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Viajes sin movilidad

lunes 14 de diciembre de 2020
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Textos y fotocomposiciones: Wilfredo Carrizales

1

Viajes sin movilidad, por Wilfredo Carrizales
Fotocomposición: Wilfredo Carrizales

Supongo que diciembre nació de septiembre y el resto son treinta excusas más. Ahora los árboles han perdido su atractivo y chirrían. Los botones ya no cuelgan de ninguna rama y, sin embargo, me estaciono bajo las copas para luego trepar a las ajadas maderas. (Estoy en el lado este de la casa que una vez fue albina y ahora tiende hacia un gris que no corteja). Sólo las hojas tienen algo que decir y ni siquiera flirtean. Doy una mirada a las cosas que pueden representar una eclosión y no descubro nada parecido. El parque se ha ido, tal vez chorreando nieve, y he dejado yo una taza de té, a medio consumir, encima de una mesa donde las oropéndolas juegan al claroscuro.

 

2

Las dos muchachas cruzan la calle y semejan lectoras de poesía. Una lleva un muy usado libro en una mano y va leyendo en voz alta; la otra va escuchando con suma atención y asiente, cabecea y marca las cadencias y los interludios. Alto, desde la terraza del café, las observo y siento la emoción que las embarga al compartir lecturas de poemas, cuyos autores imagino y rememoro. El piso por donde transitan las jóvenes es bajo y escurridizo como la superficie de un tobogán. La imagen de esa estructura resbaladiza de diversión me sigue a todas partes, adonde voy o adonde no voy. No existe riesgo de que me tuerza un pie bajo el sol de antiguas travesuras… En el presente, las muchachas llevan bien los compases y los acompañan con exclamaciones ruidosas que podrían significar “esos poemas apuestan a una provocación verbal”. Quisiera unirme a las adolescentes y ser yo quien les lea las creaciones poéticas, pero ellas se han alejado lo suficiente de mi sitio que ya no me queda otra opción que pedir otro café y dedicarme a borronear un esbozo de poema, en celebración de la gozosa aparición del par de lectoras de poesía.

 

3

En la mañana —¿en la mañana?—. Sí. El campo se halla feliz y la claridad del día luce como si hubiese sido recién creada. Estoy echado en mi jergón y huelo las horas matutinas y las saboreo y paladeo sus texturas de plata y óxido de cobre. Ellas se deslastran de quejidos de gallos y envían a mi mente un aguaitar que, a todas luces, nos conviene a todos.

 

4

La Muerte estaba detenida en aquel cementerio. Erecta, la sospechaba deseosa de echarse a descansar. Olía a noche y sus cabellos tintineaban: breves campanillas que se expresaban en una lengua inaccesible. Había niebla y en mi carne, sirope. Fuegos fatuos no había. Pero sí, mármoles para las cancelas y una frialdad cómplice. Y ella, todavía testaruda, sin quererme ver, fingiendo que yo era una figura de ilusión. Así que casi le ordené que se encargase de los entierros y que no mencionara el mío. Mi vida estuvo salvada y la llené con fatigas hasta que no pude respirar y perdí la llave en alguna medianoche. Cuando iba a tirar una piedra a un búho, ella me detuvo y ojeó el espacio a nuestro redor. (La bruma atormentaba con sus mortíferas punzadas de otoño). Repelí su manoteo y entonces fue el caos, la confusión y no le di oportunidad de reaccionar. Y en un destello, justifiqué mi reporte al terreno y desaparecí, dejando a la Muerte pasmada.

 

5

Viajes sin movilidad, por Wilfredo Carrizales
Fotocomposición: Wilfredo Carrizales

