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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Adivinos, augures y otros portentos

lunes 22 de marzo de 2021
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Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

A

Adivinos, augures y otros portentos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

El adivino miró con fijeza la antigua columna romana y conoció que ya había sido derrumbada un milenio y medio antes. Sin embargo, el pilar de mármol seguía erecto e incólume delante de él. El techo que sostenía ya no existía, pero continuaba allí, gravitando en el aire, invisible para todos, menos para el adivino. Éste descubrió los rostros pilosos y las corpulencias de los guerreros bárbaros que habían venido a destruir. Escuchó sus carcajadas de triunfo, el sonido de sus escupitajos y sus orines al caer sobre los mármoles, oyó sus terribles imprecaciones y los gritos de exaltación a sus dioses belicosos. Empero la columna continuaba enhiesta ahora y una sonrisa sardónica se dibujó, de modo espléndido, en los labios encarnados del adivino.

2

Cartománticos había muchos, pero como el tuerto, ninguno. Echaba las cartas encima de la mesa más manchada del bar de barrio y vaticinaba, rodeado de innumerables curiosos expectantes. Decía: “Las cartas no engañan, no faltan a la verdad. Aquí los mensajes están muy claramente expresados. La espada tronchará al basto y de las copas se derramarán los vinos sanguinolentos hasta manchar los vestidos, los manteles y los cubrecamas de quienes amasan el oro. Los círculos destellantes aniquilarán a las fuerzas materiales que corrompen a la gente. Los cofres serán abiertos para que vuelen las ordenanzas ocultas y todos las puedan leer y comprender. Los tronos caerán entre ruidos de truenos, con el sol, de manera horizontal, ya muerto. Enormes ruedas derrumbarán las estatuas y los bustos que, por error o por dictatorial imposición, se levantaron por doquier. Los calderos se oxidarán de repente y doblarán las campanas desde la aurora hasta el ocaso…”. Al alcanzar este punto, los curiosos comenzaban a hacer muecas de nerviosismo, ganados por el miedo y el espanto, y huían en desbandada, dejando al tuerto solo, sumido en sus cavilaciones.

3

El conocido, pero al mismo tiempo, anónimo agorador, contemplaba y atisbaba el aire de las ciudades y acertaba en los pronósticos la mayor parte de las veces. Con los ojos entrecerrados o entornados, absorbía retazos de atmósfera para sus conjeturas predictivas. Nunciaba hechos nefastos, vinculados con los malos agüeros. Vociferaba acerca de la prioridad que el fuego tendría sobre el aire y sus mortales y aterradoras consecuencias; acerca de la pérdida de fundamento de la capa gaseosa, contaminada por la imparable polución y la disminución de su concentración, lo que acarrearía casi un brutal arrasamiento de la capacidad de ignición; el alejamiento, por largas temporadas, del halito vital creador; el deterioro de la palabra, el discurso, el verbo; la llegada imprevista de vientos de tempestad y de borrascas con horrísonos bramidos; la torcedura y desestabilización del espacio y de la pluralidad de ámbitos propios del movimiento y de la vida; la perturbación malsana de la luz, los vuelos y la ligereza; la infección de los perfumes, los olores y los aromas naturales; el adelgazamiento de la libertad de fluir y del dinamismo de la mente y las ideas; el trastorno, asaz feroz, de las sensaciones, conllevando la alteración del frío en calor y viceversa y de lo seco en húmedo… Asimilaba el agorador, con suma aptitud, el cúmulo de predicciones y las alojaba en su maleta viajera de reminiscencias y recuerdos para los hombres preclaros, atentos y perspicaces.

4

Los sueños se allegaban a la almohada del viejo zahorí con los postreros cantos nocturnos de los gallos. El conticinio le aportaba las más sobrecogedoras soñarreras: la recurrencia de eventos trágicos, sucesos catastróficos, con la evidencia de dramáticos hundimientos. Despertaba sin ningún tipo de sobresalto, encendía la lámpara y se ponía a trascribir en un grueso cuaderno todas las visiones oníricas para luego prever los acontecimientos futuros. Así, había vaticinado el destructor terremoto que había asolado a su región natal, mismo que acabó con su familia e innumerables amigos y conocidos. Así, había predicho el rompimiento de la gigantesca represa construida en el curso medio del río más caudaloso del país vecino. Así, había visto venir la avalancha de piedras y lodo que tapió por completo a docenas de poblados pequeños ubicados al pie de la sierra que visitó tantas veces con sus hijos. Así, había descubierto que aquella ciudad tan calurosa, hedionda a petróleo, volaría en pedazos a causa de una omnipotente explosión de inmensos tanques de butano y de propano. Así, había pronosticado el naufragio del trasatlántico atestado de turistas internacionales, frente a las costas de la isla donde pasara largas temporadas… Ahora ya se sentía cansado después de haber contemplado tantas muertes antes de que se produjeran y lo acosaba el miedo a dormir para no volver a observar aquellas escenas de horror e infinitos rugidos aterradores. Ahora sólo quería soñar su propio fenecimiento, su personal final bajo una inmensa ola de sal y espuma.

