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Del fuego que me propone

lunes 5 de abril de 2021
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

Del fuego que me propone, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Yo era un alegrador en el fondo del fogón y me inflamaba con una yesca que, al moverse, despedía candelillas. Algo se proyectaba hacia el espacio —flogisto o tormenta de metales— y había campanas que de otro modo nunca hubieran sonado.

Las cenizas alimentaban la rueda de mi vida y así emprendía itinerarios hacia la oscuridad que de mí dependía para mutar en claridad con estampidos.

Mis sueños atravesaban el fuego en lo más cálido del año y luego emergían con un mecanismo que avivaba sus contornos y los hacía corresponder con los distintos sentidos del mayor anhelo de las cosas en su combustión.

Desde la idea de la almenara visualizaba las corrientes de la pasión animal y en todo momento una lumbrada se atenía al designio del cielo que no fingía.

 

2

La igualdad de mi fuego me emparejaba con las llamas que no pedían perdón. El tiempo brotaba ayudado por un fuelle que eructaba brasas y la representación de un rito se acogía con plenitud a este fenómeno.

El bienestar de las antorchas era lo más precioso del entorno. Una magia transpuesta acudía desde los días remotos de las candelas que se cebaban por mera costumbre. A poca distancia del piso solía reptar una salamandra que portaba escorias y pavesas y que ardía con una rojez un tanto voraz.

Las descomposiciones de las almas se escuchaban tras sus fuegos fatuos. Los mismos que escudriñaban bajo los túmulos y no encontraban colores posibles.

De piromancias se iba ahuyentando la luna envuelta en su escarceo. Otras señales enemigas deambulaban asociadas a los disparos provenientes del olvido.

 

3

Crepitaba el silencio en la fragancia de la charada. Una hoguera convocaba al demiurgo y su virtud no soslayaba al relámpago que era necesario para asimilar su calor y su luz ilimitada.

El fuego persistía dentro de sus componentes y los estragos no eran tales, sólo despabilamientos para que las noches ulularan atadas a sus vértices. Descontadas lámparas hervían con un aceite de esperanza y aseveración. Quien no pudo continuar sudando debió salir temprano y con las promesas ahumadas.

Un árbol atrajo a un meteoro y se recordó a San Telmo cuando en la punta de algún palo hacía chasquear lo atónito del desencanto.

 

4

El fulgor se estabiliza precedido de un principio que no demora en encenderse. Se actúa con el hecho al revés para lanzar al aire los utensilios del fuego. Llueve de buena fuente y el incendio no se apaga. Más bien persiste justo con su arquetipo final.

Se abren los espacios a los chisporroteos. ¿Acaso las regiones no se enaltecen con las subidas de las candelas en sus redes de pólvora y erisipela? Tal vez el sobresalto de las leñas sea motivo para alguna forma desconocida de pirotecnia asimilada al rayo en cierne.

Hasta el ojo que no quería mirar logró su ardentía y las pupilas no se amilanaron ante el candelero. Un cuerpo al lado de otro proyectaron las energías de sus ayeres, de sus mediodías enarbolados de sol.

¿Con cuántos infiernillos se chamusca la espalda del mundo para que podamos aproximarnos después al chorro de chispas que serán nuestra alianza?

 

5

Los fuegos se introducen en sus cámaras secretas y arriman hasta los estallantes su carga de cristales de lava y emoción. Aspiramos a combates ignescentes. Las carnes socarradas migrarán con alas de luciérnagas en pos de astros con texturas de cohetes.

Encandilar y abanar. Disfraz para los carbones encendidos. Conflagración de los huesos en su mapa de calcio y fósforo conseguido al pie de lagartos cambiantes y fogueados. Apenas un artificio sagrado.

Se atizan las energías de la infancia y los misterios chupan los complementos de las llamas. Los triángulos se abren a las ascuas de los antepasados. Los candelorios se arrebujan hilando las tramas de sus humaredas.

Yo voy en una jaula de piedra solar y me persiguen los alpistes que en los hornos crepitan. Una flor se expande más y más mientras el ocaso muestra su espejo de radiaciones: anfiteatro de la ignición.

 

6

Un jade rojo resuella sumergido en el rito solar y las llamas asumen sus sentidos doblegándose ante el ejercicio de los jeroglíficos. Los cuerpos idean el calor para no verse devastados por las heladas de la soledad. Ya una transposición del espíritu se pone al mando con una energía de mudez.

Se da la alquimia entre hierofanías y mutaciones del incendio. Los gérmenes se ven fecundados por la erupción de las tormentas, mientras apagados carbones lucen sus persistencias de verano. Hasta el agua se asimila al humo que perdona y a las pavesas en sus desprendimientos de cauterios.