Me recreaba mirando las manchas sobre una pared blanca. Ellas se fueron empalmando hasta que formaron un inmemorial teatro. Multitud de gentes congregadas a sus puertas para entrar y disfrutar de los entretenimientos y los juegos. En la escena, los sátiros se contorsionaban de manera procaz y los dioses celestes subían y bajaban halados por máquinas que arrojaban rayos. En el proscenio hablaban y representaban los graciosos, acompañados por los coros de la música. En el postcenio sucedían asuntos subrepticios y, de cuando en vez, resonaba una tempestad de piedras o truenos de hierros y encandilaban relámpagos de azufre. En el púlpito, actuaban y demostraban sus dotes los héroes en medio de las respuestas de los oráculos. En la orchestra, evolucionaba algún coro y tocaban sus instrumentos los músicos al compás de sus danzas. El teatro era de forma semicircular y la plebe se acomodaba, sin distinción entre hombres y mujeres, en las graderías. El sol emergía por un paraje muy acomodado y oportuno y desde el norte soplaba un aire fresco, como si hubiese sido encargado. Un pedazo de mar mojaba la distancia cercana con olas del mediodía. Se barruntaban embarcaciones que surcaban sin juicio el espacio marino. En los ángulos de la escena se entreveían personajes venidos de otros países vecinos. De repente, se precipitó una tramoya. Gran algarabía y gritos. Tras una cortina de humo hizo aparición el pretor, disfrazado de gladiador. Esto fue el acabóse: tronaron las tribunas con las carcajadas y la guardia pretoriana tuvo que recurrir a los látigos para calmar al populacho. Entonces lancé leche contra la pared para lavar tan triste y bochornoso espectáculo.

 

6

Lingoteo en una autopista que posee un blues que nunca había oído. Una bruja de algodón abre su boca y su aliento me fastidia. Con mi pequeño automóvil carente de marcha le ilumino la cabeza y en un instante paso del sueño a la evocación.

 

7

Hago gimnasia entre monumentos que no son de mármol. Los monumentos principiaron sus vidas con rimas de poderío. Empero ahora quisieron brillar más y esos contentos les mojaron con unigénitas piedras, bastardeando un tiempo que suplicaba. Cuando lo agradable se tornó en estatuas, el basamento de mi trabajo tendió hacia una masilla que no contenía tiza. No me ubicaba en ningún martes porque espada alguna no quemaba con la rapidez del fuego. El registro de una memoria existía contra cualquier deceso y todas las entidades por olvidar fortificaban la paz. Mi presencia encontró formas de rumiar, aunque mis ojos estuvieran colgados de la posteridad. Así, un juicio se levantó por sí mismo y luego cayó en medio de un lote de eyecciones.

 

8

Intuyo mi arribo a la extremidad del mundo, quieto, sin aguardar nada, como un vasallo. Me volví ambidiestro con una ligereza que aturdía. Una lucha entre lo grande y su segunda torre se escenificaba delante de mí. Y el rastro de un león se torcía para morder. En mi cuello palpé una máxima sombra, mientras un tambor repiqueteaba y teñía de advertencias mis toses. Me tumbé y me puse a cantar jotas. El sosiego trepó a los bledos y les restañó sus heridas. Y allí, sobre la testa de una colina, se balanceaban cientos de rostros blanquecinos, huérfanos de miradas. Había un pozo de oscuridad de estrellas, un garfio y alas canceladas de un cielo esquizoide. De pronto, otra negrura me paralizó y ya no supe ni de briznas ni de chispas.

 

9

Sólo las nubes emigraban. Los valles y los oteros flotaban dentro de mis pupilas. Por instantes, percibí una muchedumbre que hostigaba con dardos de oro. Se ocultaba el gentío tras un lago, donde se veneraban árboles que se fruncían con las heladas. De continuo, el estar y sus chirridos daban trompicones en una vía de leche. Ellos se estrechaban en las líneas finales y se marginaban de las delicias de las bayas. La vista de una danza de espectros llamó mi atención. Ellos danzaban hombro con hombro y producían ondas de glifos. (Un poeta no puede dejar de buscar una compañera de facundia y por eso se mostró y ofreció una walkiria grácil). Por fuera, se advertían unas covachas que descansaban, vacantes y pensiles. Allende los yermos, se fraguaban soliloquios y blindajes. Al cabo, feché una mudanza de dados que habían extraviado sus números.

