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Uno, dos, tres

lunes 5 de julio de 2021
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Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

Uno

Uno, dos, tres, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Recordado cronista mío:

como un junco, junio me unció para humedecerme la memoria y sonsacarme el origen de mi relación contigo. Le recité, con reciedumbre, unas cuantas mentiras y se dio por satisfecho. Continúa Saturno provocando tristeza en mí, a pesar de la abundancia de brillanteces a mi alrededor. Además, si enfermo, sano con sólo mirar los atributos de los rayos solares. ¿Qué te parece? Extraño, ¿no?

Medito mientras estoy pensando en ti y creo que es primavera y eso me consuela. Los crepúsculos se me adentran y me hacen daño. En ocasiones, siento una estela colgando de mi alma y no hay sangre que me roce y manifieste su presencia. El verano flota delante de mis ilusiones y con un pañuelo realzo sus bordes para cuando realmente esté aquí. Te digo: escucho palmeras a mi lado.

¿De quién será la voz que me persigue por toda la casa? ¡No me estoy volviendo loca ni tampoco estoy soñando! Cierro los ojos y un claror de liviandad se allega a mis pupilas y vierte destellos. Luego salgo y paseo por los bosques. Me doro en algún descampado, en un espacio con muchos instantes. Me encuentro sin ningún impedimento y las alas crujen y me alzan. Desde arriba todo me distrae: las nubes y las sombras, las fronteras y los fuertes, las calaveras y las semillas… Huelo las batallas a las cuales se ha encadenado el hombre desde que apareció sobre la Tierra. No me desmayo, aunque me colman pasiones de diversa índole. Si muero, ¿habrá promesa de oscuridad?

Observo de mañana tus ojos que me recuerdan. Las palabras que me diste anidan en sus huellas y entonces soy una garza que escapa del aire y se sumerge en un azoro que se va rasgando. La luz de la tarde me palpa con su savia y mi soledad de arrayán tiende a desvanecerse. ¿Aquél nombre tuyo continúa en la errancia o ya se devolvió y duerme contigo? Tus cartas de ausencia rebullen sobre los cristales y los espejos danzan con los espectros que arrinconan a los diapasones. Mis oídos se extienden por las ventanas hasta saciarse con el tornasol de los fuegos en pequeño.

Por estos días, la maravilla de las gotas de lluvia aleja la fatuidad de la calle. ¡Lástima que ahora los niños no hagan barquichuelas de papel para que se marchen con la corriente! Mi vida es simple como un golpe de baraja contra un cajón. Y mi sombrero se ha quedado allá ciñéndose a un contentamiento del pasado. ¡Ah, pero mis manos no permanecen en el ocio! Pulen cosas, enroscan deseos, traman mundos, doblan espinos… ¡Si me vieras por dentro encontrarías un paisaje que te sería muy grato! Ya mis huesos no se inclinan ante las melodías con exceso de fragancias.

Junio apenas edificó un balcón y desde ese recodo puedo atisbar, por ejemplo, cómo asesinaron al archiduque Francisco Fernando y a su esposa, un veintiocho de junio de hace más de cien años y cómo comenzó después la primera gran matanza del siglo XX. Piedras y cenizas sepultaron sueños y mis muñecos de la infancia aún sobreviven y los hombres continúan masacrándose con todos los sentidos y doy fe de que el imperio del odio derriba puertas y muros en este país que se ha tornado invivible… Mi sendero prosigue llevándome a tu playa donde no se regalan penumbras y el cantar navega hacia puertos que instrumentan mis recuerdos. ¿Acaso sea yo una peregrina que trashuma por azar o una huérfana en procura de soberanía para mi cielo que invoca lo humano?

Con un empeño en solitud, consisto, mi caro cronista, en tu proceso de escritura y desde el silencio que me envuelve, te abrazo con nostalgia y halo tu lejanía ¡tan aprisa!

Tu Brígida

 

Dos

Uno, dos, tres, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

El anónimo relator asentó por escrito el tránsito por su condado de una desconocida ave. Rezan así sus notas que en el manuscrito original están caligrafiadas de prisa, pero con elegancia:

“Se posó una rara y singular ave encima de un matorral. Llegó respirando con una constancia de elevación, lo cual hacía que su plumaje negro, con blancos puntos y rayas, se crispara. Con el eje de su extenso cuerpo tendía hacia una oblicuidad que embriagaba la vista. Aunque bípeda, parecía poseer una tercera pata que traqueaba al ella moverse. Desde mi sitio de observación oía con nitidez el calor de su sangre. ¿Qué clase de ave era aquélla?, me preguntaba mientras la contemplaba.

Su cabeza resultaba francamente estrambótica y la largura del cuello sostenía su porte y su desfachatez. La morfología del ave la extraviaba entre contornos y siluetas cambiantes. Tenía una cintura con disposición para la danza y, con seguridad, sus alas y su cola estarían disciplinadas para ese trance. (Por instantes, las plumas de la cola se asemejaban a formas reptilianas, dejándome estupefacto). Si la viera danzando, podría aseverar que sudaba con diferencias de espesor. De esta guisa, lo lubricativo de su plumazón acontecería con una excepción casi normal.

