudriñamiento para descubrir lo que habría de purgarse. Si uno alzaba las cejas acudían frugalidades que no mentían, porque se ajustaban con sus señales blancas. Por accidente aumentaba el frío, guarnecido por goteras que se extendían sin refrenarse.

 

2

Advertimos las cañafístulas al borde de la carretera por el mal olor de su madera, aunque con seguridad las habríamos notado por el estruendo que ocasionaba el viento al agitar las cañas. En la laguna cercana hacían flexiones y vueltas las libélulas y les sacaban el cuerpo a las líneas rectas. Los remansos se torcían, postreros, siempre procurando que entrasen y saliesen los peces más bebedizos. Todo el paraje limitaba con una planicie que callaba y en donde los batracios contentos disfrutaban de sus vivaces lecciones. Aventajaban las materias lúteas y las perseverantes razones de la maleabilidad. Un cántaro pudo tomar origen de esta suerte y llenarse de juicios para calmar la sed. Unas cruces estaban enclavadas en sitios dañosos cual si previniesen del abuso de los peligros. Ninguna forma recordaba lo pétreo y allí se declaraba con porfía. Quien tomara el ambiente en confusión se engañaría y se espantaría sin remedio. Cuando las nubes se volvían aptas para ser leídas se alcanzaba el fallo de su liviandad y no se les afeaban las mudanzas. Cada movimiento sobre las aguas poseía su contrapunto, su arrimada instrumentación. Primero solía llover hacia el interior de los ojos y luego se frecuentaba el quiebre del fluido con su simple asa. En el contorno, infinidad de diminutos huecos para ser considerados desde el punto de vista de la contienda subrepticia. Teniendo ese pedazo de territorio se imponía el descanso y sus cánones de soltura.

 

3

El suelo del emplazamiento era empedrado. Al lugar se introdujeron piedras que no se corrompían. Allí moraba una multitud mínima y había moradores cargados de rulos y otros cautivados por los ejercicios del enamoramiento. Los caballos existían en su justa cantidad y las palomas se posaban encima de cadenas no muertas. Escondidos se conservaban los juguetes de las burlas y los sellos sobre los muros se distinguían por la destreza con la que habían sido labrados. Los extremos de las altas aceras resaltaban por la pulidez. Desde las ventanas se oían murmuraciones que nos causaban curiosidad. Como nos advirtió un cronista de un pueblo cercano, esos susurros eran los pasatiempos preferidos por las mujeres enclaustradas. En las encrucijadas aledañas los espíritus acostumbraban encordelar a los foráneos, pero a nosotros no nos molestaron. A veces caían golondrinas enceguecidas y nadie les prestaba atención. Indagamos por una antigua ermita que nos interesaba conocer y a cuantas personas preguntamos negaron que existiese tal retiro. En una plazuela nos topamos con un alienado en pleno soliloquio. Hablaba de escarabajos entrados en años, a los cuales él decía honrar y venerar, porque lo ayudaban a descifrar perdidas fórmulas farmacéuticas para curar el bocio y la gafedad. Nos marchamos con el eco de la admirable elocución del orate que nos había aligerado el entendimiento y nos había escarchado con su rocío de palabras sabias.

 

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Divisamos la ciudad en su estación ebullescente y así pudimos izar sus reliquias. Vimos hortensias abrasadas y ebúrneos troncos. El cabo de la ciudad estaba opuesto a la firmeza de los espacios cruzados por puentes. La población era estrecha y pequeña y apenas abarcaba un circuito de unos doce kilómetros. De repente uno podía toparse con pinares, peñascos y asperezas de hierbas. Hacia el norte colindaba con el mar y en algunas de sus playas se localizaban salinas, razón por la cual la existencia de peces era casi nula. Sin embargo, allí abundaban ofidios ponzoñosos de origen desconocido. La certidumbre de haber islas escapaba de la mirada de quienes llegasen de otras regiones. La municipalidad fomentaba entre los habitantes paseos y caminatas diarias por las principales calles. A nosotros nos movió la semejanza de aquella gente con la fisonomía de los habitantes de nuestros centros urbanos. Nos topamos con varios hitos y mojones de tierra erigidos en las entradas de antiguos almacenes. El cementerio lucía corroído por la carcoma y las tumbas y epitafios casi habían desaparecido por completo. De modo extraño no se veían sepulturas nuevas o recientes. No nos atrevimos a indagar acerca de tan anormal asunto. Hubo una muchedumbre que se instaló en una casa llamada “ilustre”. Los concurrentes se dedicaron a menear las cabezas, al tiempo que trasladaban las sillas a un patio donde las castigaban con prudencia.

