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Confesiones de unos rostros griegos

lunes 28 de junio de 2021
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

Confesiones de unos rostros griegos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

No hubo una isla para que yo surgiera del mar. En la distancia hubo hombres que construían un faro para alertar a las naves. Todo el día trajinaron mientras el viento soplaba detrás de ellos. Había una bahía de amplia anchura y aquellos hombres la usaban para modelar y construir barcos con los cuales hacerse a la mar. A veces, en pleno trabajo, los sorprendía un agua negra. Veinte días eran buenos para mí, para mantenerme en forma. Las borrascas podían venir de improviso y provocaban corrientes profundas. Los hombres en sus barcos actuaban con rapidez y obligaban al mar a retirarse hacia atrás. En un momento todos los almacenes necesitaron hombres con fuerza, pues ninguno de los dioses se apiadaba de ellos y tampoco pretendían salvarme a mí. Mi hija tenía deseos del poderoso Proteo, pero yo la destinaba a un viejo que tenía un corazón de algas y sabía moverse encima de las olas. Ella anhelaba apartarme de mis compañeros y rugía de continuo para que me dedicase a la pesca en un islote lejano, sin anzuelos adecuados, con un hambre permanente que mordiera mi estómago.

 

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Confesiones de unos rostros griegos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

¡Oh, qué tristeza traigo conmigo! La praxis de mis caballos es un crujido y un relincho insistente. Vivo escasamente. Mi calzado y mi ropa son informes. Los caminos por donde transito parecen no tener fin y pienso, a cada instante, que mi casa no me pertenece. ¡Oh, Cielo! ¡Qué ruidos acuden a mi cerebro! ¿Cómo podré atravesar esta angustia que crepita? ¿Hace cuánto tiempo que no imagino un paseo por la costa, en busca de las huellas de los cangrejos que me gustan tanto?

Preciso vengo aquí. Ante los hechos, insisto y los observo. Semejan unos tejidos de coral. ¡Cuán delicados son ellos! Los pruebo y descubro su buen sabor. Resulta duro ser humano.

Miles de terrenos no forman un Estado. Bajo el mandato de la lluvia de Zeus nuestro país fructificará desde los sitios bajos a los altos. Las corrientes roen los suelos y los rompen. Empero muchedumbres de trabajadores son capaces de aprender en las extenuantes labores y levantar ciudades. Dos, cinco, decenas. El maestro del orgullo no lanza ayes y sabe manejar los asuntos donde la palabra es vital. Además templa a los guerreros por ciclos y les hace nacer nobleza y coraje… Las naves de guerra ocupan los mares y el sonido de sus cuadernas establece sus dominios. En las batallas los combatientes portan corazas barnizadas y sus brillos le dan la vuelta al horizonte en cuestión de minutos. Aguardaré hasta que la riqueza se alíe conmigo. Mientras tanto mi lanza proclama que seré rey y mi cabeza ostentará una corona que nadie nunca antes ha contemplado.

 

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Confesiones de unos rostros griegos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Debo decir que he hecho lo que me tocó en cada turno. ¡Sonrío con satisfacción! Desde que mi padre descendió al Hades estoy decidido a convertirme en hegemón. Aunque tenga que asesinar a ciudadanos en las calles. Ejercitaré ese estilo. No resulta un juego tomar el Poder. No hago las paces con quienes ruegan clemencia, paz y paciencia. ¡Ah, mi muy querido gorjeador! ¿Adónde fuiste a parar? ¿Qué haré sin ti? Los corceles han huido en estampida y ningún caballerizo pudo detenerlos. ¿Grito? ¡Retornad bestias castradas, cuadrúpedos hediondos a muerte! En mi casa me queda un potrillo para consolarme.

Me atengo a lo que dictamine Atenea. Las simples maravillas también detallan mi clausura. De modo realista, las cosas se elevan y se mueven a placer. ¿Quién puede ser gente extraordinaria? Los muchachos sagrados lo serían, aunque escupan pedazos de plata. Mis epígonos tienen que estar vinculados a Eros. ¡No permito que me secunden extraños, eternos gemidores sin aliento!

