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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Candados y otros cerramientos y torceduras

lunes 15 de noviembre de 2021

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Candados y otros cerramientos y torceduras, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

El canciller candaba cuando quería morirse. Era su tiempo lícito, mientras afuera subastaban llaves, cuchillos, armellas y concavidades. Los candelabros apenas duraban y las velas medían su equilibrio y centelleaban. De cualquier modo danzaban los dineros y en los intermedios había un combustible con olor a polvo de azúcar. Se extendían los sedimentos del orín en busca de balanzas. Los abanicos se ahuecaban para abandonar sus oficios de callejeos. Los zarcillos se especificaban en las cláusulas.

Ponía el canciller sus nalgas sobre un cántaro con agua. Se ilusionaba y conseguía sudar. Las manchas encima y entre los utensilios u objetos engrosaban como cosa típica. Una lumbre buscaba su distancia y atizaba golpes y castigos. Los sonidos no estaban sujetos a ninguna normativa: se deshojaban cuando y cuanto querían. Los ruidos que se mantenían juntos, juntos se canceraban. Las manos alojaban grasas para usurpar funciones y servicios. El sitio del revoltijo daba para todo.

El canciller perdía su sello y lo cercaba el salitre. Su candil mordisqueaba su sombrero y su pelo recibía lo canelo de las maderas. Muchos nombres por el suelo en pos de utopías. Aparejos, trastos, herramientas. Al estrecharse la tarde, lo canjeable mostraba su conjuro. Paso de los tejidos herrumbrosos y sus defectos de formalismo. ¿Y por qué los grifos se veían tan enfermizos, tan distintos a su primera salida? ¡Hasta el desfallecimiento se removían las limas y las cadenas!

 

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Candados y otros cerramientos y torceduras, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Los candados me reciben a través de los ejes en torno. No llego en candelero, sino denso, algo tabacal y aliñado con mi cuerpo para ver estrellas vespertinas. Me aprieto las muñecas y se enciende una lumbre que no era inminente. De cifras guardo el secreto boca adentro. Oigo que me asemejo a un perseguidor harto de ceremonias… Mi vista vuelve a las cerraduras y yermas plúmulas se me reproducen en los párpados. Estoy en lo inmediato de unos cabos y, sobre unos platillos, olores de costura. Las cortedades no encuentran sus cirios, a pesar de las denotaciones al instante.

Cayo las almohadillas que caen y en mi candidez añejo una pesa que no es tal. Efectos indescriptibles no me obligan a plegarme a sus semblanzas. Puede ser que ciertas cangallas se hayan colado en el desorden de formas y geometrías. (Si tuviera una maroma a mi alcance relacionaría frascos con recordatorios). Indubitablemente me ornamento con monedas pequeñas de aspecto antiguo.

Hay la esperanza de absorber los espectros de las cucharas. Soy alguien que no cede ese derecho. Una rutina de saber no implica delito. Trepan los eslabones hacia la yugular de las horas usureras. Se observan trabajos de metales unidos para frustradas exequias. Pronto se registran puntas que se han secado como resultado de síntomas sombríos. La mescolanza se torna desgraciada y entonces anhelo despojarme de lindes, de inserciones y de jarchas arrastradas por mis botas molestas.

 

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Candados y otros cerramientos y torceduras, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Más candados, más latentes clausuras, más previsibles hermetismos. Los cerrajeros pueden negarse a acudir a mitad de camino. (Me figuro una posición en el pestillo coloquial: remate para continuar la lucha de los verbos en perspectiva). Frente al conjunto coleccionado deseo traspellar, atravesar los diminutos canalizos de los rituales, con la certidumbre de medallas ultimadas.

Llaves sin creencias, pero acertadas. ¿Acaso se deslizan trabas y buscapiés hasta hacerme perder la chaveta? (Escribo con las teclas asaz muelles y acuño las desarmonías para las incitaciones por venir). Reina la templanza de las armaduras, su acondicionamiento contra las ganzúas.

Abrazo (¿o manoseo?) lo que me inculcan los homólogos de las cerrajas. Compases de cadenas en retribución a mis exigencias de mirón. ¿Qué oculto en mis volteretas? Asisto a los sustos de los niños con los dedos pillados y en vano procuro una luciérnaga de lata. Un canto engatusa el ambiente.

Brevedad de mástiles insertos en mi escudo de pana. Mis sortijas les ladran a los canes del olvido. Cauto, me vinculo a lo que era manqueable. Capto las indelicadezas que plañen en lo ferroso y me hago decir: ¡Encandílese con lo que se echa a tiempo en montones! Y se encarecen las ofertas sujetas. Se hacen clavos y se asan colmillos y se aprietan los maxilares en homenaje a las cerrazones. De los lobos quedan las tenacidades, los mordiscos de tridentes, los aullidos sin caridad alguna.

