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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

A medianoche, unas imágenes en flujo

lunes 29 de noviembre de 2021

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

A medianoche, unas imágenes en flujo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Los pies acuden al llamado de las sombras de la verja con el apremio de una gracia. La noche ha dejado caer su centro en mitad de la expectación. Por el piso circulan asomos de pedriscos buscando su desenvoltura. La libertad no se ve limitada, a pesar de la incidencia de hierros y de humedad. Unos aros flotan fuera de la mirada y unos tintineos los acosan por los costados. Entonces se pronuncian fortalezas en forma de horquillas para la agilidad distinta de los minutos en serie.

¿Han sufrido contusiones los pies a causa de la umbría? Difícil afirmarlo y mejor tantear el lance de otro juego. De improviso, un gallo arma un despropósito, un jaleo de trecho en trecho, hasta que renquea su canto y cesa. Nuevas sombras se han adherido a las ya existentes y silencian los toques de difuntos. Más siluetas desean guardarse en cajas de hojas, pero se teme un desenlace sin drama. Allende la línea del acueducto un sapo se asoma por su escotilla y croa su sabañón.

Se inficionan las pisadas con el relente y al pie del árbol extinto alguien escribió con gracejo su nombre. Un carruaje de papel busca sus cimientos, mientras lo celeste arriesga un desafío. Se arriman pretendidos fuegos fatuos que al final resultan inquietos cocuyos. El banco emplazado fue movido y se hendieron sus junturas, dejando un rastro de terrones y perspicacia. Se asombran las uñas y quieren moverse para ser aureolas y ascender entre los contornos afligidos de un eclipse.

 

2

A medianoche, unas imágenes en flujo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Rajó la reja las vagas proyecciones de cuerpos en la fantasía. Luego canceló las relaciones que dependían de ella. Se removieron los focos en señal de abatidura y una vez se entorcharon los círculos y no duraron presos. ¿Fue congénito el desperdicio de hoyos sin rumbo de encendimiento?

Cerca de los embriones en punta unos brillos comunicaban anhelos de puñales. En la calle se divertían los restos de hornillos y la clase de cosas que atraviesan las fisuras. Por grados, soplaban pitos de una inconsciencia pueril hasta mecer los obstáculos y los cierros de sedimentos.

Vaya lo que vaya se prescindió de la pared bajo derrame para no eternizar apariciones sin fortuna. Un látigo y un rejo chasquearon y rozaron incoherencias ante una intemperie interceptada por lo opaco. Se consiguieron, así no más, los valores de hábitos que andaban de asombro en asombro. No hubo necesidad de resguardo de las breves hogueras espectrales. Cuando empezó el frío, se dio inicio a la vigilancia del gato codeado en su pertinencia y maullador de máculas sin procela.

 

3

A medianoche, unas imágenes en flujo, por Wilfredo Carrizales

Losanges para el uso del enlosado que no se enluta, pero sí deslumbra. Rombos saboreados por los fanales del lado de allá de los manojos. Suyos eran las sensibilidades para las pupilas susurrantes. Y los rótulos, verticales y transversos, pujando por aportar sombrillas de altura y no escondidas.

Las plantas del jardín descargaban sus ráfagas de materiales foscos, apartados de negligencias y recejos. Sutilezas de mejorana para tallar el aire artesano con el trasiego a la postre.

Travesía de las miradas cogidas en todo lo ancho de sus tumbos leves. Albitana con sus vahos para peregrinar descalzos en lo próximo de las refulgencias. La belleza prosperaba a corta distancia y sentaba los fueros el viento replicante. ¿Cómo después no querer más iconos eólicos?

Huesos feraces se opusieron al intransigente observador. En lo claroscuro me afecté a mi lugar de entendimiento. La suerte me atisbaba con sus indicios de clandestinidad. La noche de equivalente oscuridad ignoraba mi quehacer de astros a domicilio. También un basto toldo me expresaba.

Parado, me imaginaba en rincón de plazoleta. Estaba de buenas entre objetos del ciclo de las manchas tras la enramada. Al resonar los herrajes salí de mi laconismo y me llené de afluencias para mí mismo y hacia la intimidad. Desde el corazón de una cerilla la claridad advino primero.

