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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Animales de mi galería (II)

lunes 3 de mayo de 2021
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

Pórtico

Animales de mi galería (II), por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La araña os da la bienvenida con su colgante y enredadora hospitalidad. Nada temáis de ella: al albur escoge sus presas sin promover ruido alguno. (La telaraña siempre reluce al alborear y atrae, de manera arbitraria, a los curiosos). La sustancia que fabrica la araña va a parar, irremediablemente, a los brazos de las lámparas que alumbran los dédalos. Ella se separa muy temprano de su comunidad y establece su vida de solitaria sobre hilos que penden. No se escucha su respiración porque aspira sin simpatía.

Desde su centro, la araña especula con agresividad y vela para que las ilusiones del mundo se ratifiquen y se intrinquen. Ella erige y alza monumentales tramas y, de improviso, puede abatirlas y perdurar su influencia en equilibrio. No se sacrifica en vano y, al cabo, devana su existencia para acontecer con la luna. Sus faces lo son vinculadas a la imaginación y al siquismo de vigor expansivo. Crea, sin interrupción, mitos en donde aparece rigiendo las encrucijadas de los nóumenos.

 

El tordo

Animales de mi galería (II), por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

EL TORDO se aturde con la torpeza de sus captores. Le colocan una cadenita al cuello y lo ajustan a cualquier tubo o vara para que lleve sol y aprenda a sufrir los rigores del hambre y de la sed. ¡Y aun esperan de él que cante y se comporte con ternura! ¿Acaso desean que se le tuerza el entendimiento? Quienes lo esclavizan ignoran que él es capaz de inventar torbellinos que levanten polvaredas y techos y despojen de sus ropas a los atormentadores con caras de zopencos. Todo lo que anhela el tordo pasa por el tópico de la libertad sin cortapisas. Él es un alado que reside en un estado superior, pero, ¿cómo hacerles entender esto a los miserables que, de continuo, le constriñen el vuelo? Puro conocimiento sin condición lo caracteriza y aprehende pronto las sucias almas de los ogros de la ciudad. Él goza de la posesión de un árbol donde se enrosca la hiedra y le da frutos justos, dentro de los cuales hay jeroglíficos con ideas para las mutaciones. El tordo revierte los símbolos de los apresadores y los hace extraviarse en pasajes de miedo y de clausura. Sublima su canto para los oidores que lo merezcan y como saetas entona sus vientecillos amantes, con la aptitud para la metamorfosis. El tordo explica con la mirada de reojo el trasvolar de los demiurgos con sus mensajes pardos y verduzcos y este pájaro, determinador de su sentido, se eleva y no se precipita y estanca las lenguas procaces y gana la figuración al lado de batientes deidades.

 

La paloma

Animales de mi galería (II), por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

LA PALOMA, en absoluto, califica dentro de lo ingenuo y lo débil. Allá el gavilán si se lo cree. Ella varía los reflejos posada encima de torres y vergas. Empieza de agua aventada y termina de tiza compuesta. Brava, zurea y lo bravío le subleva la color. Del cuello su plumaje se avispa y emblanquece las calzadas y las columnas. Su duende promete y cumple mensajes y las largas distancias son misiones para el recuerdo de los olivos y el olvido de los diluvios. De su pico se arranca el azafrán y va a dar a la punta de los rizos. A ella le toca la crianza para salir con las primeras luces que se asilvestran. De toca y mancha planea en busca del palomo esquivo y no le importa verse rodeada de zafiros y trenos. Bordea los torcales, de trecho en trecho, y alborota la normalidad proveniente de siglos. Arrulla su inocencia fortuita con el símil que la persigue. En su palomar anida las ruedas con mayor fortuna y extrema prudencia. Si los pichones se abuchonan les palpa el alpiste y les encaja la protección contra las ninfas. Con diademas trasmigra hasta el centro del cosmos y no tarda en volver atenida a su columbina escritura. A la tercera persona la ubica en el apostolado del fuego innocuo. Sus fiestas no implican costes, sino pentagramas de albas texturas para los coros de infantes ciegos. Se consagra cuando se fecunda con el polvo de Venus y un buen augurio sacraliza los espíritus. Si discute con sus semejantes, pronto se reconcilia y la paz la introduce en su recipiente.

 

El pavo real

Animales de mi galería (II), por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

EL PAVO REAL no presta nunca su abanico por temor de que le roben los brillantes. Su narcisismo se proyecta sobre los espejos de agua que le siguen adonde él vaya. Las princesas no cesan de rogarle sus consagraciones, pero él se hace suplicar hasta el cansancio y como desenlace no accede. (Se rumora con insistencia que el águila le tiene ojeriza). Su cola improvisa a cada instante arcos iris de colores totales y fabulosos. Él se explica a sí mismo dentro del simbolismo que adjunta un decurso de largueza. Está probado que su alma es incorruptible, al igual que su carne (que es incomible) y sus plumas. La simetría lo ubica al lado del tronco de la dualidad, donde su principio ni se inicia ni comienza a ultranza. Durante los crepúsculos vespertinos atrapa los misticismos con los cuales levanta arcanos para su propio libro de horas. Cientos de ojos, provenientes de los meteoros tránsfugas, le cayeron sobre las alas y a través de ellos escruta los futuros de las peregrinaciones. Él siembra formas curvilíneas entre las palmeras que le sirven de guardianas. Con seguridad trepa a las columnas y a las alcándaras para observar la disipación inexorable de las tinieblas mercenarias. Lucha y combate a diario contra las serpientes y los escorpiones y el veneno que ellos le transfunden revierte en una insólita belleza de su vestido. En el universo vuela su alegría que remite a los orígenes del mes de junio. Lamentablemente la soberbia atenaza al pavo real y no lo suelta por nada.

