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Setenta miradas, setenta espejos

jueves 11 de noviembre de 2021

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

Umbral

Siete veces diez y la plenitud no es mi cautiverio y ningún velo me separa de los siete planetas. No fue sagrado el día en que nací, pero sí consagrado a las brisas, pues de su vientre salí arrojado con énfasis y una bebida parecida al vino me aguardaba afuera como elixir de vida y se libó en mi honor.

En el umbral visualicé la trascendencia de las jambas y a través de ellas partiría hacia todas las transiciones. Entre la vigilia y el ensueño prorrumpí en llantos y la protección llegó hasta mi tímpano.

 

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Setenta miradas, setenta espejos, por Wilfredo Carrizales

Existo y me explico ante el espejo y me diversifico por intermedio de sus conexiones. El mundo se refleja en la realidad que miro y mi pensamiento se vuelca hacia el órgano que contempla el universo. Ahora desaparezco y aparezco y los cambios son mis espigas, mis espinas, mis espirales y el cristal me absorbe, mas sólo me contiene a ratos, lo cual suscita magias fundamentales que me halan hasta la temprana lejanía y me devuelven al presente con sus distancias y sus cansancios. Además me pueblo de fases para abrir mi abanico y para poder percibir la claridad de la esfera que porta mi interés. Y hay imágenes que surgen de la tierra removida y agujereada por los bachacos.

De improviso, mi alma pasa al otro lado del espejo y mi rostro no muere y acumula su ocasión de brillo. Un eco gemelo viene a mi memoria y entonces escucho a un mar sin enfermedad notoria y un emblema de gozo me golpea, de modo leve, la frente y estampa su alegoría.

En mí mismo rebota el reflejo y me retrotrae a mi origen. La verdad sólo es una ilusión que actúa para su beneficio. Me semejo a un agua sin superficie, a una lluvia plana invocada por un numen anónimo. Mis arrugas sueltan la constancia en busca de alguna sabiduría. Luego me atribuyo la propiedad para dispensar virtudes de figuras extrañas, al margen de la tonsura que no sufro. Cuando el Símbolo flota sobre mi cabeza apago la luz para que ningún humo ingrese a mi ámbito cuadrado.

 

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Setenta miradas, setenta espejos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Dentro del silencio acaezco con el espejo y su complicidad. La fuente de un poder refulge y se sofistica el azogue que lo respalda. Detallo mis designios, aun en lo intrínseco de su valor, quizá para que un demiurgo local lo atestigüe. Las ilusiones han rodado hacia un abismo óptico y la energía del portento acompañante fragua un misterio debajo de las aristas del cristal.

Existo ante los metales difuminados por el fulgor de minúsculos destellos. Siento que mi alma toca la persistencia de un día que insiste en reencarnarse tras los jeroglíficos de noviembre. Asocio palabras quebradizas con la esencia de queridos animales de la niñez. El espejo me atrae a su cámara y me abunda en músicas que armonizan con mis recuerdos. Y lo divino no pena, porque una candela no visible envía sugestiones desde un éter vocativo y anciano.

Me maravillo con los trazos que todavía logran las lagartijas encima de los blancos muros del pasado entrevisto. Mi imaginación se profundiza en los recovecos del espejo y una voz me cuenta historias de la época cuando los cometas rozaban las copas de los árboles y las chamuscaban. 

Reverbera la plata desde su posesión de alquimia y mi vejez ya no es un proyecto. Fijo las tendencias de mi mirada en los ciclos cambiantes de la superficie pulida. Allí recibo los ojeos desde lo interno y apenas una resistencia de manchas hace mella en mis pupilas. ¿Un infante garrapateó en el piso de su cuna los signos de la muerte que lo rondaban y que acabaron atacándolo durante semanas? Se restableció, mas su cuerpecito casi sin carnes sobre los huesos se perdía entre los pliegues de las sábanas.

 

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Setenta miradas, setenta espejos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Me inclino a mirar, a escudriñar, dentro del túnel que el espejo amolda. Sacudo el polvo de antiguas afrentas y se dispersa generando embriones. Unos hilos braman para transmitir noticias de los riegos sobre el palomar. Unas garrafas llenas de leche se han endurecido, mientras los perros juguetean a su alrededor. Mi edad edifica un apogeo que quisiera hundirse en un ocaso inédito.

Pongo atención a una silueta que se erige en mitad del laberinto que observo. Es una adolescente desnuda, rubia, alta y delgada, cuyos incipientes senos apuntan hacia los lados, orgullosos y rojizos. La llamo: “¡Fräulein Sausen!”. No responde, pero sé que es ella: sus hermosos ojos azules todavía titilan con intensidad. Aferra con su diestra un breve espejo oval con mango y atisba el núcleo de su horizonte bruñido. En las entrañas está otra adolescente igual a ella haciendo lo mismo y la imagen se repite en subsiguientes espejos hasta completar los setenta. De modo plausible, pongo de manifiesto mi espíritu envuelto en deliquios de momentánea intensidad.