 

10

Viajes sin movilidad, por Wilfredo Carrizales
Fotocomposición: Wilfredo Carrizales

Al más viejo grabador en cobre lo conocí mientras él moraba en su torre, a la cual llamaba “techumbre orbitando como ciudadela”. Lo comencé a frecuentar y, poco a poco, fue desplegando su árbol genealógico, donde no faltaba uno que otro abad, algún conquistador y más de un místico o nigromante. Desde la cima de la torre se gozaba de una vista impresionante de la villa. El grabador me señalaba los detalles y las variaciones del burgo, consistentes para hacer un buen reportaje en un estilo diferente, sin anotaciones. Había un monasterio habitado por espíritus, el palacio de los vetustos gobernadores y una fortificación que descendía quién sabe hasta dónde. En lontananza se pergeñaban unos montes de soledumbre, situados, al parecer, en un recodo independiente. Lo más apasionante del árbol genealógico era su carácter dual: ancestros y prófugos anónimos, de modo simultáneo. No tuve la posibilidad de examinar cada pieza, debido al exceso de celo por parte del grabador. Sin embargo, memoricé las cuatro ramas principales de su familia y las ajusté a la crónica general de la villa y el resultado no deslució tanto. El grabador tenía un carácter muy voluble: alternaba momentos de suma amabilidad con ratos largos de hosquedad. Una mañana me estaba traduciendo unos versos suyos en latín e, intempestivamente, se calló. Me miró con furia a los ojos y su rabia irracional casi me funde. Modifiqué mi semblante y le dije que tenía que descansar. Permaneció mudo. Aproveché la ocasión para largarme y juré quemar su árbol, con todo y raíces, hojas secas, telarañas y olvidados nidos de urracas.

 

11

La locomotora podría haber sido la de los inviernos. No me atrevo a recitar esto. Una tormenta se conducía con modo ufano y no declinaba en desechar su panoplia de centellas. Cualquier medida contra ellas hubiera duplicado su fortaleza. Sin embargo, me golpeaban sin golpearme, pero me causaban convulsiones. Mi cuerpo semejaba un cilindro, de aluminio o de cristal. En paralelo, me conectaba con las bardas que se desplazaban en la distancia. Metro a metro, la máquina rugía y había que taponarse los oídos para no sufrir daño alguno. Una enorme protuberancia se insinuaba en todo el frente, mas debido al vapor que flotaba, no se percibía con claridad. Empero fui capaz de tironear su delicado color púrpura. La cola de humo de la locomotora se adensaba por momentos y las trémulas ruedas esprintaban para lograr una victoria bastante dudosa. Me sentía obediente al trajín de los vagones y hacía gala de una calma que a mí mismo sorprendía. El terreno pulsaba sus emblemas de motilidad, un tanto para servir de mensajero a un ignorante como yo. La tormenta continuaba bufando y soltando caricaturas de nieve. Los sonidos del día permanecían lampareando peligros. ¡El riesgo, de veras, posee su belleza! Unos ecos de olvidados terremotos aparentaban oírse debajo de las placas tectónicas. Rocas y curvas se turnaban para obligarme a elevar preces. Mi alegría fue muy violenta en cuanto la locomotora apagó su loco recorrido.

 

12

Me tomó un tiempo indefinido llegar a la ermita. Tuve que hojear folios tras folios. Voces humanas englobaban el ámbito, pero no se veía a nadie. El campo alrededor basculaba en procura de edificar una chimenea o una columnata o algo de esa guisa. Por doquier, las liebres atestaban los agujeros y rechinaban los colmillos para ladear los listados inventarios de hierbas. Mujeres rústicas se medio asomaron detrás de unos peñones y rápidamente desaparecieron. Unas fuerzas parecidas a dedos desmembrados me halaban por los pelos si me descuidaba. Honduras y torbellinos se juntaban para alterar las frecuencias de las satisfacciones. Los pensamientos se erguían, pasando por encima de los portales. Libres ambulaban las frases y libres se desvanecían. Cuadrados de adobe custodiaban armas con las cuales no se había cometido ningún homicidio. El atardecer se aproximaba con su servicio de cabañuelas y coronas que languidecían sin matices. Bajo tales condiciones resultaba muy fácil convertirse en un cobarde y lavar los pasos con sudores de espanto. Para completar el escenario, todos los escarabajos habidos y por haber formaron un solo bullón y me empujaron hacia una zona de interdicción. Ahí me apresaron unos monjes con aspecto de mamarrachos y me obsequiaron una frugal merienda. Mientras comía, agitado en exceso, ellos no me quitaban la mirada de encima y sonreían con sorna. De pronto, de modo simultáneo, me dieron la espalda y entonces corrí a campo traviesa y alcancé mi heredad en la divisoria entre sueño y vigilia.

