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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Ojos del viento

lunes 29 de marzo de 2021
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

Ojos del viento, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La luz del sol ha roto los cristales y desde el vacío las motas de polvo han mutado en terrones que logran el afuera. El silencio se llena de reflejos. Las concavidades las ocupa el viento sin fallar. El lugar induce a sueños de contemplación soportados por armazones de tubos en retiro. El regocijo sigue a las veces del conocimiento y lo mullido es apartado hasta las esquinas del desapego.

 

2

Un umbral se transparenta asido de reverberaciones en una vastedad que se lanza dentro del gris. En una pared se abre un asunto que enlentece al aire. Luego, según la disponibilidad, el brillo de la luna o del astro rey se introducen para repartir los colores del agrado del mundo y, entonces, la oscuridad se amilana y se retira. Donde el interior también resulta el exterior los cruces se encuentran y se brindan sus elementos para elaborar charadas sin réplicas.

 

3

El viento retumba contra un panel de vindicación. Los rasguños de las gotas de lluvia perviven allende las miradas de los expectantes. Un ojo pasa a través de una brisa e intima con una escena muy a propósito. En el mismo vano se observa la experiencia que se pertenece y se lustra para el viaje o el escape de los corpúsculos que enceguecen y después activan sus cirios.

 

4

Desde las ventanas llaman a las pupilas para que divisen el recinto entre sus ayes. Un tercer receptáculo de visión se adjunta a la inmanencia en la posición de la virtud que se defiende. Las palabras se acendran derivadas del éter y aúpan a los despojos para que suban. La originalidad de los vientos merece un hueco que la proteja de las ramas que saltan o de los pedazos de cortinas que se bambolean en mitad de las vigilias. ¿Algo emergería de un fugaz báratro hacia la altura cóncava?

 

5

Ojos del viento, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Sobre los cinturones de las aperturas se llenan los marbetes y se escribe con alabastro el papel de los ripios. Micas ahítas de delgadez tienden a sustituirse por cristales y, de modo eventual, operan sin eclosionar ni adquirir intervalos que regulen el calor y lo fosco. Candilejas tras los vapores navegan a lo largo de los pasajes que carecen de atmósfera y los craqueos surten sus efectos a la deriva.

 

6

Los tiempos no inoportunan a las ventanas, aunque se diga, con esperanza, lo contrario. Allá, en el territorio de los ladrillos, se envanecen retazos de nubes con sus dogmas de escribanía. Con claridad, se es capaz de penetrar en un limbo de aislamiento y percatarse del otro lado de lo drapeado. Mas la transparencia no se aviene con el espionaje que tiende a intimar sin formación. Hay quienes se sienten atrapados dentro de una caja inmensa de vidrio y rasguñan los muros mientras ganan el cuerpo de la erosión y la estética de la urdimbre de las ranuras que se vuelcan hacia el rumor.

 

7

Incluso un solo ojo, amplio y grujidor, evoca al espíritu que lo ventea y él, ladeado, intercambia miradas. La fragilidad de la ventana pasa por el recuerdo de la antigua fragua, donde las imágenes resuenan siempre hacia acá, con su potencia de ubicuidad. Dentro de un talego no cabrían tantos esquicios de iconos. Todo comienza en el blancor que se impone ahora y chilla hacia una mujer enventanada, quien desea la cubierta de un marfil en el borde del alféizar.

 

8

Alguien se aferra al marco del tragaluz e indaga en el interior de un ritual de astenia. Con frecuencia se exalta la efigie labrada sobre el desconchado semejante a un mapa que se hunde por contagio. La virguería sirve al conjunto de las cosas que carecen de congruencia. En los espacios de las vigas se amansan los golpes y existe un disturbio que se calla. En la mitad la ventana permite atravesar a las divinidades de la claridad y con ello gana una perspectiva que la ubica en las cercanías de lo ignoto.

 

9

Desde el área que sufre por los dinteles se entrejuntan respiraciones de los materiales no agitados ni olfateados. Una versión de la eternidad puede, de súbito, encajarse en un postigo o en un balcón en cierne. La creación de pétalos flotantes y traslúcidos ocurre por una constancia de meditación  debajo de las fallebas. Más aún si se supone un fuego de cal como mandala para la perfección del entorno que una vez quiso ser cuadrado. El símbolo del postrero trance se debate sobre el piso hasta convertirse en un huso o una espiral sin jornada fija.

 

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Ojos del viento, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

¿Valdrá la pena pensar en restauración cuando todavía las ventanas no han deglutido bastante viento feraz? ¿Acaso las charnelas no se han trocado en sumideros de destrucción y grescas? En el fondo las ilusiones zigzaguean a impulsos de una ventisca que se cuela por entre las almas de los techos. Una dimensión de lo espiritual se expande dondequiera las sombras sucumben ante su etimología. Y mucha vida transcurre en la intimidad que las ventanas le arrebataron a la geometría del aire y al rosicler en fuga. ¿Y una chimenea se encontrará en apuros al saberse cuajada de hollines en un meridiano que no le pertenece? Con ventaja, se cierran las cortinas que apenas deslumbran.