 

El pelícano

Animales de mi galería (II), por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

EL PELÍCANO, en las soledades, ve tornársele la piel cana y la palpa con el pico y la guarda con sumo cuidado. En su alforja va recolectando peces que se le ofrecen con humildad, fervor y entrega. Él los almacena, los enumera y los clasifica para su personal ictiografía. (La conseja popular asevera que saca muelas valiéndose de un gatillo). Sus plantas predilectas son las aguileñas y que no le pregunten la razón porque la ignora. Lo acuático lo infiere como leyenda que fluye con las estelas de sus nombres. Si lo toco, lo toco dos veces y aguardo su aquiescencia. Si lo noto que anda con afectación, le recomiendo que eche hacia atrás. Así se basa su carácter y no se anula; así, solo, no se aserra y no varía a gatas. Cuando sus polluelos claman de inanición les surte algas rojas que extrae de su pecho previsor. (Hubo un poeta insular que crió al pelícano herido y su fama alcanzó hasta tierra firme). Durante sus condumios en el refectorio de rocas y arbustos aparece la alegoría que lo distingue ungido y lustroso cual bálsamo que no se cimbra. Su emblema se bosqueja con el potasio de las llamas blandas. Si él muere de repente, resucita a las tres horas, gracias al sudor depositado dentro de su corazón. Su sentido de la paternidad lo conduce a sacrificios siempre inéditos. Se apasiona hasta el llanto al enterarse de la difusión mundial de sus hazañas. Aunque los manuales digan lo contrario, no pierde su tiempo persiguiendo piedras filosofales ni elíxires de la inmortalidad.

 

El tigre

Animales de mi galería (II), por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

EL TIGRE: trinidad mutante. En la mañana y en la tarde se llama tigre blanco y surgiendo por el oeste, desemboca de metal platinado por el este. Al mediodía es el tigre amarillo y lo solar lo copa y calcina, brevemente, la tierra y lidera a los otros félidos. Por la noche se asume tigre negro y chapotea en las aguas con tintes invernales. El tigre total vive enlazado a la cólera y le atribuyen crueldades inenarrables. Se sospecha que dentro de su alma gravitan tinieblas que desatan sus instintos. En estado salvaje posee un valor militar inigualable; en estado de domesticidad resulta un excelente compañero, un eficaz vigilante y un protector siempre alerta. Gusta el tigre de echarse en el centro para nutrirse del imperio de la energía. No tolera situarse junto a otros animales y éste carácter no lo modifica en razón de su jerarquía zoológica. Combate contra cualquier enemigo e, inexorablemente, sale invicto. En la remotísima antigüedad, el tigre cuidaba la agricultura, pero pronto se hastió y se dedicó a las labores de la caza. Por ese entonces, moraba en lo intrincado de las espesuras y le rehuía a los resplandores de las hachas y las lanzas. En medio de la selva, aun estando ciego, consigue orientarse, reconocer su senda y retornar indemne a su cubil. Si es herido, la furia lo arrebata y se torna peligroso en extremo y aniquila a cuanto ser viviente se le cruce en el camino. Hubo niños que bordaron su figura sobre sus zapatos de tela y el tigre, conmovido, vertió lágrimas que, de un modo muy difícil, se secaron con el curso de los meses.

 

El oso panda

Animales de mi galería (II), por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

EL OSO PANDA más que a oso se parece a un gran gato. Se dimensiona y puede crecer o decrecer. Al caminar, se pandea y se le abre la tripa y tiene que salir de prisa a devorar sus brotes de bambú. Se especializa en tocar el pandero en compañía de pandillas exultantes y, de tal guisa, aleja las pandemias que lo acosan. Se despereza para salir de excursión, mas la modorra lo seduce y prefiere dormir tumbado encima de su cama de troncos. Odia los panegíricos y las alabanzas y toda esa monserga lo saca de control y lo encoleriza. Cuando se equivoca-cosa que sucede con frecuencia- se regaña y la emprende contra los abejorros. Estando furioso sus ojos se vuelven ardientes y llamas le chamuscan los párpados. Hay expertos cocineros que de sus manos preparan un manjar exquisito. Su hiel es muy solicitada por los médicos tradicionales y la compran con negras monedas. A su pecho se le considera la sede de sus sentimientos y a su panza, el asiento de su inteligencia. Él no lo admite, pero quisiera ver su busto esculpido a la entrada de los jardines. Sus designios son el sostén que lo induce a preservar sus secretos y a pintar los bambúes para despistar a los rivales. Un pájaro macho lo considera su héroe y le lleva estambres, mas el oso panda los cambia por impulsos ridículamente marciales. Al morir un pariente y estar de duelo, cubre su cuerpo entero de oscuridad y aire lúgubre. Detesta que lo comparen con un burócrata gordinflón y siendo él supersticioso, no exterioriza su hambre.

Wilfredo Carrizales
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