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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Instantáneos decires

lunes 18 de octubre de 2021
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Textos y dibujo: Wilfredo Carrizales
Instantáneos decires, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

La insinuación del papagayo durante la quema de ropa. El actor trascendiendo su régimen de frutas. Plumas y colores al momento de la articulación de la escena. Los aplausos son murmullos o sugestiones.

 

2

Busco la boca detrás de otra boca y, en la salida, los tonos se revelan. Un relámpago despierta al gallo en su jaula. Alguien pregunta por el temperamento de la borrasca y le responde un trueno.

 

3

Giro en el salto para caer de pecho. El pronóstico insinúa gracia. En son de gruñido, se enfrenta lo que destaca. Encima de un banco, los soplos no improvisan su oratoria ni hilvanan larguezas.

 

4

Donaires sobre el empedrado y flores de algodón. Dan frescura si nos los encontramos de frente. El conjunto se alaba, siempre y cuando no implique a los difuntos. Y en un pozo flotarían barajas.

 

5

Juegos entre desahogos, mientras los dardos aclaran sus sentidos. Prorrumpen, de improviso, una congoja, una extrañeza. La circunstancia se acepta con la incongruencia del caso.

 

6

Sin vacilar, se asevera el cacareo. Luego se delata el escondite de los polluelos. Las chicharras levantan su verano con monedas de texturas. Los niños le sisean a la nodriza y pronto duermen.

 

7

Sigilo en el ritmo de las sílabas. ¿Qué se traba en la música que no connota? Un tábano sabe más de esas cosas. La belleza de su vértigo entraña un afluir de zumbidos, allí donde se deja ver.

 

8

Al borde de la vasija, los recitados se aglomeran. Una espina me pincha un dedo y exhala un olor a pino. Reviso el muro en busca de ardides: no los encuentro.  Entonces derramo livores por las grietas.

 

9

Llamo a las aldabas y no acceden a mi arrebato. Sus hijos serán desgraciados. ¡Ni se imaginan el secreto que les tenía! Ahora correré mi albur en la dirección de los alborozos.

 

10

Vislumbres venidos con habilidad. Sospechas de la ilación en los escritos bajo el granado. Mi itinerancia apenas comienza. Mas primero aseguraré mi bandera y mi canasta.

 

11

Desde un mástil, unos ojos se encienden y decoran el paisaje que descubren. Debajo del barco, unos hipocampos salivan y excitan su apetito. Un marino rumia con insistencia y masca tabaco del tosco.

 

12

Al enfriarse, la nata muestra la película que trae en su interior: pasajes de pelos y el nacimiento de una esponja. Hasta que desaparece la densidad, la membrana que narra se mantiene en su sitio.

 

13

Ofrendas de ojales destinados a atravesar las anillas de la pasividad. De una ojeada se percibe el cerumen en las gradas. Sobresale un hombro por allí y se agitan los nudos en el tallo de la palmera.

 

14

Pena que no alivia y la pedrada advierte. (Se prohíbe fumar en el ínterin). Dormir en un soto sería lo adecuado, pero ¿dónde conseguir uno? Del penal al panal sólo hay una vocal que interfiere.

 

15

Se enuncia el antecedente de la quijada: el sosiego se traslada de lugar. Se registran las nomenclaturas de las quejas: la excitación cunde por doquier. ¿Valdrá la pena sudar los quilos?

 

16

Con lo ordinal, se la nombra y se la introduce en la profundidad para que se defienda. Y la incógnita permanece sin variación y alguien se lleva un índice a la sien: ¡raíz!, ¡raíz! Y su sustancia se agota.

 

17

Agua de la sábana para el sepulcro del que careció de suerte. Una lluvia hecha con pereza y que moja únicamente al desván. A saber si los sábados son días de barros o de mareos.

 

18

Nuestros no eran los vinos en la taberna, pero accedíamos a ellos por razones de sed y confianza. Las borracheras permanecían en el recinto las horas de costumbre; después las exaltaba la calle.

 

19

Por recodos de la noche corre la sangre y se ensucia. Vallas le salen al paso y las salta. No admite dobleces para su libramiento. Entonces se transforma en valor del granate.

 

20

Al yeso se le alisa con sonidos de evolución. Amasado va a las paredes en busca de una guitarra. Se enciende al mediodía, entre lienzos y bizcochos. Tarde se pinta de gris y daña la vista del flojo.

 

21

Los agradecidos agrandan sus afectos al calor de la bebida. Otros cantares se producen cual exhalaciones hasta hacer olvidar cualquier posibilidad de armonía, de concordia, de inteligencia.

 

22

A las claras, la decadencia del hombre se inicia con una efervescencia que lo junta a la obstinación. Luego lo mustio comienza a instalarse, poco a poco, en sus mejillas y en su ánimo.

 

23

Bajo los focos ya no se abochornan los mendigos. Han aprendido una cantidad de trucos y de añagazas. Debajo de las bombillas se sofocan las damas de la noche que se estacionan a ofertar.

 

24

Durante los paseos se deslizan los indiscretos y enseñan, a cada rato, sus asideras sin cuerdas. Los enfermos se aburren y por los flancos se les aplastan los músculos. La sorpresa no termina de patentizarse.

 

25

En un papel se despejan los frenos, pero se contraen los regocijos. ¿Cómo saldar el efecto final si un estropicio saltea de pronto? La tufarada se evacua y sobran quienes se pasman o voltean.

 

26

Cuando se llevan a urgencias a las urracas, algo incita a la curiosidad. Al trepidar el firmamento, los cobardes extraen sus paraguas. En el tiempo en que la muerte vende sillas, nadie las compra.

 

27

Con el verdor de las mangas la vida es más perdurable. De ninguna manera los muñecos se atan las patas. ¡Y que no comprueben el nivel de la balanza! (A la noche la asusta la oscuridad y lo niega).

 

28

Ofidios deseados en exceso. Sordos turbados por el sacrificio. El fausto incorpora sus poleas para la fiesta de los chismosos. Los espías escudriñan desde azoteas donde se crían gavilanes y celan.

 

29

Una tontería se pica y deviene en aldaba de cripta. Raen las iguanas las almas de los tacaños hasta otras frecuencias. Muchos fundamentos encuentran sus climas al socaire de las sospechas.

 

30

Es bienquisto el inventor de la ictericia. De una idea brotaron sus conjunciones y se ocuparon luego los peces de su gelatina. Las conjeturas no impregnaron las mentes, empero captaron caprichos del morbo.

Wilfredo Carrizales
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