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Por encima, ando, me escurro

lunes 20 de septiembre de 2021
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Por encima, ando, me escurro, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

POR ENCIMA del barandal ando alegre, de aguijón, y me escurro sin descabellarme. Ya mi andancio desapareció de mi lado. Ahora construyo adarves y exhalo aparejos para formar un montón.

No me arrodillo para palmotear los andamios: de pie les palpo el peso y las horas de trabajo.

Me deslizo entre los eslabones del tejado. Luego respondo por los charcos que ocasiono. ¿Algo más rezuma en mi entorno? Quizá la secreción de follajes que no terminan de adormecerse.

Anduviere con la influencia de las golondrinas recorriendo balaustradas y colgando nidos con las cuerdas más endebles. O, escotero, aligerarme el parapeto de huesos y músculos divagadores.

Si tropiezo contra el pasamanos les doy la vuelta a mis dedos y los oriento hacia la cámara donde soy rey de astutas torcaces. Me someto a la perífrasis del calzado y ambulo por los rincones aún no explorados. Muy garbosas, mis siluetas me acompañan y se afirman en el estante.

Y el pecho no tiene la posibilidad de caerse, aunque pasea por el pretil. Hay un trayecto de frente hasta la columna que se hinca en el vacío. Y hay cables por donde resbalan gotas de cortezas.

Por momentos me asaltan yesos o cales dedicadas al polvo que concede culpas. Me evado por el atrio que es mi génesis y allí aprieto el ritmo del bastón de aire. Nocherniego o diuturno, voy a puntos equidistantes de la barra y prevalezco en la llamada a los juegos de equilibrio.

 

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Por encima, ando, me escurro, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

ADVENGO con el apoyo del talluelo en busca de formas duraderas: las encuentro y me dicen que son tejas, columnas… y que las sujeta un espacio no ordinario. Me compongo cual madero para comulgar con los preceptos de los derribos. De una zancada cabalgo al umbral y le almaceno sombras.

Me restauro en el balconaje, pretendiente de la opacidad, y escalo los bronces que ya han partido. Desde la vecindad me apercibe una vigilancia: lo compruebo con mi instrumento para medir ondas.

Saco el cuerpo cuando me imagino estar sobre el adral de una carreta. En el transcurso del suceso me integro a las divisas de viejas casonas de abolengo. Nada me prohíbo y yazgo con presteza.

Nazco de mi barba en la latitud que mensura el astrolabio recién hallado. Con lo que va mudando me hago una corona de espejismos. Quien supone en mis talones un aposento no se equivoca.

Quiero todos los reflejos de las cercanías, aunque me corten las falanges. Ahora que visto traje talar me defiendo de los zancudos y me desagravio. Entonces, muy despacito, relamo la dulce tierra.

Por momentos embravecen los vientos del sur y azotan mi rostro con crueldad. Junto con mi retrato en miniatura esquivo la desgracia. Incluso consigo un tiempo para bailar con la ilusión de poseer cartera. Mientras tanto, otras alianzas del estío están huyendo de la refriega. Celebro el hecho y apuro el ayuntamiento con la virgen de blusa carmesí.

 

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Por encima, ando, me escurro, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

DE LAS HOJAS que pendían, grandes y secas, sacaba mensajes para trepar a las azoteas. Me convenía el atardecer, cuando la majestad del ambiente me incitaba a oler las prendas femeninas asoleándose. En compañía de un ave peregrina solemnizaba toda aquella locura.

No entraba en considerandos que me hubiesen encerrado como en un cajón de difuntos. Medio fatigado, convocaba al señor de las brisas y alborotábamos los elementos que faltaran. Presto, acechaba los enjambres de avispas en revoloteo de amenaza y contingencia.

Me retraía si no sentía tan despejado el ambiente. ¿Cuál había de ser mi estado de ánimo perfecto? Sólo pensaba en los mejores instantes de la embriaguez. Entonces el edificio se ponía a mis completas órdenes y acertaba a dejar allí una portezuela de hiedra que nunca se cegaba.

Aprendía mucho en mis solas andanzas por las alturas. Si amanecía de improviso, el amanecer era mío y si producía algún ruido, acababa relegado. Me servía de mis impulsos de muchacho para llenar las expectativas. ¿Dónde sentía los síntomas del abuso? En las rodillas que cloqueaban su disgusto.