El ave de marras, de súbito, se extasiaba en no sé qué y entonces yo percibía el vaivén de su desarrollo en marcha. La ligereza de sus gestos me conmovía y que conste que yo soy un ser muy rígido. Intuí su ombligo, por donde escapaban las cortedades de sus flaquezas. No tenía barbas el ave, pero sí unas excrecencias flexibles que le brotaban de la parte posterior del cuello. ¿Cuál era la función de las mismas? No logré averiguarlo por más que lo intenté, a riesgo de que me descubriera.

De su pico emergían unas piezas musicales que se reducían a tonos entibiados. Sin embargo, mis rudimentos en esa materia no alcanzaban para lograr una plena exultación. Estoy seguro de que ella existía sólo en aquellos minutos de fugas y contrafugas. El tamaño de su valía se soldaba a algo oreado. Cuando sonreía, el diamante de sus dientes rompía cualquier textura poco táctil.

A ratos, el calor la obligaba a permanecer con el torso desnudo y entonces mostraba un par de senos consistentes, provistos de unas areolas con retículas. De veras que provocaba besarlos, morderlos y chuparlos. Hubiera sido capaz yo de ronronear cual un polluelo de base.

Recuerdo que al ave la signaba un tic nervioso que le estiraba las órbitas de los ojos. Su aspecto adquiría en tal caso un dejo de corteza callosa. En el centro de su retina se apretaban unos bastoncitos que propinaban diminutos golpes hacia afuera, hacia los ligamentos laterales.

A cargo del músculo de su lengua estaba la producción de unos chasquidos parecidos al resquebrajamiento de los bambúes durante la canícula. Mi corazón latía vertiginoso y mi cabeza daba vueltas. En ese momento quise escapar de mi escondite, pero más pudo la curiosidad por llegar al fin del asunto. El ave se desempeñaba con entera libertad y de su cloaca fluía cualquier cantidad de desechos. A mi vez, yo me portaba a cabalidad, según los manuales de ornitología leídos.

En determinado tiempo, el ave se inclinó hacia adelante y me permitió extasiarme, inexorablemente, en una vulva un tanto atrofiada, mas poseedora de una secreta belleza. Un barrunto de erección se asomó en mí y el ave soltó un huevo que se iba a reproducir después entre las perpendicularidades del terreno.

Ella graznó o imitó el crascitar de los cuervos, aflojó su aparente rigidez, se ventiló los huecos de la nariz y, de una carrera y un salto, ascendió por los aires con un vuelo planificado de modo previo. De prisa, acudí al lugar donde reposaba la forastera plumífera y localicé la réplica de su esqueleto con todas las facultades para hacerme conmover de nuevo”.

 

Tres

Uno, dos, tres, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Aquella imagen de la púrpura hendidura se le aparecía de improviso y lo sumía en un inenarrable estupor y en un desasosiego insondable. La imagen lo asediaba con sus palpitaciones, con sus destellos, con sus estiramientos y encogimientos. ¿Cómo se había ganado tal acoso? Elucubraba acerca del posible origen de la incesante persecución y el rostro se le alargaba asaz pávido.

¿Acaso tendría algo que ver la visita realizada al altar labrado sobre una inmensa roca —ubicado en cierto punto de los Balcanes— y en cuya entrada se evidencia un orificio rojinegro, rodeado por una especie de labios abiertos, semejantes a gotas lubricadas y brillantes? En esa oportunidad él sintió el milagro de estar naciendo a través de la abertura sangrante.

¿Quizá en la noche oscura, en cuya suave caverna distendida palpó unos labios humedecidos que le murmuraban emergencias de menstruo y llantos de recién nacido, estuviese la respuesta? De las plantas de sus pies brotaron aguas menores que se desplegaron por el terreno y lo incitaron a reingresar al mundo oculto de la muerte y las almas yacentes.

¿Tal vez el enigma habría que vincularlo con el sueño que tuvo con la diosa Hathor y sus ojos alargados en forma de genitales femeninos y que lo escudriñaban, de modo simultáneo, desde afuera hasta adentro y viceversa y lo halaban, con apremio, hacia el otro lado de la existencia? ¿No fue por suerte en esa oportunidad cuando oyó una invocación que repetía sin cesar que “lo lleno de este lado es lo lleno de aquel otro” y que “lo lleno se nutre de lo lleno, como los labios, de la vellosidad púbica”?

¿Por casualidad habría que buscar la verdad ya sobreentendida en los honores que le brindó al sagrado yoni en el templo de Bheraghat en la India? Recuerda que se embebió en su naturaleza y se posicionó en torno de la viviente abertura y escuchó su mezcla de bermellones y fuego, rubíes y granates y que meditó con energía hasta dormirse y que cuando despertó se encontraba en el interior de una textura que lo succionaba hasta la exaltación de todos sus músculos y nervios.

Ahora, con una navaja, desea ensanchar la rajadura ardiente y bermeja que se le aparece, con insistencia, a un costado e introducirse en su seno, en pos de la transformación vital, e iniciar el descenso por el túnel que conduce hacia el placer lúbrico de los ancestros y percibir en la pelvis el poder creador que comunica con todas las fuentes rojeantes y todas las ascuas que se revuelven tras las puertas enclaustradas del futuro.

Wilfredo Carrizales
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