 

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Candados y otros cerramientos y torceduras, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

De sopetón, me topo con ganchos, torceduras ganadas por la situación de la herrumbre secretada por el aire. Rígido yo, me obligaron a encorvarme y hacerme acreedor a sus comienzos de espanto. Entonces puse una línea de alambres entre ellos y mi persona y principiaron a colgar cosas de los apresamientos de la era feudal. La labor de esos garfios sirvió para acercarlos a la naturaleza de los zarpazos. Debí abotonarme las agallas y sufrí alacranes desplazándose en su interior.

Llegué a imaginarme ansias de garrochas a mi alrededor. Se enteraba mi profesión y me castigaba por ello. Con los instantes pendiendo como garabatos me sentía, de modo estremecedor, gandido y gangoso. ¿El cúmulo de marras, al cabo, era todo ganga? En realidad, faltaban arpones para igualar la contienda. Callado, busqué por doquier bastones de faena ruda y no di con ninguno.

Mi apéndice inició molestias con sus ganchillos. Hube de oponerles lengüetas que a su vez me vistieran sobre una percha imaginaria. (Ya con pluma, ya con lápiz, recogía presuroso cuanto acontecía y lo arreaba a mi servicio exclusivo). Unos balanceos y unas estridencias inesperados me escamaron en mi espacio para gandujar. Poco a poco, llegué a convencerme que más valía balancearme con alas puntiagudas y zurear a la manera salvaje. Empero me sacudió, de medio a medio, lo corvo de unas verrugas que no había visto antes. Cual saeta, desaparecí sin estimación.

 

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Candados y otros cerramientos y torceduras, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Dijeras tijeras y los cortes te dejaran de dos piezas, con los ojos estrenados y las puntas de los dedos afiladas para labores de tonsura. Feraces se ferrifican las tijeras, sin ambages, pero codiciosas.

Esquilado y sin despabilar. Cortado sin cesar por los tijeretazos que me fuerzan hacia un dialecto de títeres. De la cruz de hierro a la conjunción de la mortalidad no mística, pasando por la creación ambivalente. Acción para abrir y cerrar mientras moro encima de los bordes súbitos al tajo.

Los óxidos sirven para desplegar los esquistos de los detalles de adorno. Delicadeza y hermosura que discrepan entre los orificios síquicos. Si sus pupilas me miran con fijeza temo ser castrado y convertido en eunuco al servicio imperial extinto. ¿La vulnerabilidad tangible ante el cercenamiento?

Lo sonable se justifica en sus acomodos de miniatura. No hay mermadas capacidades. ¿A son de qué llamarlas pretextos para retinglar? ¿Una poética del tintineo? Mi apellido secreto repiquetea con muchas ganas de extrañezas y al fondo se oyen campanillas, timbres y optimistas esquilas de juguete. Un aldabonazo me saca de trance y me obliga a explorar otros conductos audibles.

Impone su respeto un revólver que carece ya de estallidos, pero conserva el sosiego de calzadores y pinzas. Vibran las imágenes del documental imaginándose perfecto, respondiendo a las onomatopeyas de ciegos y subsanando los impulsos irritables de la canícula rabiosa.

 

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Candados y otros cerramientos y torceduras, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Grandes llaves con perforaciones para ser atravesadas por leoncitos en menoscabo. ¿Llevan o traen ellas saludos o mensajes? ¿Gastan sus cualidades a contrarreloj? ¿Apresan pesadumbres y aflicciones? ¿Por qué no llueven llenas llaves hasta alcanzar la abundancia de encargos?

La mecánica de las llaves se tuerce a guisa de rabo de perro: capitán de cerraduras. Siete llaves para tirar de ellas a discreción, en caso de forzosa despedida. Y un contacto furtivo para estrujarse.

¿Dónde nunca se supone al llavero custodiando su frontera de inmediateces? Lo intuyo a mi nivel, pero distinto, con su cara de perico, aplanada, y tratando de derribarse al contrario. ¿Y quién descifra la no enunciada clave y transgrede el interruptor que comunica con los espejismos?

Me veo acuciado a ajustar las cuñas entre los tabús. Jamás he colgado llares y eso me constituye en huérfano de hogares y abregancias. Empero las llaves me sostienen y estimulan.

Y continúo arbolado y con soporte, escudriñando las posesiones, a deshora, encandilado y metiendo agujas dentro de las desgracias de los recuerdos de historias fatídicas.

La causalidad aportó la visión de cangas, con sus supliciados casi gimiendo, casi implorando perdón y aquellos rostros macilentos, aquellas mugrosas coletas, puestos en la escena pública del horror y la indolente y fiera justicia. Y no había llaves para abrir los candados de la brutal ignominia.

Wilfredo Carrizales
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