 

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Donde la corriente fluvial se dividía en dos brazos estaba asentada la villa que sólo tenía por grandeza una meseta que era guarida de conejos silvestres. Durante nuestra estadía, a menudo escuchamos que las mujeres de allí parían con tanta frecuencia y abundancia como las conejas. Cometimos algunas equivocaciones al intentar comprender a cabalidad el fenómeno y entonces implementamos una estrategia para cazar los gazapos. Intuimos que la tierra que pisábamos estaba minada por debajo y que un imprevisto asalto de dientes y colmillos podría producirse de súbito. Dejamos constancia de todo ello en unas notas que deslizamos entre las páginas del dietario de la comadrona mayor. Por la noche aprovechamos las horas para dibujar emblemas y desusadas armas y trofeos de extintos moradores. Con sorpresa detectamos, sobre un apolillado mesón, una leyenda asurcada a punta de cuchillo. Rezaba así: “En mi estado de ausente les rodearán conejos”. Un verdadero enigma que nos valió consultas insatisfechas. Ese caso maravilloso encubría más de lo que revelaba. ¿El que huyó murió en parajes remotos? ¿Ido el roedor se desprecia su sabor? Junto a los villanos se nos despertó la gula y trinchamos a placer despedazados conejos preparados en marmitas caseras. Nos chupamos los dedos sin vergüenza alguna y hasta las coyunturas se amoldaron a sus aires. Al amanecer, pedimos los pelos y partimos con ellos en las plantas de los pies.

 

6

En la patria chica de la hermana de un médico amigo, una aldea provecta recostada a una ladera, el ambiente era grueso y malsano y por eso se decía que a los oriundos de tal locación los caracterizaba el ser tardos y de poco discurso. No obstante, la consanguínea de mi camarada manifestaba una sagacidad y un porte marcial extraordinarios. En cuanto la conocí y hablé con ella me di cuenta que resultaba un personaje de mucho saber. Al rato de conocernos, me puso su mano derecha sobre un hombro y me invitó a tener noticias más precisas y directas de su lar natal. Animados ambos, nos pusimos en camino y en sus ojos brillaban chispas de entendimiento que por momentos abrasaban mi cuerpo. Ella me refirió que en las mañanas, la arena ofrecía un espectáculo de “cortejo nupcial” que hacía enmudecer a cualquiera y le refocilaba los miembros. Ahí tuve una visión que se tornó fortísima con mi paciencia. En el pecho de la mujer debía haber una plena abdicación. No comenté nada, pero su túnica en ese presente no la molestaba. Un decir indiferente no se pronunciaría… Vi, en nichos improvisados en las rocas, figurinas de función sagrada, moldeadas con arcilla, y que albergaban restos de cenizas. Ella musitó la palabra “exorcismo” y yo no la rechacé. Un anuncio de brisas nos alejó de abstinencias y tomamos largos tragos de vino de pasto, directamente de la bota que ella traía colgada del cuello. Nuestras manos se encontraron y se relamieron.

 

7

Hay en la ciudad que más me ha atraído casas incrustadas adentro de los muros de aspectos redondos. De trecho en trecho apercíbense unos como cubos y torres y almenas. En esas alturas uno se imagina a los soldados de entonces temblando de frío o de miedo. Más adelante el ribazo muestra sus lenguas, en un intento de hacer sentir su arronamiento. La calle principal es de una mundanidad pasmosa. En los callejones se consiguen pequeñas victorias en los comederos. El hambre pronto fenece ante el embate de ricos platos sazonados con una variedad insólita de especias. En muy raras ocasiones suceden pleitos motivados por deficiencia en el servicio gastronómico. Si uno se dedica a beber los aguardientes locales y baja la guardia es probable que termine derribado encima de la mesa. Subsiste el hábito de valerse por sí mismo si se es vencido por la elevada graduación alcohólica. A la sazón, mi ánimo mudaba con cada embestida de los tragos. Menos mal que en las vecindades existían hospederías que recibían clientes las veinticuatro horas del día. Noté campanas colgadas de los aleros y se me informó que resultaban útiles en casos de tempestades o de urgencias por cuestiones de parto. Me maravilló la abundancia de todo tipo de panecillos y bollos confeccionados con harina de trigo. Reparé en la multiplicidad de sus hechuras. Asimismo me causó asombro las bisagras utilizadas que se revolvían en puertas y ventanas.