5

¿Quién lo había iniciado en la técnica de la “doble vista”? El provicero jamás reveló ese secreto. Únicamente se limitaba a mover la cabeza, sin esfuerzo, de un lado a otro, como dando a entender que él tampoco estaba en capacidad de develar esa incógnita. Su aptitud se centraba en la adivinación por las señales del humo. Cuando se le requería, él se sentaba debajo de un inmenso cedro del patio de su casa y allí encendía una hoguera con hojas secas y chamizas. Dejaba que el fuego se extinguiera y que sólo permanecieran las volutas más esclarecedoras. Él las escudriñaba con atención y severidad, un prolongado momento. Entonces, mirando a la cara del “cliente” consultante, podía decirle, por ejemplo: “tu mujer está preparando tu asesinato en combinación con su amante. Piensan envenenarte la comida o el aguardiente que tomas”. Si el consultante no daba crédito a lo que escuchaba, el provicero lo despedía sin cobrarle, pero le precavía que tuviese mucho cuidado. O frente a otro consultante, le soltaba a bocajarro la noticia: “un tío tuyo, fulano de tal, quien no tiene hijos, morirá en un par de semanas y en su testamento te designa heredero de todos sus bienes de fortuna. Te convertirás en un hombre muy rico y espero que puedas compensarme con generosidad por la confidencia que te hago”. Con su facultad visionaria a través del humo, el provicero bien hubiera podido lograr ingentes cantidades de dinero, mas él era un hombre honrado a carta cabal y exclusivamente aceptaba honorarios que no fuesen exagerados. Empero, con el trascurrir de los años, el humo le jugó una mala treta o maniobró para anularlo: la ceguera se le instaló en el fondo de las pupilas y le quitó la “doble vista” para siempre. Quiso él recurrir entonces al olfato y ponerse a oler las espirales y las curvas del humo para innovar con un tipo diferente de adivinación, mas sólo logró fracasos tras fracasos hasta que, al cabo, sucumbió, precozmente tiznado y humillado, y su nombre se convirtió en bocanada imperceptible.

 

B

Adivinos, augures y otros portentos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

La peregrina de la azul largueza, afamada pitonisa, salía cada atardecer de su cerrada morada y se instalaba en medio de su calle, a la espera de que pasaran sobre ella las bandadas de loros, de regreso a sus nidos en las montañas cercanas. De la observancia y de la escucha de esas aves, la pitonisa obtenía valiosos oráculos que transmitía a los vecinos que deseasen oírlos. Si los loros volaban en grupos compactos quería significar que las almas humanas tendían a la unificación, por aprensión o por intimidamiento; si se abatían de improviso: derribo de aviones; si tremolaban las alas hasta hacerlas chocar contra sus cabezas: nuevas iconografías para los próximos orates; si fingían asentarse en el vacío: imposibilidad de cambios convenientes en lo inmediato; si hendían y soltaban las plumas: luchas intestinas en las esferas del Poder; si revoloteaban sin rumbo: dificultades para encontrar el norte seguro; si chillaban con fiereza en pleno revuelo: peligro inminente de perder todos los frutos colectados; si surcaban el espacio mirando hacia atrás: aversión a abandonar los lugares protegidos… La pitonisa además sabía que lo que comían los loros anunciaba avenidas de árboles cargados de frutas deliciosas y colores de un brillo que resaltaba y cantos para los fieles protectores de los alados parlanchines y exaltación de sus espíritus y pensamientos. Con pasión, la pitonisa revelaba todo eso y los oyentes la oían con las bocas abiertas.

