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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Aquellas cosas ocultas

lunes 7 de junio de 2021
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Aquellas cosas ocultas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Las cifras coincidieron en el ocultamiento, con apenas un disimulo. Los rayos cayeron, pulverizados, y el estropicio fue para levantar costras y apodos de las charnelas. En un clarear se profirieron gritos, mezclados con los sonidos de las hojas. Al derramar la vista circuló el desiderátum de los estragos menores. No hubo brusquedad porque las rejillas impidieron la confusión de la bruma.

Se encubrieron las arañas por pavura al espantajo del día final del mes. Tal vez un enjambre de granos de polvo se propuso establecer su cubil en algún recodo, a la sombra de los acechos. (Mis sensaciones anduvieron a la zaga, tras un impulso para principiar los recuentos). Apartado, lo que no se llena, ganó un combate más allá de la lividez. ¿Cuál ruido se vendió, cerrado, sin ceguera?

Ya las cosas listas se cristalizaron, apegadas a lo ordinario, pero sin disminuir su innata decoración. A las linternas corroídas no se les dio oportunidad de encantarse. De los esmaltes en molienda se devastó la quinta parte y con el resto se acordó unirlo a las medallas en deuda. A cambio de un juramento se taparon los cultos a las cenizas y las penitencias de los mojigatos.

En conclusiones existieron tardanzas de los silencios o de las improntas de las lluvias desfallecidas. Ni bien ni mal se hilvanaron emulsiones de una cal carente de receta. Los óvalos prometidos nunca arribaron y los cuartiles se agriaron hasta la generación del sudor. ¡Cuántos objetos hundidos en la mugre, desprendidos de sus hábitos para velar por sí mismos!

 

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Aquellas cosas ocultas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Doblones camuflados dentro de botijas cuando relucía el reino que jamás advino. A la salud de los buscadores se le echó mano y se la soterró con autoridad. Y la época fue tan celestina como otra cualquiera. Y los síntomas del abuso descendieron a los pozos. ¿Conviene el olvido sin chillido de gallo sobre el troje? Arriba se colmaron todos los manejos y en las pulperías engordaron los equipajes.

Furtivamente se ampliaron las grandes bocas de arcilla y vomitaron los oros. El hecho se agitó de un lunes al siguiente y de un sábado envidioso a un domingo que lo amortajó. Partieron las mulas con las órdenes y sobre sus lomos los brillos se agitaron. Antes que los presos se prendieran, la quietud de la complicidad compró bienes inmuebles y tratamiento de “don” para atrapar doncellas.

Larga cuarentena de la pólvora y entre el desenfado de la humedad ocurrió su muerte incombustible. La noche lanzó sus dados al fondo de la tinaja y turbó al destino y el número doce saltó, a merced del inframundo. ¿Qué pelo de gato se vio y rasguñó de lado?

¿Qué más sepultado, exclusivo y sin asomo? ¿Huesos quemados? ¿Cráneos interrogativos? Quedaron voces sin poder abrir las entradas, sin poder acertar en una vía de escape. El lugar se labraba sin pausas, sin ningún provecho y abundaban guijarros y bichos y la culpabilidad riendo a lo fariseo. Cosidas proyecciones de las dolencias mortales. Las medicinas, eclipsadas; los récipes, lanzados a las letrinas. Los fulgores fueron y estuvieron de hierro y orín, no inéditos, sino al servicio de los esbirros intemporales, de ahora, de siempre, in aeternum. Emboscados rescates con protección de follaje de malanga y un verdor de adustez con albas líneas de sapiencia.

 

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Aquellas cosas ocultas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

De la alcantarilla emergió la hojarasca por larguísimos periodos subsumida. Brotaron también lodos amasados con pulpas de nísperos o tamarindos y la coloratura echaba su capote. ¿Por ventura no se escucharon chirridos provenientes de un oxidado velocípedo que aún se desplazaba veloz, impelido por pies astrosos y descalzos? ¿No se intuyeron lontananzas de pasadizos secretos?

No se corrieron las cortinas: los intercesores no fueron necesarios. Entre cabellos y pelucas: renglones sin espesura. Vagaron juguetes acortando distancias, estableciendo marcas para la trascendencia sólita. Con los picos desechados se armaron corajes para las sinonimias. Arreglos se recogieron, a hurtadillas, según las seudomaravillas que se fingían.

Muchas estampas se activaron en el entresuelo, en medio de sentimientos sin garrulería. La severidad del oscurecimiento advirtió acerca de los escollos vergonzantes. (Fuera, el asma asistía a sesiones para enmudecerse en el vacío). En los terminales de la podre zambucaron los corotos de la política y la demagogia. No se detectaron ni enigmas ni treguas y reaparecieron hilachas de nidos.

Los escamoteos se aprisionaron entre sus brazos de fingimientos. Las fieles cucarachas calibraron los decires de las carreras del amor en clandestinidad. Abundaron las esperanzas que eran golosinas para los vagabundos del postpatio. En ciertos endofragmas iba aconteciendo una espuma de apretamiento, misma que suavizaba las esquirlas de la cotidianidad apertrechada.

