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Decires nada solemnes

lunes 1 de junio de 2020
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Textos y dibujo: Wilfredo Carrizales
Decires nada solemnes, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Relámpago después del esfuerzo de holgar. Cosas en la tranquilidad de lo habitado. Un juego dispara sus ejemplos hacia lo que está desnudo y bajo. (Ya herida de lluvia, la herrumbre se sosiega).

Se subraya el estribo entre los muros. Incluso a golpes desembocan las palabras. Las contingencias se disipan con el sol en las narices. Un combate resuena en la cocina y no se cata la miel.

En los cuatro ángulos, papagayos con sus dientes. No se halla quien reniegue. A los echadizos se les apacientan los sitios. El eje se mueve cual instrumento de exclamación. De la epidermis, el resto.

Sugestión y salida, digamos. Entonces una armónica se mancha con el agarre de los insectos. Recuerdos que encajan en otros hundimientos. También los brazos se reducen.

La quema para los testigos del fuego y sus cenizas, de inmediato. Algunos han creído en la ordinariez más floja. En señal de duelo, se anulan todos los sonidos, todas las despabiladuras.

Punta del cuello sin gritos, en ausencia de conicidad. Tenencia de números en los buzones: previsión y alcance. Aquellas demudaciones, esos desvíos: colección de elementos para no dormirse.

Revelaciones que llevan del saco a la cabeza. Un divorcio se enverdece tras la formalidad del disimulo. El golpe accede con la ocurrencia del aldabonazo, mientras la gragea crepita.

Luego se aborda el tema de la aguada, la probable consumación de su ruina. Los menores dirigen el tráfico de los cometas en las salas. Los ancianos se sitúan para propagar sus prótesis.

Bufidos y chistes al arranque de la noche. Los correctivos resultan un remedo de congoja. La gracia a domicilio sería una mejor opción. La cizaña no tiene por qué estropearse.

Búsqueda de las bocas en la incongruencia de los juicios. Alguien los concede, si se tiene previsto. En un recinto se manejan los cerrojos con mimetismo. Alivian las penas los pétalos de colecta.

Los desahogos repetidos junto a las traiciones. Las jerarquías se empobrecen bajo el peso de los estigmas. Los gateados extienden desde cerca sus pescuezos embrionarios.

Durante los barbullos el tiempo nada dijo. Docenas de patadas, berrinches y cuernos quemados. Por el centro, los hostigamientos y los resabios. La falleba fallaba y nadie lo notó.

Soplos sobre las butacas: trascendencias sin precipitación. El hombre cascabelea y la mujer se desfigura o viceversa. Más blandas resultan las brescas y pocos se atreven a mascarlas.

A espaldas, las caídas, las encrucijadas de ocasión. Las pamplinas menos reconocidas que las hostias. Se rigen los casquillos por el regazo del día. Sin utilizar la sed, sepultarse en el olvido.

Pues, una inepcia callar. ¿A qué viene el destrozo de los padecimientos? Los tiznes son pretextos para el ridículo y la cara posee una honra de vástago. ¿Del hilo no depende su anzuelo?

¿Vamos en pos de lo decisorio? Me huele que el olfato no ventea. Estamos haciendo telarañas de novísima afluencia. En los lupanares hay protestas de espíritus detrás de las mamparas.

Mientras, de veras, se sacan las lenguas, los confidentes nos declaran la guerra. La brutalidad revolotea con su hediondez de cernícalo. ¿Del atolladero saldremos con gravedad?

Espetar para afianzarse en la vertical del acecho. De un cíngulo cuelgan los aislantes; de un cipo, los apañuscados. El hielo se asombra de la frialdad de sus actos; las hieles se derriten.

En son de pronóstico, los artistas del ricino aparean sus cucharas. Aclimatación de costumbres al canto o te golpeo. No son pajas los intereses supuestos: son deudas que vienen a cuento.

La contraria en las locuciones. Como se ve, correrán las fortunas. Donde se aceptan los meses decorados habrá extensión de sufijos. Por ello, un creador confiere embolismos de entonces.

Despotricar con la extrañeza de interlocutores en los bordes de la agitación. Se anunciaba la libertad en la sima de los pozos. Lo corrosivo descarga su estuación sobre las glándulas.

Hasta los cortes sus amantes tienen. Quienes arriesgan islas, obtienen llanos. El sinsabor se articula quedo y a oscuras. Nada maquilla tanto como la sangre de morfemas. ¿Violan los cigarros?

Delante, las recitaciones y las proclamas; detrás, las sugestiones sin tacha. Por las razones volverán los linajes inmundos. Lo fuerte merece una escritura de basural. Declina la aguja escindida y marea.

En la aproximación de la miseria, las flores consienten su energía y poco rebaten. Divertimentos para pensar lo que luego nunca se imagina. Réplicas de las tuberías y dicho está. ¿Calla la blasfemia?

La elocuencia no es obstáculo para trepar; la ponderación, sí. A reír comenzaron los proporcionales del destino confeso. El respeto iba en bajada sin disimulo. Alegando causas se consiguen doblones.