Me relaciono con el relámpago en su primitivismo de otrora, sin temor a los demiurgos que temprano me preceden. El bienestar de las ascuas me explica ante los ojos de los seres provisionales. La perpetuidad de las hogueras vacía a los animales de sus entrañas accesorias y a los cebadores los sume en una somnolencia de creciente crisis.

¿Un artificio de yesca atizará las temporadas donde lo maligno se tira a fondo y deja tras de sí estragos y encandilamientos, al margen de pirotecnias que no hurgan?

 

7

Las mieses no las trajo el hombre, sino que saltaron de las ambivalencias de la vitalidad ígnea. Un rayo provoca en mí cenizas en los globos oculares y me obliga a ocultarme en un itinerario de lava que es pura esencia. Sé que debo asegurarme con dados que lancen chispas doquiera yo señale.

La purificación me destruiría con fuerzas de un triunfo hipotético. Sin embargo, del otro lado de los chubascos siempre me aguardan unas mechas para despabilarme.

Aquella espada de refulgencias que templo en sueños gravita sobre mi hombro en la diurnidad más exacta. El eje de la sique se siente tentado a quemarse bajo el cenit de Mercurio y yo no lo impediré. La renovación hala a sus cosas al interior de su atanor atravesado por arquetipos del rescoldo. Fuera de eso, la contracandela consigue los estampidos que le cuadran a la especie de los pirómanos. ¡Quien cobre su azufre de faena se eslabonará con la pirita que gira y enfebrece!

 

8

Báculo en mitad del incendio y el misterio ambulando sobre la fuente de su fulgor. El calor de las estrellas fugaces amolda las regiones de su tránsito. Lo espontáneo soporta un jabón de los conocidos infiernos. Las pieles se enardecen con los fucilazos de las guerras a domicilio. Todo se afirma en las paredes posteriores de los hogares, donde las costras crepitan con aleteos.

La humareda hacer hervir a los córvidos en sus nidos de cartones robados y al pie de los árboles los pichones se ahogan y moquean. Por suerte, el infortunio no se enlaza con la rabia.

Una sublimación para las ánforas se requiere en todo momento. Probablemente este proceso dure un trillón de años siderales: el tiempo suficiente para concebir un nuevo fuego bajo las catacumbas. ¿Acaso los homínidos actuales no lo requieren, no lo propugnan con sus quejidos?

Fricciones que se ocultan están atizando maderas respaldadas por piedras de lumbre y combustión. Y hay insectos que depredan incandescencias hasta el límite de lo disuasivo.

 

9

Aliados peligrosos que manipulan los mecheros andan a la caza de mortajas. Lo visible los anima a sus acciones de quemaduras. Algo combustible se traslada hasta el horizonte que se nos aliena y chamusca nuestras oscuridades iluminadas. ¿Qué nos queda? ¿Ofrecer nuestros cabellos en sacrificio? ¿Ofrendar nuestras ropas como exvotos para la pira de los malévolos?

Se consumen las coincidencias que propagan los abrasamientos, las ardentías. La sangre se incinera bajo las tretas de los incendiarios y no se ponen en marcha las barreras de contención. Los coheteros nos acusan de querer nosotros mojar sus pólvoras, sus cerillas y sus culos inflamables.

La forja ha comenzado en presencia de los amos de los hierros y los yunques. Los fuegos no primordiales se les alejan, se les retiran con aullidos. Sus fierezas se esconden dentro de cajas metálicas en llamas, rodeadas por anillos de ángaros y de magostos.

 

10

Del fuego que me propone, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La furia de ignición llega hasta los genitales y los subsecuentes críos portan una estética de danzantes flamas. Los terrenos para las cremaciones permanecen en la más absoluta ambigüedad. ¿Qué subterráneos fogajes emergerán empujados por fuelles que ya se delatan? Los sulfuros crearán la belleza de las tinieblas que anhelan quienes se conflagran en medio de grasas y heces que chisporrotean. Enseguida lo veremos. ¡Preparemos nuestras yacijas!

Porque la obra tendrá llaves quemantes y nuestras ampollas serán motivos de evaporaciones sin rigideces y el terror nos habrá asado con la urgencia de su trato y nuestras carnes mostrarán sus magias de aromas derretidos y el fuego, ahora y aún, en la superficie y en la retaguardia, imperará con su instinto de parrilla y refinado oficio de inquisidor a quemarropa y contra los herejes.

Wilfredo Carrizales
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