 

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Aquellas cosas ocultas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Dentro del belezo el ajuar de la ajusticiada. Apenas se atisban retazos y piropos. Los jabones se amanecieron muy temprano entre lo negrizco: su razón de ser. Los cobres de esas veces de las olvidanzas navegaron por aristas muy circulares. Cocuyos del fenecimiento alumbraban con efectos de calvicies. Nadie osó burlarse y no se le estranguló la noción ecuánime.

Se celaron los metales destinados a las celebraciones de los díscolos. Las pedradas resonaban al fondo como quien acaricia pegamentos. Estaban los quejidos propinándose sorpresas, alternadas y sublimes. De la espalda se quisieron seguridades de bulto, pero las rosas ya eran cuchillas. Dormía la cofia, aletargada por aromas, quizá de chocolates excelsos o de azahares tras el laberinto.

De modo sigiloso, se enalbaron los estambres llamados “antiguos”. Los collares de la dama de las incógnitas anularon sus espíritus, aunque permanecían las trazas de sus formas y de sus leyes. ¿Cómo descendieron los supuestos crucifijos de latón y menudillos? Ningún vocero disparó, porque esos cimientos no se descifran. Debieron las fiebres rememorarse inquietas.

Amagamientos en mitad de lo fosco, empujando pestes, arrinconando falsos dictámenes. Y de lo insípido del chayote pocas personas se acuerdan, a pesar de sus memorias planas. Unas crónicas asaz menores sucedieron arrastradas por figuras sin imanes. De consuno, se agitaba algo aguachiento con larvas de la metafísica y la rabia que se inflaba.

 

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Aquellas cosas ocultas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Haz de verdusco historial encima de las ranuras que lo escamoteaban. Porque tendía todo a desaparecer; porque se vestía con la luz cubital y birlaba los atisbos. Irremediablemente, fracasó la misión de los helechos solapada por los espejismos del baldío. De haber presentido los estípites, otra energía hubiera evolucionado. Mas, al punto, se descartaron mangos o huesos y lo corruptivo gobernó.

Omitidos los cultos a las nervaduras, con arreglo a la opinión de los alienados. (Entre nosotros, de incógnito, unas virtudes duales y unas evidencias amortiguadas sobre lo innato). Las gotas se volvieron crudeza, coincidiendo con el despunte de un marrón. Donde lo trabajoso se colmó, los grillos esclavos borraron sus vestigios para no continuar siendo enemigos.

Al salir un sol en cesión, los pudores se ascondieron tras antiguos escalones de tierra. Por allí sonaron leñas provocando visiones de frondosidad. Holgaron las afirmaciones de templanzas con nervios opuestos. Deferentes se encogieron las savias, ya al borde del derrumbe letal. Esa agonía había de estar, ras a ras, con el mal tino del ciclo de la espesura.

Sin afloramientos repulsivos, los lóbulos renunciaron a portar zarcillos. Muy largo se les enfrío el espejeo que se descolgaba. Bajo cuerdas de texturas se colaron las bifurcaciones giradas hacia atrás. Ulteriormente desconocidas glándulas digirieron las angustias de los mosquitos. Enterísimos, los artificios de la clorofila embozaron los agujeros por donde se trasvasaban los pigmentos de la ilusión.

 

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Aquellas cosas ocultas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Tiesto que sucumbió ante el despotismo y no contó, encubiertamente, con los arcanos del jardín. Luego se amagó para sacramentar el escondrijo: en vano y desmayo de vapores testigos. En plena observancia, los nudos se las apañaron para no ocluirse ni ocluir la magna abertura hacia el subreino de las taxonomías del recaudo. Junto a esbozadas cepas, la carcoma propaló su cisma.

Entrañadas pasiones que no se desenredaron para proseguir rumbo al vertedero de boca franca. Pudieron, así mismo, los movimientos llegar a ser insondables, en puridad. (A mano, no se encontró nada acariciable y hubo que apelar al riego y al extravío). A escucho, lo mondo era un presunto liado. Después, de las tersuras variables de las raíces, se sangró un tiempo desmenuzado.

¿Amorfo y traspuesto el refugio? ¿Rúbrica que se empreñó con constancia? Un ardor de estómago, impuro y plástico, sintetizando una pirosis con las ganas de flagrar. Sin embargo, no había tinglado para despachar las arenillas que residían con sus granos de aire y coleópteros. ¿Y qué de las escorias con sus turbias maldiciones y de los vellones que no alcanzaron la redondez?

Insabibles los entresijos, en donde se restañaba el tisú y sus escamas. Estuvieron mechas compuestas por tramojos de las perchas. (Los cadáveres de las cotorras jamás aparecieron, jamás volvieron a murmurar acerca de copas y bastos). Callando, recompensó lo sinuoso y las espigas proseguirían trabadas a las fláccidas pendientes. Las interioridades atesoraron apariencias y el ultraje: un solo golpe.

Wilfredo Carrizales
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