 

4

A medianoche, unas imágenes en flujo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Ofuscaciones de antaño volvieron a escamarse a lo largo de las resplandecencias. Piedras en redondel para restañar la sangre de la partición lumínica. (Desde un alero en reparo se simbolizaron unos sueños carentes de duración media). Y vagaron los pensamientos asidos a una transparente cortina. Las últimas hierbas se doblaron bajo el peso lítico de los testigos que se disminuían.

La piel de texturas echadas encima de esquirlas se rayó para preservarse de las entrevías. Me hice preguntas al margen de las evasivas y bufidos extraños me pusieron en entredicho. Entre raptos consentí plantarme en la ósmosis de los fluidos de la calígine. Pisoteé anormalidades y chillaron.

Un tránsito hacia la ceremonia de la profundidad, a tientas, me persuadió a beber gotas de noctilucas. Las hube nombrado entonces y no me arrepiento de ello. Mis oyentes —creí— estaban insertos en el ozono inconfesable. Morí brevemente de ondas mulatas, pero retorné con retazos de lustrina.

Pajuelas afectaron mi salida de escena, aunque formas semilunares abrillantaron el entorno. Ciertos murciélagos bizcos se hicieron, por instantes, comunes y con mi mayéutica los retorné a sus guaridas de candileros. Algún regocijo procuró ser fiero peñasco, mas una turbiedad cambió su dirección.

 

5

A medianoche, unas imágenes en flujo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Un agua descendió —con renitencia y todo— en el sitio exacto de la concavidad en expectación. Su sonido fue un destorcerse hacia el equilibrio. (Los helechos se entumecieron al ser tomados de sorpresa y tuvieron la intención de convertirse en verdes iguanas desiguales). El piso bailoteaba con el símil de un rayo entre descargas. Mi voz lo aupaba a proseguir, cuajar y proseguir…

En balde se molestaron los entes obtusos de las ranuras. Con sondas, profundicé en sus heridas y debieron evacuar sus instancias. Así me apoyé en el más grato correctivo y triunfé: sospecho.

Vino la fluorescencia a sujetar mis diagramas, mis figuras en cuarto creciente y me encegueció el mecanismo de defensa. Acudí entonces a la sobrehaz de diamante y palié el disgusto y la borrada.

El sinsentido de las horas seculares causó sinónimos de lo blanco sobre lo inmutable. Mi paladar injertó un néctar de arcilla en mis encías y en óptimo punto me sujeté al grifo de la sinuosidad.

Quise venerar el espacio de la casa más que empañada. Torné al ritual de los vasos y sus portentos y en los ojos de una niña muy bien escondida lancé una llamarada de joyas y de maitines.

 

6

A medianoche, unas imágenes en flujo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

¿Era el farol anunciado, el que exteriorizaba las distancias desde la cavidad de la elipse? ¿Lo retorcido constituía su manera de redargüir al maligno? Mi mirada se entrometió buscando un volumen para mi porción de ferraje presagiado como herencia. Mas quiso un rubor estorbarme y la irradiación se acompañó con un disparo de podre, gris y cavado hasta el bochorno hierático.

A lo fofo del tremedal en el aire, se aunó un fogaje de linterna, misma que desde época remota ya había corrido por aquí. Ruidos sordos, con párrafos e imágenes debatientes, se estacionaron en el extremo de la alarma y emitieron mensajes destinados a un ara con lumbres de cadencias innatas.

Dormí, de pie, con chispazos menudos por doquier. El fragor se avocaba a mi sustento, ocio de una ligereza tan serpentina. Gusté de la avidez de los sentidos al golpear las estrellas oscuras llevadas hacia su fundición al frente. ¿Por qué ya no poseía el atalaje para los momentos máximos, exultantes? Lo imprevisto embriagaba al misterio con cercanías de timbrazos para un consuelo de orfandad. Me desdenté en la marcha inmóvil y nada de espuma acudió a mi estancia.

Comencé a otear el todavía más tardío y necesité de un distinto reposo que escapara a mi alegoría de ceguedad inefable. ¿Cómo explicar que no lloviera a pesar de los ahogos del alhelí? La soledad, esa de orilla, atraía luceros curiosos y temblores en fuga, pero la luz actuante pugnaba por henchirse y llegar a ser plena, aneja en lo abstracto y volcada hacia el envés del poniente.

Wilfredo Carrizales
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