 

8

Aquellas edificaciones en mitad del descampado nos turbaron y desviaron nuestra memoria hacia construcciones parecidas. ¿Habían sido erigidas por algún reino terrígeno o ultramarino? ¿Dónde estaría asentada su fundación? Se allegaron unos naturales de esa tierra y les preguntamos. Empero lo ignoraban todo. Parecían pescadores y alguno que otro tenía cara de salacidad. Se dejaron oír los chillidos tenues de un grupo de ortegas y como nosotros también éramos advenedizos mudamos de estación y proseguimos en peregrinaje. Adelantamos unos cuantos kilómetros por un camino de granzón hasta que un caserón de tejas, a dos aguas, con las paredes de adobes enjalbegadas con cal y bosta, nos obligó a detener. Peleaban dos gallos ante la puerta cerrada y, aparte de varias gallinas trepadas al tope de unos maderos, no había otros seres por los alrededores. Nos arriesgamos y descendimos de la camioneta. Dimos unas voces, de manera redundante, y no hubo ninguna respuesta. Sin embargo, intuimos que un animal nos embestiría con sus cuernos y nos causaría un tremendo embarazo. En parte no precisa se agitaron unos matorrales y, de modo repentino e impulsivo, apareció una vaca con un auge de furia que interpretamos como antinatural. Sin previo aviso se nos abalanzó, moviendo su testa coronada de arriba abajo, y nos apremió a introducirnos en el interior del vehículo. La bestia le dio un par de topetazos a nuestro “cobijo” y se marchó, frustrada, y nosotros preferimos escapar de tal “fruslería”.

 

9

Abigarrado el cuadro de las viviendas del puerto. Promontorios alzados en la inmediatez constituían columnas o contrafuertes. En el rompeolas las embarcaciones se balanceaban con expreso asentimiento. La carga y descarga de mercancías carecían de tregua. El peligro de ser robado estaba en todo momento presente. Constantes pescados en grandes cestas soñaban con volver al mar. Las pruebas del yodo y del fósforo se inhalaban con presteza y libertad. Nuestro empeño por disfrutar del trajín portuario nos confortaba. Creíamos también arrimarnos a los extraviados cardúmenes. Llegaban del mar arcas de espumas que se deshacían frente a nuestros ojos picarescos. Los niños del muelle aplaudían a rabiar la aparición de los alcatraces veteranos. Un ciego sentado en una desvencijada silla de mimbre le lanzaba migajas de pan a unos infames pajarillos. En los amarraderos desfilaban cangrejos en busca de la pitanza de la tarde. Al mediodía los rayos solares habían traído insólitos disparates y tupidas picazones. A modo de ejemplo, los ancianos se arrojaban cortos insultos para incitar a lo divino. La comedia se escenificaba, pero nadie la confesaba. Vimos venir una gabarra con vela y remos que, con nobleza, atracó sin exasperación. No obstante, su bandera llegaba cautiva, apaciguada. Desde las algas flotantes ya se insinuaba la futura marea. Sólo no experimentamos el resonar de las sirenas en señal de alarma de tormenta.

 

10

Nublados andurriales para las anécdotas. Las lombrices de tierra residían en las pendientes, al abrigo de las garras. Los bríos se transferían con sus vehementes misterios. En sí la altura se escondía y tomaba metáforas de estandartes que se desvanecían. Porque se fijaban astas era imperativo andar con tiento. Las sanguijuelas formaban anillejos y altercaban tanto que, por momentos, producíanle a mi compañera espantos. Mis intentos por calmarla no surtían efecto. Así que le recomendé que se moviera con los ojos cerrados mientras yo la guiaba tomándola de la mano. Intentaba yo amansar la agresividad del ambiente y en mi esfuerzo me adormecía. ¿Estaría el libre albedrío concurriendo? Pensar en albergues próximos resultaba una quimera. De diversas partes se promulgaban vahos que nos empobrecían los espíritus. Una especie de calina encendía las capas de moho y cualificaba para convertirse, en el porvenir, en brasa de claridad errónea. También la carcoma estaba presta a afligirnos, a extraernos quejas y a interesarse por nuestras carnes. Los cogollos ofrecían pocas bondades y yo los ponderaba en su ingrata estrechura. Comenzamos a cecear y nos asustamos de corrida. Dado que la humedad se escurría en el seno de los cuerpos estornudábamos con ferocidad. Queríamos despedirnos de una buena vez de aquel paraje, mas la enorme y apabullante profusión de helechos nos entrababa. Al fin, el centinela del juego nos arrancó de allí con sus prodigios.

Wilfredo Carrizales
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