 

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Confesiones de unos rostros griegos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Señor Poseidón, salvador de los helenos, ¿dónde atisbas cuando desapareces? ¿Dónde construyes tu fortaleza de coral y roca volcánica? Hay picos de montañas que necesitan nidos de gaviotas. ¿Te afanarás por complacerme? En los bajíos descansan ondas que le temen a las radas. Las torres de las naves atraen con frecuencia la ira de los cielos y los rayos les caen directamente e incontables chispas producen incendios y los inevitables naufragios. ¿Dónde moras tú en esos momentos? ¿Abrevas en las playas o haces retemblar las fosas del piélago? Los marinos corren tras tu insinuada silueta para, al cabo, darse de bruces contra las acantilados. ¿Aún blandes tu tridente o te lo estropearon los delfines en sus interminables jugueteos? La seguridad del océano se deteriora sin que tú lo adviertas y las tempestades te han sustituido y ya es común que los barcos extravíen sus singladuras. ¿Por qué no aplastas tu cabeza contra un peñasco y dejas de lanzar coces y dar cornadas? Tus cambios de humor nos tienen hasta la coronilla. ¡Grúñele al agua salada y promulga de una buena vez la erección de las murallas que nos protejan de los enemigos!

 

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Confesiones de unos rostros griegos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

…Entonces él arribó decapitado y tuve que preguntarle a la gente local por su nombre y ellos replicaron que él cuidaba los santuarios y las tumbas, pero que nadie sabía cómo se llamaba ni de dónde procedía. Después ofrecí sacrificios por él y quise aproximarme a su viaje ignoto y al sitio de su pretendida ciudad, mas todo resultó infundado… He visto espacios abiertos que se estrechan en la lejanía y me he ocupado de investigar en varias villas. He quedado marcado por la extensión de las comarcas y por los ríos que las bañan. Mi boca se ha torcido debido al intenso calor reinante. Ningún lugareño quiso prestarme ayuda. Las dimensiones de mi peregrinaje sólo yo las conozco.

Me considero un náufrago, poco avisado y sobreviviendo entre las rocas. No seré capaz de encontrar a un pueblo que me llene. ¿Podría una barca transportar semillas o granos para alimentarme? Lo dudo y lo dudaré. En tal caso, me digo: busca un sitio armonioso donde la vida te sea grata y donde hayan múltiples ventajas y donde no pases por un ser extraño y puedas lograr una parcela de tierra. Allí ordenarías tus cosas y podrías hasta conseguir mujer y casarte. ¿Por qué no?

Mi fealdad no se agota ni que me oculte detrás de un promontorio. No estoy dispuesto a recibir más burlas de los desquiciados. Me propongo convertirme en mi propio capataz y construir establos para las ovejas y así me colme la euforia y no la melancolía. Incluiría piedras en mi futura casa y me las ingeniaría para que se pareciera a una nave de clemencia, adonde recibiría cartas del Olimpo. Los genios y las divinidades inferiores colocarían lo didáctico a mi servicio. No se me escapa de la mente que los que desunen o calumnian hacen legión, mas yo arrojo cualquier discordia. No gasto mi tiempo en diatribas. Amo el diálogo: a través de él alcanzo diamantes y domo y venzo… Soy un ictiófago y los canales de agua me conducen al mar y al anuncio de la pesca y al idilio con sirenas. Después hasta sería capaz de metamorfosearme en hipocampo y decorar las olas.

 

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Confesiones de unos rostros griegos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

En lo alto de una colina descubrí una imagen muy antigua para el culto. Estaba flanqueada por columnas que debieron soportar algún techo. Recordé que en ese lugar se decía que había un oráculo, el cual adivinaba hechos funestos. Ignoro si la imagen y el oráculo tendrían alguna relación. Advertí una inscripción labrada en la parte posterior de la imagen y leí en voz alta el contenido: “¡Oh, rey!, así Febo ha lanzado sus rayos dirigidos a ti. Desea avisarte de tu próxima eclosión en tu incorruptible juventud. Funda una ciudad rica en fama, opuesta a las islas de los cíclopes. Allí podrás entronizar a un príncipe como soberano sometido a ti y a quien las montañas circunvecinas protegerán en ese ámbito sin límites”. Callé y lancé mis preces al espacio. Descendí de la colina con lentos pasos y detrás de mí sentía miradas de formas vivientes brotadas de la sustancia de la tierra. Crucé locaciones enemigas y las apacigüé con ofrendas. De pronto, un águila descendió desde una nube y pretendió picotearme el vientre. ¿Buscaba acaso apoderarse de mis entrañas? Detuve, de un manotazo, el ataque del ave predadora. Rodó por tierra y se fue aleteando hacia el altar. Apresuré mi marcha, aunque escuchaba voces tremebundas de advertencia. Fuera del perímetro de peligro, me refugié, temporalmente, en medio de unos obeliscos enlazados por invisibles hierografías. Mi dáimon apareció ante mí y me arrojó doscientos granos de arena a la cara. Luego desapareció y yo aparecí tumbado encima de una orilla del mar sin fondo. Desde entonces me reconocen con el apodo de Seudo Tifón y vivo aturdiendo con la niebla y coleccionando escamas para los nautas.