Mantenía las cosas del encantamiento en sus justos lugares. Aunque no reluciera sabía la ubicación de mi refugio y de mi amparo. Levantaba mi hambre soldada a la esperanza de un pan relleno. A la sed me la incrustaba en el abundante amor entrecostillas. Así profesaba la querencia de ser huésped.

 

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Por encima, ando, me escurro, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

SEÑAL para el periodo que me unía a la decoración: la columna operaba en su albayalde. Me enredaba en su cuerpo robusto y de fornicio y me encaramaba a la cumbre de su tributación. El utensilio usado fluía desde tal medida con las filas de verticales y manchas entregadas a su deslizante tarea.

El ascenso nunca era una trivialidad. (Un desayuno en esa circunstancia podía convertirse en algo muy gris, pero me las componía con pasas y una orden a la banda de retacos). El cuero se me hinchaba y debía remojarlo de continuo. ¿Cúyo andrajo causaba algún espíritu maligno en mi humanidad? Lo ignoro y derroqué la duda para evitarme posteriores engaños y embelecos.

Chiflaba en homenaje a la cresta de gallo que me encimaba su espuma salaz. Daba en los cuartos sin quebrantarlos y sin producir sobresaltos en sus moradoras. Yo era mío bajo todo el concierto de voces y risitas tontas. Siendo que la avaricia no formaba parte de mi arsenal, prodigaba caricias a diestra y siniestra y por la cucaña lograban ellas su extremaunción con imágenes de olivas.

Me descalabré en cierta ocasión por haberme armado de piedras. De repente, la sangre entrando en mogotes carnosos y mis bríos reducidos a un número de mofas. Me miraron las fulanas cual un hereje que desconocía el peligro de la luz fulminante. Y vino la noche en mi ayuda y se fue conmigo tras los hitos.

Repetía y repetía el negocio mientras se me diese. Bramaba o tocaba la trompeta y se revolvían las del ágape sobre sus andenes de pretextos. Las gansas miraban hacia abajo y lanzaban sus calcetines coloridos en señal de entendimiento y comunicando. De padrino las honraba con la cualidad debida a las ahijadas y cavaba en sus zanjas purpúreas y les derramaba semillas para sus futuras flores de arriate y rosada tez. Con mi hábito goteado, me iba entre bocanadas de néctar y los belfos ufanos de avidez.

 

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Por encima, ando, me escurro, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

REMATE de las barandillas donde solía hallar dulces y vasos de licores. Relicario donde colgaba mis ansias y una heroica veleta. El brillo lunar me anunciaba y entonces extremaba mis apéndices para suplir los apuros de aquellas quienes habían enfermado con la aflicción de las monedas.

De verme cubierto por las paredes ocasionales a embutirme en el sentido del triunfo entronizado en lo que se levantaba. Mis brazos volviéndose molienda blanquecina y yo sin otro perjuicio por de pronto. Hice las respuestas de las improvisaciones para reposar luego en los claustros de silencios y de sueños. Un hombre cabal existía, mucho antes, en mi mente y yo lo frecuentaba en el espacio defectuoso. A la necesidad de ternura me confiaba y ése era mi vals que me llevaba a lo perentorio.

En los recovecos despedía a la tristeza entre suspiros apeados de sus quicios. Desde las ventanas invisibles atisbaba los accidentes acaecidos a decenas de cuadras de mi momentáneo observatorio. Mi imaginación daba vueltas y, con ellas, mi pobre esqueleto se mareaba sin remedio.

Comprendía a cabalidad el arte del espionaje y me deleitaba viendo temblar a muchos senos bajo el peso del frío. Pasaba por delante o por detrás de las escaleras, con o sin dictamen, y me preciaba de los favores afiebrados y calenturientos. De dentro de los ámbitos, las almas superiores se excedían para mi bien. Debía decir que aceptaba las promesas de libertad y riesgos de amante.

Y haciendo de la pasión de saltar superando obstáculos mi razón de maravillarme y maravillar, escribía encima de los balaustres adónde iría a intentar el próximo puesto. Eso no era provocación ni vano capricho de pretendiente. Me sabía elevado y colmado y ningún rayo triste se abatiría en mi contra. Mi trinchera resonaba con humilde elegancia, de cuando en cuando, y yo no deseaba desbaratar lo hecho con tanto esfuerzo y trabajo solitarios. En resumen: las escaladas proseguirían.

Wilfredo Carrizales
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