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Vibraciones

lunes 14 de junio de 2021
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Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

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Vibraciones, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Las moléculas se separaron, huyéndole al vaivén, procurando un equilibrio entre la rapidez de los movimientos a ultranza. Un accionar circundaba alrededor del medio ambiente con vibriones. Innumerables sacudidas eran las herramientas con las cuales experimentaban las víboras y sus órganos. Unas trepidaciones cortaban los trabajos de los obreros de los subterráneos. Muchos adormilados se imaginaron terremotos que descalabrarían los caminos y sus calambres.

Entraron en contacto los embragues con las mecánicas sin frenos. Las partículas de toda índole se animaron con la ausencia de estabilidad y se bandearon apegadas a un centro de gravedad provisorio. A consecuencia de las dificultades, saltaron resonancias, ora rojas, ora negras, mientras un volatinero se carcajeaba entre eructos. Mas pronto refrenó sus emociones de amblas.

¿Quién afirmó que hubo violencia al son de voces trémulas, no materiales, vicarias? En los apartamientos más generales se detectaron elongaciones de los símbolos ciegos, completando las duraciones de los periodos que se deshacían tras los cristales gualdos. Encima de las posiciones con declarada amplitud, las frecuencias oscilaron, de un modo recíproco, y truncaron los péndulos que pugnaban por ser menos obtusos. Se cuestionaron las armonías –como  era de prever- y sus fórmulas dejaron de considerarse elásticas para pasar a denominarse “inquietantes”.

Mediante los puntos de la instantaneidad se lograron casos de pulsaciones que nunca se iniciaron. La velocidad bombardeaba sus ángulos con el consiguiente peligro adherido en demasía. Surgieron aceleraciones de lo negativo y ondas de constancia finita. Tuvieron las coordenadas sus líneas para asimilarse a los bigotes, guardando distancias de lunares y otros fenómenos oblongos.

En un mismo estado, se ubicaron los ceros undulantes, las correas que se retraían y las miradas de reojo. Se introdujo con ello, un respeto por los diferenciales y las longitudes carentes de remansos. Los grados de los avances alcanzados conmovían hasta los generadores de enmiendas. No hubo oportunidad para la eclosión de ecuaciones en lastre y los seres rastreros lamentaron muy mucho poseer ansias dentadas. Desde una inverosímil altura, alguien captó la falta de un amargo envés.

Tendríamos algo que diera ánimo a lo aleatorio y se cimbrara sin brusquedad. Tendríamos lo horizontal y su colección de diapasones. Vendría la energía que restaura en cada instante y la plenitud de sus soluciones. También se fijarían los experimentos para deslizarse justos hacia los vectores de los sueños que dinamizan. Miríadas de espejuelos convergerían sobre las superficies cultivadas de papel y electrones. Y manchas, por los bordes, se desparramarían cual drupas desde ramas con funciones no táctiles, pero sí cargadas de sonidos del linaje.

De las demás cuerdas, un porvenir apenas dividido y membranas en clara dependencia de las arenas sin movilidad ni sabor. Ya un módulo se estaciona y aporta corrientes de una suavidad de céfiro oval. Cualquier sentido siempre ha sido anterior a cualesquiera caídas. Los extremos se dilatan y conforman vientres repletos de floreos que asisten a los vellos escapados de sus núcleos. Luego rayar con la particularidad de las bacterias con destino. Las alternativas no obstruyen, construyen ámbitos para las arengas en silencio, expanden vueltas y trayectos del tremor y su pendón.

 

2

Vibraciones, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Vibraciones del rostro, acentuadas en una atmósfera enrarecida, ante vicisitudes con prósperas alternancias; unas vías guindadas de una conversación que nadie requirió; victorias de ruedas imaginarias de una buena vez; vigías para las alarmas diminutas y bamboleos sin referencias; en virtud de las demoras, una mueca sale a flote y aspavienta; viven los vislumbres hasta el colmo del sacudimiento; desde el vórtice una reconstrucción de cenizas para sepultar los gestos.

La fisonomía puede romperse en cualquier momento y se devolverían masticaciones de improviso, irreflexivamente. En línea veríase la electrólisis con sus hoyos de linóleo y sus enlaces mal pronunciados. Lo inaudito preferiría un banderín para tremolar en medio de eufemismos. Y también actuaría la licuefacción y el milagro de su género. Las lindes asumirían su importancia como apéndices enviados. Ni de lejos, el resplandor iría en contra de su leva y el foco sería recurrente.

A través de la cara, los guiones para encerrar los comienzos de las gacetas; renglones hambrientos de espacios y de blancuras; los acentos alargados hasta lo fatídico de su proceder; valores con insipiencias de lo sagrado; añadidos con la ilusión de nervios recios hasta el último arrebato.

Faz rebozada de pelos de conejitas y una epifanía que se escinde ante la codicia circulante. (Si en el exterior, un cúmulo de estrías, qué escena para las arrugas). Bulle lo superfluo; se abducen las cicatrices; la erosión no gana ofrendas. Los signos de la transición son absorbidos por la complejidad de lo efluido y allende los gestos, las enzimas envejecen. ¿Un velo se rasgaría en flagrante?

Semblante rayano en su propio contraste, con dosis de puntos y de grabados, en el territorio de las partiduras. Y todo vibra, al subrayar la luz su término. Tantas franjas y la espiral no se toma su rato y se consuma. Se toleran las diagonales en los surcos de la carne y se transparentan los dibujos trazados por el consentidor de turno. Lo salobre sale huero y de la espita, una saliva para la escupidera. (En lontananza, un tiemblo incapaz es de aislar la fiebre). Los recelos empujan las quimeras que se agitan sobre las cejas y mil zumbidos de una escala acaecen y no se disipan.

