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Si sostiene ya es algo

lunes 1 de marzo de 2021
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

A

Si sostiene ya es algo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

1

Un árbol me aquieta con su mirada de savia. Doy los brazos, su peso, su pulso y continúa la fluidez del temperamento. Me asilo —de modo temporal— en un sotabanco. Atisbo el resentimiento de las aves posadas sobre los techados. A la manera de un pasaje, me interpreto, traduzco mis carencias de vegetación. Empero, el más fino gancho se mantiene oculto y yo no trato de salvarlo. ¿Qué me designa a mí como suplente de las promesas de lo verde? No quiero estar en posición falsa y, por ello, soporto los tablados que las pupilas lavan con sus orines, con sus salivas de moltura.

2

Aquel estruendo que no cayó. Quizá daría fuerza a algo: ¿aspecto, traza o concepto? Una pared se estuca y acaso se agrieten sus estuches. Las alteraciones envejecen al suspenderse sus durezas. También se mustian las manchas y pierden su esplendor. Se vuelve hacia la argamasa el grano que se quiebra, lejos del lujo y del plan de los años. Sólo los dedos logran componer un arreglo entre las formas del polvo que cuelga sin significado. Desde el fondo un espectador limpia los dibujos sobre el aire y recuerda que perdió su utensilio para tocar el cauce del destino.

3

Lo que mira gana en coherencia, pero pierde en certezas. No desaparecen los continuadores de la vida: se juntan, se ligan, se traban con las materias que se alternan. Los artículos del maderamen me pasan por debajo de la barbilla y me dejan en vilo, con la figura astillada, ausente de tutor. Abandono la semana de tres días, porque ya no asegura acciones. Sólo se restriega de una barbacoa y eso me afrenta. Mis nervios deben dar prueba de adhesión a los pivotes, a los postes de hierro fijo o a las perchas que, fundamentales, afirman que los halcones no vuelven más.

4

Podría variar el cableado que heredé o el follaje que me pertenece en razón de mi rango. Mas prefiero albergar fricciones de antemuro y gritar que las muñecas engañan a los fantoches, hora tras hora, sin pausas. No soy el fiscal que no cae de su puesto ni el testarudo que se despide sin haber apelado a las luces. El cansancio tiende a entrecavarme, aunque la melancolía siempre me ayuda. Pagaré los pasos por los corredores: una especie de rescate por mis mocasines de itinerante. Hablaré de las plantas que ofrecen el pecho y la forma para enfrentar al tallador que enarbola su muleta.

5

El vestido que alguien depositó a mis pies se deshojó, de modo sutil. No le recrimino nada: no creo que implique malignidad o burla. Hay cosas que se revuelven en los recovecos y no las apercibimos. Cubro mis andanzas con los circuitos del despropósito y, si mal no recuerdo, desde cierto sitio un minutero calcula todos mis recorridos, sin perder ni una milésima de terreno. De aquí al otro extremo no visible pondero a la rueda que fabrica su cola y nunca se la pisa.

 

B

Si sostiene ya es algo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

1

Yéndome por las ranuras, a la búsqueda de sotrozos y empuño un reflejo que se emblanquece de costado. Con una convicción de báculo, me horquillo en un pedestal que se adhiere a los pernos. Pateo de atrás hacia adelante y retales se empatan a mi memoria para sobrar en conjunto. Por momentos, la singularidad me contrae; por instantes, neumas signan mi recorrido. Un esfuerzo supremo se guarnece de losanges y gran suerte los cobija. Opto por la ponderación bajo cualquier pretexto. Al cabo, defiendo la armadura que tempera mi angustia de ceder.

2

Toco en lo íntimo a la zaga del futuro escombro. Llego con el aparejo destinado a la posición de suavidad ficticia. Ahúmese la pared, pero que no descargue su aspereza. Reacciono ante la vereda que continúa abultándose, a pesar de la inversión de sus humores. La lentitud me disputa la primacía por irrigar la verticalidad del arranque. ¿No querría engañarme yo y virar de un modo no espontáneo? Procuro expresarme con los materiales que adquieren imitaciones. Con paciencia, cada jaleo hace brincar mi ombligo y no le permite soportar su breve escalamiento.

3

En un abandono que no se soterra, me empleo en arbolar una columna para las necesidades de lo soturno. Desde una cornisa se hilan tuercas y cinchos, mientras yo prospero fuera de las enseñas del menaje. Una embriaguez se me destaca a través del grosor de mi aliento, mas ninguna avería me merma. Me repito aún menos cuando menos y precedo a los accesorios de la inferioridad. ¿Qué era redondo al tiempo de abatirlo el desengaño? El calor adure en su lugar de supervivencia y me aliena de las impresiones de la aeromancia. Por añadidura, la mezcolanza se traga los anversos y no eructa.

