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Donde se adhieren variadas coexistencias

lunes 12 de julio de 2021
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Textos y collage: Wilfredo Carrizales
Donde se adhieren variadas coexistencias, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

1

Me ocupo de los cartones y las palabras. Recuerdo las filas de niños tras de los árboles con lagartijas. Ese año les otorgó buenas porciones de flemas. En mi ámbito el bienestar no se notaba por ninguna parte y lo aéreo brillaba con metales de guerra. Me incumbía lo terrestre, pero me negaba a someterme a su jurisdicción. Las distracciones se habían habituado a las demoranzas. ¿Quién me enlazaba con frecuencia? ¿Mildred, Iris, Natalia? En principio, el poderío de lo suave; luego, el deseo de unir cielo y tierra; después, alusión a mi nacimiento. La distancia entre los agujeros de la pared no bastaba para componer un pentagrama. Sin embargo, con mi espada de madera dirigía una sinfonía de muñecos. Al lado, un circuito se vaciaba de necedades y en el damero se festejaba con dádivas.

 

2

Uno de los palos semejaba a una espadaña. Mi desenfado cabía dentro de una jofaina con arabescos. Ninguna premura echaba mano de mí. Había un lugar para mis fetiches muertos y un cartel prohibía acercarse. Mi abuela esgrimía una escoba, pero mi imperturbabilidad la desquiciaba. Y más allá, los implacables loros con su monserga. Los grandes bachacos venían volando desde el cercano cerro, descendían en el patio y largaban las alas. Las gallinas hacían fiesta y yo me ceñía los pantalones cortos para evitar la concentración de las picadas.

 

3

De modo inadvertido, la magnitud del miedo se me encajaba en medio de la ijada. Desconocía lo que era el hieratismo, mas ya lo intuía. Los higos habían quedado para los diablos sin vacaciones. Desde mi colchón daba palmadas para ensanchar mi coraje: todo en vano. Al margen del escaso desayuno, mascaba cotufas como en un acto cívico. A lo infinito lo encontraba indefenso, incapaz de atraparme con sus dedos de electricidad. Si amanecía encapotado el día, aclaraba al no más pedirlo. Todavía se me antojaba un guarapo muy caliente y lo encarecía con un pedazo de papelón.

 

4

Los períodos me traían una atmósfera conforme a mi derecho. Sobre mi cabeza los coscorrones aprendían a permanecer por semanas y semanas. Muchas cosas se me enfatizaban: cacharros de cocina, muebles, bateas para los dulces, hebillas… Cada una de ellas era capaz de tener su propia epifanía. Fantaseaba con templos y mausoleos y en mi fichero los colocaba en orden de prioridad. Lo grandioso abultaba mi exultación y me otorgaba ese presente casi de manera cotidiana.

 

5

Holgaba bajo la perspectiva de la bóveda celeste. Y aquellos astros se dilataban hasta dimensiones de pasmo. Y aquellos cometas me dejaban un áspero sonido en la lengua. Construía tabiques para asomarme hacia otros firmamentos de arranque y pulsión. No me arqueaba mucho por temor a permanecer enjuto. Desde una butaca de claveles, un gato de porcelana se cimbraba para maullar por secciones. Y el yugo de un gastado estribo pretendía imponer su gastada tirantez. De modo que me volvía embudo y trasvasaba mis sudores hacia las vasijas llenas de adornos y enredos.

 

6

En mi cámara de penumbras me despeluzaba al presentir el vuelo de los murciélagos. Ingresaban ahítos de pulpas de almendrones y de sus bocas chorreaban unos hilos de saliva rojuzca. No desperdiciaba minutos en imaginármelos agresivos y voraces vampiros. Me cubría el cuello con las manos y con la mente me frotaba esencia de ajos, con la esperanza de alejar a los chupadores furtivos. La sirena del no muy lejano central acudía en mi ayuda y me calmaba hasta conciliar el sueño.

 

7

Sospechaba que los cuchillos se evaporaban a causa de la maldad de las iguanas. Sus nombres se arrastraban por mis ojos con el verde de sus esmeraldas. Construí una covacha para poder espiarlas sin ningún reparo. Sobre mi vestidura bordé símbolos de armas, en previsión de cualquier ataque sorpresivo. Los reptiles trepaban encima de mi pobre cuartucho y con sus grandes papadas se aproximaban a mi silueta. Mis compinches decían que ellas eran comestibles, pero de sólo pensarlo un calambre me recorría el espinazo. A la postre, confuso, lo confieso, me apliqué en igualar a los camaleones y en legítima defensa destruí todos los huevos de los iguánidos.

 

8

Apartadas, las costras se secaban más de prisa. Dizque las cortezas eran su expresión. Santa Gertrudis tenía por costumbre colgarse hierbas cerca de donde se le formaban escaras. Su imagen andaba por allí, colgada de clavos en los rincones de los cuartos. Las moscas y las cucarachas la ensuciaban y la santa continuaba de lo más impertérrita. Nunca consentí en costear los estropicios causados a su rostro. Expectoraba en las cañerías cuando las sales arrebataban mis labios.