Se enrostra lo que va trepando en zigzag y, acaso, en el futuro rote o esté roto. Se ciernen las cascarillas bajo los párpados, con todo el derecho de tiznar. Titilación en los lagrimales: ¿atribución de vínculos o parodia de quilates? Se reconcilian los retorcimientos y se sabe que desmayan sin enfados; los dejos se apoyan en sus textos y lo taciturno se cuece en medio de estrellas.

¿Y por qué no temperar los destellos, las aprensiones, las crudezas de lo isotermo? Se agitan las voces de los poros; se irritan los ánimos; fluctúan las pestañas con retraída benignidad. Después, los elementos que salpican se encogen y uno sospecha que un calofrío se aproxima y, de cuidado, son los recelos. A pesar de lo obvio, palpitan las pieles apáticas y sueltan sus reductos donde se aloja el rielar más delicioso. (A mí que no me presten mejillas con tatuajes ni labios entrecortados).

Los de las joyas montadas encima de alambres de furor son los tembleques. ¡De eso no hay duda! Y detrás prosiguen los tímidos, los del estremecimiento gratuito, los sabios del dentelleo… Los embates del azogamiento flagelan con penitencias a largo plazo. ¡Y no hay aleteo brusco que desaloje el quid de la cuestión! ¿Y si brinca una perindola mientras cuelgan de las orejas los hilos del estigma? ¿Quién asume la pulitura del barniz, su racha de cuadrículas y su escozor? ¿Cómo indignarse sin pegar un brinco sobre la lona que acepta las vibraciones cual cosa de hábito? Si se empañan los espejos y el brindis llega de mañana, ¡alisemos la ruleta y oigamos a los dados!

 

3

Vibraciones, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Estremecimientos serían vibraciones bajo aberrantes circunstancias. A las fuentes enfermas no las sosiegan las hileras de retaguardia. Desde los trechos de los arañazos se libran las puntas que exorcizan los dedos apostados. Al volver la vista se insinúan las pruebas de la refriega. Enroques y ficticios atardeceres al paso de desfiles de moscas y garrapatas: todas picoteando el suelo.

Los tiritones no provienen de las armas de fuego. Arden las extensivas clemencias y se desgajan aprendizajes para los peatones en racimos. Las migas de unas galletas buscan, sin cesar, el descanso y no lo consiguen, pues las raeduras las acosan. Se habla de finísimos puñales encaminados hacia las direcciones de la ira, mas ni un alma puede atestiguar el hecho con oquedades.

Se trenzan los trémolos –me consta- y no por ventura. Mi astigmatismo, consecuencia de las imágenes exentas, me conduce a los ángulos donde los ejes se exultan. De manera que aparezco y desaparezco del mapa de las proporciones. Restrinjo los derroches de tintas para no embrutecerme. Ignoro si por completo depende de mí. ¡Ay del busto que no convulsione!

Acá recibí las alteraciones, en reposo, sin oscurecerme. Acá quiso doblarse mi talega, colmada de trastornos. Mas caté los hipos que provenían de las soledades de la arcilla y les muté las asperezas. Acerqué mis tobillos a los tintes gagueantes  y surgieron incógnitas y desparpajos. Ajeado, creo que escarmenté hasta que la prometida bandada de golondrinas venga en mi auxilio.

Se encogen y se estiran las visiones del azar proferido. Se pliegan las retículas bajo el acoquinante peso de los diseños no mirados. Adondequiera que poso las falanges acierta a dormirse la adoratriz de la sangre. Hay rastros y secuelas que yo bien me guardo. Ruto con las memorias del azabache y me robo y acampo, encantado. ¿Seré de ascuas por el breve periodo de las torceduras?

De estridencias y suspiros también se resignan los folios, sobre todo cuando se extraen de las jaulas. El fin de las lejanías se presiente cerca o cercado. ¿En verdad existen los amedrentamientos, las horripilantes alusiones al hematites? Valen peines los aplomos de lo que no se eriza ante el zumbador. Por un soplido, una lámpara terrosa es guindada del cenit sin apuro.

Impresiones de los músculos antaño distendidos, pero ahora plenos de una salpicadura de temporada. Por lo común, revienta la rusticidad y echa lo sucio dentro de la zona que aúpa aullidos. En conjunto, se fraguan las depresiones y, de modo irremediable, se fomentan los contornos de la endrina. Nácar. ¿Qué es nácar sin la magnitud de la madre y su concha? ¿Alburno que arredra?

Me sacudo mientras me soporta el estribo o el cartapacio sin candil. En esos derroches estriba el efecto de la impaciencia. Luego me desfogo, me desfleco y no desfallezco. Es de temer que se descomponga la elegancia y se activen las zancadillas y las blanduras escuetas del cuello. Ahí la cobarde mano se ahonda, estrafalaria, y pulsa el encresparse sin remisión.

¿Vivencias de las vibraciones; más cálculos y vísperas que redundan? ¿Se levantan polvaredas de la nada? Los yerros y las ondulaciones aquende se retuercen y lazos no les sobran. ¿Igualdad en la comprobación? ¿Regaduras de aquello y lo otro y aquello? ¡Tan objetivos que son los remiendos y el pobre rayador no lo nota! Aún tiritan las aureolas en el lugar que se entristece y el enojo le da gusto a la conciencia hasta empujarla al limbo. ¿Y si pensamos en una utopía para desencarnarnos? ¡No es triunfo de la burla, sino esbozo para salvar la médula y su adjunto balanceo!

Wilfredo Carrizales
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