 

13

Habíase cariado el equinoccio y todas las almas se ausentaron movilizándose por encima de los musgos y los líquenes. Castas excrecencias proporcionaban causalidades a los aromas que, de las células, silbaban. Yo venía engullendo bresca, deteniéndome delante de los pozos, consumiendo los minutos que chillaban de impaciencia. Desde las sombras de los heliotropos se revertían las órdenes destinadas a aislar los gusanos coercibles. Como enviado por el Misterio no quería aludir al verano reciente, pues mis sienes serían dañadas en blasfemas circunstancias. Unas paredes de barro se me interponían en el sendero, con sus trances de oros rojizos y me hacían rememorar el fallecimiento de mi riqueza. Cualquier inspiración que brotara no sería de mi incumbencia, dado que las ramas circundantes se borraban entre grisáceas pausas. A través de las lindes se podía escrutar una variedad de baluartes donde se acumulaba arena mezclada con bruma. Unos cálidos conceptos se me apiñaban en el cacumen, no siendo capaz, en aquel momento, de elucidarlos y desarrollarlos de modo pleno y desenvuelto. Mis oídos aprendieron a discernir los distintos aleteos de aves que escandalizaban. Una conmoción de suavidad se conformaba a mi estado de laxitud y juntos establecieron un tratado de proliferación a pequeña escala, lo cual me satisfizo. Después supe de los trazos que en el vacío realizaban pinceles de espigas, pero ya era muy tarde y tuve que apagar la vela y cerrar el libro.

 

14

El jardín de las especias se apropia de mis ilusiones gastronómicas y me adapta a todos los climas. El oficio de las legumbres se aviene muy bien con las hierbas aromáticas y con las sustancias que excitan las comidas. Un lugar de excelencia para las sopas o para las mezclas selectas. Caer de hinojos ante el azafrán o el anís y ponerse de pie, acariciado por un toque de liviandad y exotismo… Y he que allí está servido el salmón sobre la broza, debajo de los pámpanos, y un perfume de jengibre y de menta se aprecia para no reducirse. La primavera es exigente y la verdura se origina a partir de su descubrimiento por sus gratos ritmos. Hay mozas de escasas ropas y abundantes carnes que atienden a los escogidos comensales y el vino se sumerge dentro de la riqueza del sol y se embriaga para tornarnos ebrios y salaces. Y de las colinas anejas viene el céleri con su rango de trato acelerado, pero cordial y nos asocia el sabor con su imaginación gustativa. Y luego los quesos frotándose encima de ruedas de tomate y las raíces rapaces comerciando con el pan y las mozas, a gritos, llamándonos hacia los sauces para que nos saciemos en sus viandas de terneras á labéchamel.

 

15

Viajes sin movilidad, por Wilfredo Carrizales
Fotocomposición: Wilfredo Carrizales

Gualdo, amarillo, gualdo y el poblado que no abandonaba esa coloración. Lo recorrían gusanos muy graciosos, tan rápidos como una brizna sobre la espuma. Unos ecos repetían, con énfasis: “¡No viene noviembre! ¡No viene noviembre!” El estío se estacionaba muy adentro de los huesos, calcinándolos. Y no olvidaba yo que acaso aún estaba en el lugar de los caracoles, dando vueltas, con la inquietud de un extraño que no podía ser caracterizado. Ciertos petirrojos ocultaban sus papeles de observadores y las rudas hojarascas se estrujaban y caían a bulto. La lluvia se alejaba, veraz, de mi mapa de carreteras troncales. El firmamento fallaba y se desleía hasta el nivel de un desmayo frío. Estiré las lámparas que transcurrían su languidez colgadas de hipotéticos ganchos. A la sazón entré en el limbo y salí enseñoreado, práctico en la prueba para medir terrenos ignotos.

Wilfredo Carrizales
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