 

9

Se esparcían los barros con las frenéticas carreras de los jinetes sobre sus caballos de trozos de madera, en procura de derribar al toro de rabo de mecate. Los terrones volaban por los aires constreñidos del corral y las bestias de mentiras, cansadas, se recostaban del tapial… Luego, con la sequedad sobrevenida, aparecían los trompos y la abundancia de guarales y los giros como sus consecuencias inmediatas. También brotaban de los agujeros practicados en el suelo bolitas de vidrio de colores y el enorme árbol de “pepitas rojas” dejaba caer su carga y dislocaba el juego y ¡gua! la cuadrilla mascullaba su disgusto y emprendía la retirada.

 

10

Valía el lugar para los pasatiempos, las travesuras y las riñas. Mucho no significaba el tiempo ni sus engendros mayores y menores. Tantos decires y pocas mudeces. Los intervalos resultaban excelentes músicos del eslabón. Había reglas y sobraban figuras y la presteza rasguñaba con ansia. Se comentaba de continuo acerca del camino que seguía en reposo y se nutría de lo tardío. O el olvido elegía los momentos para templarse y proseguir en la liza. La simultaneidad de sucesos y pareceres recreaba y divertía a los curiosos espontáneos. Un campo reducido para correr entre límites que no se recordaban siempre. A veces se insinuaban lentitudes y se especulaba acerca de ello. Y cuerdas eran usadas para trenzar los compromisos. Y se reunían herramientas para ser descritas y asignadas después. Se escupía sobre las esfinges que causaban dolor y entonces las minúsculas monedas devenían en pedrezuelas que se metían dentro de los zapatos rotos.

 

11

Curvas y receptáculos que obedecían a las necesidades de los instantes y las tardanzas. Las lloviznas soltaban sus platinos y éstos relucían durante el resto de la tarde, colgados de las hojas del níspero. Por tales veces, estábamos con los espíritus nutridos. Entonces errábamos en jornadas de placenteras ficciones y las rutas no nos pesaban. ¡Es que el mundo se constituía en morada que cumplía su cometido! El placer disolvía los recuerdos de la memoria y sólo permitía arrinconarse al tono sin agonía. Unos premios que viajaban dentro de los husos horarios emergían de repente.

 

12

Estaba nublado si nos poníamos amargos. Los intentos por aclarar eran asunto de los reyes nombrados por rutina. Ellos portaban sus botiquines con drogas inocuas y quien las tomaba emprendía un vuelo a ras del suelo, con el peligro cierto de golpear su testa contra una piedra o ladrillo semienterrados. Las cruces las hacían quienes se sintieran libres de admiración y se les concedían ramas y cabuyas y un serrucho con los dientes oxidados. Siempre comentaba algo el que estuvo preso un par de semanas por robar caramelos en la bodega de la esquina.

 

13

Aunque los espacios pudieran fragmentarse, los tiempos permanecían cohesionados hasta el límite del magma doméstico. Por las espaldas respondían los negritos que asustaban de noche encaramados sobre torres de pompas de jabón. Queríamos los metaloides que llevaba conmigo al horno donde se cocían los panes de maíz, pero los impedimentos abundaban. Solíamos repletarnos los domingos con cafés de azoros y roscas dulces. La mitad de los mocosos parecían lazarillos expulsados a perpetuidad por los ciegos de oficio. La vergüenza estaba reducida al mínimo.

 

14

Los mangos de oro ya no estaban donde doña Ana, mi abuela sin desierto. Aún permanecían las guanábanas y las guayabas y unos mamones bajo proscripción. A las rosas las buscábamos con acciones del alma y con las pupilas cortantes como cuchillas. Entre pactos y sentimientos nuestras vidas vagabundeaban hacia todas las direcciones y los derroteros a la mano. Se improvisaban negocios de lindezas para finalizar mal parados y peor consagrados. A las distancias alcanzables se les debía colocar las marcas para el arribo. ¿Quiénes no galoparon sobre ardores de verdor al cerrarse las escuelas? Las demás visibilidades se distribuían entre los que eran capaces de acariciar al gallo giro. Las razones no se meditaban: se ejecutaban y la sangre apenas alcanzaba las rodillas.

 

15

Entraban los bailes a la gran sala y también las máscaras y las serpentinas. Cada cual levantaba su castillo o su fortaleza de golosinas. Hasta las vainas de los cuchillos se endulzaban y se lamían. Se armaban artificios para hablar de falsas conjuras y a la pereza se la empujaba para que saliera por la ventana. A tal cosa o a tal revista se la penetraba sin demora. Los bandidos aguaitaban su momento fingiendo ataques por mansalva. No obstante, la sal común les aseguraba el pase a la asunción de especiales penas. Contra los vestidos hechos a la carrera no había disculpas aceptables. En todas partes se veían las mismas personas con diferentes peinados y la inteligencia no descollaba. Los desvalidos comprendían pronto que las dotes no se les asignarían jamás. En fin: escasos cuentos se colaban cual verdades; el general del pueblo no terminaba de acercar el resumen del conflicto armado; los secretos punzaban más que las espinas de donde procedían; los llantos se arrojaban al estanque; las soledades en las cárceles eran bienes muy queridos; los modestos perdían sus sillas…

Wilfredo Carrizales
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