 

11

Foco y abandono en la regularidad que se asienta y hace guardia con cremonas. En lontananza tiembla una idea que devendrá en agujero para no contemplar el verdor. Lo racional aterra cuando se monta encima de la cuadrangular medida de la moción ultracorta. Y en una analogía aparece una torre aplastando a las figuras humanas de turno. Y luego se dividen los segundos en ventanucos que no merecen ni siquiera una crónica de cemento. Mejor dimanar otras aberturas con conexiones hacia un oreo libérrimo, una mudanza de sistema para el salto, una causa que frene lo seco de facto. Y en general derivar con destino a un huelgo o al nacimiento de un horóscopo que nunca se infle y se mantenga compacto, en procura de un ajimez con celosías amancebadas y salientes.

 

12

Hojas que traen ventilación desde árboles de la concordia. Lo encumbrado despeja los órganos que asisten al resplandor en su prestigio. De una semejanza de vendaje se despliegan recuerdos oscuros. ¿Viene a morir a ese sitio el huésped de las telarañas? ¿No es en la fachada donde se debaten los espejismos que se ciernen sobre las maderas herradas? Bastas peanas no comprenden lo que del pecho falla y se requiere. Las jambas no dimiten ni aunque las manchen las nostalgias del voyerista.

 

13

Con los hierros derechos empiezan los dinteles a soportar las angustias de los visitantes sin cordura. Se derraman los ángulos y se alojan en lo que los rodea. ¿Quién le para mientes a las variables de los muros en ejercicio? ¿Qué circula en la generalidad de los ojos? ¿Unos puntos de banda a banda halados por gases sin rumbo? Las porciones de la balaustrada se adorna en tribuna de reemplazo y una rampa se manifiesta en la enrarecida vacuidad. Por último, ciertas llamadas imitan a las ojivas.

 

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Ventajas van con las ventanas, a todas partes, a todas las causas y, más tarde, donde no estuvieron los estilos, ocurren las bisagras y cierran. Hastío hay de los hastiales, mientras basculan las cuerdas que jamás se enrejaron. Algunos seres estuvieron metiendo sus narices dentro de los cristales y la curiosidad se vengó del caso y del acoso. Se escuchan martilleos sobre las ondas del viento: tal vez lluevan clavos hacia las costumbres de la fijeza. ¿Y un giro de malgaste buscará su aceite eficaz?

 

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Ojos del viento, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

En el trasfondo, unos signos herméticos cortejan a los ojos vidriados: los quieren cercenados, hechos añicos. Entre tanto, otras abundancias se desnudan en lo bisiesto y sestean en los rincones sombríos. Una hembra asoma la cabeza y de inmediato la reconocen los meteoros de los cabrios y los anteriores poseedores de fuelles. También existe un oficio de armadas hormigas mayores: hormigones para sustentar las inspiradas estructuras. Mas de la tapicería ni se habla.

 

16

Nimiedades se montan encima de falsos ojos de buey y así cualquiera llora con su aura y su perpetuo chirrido. Del estribo se articulan las láminas donde se hallarán después las angosturas con escaso temple. Además, no existiendo rejas, ¿qué se refrena como escarcha de nervios? La razón se independiza del vaivén de las formas batientes y ulteriormente se llena de herrumbre que va a subyacer en su seno. La disposición de las cruces no atrae, en absoluto, a ningún cristiano.

 

17

En lo verosímil, una ventolera y una buhardilla para los vermes que no se ven. No entrar por cualquier fosa, sino por la despejada ventana que se ha designado. No correr por la guillotina: el peligro de deslizamiento está propincuo. Dejar paso a otros mandos del soplo de lo vidrioso. Pronto emergen las señaladas tiranteces de los pies sin derechura y, en consecuencia, se asiste a la calamidad jalonada por un vórtice que preña desde el ombligo hasta el occipucio.

 

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Sin poder coger la jactancia de la galerna importada, se opta por el breve huracán del ojo de la escalera, hediondo a elipsis de gato. Asombran los espectros de una barbaridad poco elocuente, acostumbrados a orinarse en el asomo de los vanos, con la esperanza de rimar sus indicios. Se hizo un corro en el salón y los trapos volaron hacia afuera, por los agujeros prácticos que se pusieron. Colmados de grises, cenizas de la apariencia, todas las figuras jalearon tras el jambaje.

 

19

Con calma se toma el fresco y las amplias aberturas lo permiten a crédito. Antes estaban ellas a merced de ráfagas y ni un poste donde asirse. Entre resuellos hubo tendencias hacia el emblanquecimiento de las grietas y eso no se concedió. Llegaban quebraduras de unos rayos de sucio oropel y anunciaban desdichas que devenían en pegotes añosos. De molde, se comprendían las intenciones del decaimiento; de seguidillas, el destino no se movería de su espacio de hosca lumbrera.

 

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Ojos del viento, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Ojos del viento en pos de balcones fortuitos y un compluvio que no cae de su terraza. Ojos del viento con ventajas si viniéramos en conjunto, a contemplar los reflejos que se desapolillan y transmutan. Ojos del viento vertidos en contramarcos para que no se ampollen y segreguen celajes de zafre. Con golpetes, los ruidos se alejan y acuden a asociarse a distintos ámbitos no venteados. Los mosquitos anhelan renovarse en la brevedad imposible de las fenestras, empero, de entrada, se topan con las vistas que manan desde fachadas que no entornan los huecos desatados por los torbellinos.

Wilfredo Carrizales
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