 

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Confesiones de unos rostros griegos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Poseo la ceguera como Tiresias, pero no su don de profetizar. Sin embargo, veo cosas ocultas y mi deseo es divulgarlas, aunque me asesinen por ello… Agatocles será removido de entre los hombres notables y esto provocará defecciones en el interior de su ejército y él envejecerá muy rápido siguiendo el curso del inexorable devenir. Su lugar vacante será ocupado por “leales amigos” o apuntalado por el cuerpo de sirvientes, a cuales más traicioneros y arribistas. Él transcurrirá sus postreros días ebrio y en permanentes orgías con mujeres vulgares, no con novias o vírgenes, y todas ellas ostentarán una odiosa depravación. Lo que será el más fuerte disgusto en su contra se levantará desde sus costados. Él intentará reconciliarse con sus enemigos y les ofrecerá prebendas, pero todos sus ofrecimientos se los restregarán en la cara hasta desfigurársela. Sus verdaderas calamidades no comenzarán entonces, sino cuando se funde un nuevo reino, cuyos edictos no lo dejarán en paz hasta que sus huesos se asoleen en algún perdido acantilado…

…Para Sarpedón será un acuciante deseo atacar a los comandantes y a los generales y seducir a los soldados con suculentos banquetes. No perderá ocasión de valerse de cualquier estratagema para lograr poder e impulso hacia la gloria y la aureolada grandeza. Se jactará de sus pretendidos méritos y los de sus hijos, mas su elevación se desvanecerá como el vino para los borrachos. Caminará con la cabeza erguida recalcando la vieja prosapia de su familia, empero los más venenosos insultos les saldrán de improviso de cada rincón. Sentirá el agobiante enigma de si podrá escapar indemne de una serie de intrigas y de conspiraciones tramadas en su propio palacio. La duda y el miedo lo corroerán cada noche en su lecho y su mujer llegará a sentir aversión por ese hombre tan feble y timorato. Se verá obligado a rodearse permanentemente de una guardia protectora y mercenaria. Se mesará su bermeja barba en la mitad de sus recurrentes pesadillas nocturnas. Pronto reirá, con nerviosismo, delante de sus poquísimos huéspedes, quienes divulgarán por doquier las señales de su evidente locura. Al final, un cocinero contribuirá al logro de la paz de Sarpedón mezclando una poderosísima ponzoña en su comida marina predilecta.

 

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Confesiones de unos rostros griegos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Me hirieron de una pedrada en la frente, mas me sonrío y me burlo de tales ataques y agresiones. Las nereidas velan por mí y me brindan sus colores para mis espumas y sus movimientos para mis oleajes. Las perlas que adornan mi cabellera también son regalos de ellas. Hay una festividad que disfruto junto a esas ninfas del mar y que exaspera a las hostiles envidiosas. Yo soy una doncella mojada: no seré Dánae. Me parezco, de modo inusitado, a Deméter y en su templo me regocijo y exulto hasta el paroxismo. Coloco un velo sobre mi rostro para evitar la inquina. Esto irrita a aquellas mujerzuelas, quienes no pueden privarme de mi ceremonia secreta. Durante la noche, envuelta en el penetrante aroma de la cebada, organizo el ritual del suelo para que se domestique y cultive.

Me complazco en observar los sucesos gratos que otorgan esperanzas a los pobres y les acercan cierta seguridad. De repente, cierro los ojos y comienzo a contemplar el vuelo de las espigas y los brillos de las olivas. No creo que sea imprudencia de mi parte no prepararme para resistir los propósitos malignos de quienes desean cazarme. Si llegaran a matarme, renacería el segundo mes, con nuevos y más soberbios atributos. Me revelo en el culmen de mi iniciación hacia los misterios sagrados. Las antorchas siempre esperan por mí al borde del agua salada con burbujas y desde sus santuarios acuden en tropel diversas manadas de hipocampos, en un silencio absoluto.

A veces me enfrento a extrañas situaciones, cuyas características son difíciles de describir. En una ocasión, moré en un túmulo levantado por mí misma. Adentro se movían semillas ejecutadas que fueron torturadas antes, salvajemente. Sus costras sangrantes me impresionaron de una manera terrible. Con mis lágrimas las retorné a la vida y restañé sus heridas. Luego las alcé sobre escalinatas de un lodo ubérrimo y allí mismo me honraron ellas, las semillas, otorgándome sus raíces, de donde surgieron ramas con cereales y múltiples senos manando una leche frumenticia, dulce y festiva. Desde entonces aumentaron mis motivaciones para subyacer asimilada a la gleba y a los deseos de permanencia.

Wilfredo Carrizales
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