No me asocio al narcisismo, aunque su seda tienda a palparme. Recorro los bordes de la depresión mercurial y me sublimo en un mediodía con roscas y chocolate. Me esparzo en un salón que posee una ventana con poyo. Me siento y miro hacia la calle: un vórtice eleva cientos de hojas secas que luego descienden por turnos. El nácar de un resplandor serpentea y me saluda sin malicia.

 

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Setenta miradas, setenta espejos, por Wilfredo Carrizales

Paciente, testifico las proyecciones del espejo, acaso suaves ondas de remembranzas pretéritas. Cada minuto confronto las reacciones de la “luna” expresiva. La amalgama es un caballo de palo que reúne mis ansias. Salto, de manera pausada, hacia la analogía de la divinidad expuesta en todo su marco de esguinces. Experimento un adelanto de la extinción y admiro el cara a cara conmigo mismo. El intelecto del espejo no hace travesuras y no implementa vanas esperanzas. Él salva su emblema y lo personifica para mí. Lo absorbo y siento una culebra que se desliza sin piel a través de mi estómago.

Mi conciencia se disuelve por instantes en la lujuria del espejo. Un agua me depara un fluir de larguras remotas. Lo elusivo adquiere características de peces del instinto. Floto sobre mi cabellera para respirar iridiscencias. Me favorece un peine de dientes de botellas, mientras un peligro se deglute entre dones con profecías. Mi contraparte parece moverse dentro del espejo.

No le conviene a la imaginación mermar en sus procesos. Las fuerzas cuentan con sus deidades que pertenecen a corrientes y ríos del subsuelo. Por allí corren las líneas que me han nacido desde mucho antes. La inocencia ahora queda apenas sugerida por una transformada sangre.

Se invierte la brillazón cuando trepida el espejo. Halo el foco hasta el suspenso de carcomidos maderos. Y una claraboya trasplanta sus excrecencias a causa de disonancias en el ambiente. Desde el tremol se precipitan aves de barro salidas de mi improvisado horno de la infancia. Trozos de metal más tarde las acompañan y retoman sus formas de soldados bisoños. Unos señuelos atraen con sus arcos, pero se truncan las batallas al descolgarse los cañones de plastilina.

 

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Setenta miradas, setenta espejos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Penetro con mi visión al fondo de la superficie vidriada. Los hallazgos van desde un telescopio en miniatura hasta un juego de llaves. Me armo de cuerpo entero para espejear entre la hojarasca variopinta que se ve cual remolino. Ahueco mi moldura con la certeza de incidir en los calendarios escondidos. No hay aberraciones de rayos y unos chispazos recónditos me causan un sobresalto.

Me apoyo en la delantera de la necesidad de conducirme. Un corto retrovisor me permite rescatar olvidados trenes, itinerarios, carros, paisajes, aviones, sonidos y ejecuciones de la atmósfera. Logro una concavidad que reúne en sí todos mis calores: los normales y los anormales. Me complazco en las temperaturas y, por momentos, me creo un modelo ignífugo. Escarmiento para preservar mi memoria. Freno mis impulsos y me pongo a unir los extremos de lo olvidable.

A mis espejuelos se les han adherido trazas de dulces irreconciliables con las recetas de mi abuela. Corto la médula del artificio y advienen a mis manos los panales de la temporada lluviosa. En silencio, acaricio mis rosetones que habían permanecido traslúcidos. Despejo mi retrato y lo hallo, de consuno, con las cuarteaduras que le endilgaron los constantes abusos.

Me invento singulares nombres para transcender en la historia familiar. Natura me ha departido entre periodos de bajas y altas elocuencias y máximos disfrutes. Hiciéronse en mí texturas de metaloides muy delgados para protegerme de los mordiscos en muchos sitios. (El acero nunca me encarnó, aunque lo hallaba siempre delante). Púseme a especular y di con especies opuestas a las señaladas en los libros. Las mismas figuras se metamorfosearon en sus contrarias, empero no me alteré por ello y me atuve a espiar desde atrás. Las mudanzas respondían por mí.

Y hube de entender la guarnición de los cercos, su índole de encajadura y sujeción. Me lavo el rostro con respeto y con respeto ejecuto el resto de la ablución. Desde mi mirador cierro cristales y abro muescas. Al médico lo trato de lejos y lo represento como aliado de la muerte. Sobre mi navío de papel ávido levanto torres con inauditas transparencias y lo nítido se desliza sin desengaño.

Y en lo postrero, exhumo las intrigas de las viejas a quienes siempre les caí mal. Vejestorios con templos y altares para realizar brujerías y hacer daño. Caducas y decrépitas criadoras de larvas y gusanos. Con mi vierteaguas les desbarataba sus ardides, sus trampas, sus emboscadas. Las preñaba de despojos y con mis undulaciones de tripas las salpicaba, estacionarias, taquigrafiadas.

Wilfredo Carrizales
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