2

Al principio, cuando mi prima, la chafada, me comunicó que tenía aptitud para la ceromancia, no le creí, porque ella solía ser muy hablachenta y embustera. Mas un día en que le robé unas galletas de su mochila escolar, ella me invitó a que presenciara cómo descubría por medio de gotas de cera vertidas sobre el agua de una jofaina, a quien le había hurtado su merienda. Acepté la invitación y nos pusimos en cuclillas alrededor de una vieja palangana de la abuela. Ella prendió una vela y la ladeó para que la esperma se depositara encima de la superficie del agua, mientras yo mostraba una total incredulidad. Las cerosas gotas comenzaron a formar extrañas figuras y mi prima las observaba con sumo interés, casi que con fruición. Un instante después, me señaló con un dedo y gritó: “¡Fuiste tú, el ladrón!”. Juro que me caí redondo y el sudor me empapó el rostro. Me declaré culpable y le compensé con monedas mi hurto. Ella se dio por satisfecha y me advirtió que no volviera a incurrir en esas tonterías, porque entonces me castigaría por intermedio del lenguaje de la cera. Le cogí mucho temor a mi prima y la evitaba mientras fuera posible. Ella continuó con sus prácticas de ceromancia y adquirió pronto una gran destreza y velocidad en la adivinación. De esa manera, pudo saber los números ganadores en la lotería y los nombres de los caballos que pagarían más en las apuestas por la radio. Logró amasar una pequeña fortuna que le permitió asistir a una escuela privada y concluyó allí los últimos años de la instrucción básica. Dejó de hablarme y se dedicó a despreciarme por continuar yo estudiando en una vulgar escuela pública. Al cabo, se mudó para una ciudad más grande y ya no supe más de ella ni de sus usos con la ceromancia.

3

Hechicera o maga, la motejaba la gente, pero yo conocía que ella era una sibila reencarnada. Sus profecías las aceptaba yo con supremo respeto y credibilidad. Nos conocimos en una ocasión, en la sala de espera de un aeropuerto, mientras aguardábamos la llamada para abordar nuestro avión. Quiso la casualidad (¿o causalidad?) que extrajese mi cámara fotográfica para tomarme un autorretrato, cuando ella, que estaba exactamente sentada de espaldas a mí, giró la cabeza y quedó dentro del encuadre, con los ojos muy abiertos. Me eché a reír y ella me preguntó en francés si podía enviarle la imagen a su dirección de correo electrónico. Continuamos conversando dentro de la aeronave y al llegar a nuestro destino, intercambiamos nuestros números telefónicos con la promesa de volver a encontrarnos pronto. Y tal ocurrió y comenzó a referirme las diversas profecías que había predicho, entre ellas, el asesinato de un presidente de un país poderoso, la muerte repentina de un papa, un acto terrorista contra una embajada europea que causó numerosos muertos, el suicidio de una bella actriz de cine y muchísimas más que sería largo enumerar. Mientras la traté, profetizó eventos que se cumplieron, tanto en mi país de origen como en el suyo. Una noche le pregunté si no sentía temor de que alguna organización delictiva la secuestrase para sus propios fines. Me respondió que eso iba a suceder muy pronto y que ella no lo podía evitar. Acaeció inexorablemente lo predicho por ella y jamás me enteré de su paradero. Creo que aún vive, porque si hubiera fenecido me lo habría comunicado a través de un sueño excepcional y distintivo.

 

C

Adivinos, augures y otros portentos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

El labrador oscilante examinaba las piedras durante horas y obtenía juicios acerca de episodios que estaban sucediendo, habían acaecido o iban a ocurrir. Él se cohesionaba consigo mismo y fruncía la boca y el entrecejo. Con voz grave, daba a conocer lo que había extraído de la configuración, de la textura y de las grietas de las piedras. Impresionaba a su auditorio por la dureza de sus enunciaciones. Aseveraba que hacía mil años las rocas tenían vida y cambiaban igual que los hombres desde el nacimiento, la madurez, la decrepitud y la muerte. (El auditorio murmuraba, atónito). Apuntaba el labrador: cuando la piedra está simbolizando (como ahora) unidad y fuerza, la gente puede sentirse segura, pero si la piedra comienza a resquebrajarse (como en los próximos meses) será señal de desavenencias, enemistades y conflictos. (El auditorio emitía una prolongada queja). Continuaba él: veo piedras rotas en fragmentos alrededor de un lustro y entonces será inevitable la disgregación síquica, la enfermedad y la derrota, (El auditorio gemía en silencio). Proseguía el augur: cayeron numerosas piedras del cielo cuando aún sobre estas tierras no habían ciudades y existían volcanes que solidificaban todo, incluidos los seres humanos y la primitiva música quedaba petrificada, inmóvil y tiesa… (El auditorio se removía con escozor)… Meteoritos sembraron los campos de destrucción y la mayoría de los labriegos pereció. Fue una etapa cruel y caótica e innumerables imágenes líticas fueron erigidas en las encrucijadas y al lado de las fuentes. (El auditorio ya estaba al borde de la extenuación). El oscilante concluía: atisbo sombras debajo de las formas líticas y por lo tanto caerán los techos de las casas y sus habitantes saldrán manchados de ocre y gris porque las diferentes piedras, peñas, rocas y peñascos aparecerán investidos de infinitos poderes de destrucción. (Al auditorio se le colmaba la paciencia y emprendía un ataque con guijarros en contra del indiscreto augur, quien se veía obligado a abandonar la escena durante un tiempo prudencial).