4

Temo que veré con ojos alternativamente descansados y esa labor me transporta y me divide. Apago los senos que el viento envía para mi disturbio. Debo arrancar las corrugaciones con una azuela que posea habilidad. (Empiezo a agriarme y no convengo en clavar las líneas de pinceladas). ¿Quién osa azuzarme para que cimbre las bagatelas? Me sorprende que no bizquee y que los morfemas no sean mi enfermedad de tránsito. Cabeceo en el centro de una argolla que consigue ser peligrosa, a fuer de ráfagas. Tengo cabida en la encomienda que se está alzando en el nivel de la barra.

5

De un prisma soy destinatario, aunque todavía no acabo mi cubierta. Con ajuste cito a la caliza que se difunde por pliegos. Acuso recibo de su alma corrediza trepado a la máquina que crea luz. Al inflamarse los disparos de la atmósfera de la vecindad, consiento en recoger unas cazoladas y embarrarme con ellas. ¿Curioso, no? Y pensar que no se me ensucian los talones ni se me desmenuzan los calcetines. ¡Cuánto anhelo ir a lo hermético, cual cilindro contenedor de gas muy volátil! Mas me palpo flexible y me sujeto a un tronco para que un señuelo me salve de volar.

 

C

Si sostiene ya es algo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

1

Sostenidas vibraciones precedidas del levantamiento de un cuerpo de semejanza arbórea. Signos de la naturalidad que se escoran para resistir con ganas. Un refuerzo pausado busca la alteración, pero no lo consigue, por más que se ligue mucho. De inmediato, una estrechura asiste perfilándose. De los costados, un como vientre suelta su reguera y, por lo pronto, se aquieta el ambiente. La admiración por los manojos de texturas no puede ser sofocada. Un sustento se despabila entre entonaciones poco sospechosas. Su nombre verdadero: infrutescencia sin árbitro a la vista.

2

Sobre la inclinación se escribe con leche y luego se practica la segura valuación. (Un tambor de hierro tiende su piel blanca y la percusión pasa de cilíndrica a hueca). Ya se sabía el origen de lo aserrado, pero se proseguía con la infatuación, por el mero gusto de aligerar el suceso. Alguna tecla estaba fallando en el procedimiento de perecer al margen. ¿Quién se distancia de la altura si no es su objeto? Un tema se recuesta del discurso y vacila. Se temporiza con el verano que es eterno, según se acelere el pasaje indicado. Al llegar al estado de trasto el edificio exuda hilachas.

3

El torniquete gira y con él los huecos estipulados. Abundan las ramas que se desprenden de cortezas signatarias. El silbido interesa a todos: a expatriados y a resinosos. Uno se acuerda de los retorcimientos bajo la eufonía de las apariencias. Así se atraviesan los tajos y devienen en galerías con ladrillos no invencibles. La variedad de las quemas se instala en los patios que acontecen deformados. (La fatiga me tose y yo fatigo a lo inculto). Se llora al tótem de bronce, mas se le incrustan concesiones y dádivas. Desde una parcela de mosaico se trabucan los muñones.

4

Hierve la cal en el horno que se extinguió. Me consuelo dentro de lo íntimo de los metales enhiestos. Unos impúberes agitan sus rebatiñas de estrías y el clamor aumenta bajo sus pies sin uñas. ¿Será lícito ensayar una mordaza en medio de tanto aspaviento? Creo que me trasiego a otros vasos comunicantes, donde la validez de los dípteros no se pone en duda. Y más aún con los umbos siendo horadados por los sólidos tras bastidores. Supongo que también basculo o consagro incensarios para la fe de los vástagos. De veras que zarceo con diligencia y eso que no es mi oficio.

5

Encuentro en el envés de algún anzuelo al zigénido que disfruta con mi turbación. No le gimo ni le aporto quejas, sólo lo obligo a sumergirse dentro del yodo. No existe clausura después de esto, sino un rastro de ceniza barata. ¿Por qué no reducir a la xantofila hasta reducirla a un aguaje simplón que nos sirva de tintura al mediodía ingrato? El ataja-pizarras podría meter mano y conllevar un estilo de sujeción. Ahora mudo y me restituyo en la orfandad que perdí. Sostengo que el sosiego es menester para ubicar la hornacina de los amuletos. Si nadie entiende, ¡que los cuernos lo cojan!

Wilfredo Carrizales
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