Se desdicen los habladores al mojarse sus gramáticas. Después se remiten a su hambruna de verdades y se atan y no se limpian. Un coro de cabeza destila verbos de cera. La memoria decreta.

Se lo dijeron; ¿nos lo dirían? Se desmenuzaron las almas de los apóstoles del amor desollado. En la secuencia de los días serán difuntos en pie. Cuando la umbra gana, la luz se torna magma.

Indiscreción en el lanzamiento de los dardos. Los socios de la sevicia se emancipan y engendran venenos avalados por el mercado. Gerundiando y aniquilando y enfrentando sus divisas.

¿Esfericidad de las advertencias? ¿Quiénes lo dijeran diciendo? Grados de los masturbólogos y voluntad al manipular las redes. Ni grato ni craso. Lo demás se envía a los juerguistas.

Se ponderan los éxitos declarados de la felicidad aterrada. La porfía se hace su instancia. Andábamos condiscípulos y con el vómito festonado. Cándidos y aludidos en los memoriales de betún y mugre.

Mirar cómo las maravillas se desprenden, clamorosas, joviales, bermejas. Las simpatías de los influjos curan las descreencias. Al sereno, se vivaquea. Por eso, se atisba y se delata. Ya, ya.

Incurrir en las comas tan apetitosas. Soltarse al vaivén de la circunstancia cualquiera, en el todavía del redunde del enfado y la indignación. Lanzar nones en absoluto rigor y acordar la vencida.

Por aproximación, ensartar lindezas para que pronto revienten en los oídos de los declarantes. Ponzoñas que a nuestro lado aún están. Sirenas extrañas: lo mismo que anuncios funestos.

Verbos con apéndices si tú o él lo comunican. Imperar con modelos más allá de los monosílabos. Existir y no confundirse entre las atonías, entre las tildes que no paren décadas, pero debutan.

Encontrarse sumergidos en medio de hablas inadmisibles. Formarse en la actualidad de las expresiones. Ampliar lo que, a veces, no es tan frecuente. Indicar al fósil que se detenga.

¿Para qué conocer a los dicentes pegados de la general estrechez de los tedios? Con curiosos detalles referirse a las diversas variedades de la verdad. Deducir complementos, de facto.

La arenga en el curso de la barbarización y recibirla al frente de miles de edificios arruinados, en injusta perdición. Y los ruidos constantes que provienen de la mundanal decadencia.

Predicciones por decreto y después echar a correr para escapar de la degollina. En lo resbaloso los fieros nos destruyen. Los relajamientos no alejan al enemigo. El decorado parece un tribunal.

Se subastan dicharachos en las ferias de las curules. Es decoroso engañar y conveniente. La devastación cubrirá las alfombras. Las hordas cambian sus pijamas amarillos por trajes fúnebres.

Al soltarse las parrafadas, los despropósitos claman por sus fueros de ámbitos desiertos. ¿Dónde clavellinas? ¿Quiénes las orinan? Se guarnecen las cajas para los esqueletos del postre.

O soltar o dejar caer los bultos de censuras y que salgan ellas a coser labios, a trocear mandíbulas. (Los caballitos del diablo se han tornado nocturnos y se regalan larvas de las que mucho sobran).

¿Podríamos reírnos más a menudo? ¿Rascarnos con amplitud las costras del éxito social? Los muchachos contrajeron galletas y las ejecutaron al galope. Y defecaron ampollas ferrosas.

Como los rostros que murmuran: ¡quema el hambre! Y los actores no advierten ningún estilo oficial. Se pillan las piltrafas al pie de las estatuas. ¿Por qué no se escuchan los soplos de los pífanos?

Al margen de las pullas, recitaciones y descaros. Pompas: algo antes de la multiplicación de los bollos. Herencias para sufrir el influjo de los ladrones con soles y con lunas y con estrellas espurias.

Se diga lo que se diga la oratoria es una insigne proeza de los hartos. El viejo vigor ya no está vigente: ahora vive entre las tortugas. ¿Cómo se pone la mecha para fundir medallas?

Salidas al dedillo para personas sin manos. Condumios inciertos; roces singulares. Las mañas señalan territorios y se perciben olores de turbios negocios ajenos. (Dos se encuentran y se magullan).

Disparatar, disparar y así desatinar en los dispendios. Trastos y trasiegos en los trayectos traficantes. Las carcajadas se asimilan a los carbuncos y debajo del embudo chupan los embusteros.

Denotar con régimen de aguas secuestradas. Manejar las retiradas a los retretes, sin música ni traspiés. Pronto acaecen las vueltas bruscas de la perinola y un perico que tarda en comprender.

Asentimientos para permanecer encajados sólo en las ocurrencias. Óbitos e irse por avispados, por ñoños de contacto y fatiga. ¿Qué eludiendo o copulando? Descansan los quilates; queman las rajas.

Reflejar las malquerencias, luego del aguijón. Se emprende la evolución de lo anómalo para torcerle el rabo. Tabacos inverosímiles sobre el estruendo de las camas y tetas en erupción.

Wilfredo Carrizales
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