2

La muñeca permanecía apoyada contra el alféizar de la ventana y hablaba y hablaba para quien quisiera oírla y profetizaba a más y mejor. Que las patologías ganarían importante presencia. Que las fuerzas ocultas trabajaban para socavar la mediana quietud de los hogares. Que juguetes enfermos se apoderarían de los mercados y las tiendas. Que las más crueles desviaciones de los instintos se patentizarían en el transcurso de los días. Que los adultos sufrirían de una regresión al estado infantil. Que las mutilaciones estarían en permanente exhibición. Que sucios cadáveres lanzarían bombas durante las concentraciones de personas en el interior del metro…

3

Leía el arúspice un libro con las páginas en blanco y, en cierto momento, el volumen empezaba a llenarse de imágenes y contenidos. Un reloj le advertía de las horas que se curvaban hasta el grado del rompimiento de la existencialidad numérica. Unos sombreros le indicaban la importancia de proteger la cabeza y las ideas. Un paisaje con montañas lo inducía a reflexionar acerca de los diagramas naturales y sus combinaciones para las morfologías orográficas. Una mano con cuatro dedos manifestaría una pérdida de la aprehensión de las claves. Un trozo de madera quemada le suponía la sabiduría que conduce a la extinción. Un arpa con cuerdas blancas le apercibiría de una escalera que se desplegaría al rayar la aurora. Algunas conchas marinas serían la prueba de su fertilidad y de viajes prósperos en la futura agenda. Extasiado, el arúspice cerraba el libro con la convicción de que así alejaba de modo eficaz a los espíritus malignos y de que su tejido protector lo defendería y cuidaría el fiel ocultamiento del sumario de los secretos.

4

Según el rabí mauritano, la liebre poseía la fe en los portentos y, además, ella misma era un prodigio que saltaba en pos de las linternas. También el rabí denunciaba la errancia de los licántropos por cañadas y valles abruptos, donde las lluvias no eran de agua y existían plantas parecidas al maíz, y lo fulmíneo de las mariposas por ser cosa de la cualidad del polen y la temporalidad falsa de las ocas en sus desoves dentro de abismos emponzoñados y la trinidad obsequiosa de las palomas que no zureaban y la infidelidad de los perros tránsfugas en sus correteos de madrugada detrás de rebaños ímprobos y la ratificación de las espigas, a pesar de las sequías enlazadas al estío de cobre y amianto y la duplicación de los delfines en aras de la dirección de los cardúmenes que derramaban sangre. Y el rabí proseguía su reláfica por semanas y por meses y por décadas de su tiempo nunca marchito.

5

Desaparecía, de derecha a izquierda, el hechicero del corazón como danza y con su leyenda se marchaban las miles de profecías que se le atribuían y que eran la felicidad para el piélago de aldeas y villas que las disfrutaron. Y el hechicero, ese mal demiurgo, ese saturnino prefigurado, esplendía con su magia en lo más intrínseco de las estaciones y las constreñía a dar vides, setas y nueces y porque no se las daba de héroe actuaba sin el aparato que ostentaban otros y el incesto sólo lo ejecutaba con su propia madre ya viuda y no por ello se le deformaba la cuadrada fisonomía y con su lengua sagrada y celeste otorgaba salud a las diversas gentes, de a pie o a caballo, y alejaba las pestilencias quemando maniquíes en los descampados, a cubierto de tolvaneras y remolinos, y el espacio todo se le aproximaba por similitud con las esferas de la memoria y su esfinge por excelencia era un enigma ubicado entre la tierra harto aturdida y el cielo apenas despejado y en el interior de sus jarrones corrían exquisitos fluidos que embriagaban con el aroma y por tener sensibilidad sus metales eran asiduamente buscados por orfebres y forjadores y de sus pozos se anunciaban hallazgos limitando lo insólito y sus flechas resultaban flores en sus dedos y por eso las hormigas le ofrendaban su pequeñez y él les construía palafitos para preservarlas de las inundaciones.

Wilfredo Carrizales
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