XXXV Premio Internacional de Poesa FUNDACIN LOEWE 2022

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La forma que palpita y siempre enrojece

lunes 20 de diciembre de 2021

Textos y ensamblaje: Wilfredo Carrizales

La forma que palpita y siempre enrojece, por Wilfredo Carrizales

1

En la cocina un vellón incita a la golondrina a usar su materia para que fabrique el nido. Se siente el erizamiento de la carne mientras se cuece a fuego lento. El jugo va de rociada y la cresta de gallo cacarea su feminidad. Las barbas inferiores ganan con su voluntad y se niegan a rasurarse. La mariposa se aniña, pero su alma se quema entre terribles llamaradas. ¡Que los mosquitos no zumben con sus celos! La noche es eterna y su calor nunca se olvida. La blanda púrpura no reposa y entre ardores su sueño se le vuelve miel. Las paredes no dictan el pudor: sólo tañen las cuerdas para que espabilen. El sortilegio arbitra las vibraciones de la concavidad y la furia es múltiple.

 

2

De la base se anilla, diez y cien veces, y no se altera, sino que secunda los segundos. Donde se alitera y se busca, dando recibe tanto. Sabe vibrar con innata doctrina y su lugar hueco, suyo y ajeno, no modera la licencia. Su pasión no se hace rogar y magnifica, a todo trance, la pequeña muerte que equivale al frenesí. Vaina voluptuosa de la metamorfosis terrestre, ligero y tibio pasadizo hacia el desfonde. Con su cenca inflige razones y rasgaduras y divina sed provoca. Se duela de la mentira, pero no recula. Se arruga cual una felina en la tradición del frío, mas sus puntas cuelgan buscando erguirse con prontitud. Ondas se le introducen y le fatigan los rasgos.

 

3

Vulpeja con la voluntad del bizcocho: se humedece, se ablanda y, en un suspiro, se atiesa. Experta en caricias para huirle a la marchitez. Aunque su sendero pueda estar trillado, exalta la lujuria y con los goces compone sus trovas. Llama con frecuencia a quien la deshollina y torna la oscuridad en embriagante pasmo. Sabe dormirse y dar masajes, mientras visita tanteos y apreciaciones. Cogita con inspirada seducción, progresando en las alternativas. Por otra parte, ¿acaso no tiene bien ganado su puesto? Méritos de la sapiencia que le permiten abrirse en flor. Exige sin exigir y se contenta con todo o nada. Mas lerda no es y en su remedio se enrosca y recompensa.

 

4

Un capazo contiene sus mercancías de vellos y succiones. De noche le vienen sus mañanas y no le para mientes al ayer. Su cosa hace y deshace y templa a los quedados. Si la besas en la hendidura ganarás un canto completo de maravillas y lustres. ¡Ah, pero comer en su plato produce relamidas a montón! Y el tiempo no la norma y cumple con sus vahos de humedad y rocío. Huelga en su alcoba o en su morada y su suavidad no resulta vana. No se ahorra suspicacias de niña y concede un convite para los dedos. ¿Y si conviene tactos con el mochuelo? Lleva su peldaño los bienes del fruto ensalivado y luego oye y mira los vestigios de la montura.

 

5

No se aburre y se arracima entre sus vides. Grita con zureos de paloma hasta causarse ceguera tras el juego. Su carne trémula traduce un arca que se afloja con vigor. Angelical, conoce lo que le debe al diablo oportuno. Hacia arriba exalta sus prominencias; hacia abajo resuelve lo escabroso. Añora el badajo de las pintorescas campanas que le sacuden el polvo desde temprano. Y se ejercita viendo correr el agua bendita con aromas de leche. Se planta en la alegría y, su empeño, vainas da y le siguen retozos con los fermentos del cirio. Ensortija sus negras hebras para adorarse e, invicta, se aguza apenas con un gesto. De un péndulo no guindan sus esperanzas, mas se yergue para no callar.

 

6

Después de grandes combates lo ignoto es el martirio. Los votos inician entusiasmos hacia la lascivia. Hay aromas, asaz excitantes, viviendo al modo de preciosidades. Imágenes de anchas rosas y desahogadas orquídeas. Calada dulzura de fresa, tapizada por un montecillo y musgo con tajos rosáceos. ¡Qué trémula mojadura en la suerte que estrecha! Y cierra ese ojo y se abre para devorar las legañas semánticas. Esa oquedad que boca parece, que no conoce remilgos y torna enigma la mueca de más revuelo. Pletóricos placeres en el jardincillo, plantado de briofitas con cinabrio y donde la fuerza es atrayente. Y los amables elementos, sombreados y rizados, se alargan entre frotes.

 

7

Jamás se deja martillar en la orfandad. Ora orbita; ora ordena oreos. Cuando bella sempiterna, decide y la astucia extermina cualquier posible defecto. Ciertamente se exhibe y se afloja para los tientos. Después un resbalón y un flujo que embadurna los olfatos. Un caldo de albura, de múltiples nombres y un solo enjabonamiento. Enjundia del éxito y retozos continuados. Fantasías que no requieren estudios, sino infinitas prácticas hasta la conjunción total. Allí, ella conquista gajes y jugadas para las lengüetas y los rabos. ¿Trámites para la coyunda, para la confusión de simientes? Ninguno y el énfasis precede. Se quiere y presta el estuche con miras a recibir monedas enhiestas.

 

8

Aliento que exhala sin preguntas. Recuerdos constantes, exiliados de la censura. Y su semejanza de moño sentencia y hace avances y digresiones. Ocurren soplidos, aunque pulcros y pequeñines. Una oreja puede acometerla para estancarla, mas se quiebra y luego pende, triste, melancólica. Y la forma enrojecida mereciendo sus audacias e internada en su sabiduría. Su botón no escandaliza: osado en su renacimiento cotidiano. Dispone postres para el ombligo y mulsos para los pendejos. Se exulta entre lo alto y lo bajo de los visajes ahítos y relamidos. Y va al paso, sin carreras, y mima su yantar de pijas y en su recóndita habitación el sonido se vuelve sagaz.

 

9

Marca su ranura con un carbón de bejuco y convida a la madrugada punzante a que haga presencia de encierro. No acaban sus arrebatos en su foso de profundidad, sino que se inventa otro mundo para el entierro del salmón. Da fruición a las escrituras de sus pliegues y sus tabiques en sosiego momentáneo. Se sonroja, empero no asusta y se enciende en pos de la vencida. ¡Mucha nidada para los pájaros con los huevos en la canasta! Ha de acercar las corrientes que madrean y orinará sobre las lanzas que tardan en despellejarse. Después, acaso reboten los disimulos con el fuego bien adentro y los tizones al mando de las posturas. Y la ninfa vultuosa tarareando, establecida.

 

10

Con tal que no la supongan dormida, ciñe su escotadura. Se arma en su oficio de ternezas y desde adelante cría el principio no reticente de los arrumacos. Recuerda, en todo momento, la hermandad que la ensarta y, a su favor, el alfiler no la torna rabiosa. Calla la verificación de los esquejes en su gruta de paroxismo. ¿Sería capaz de clocar o de clonar sus iguales embragues? ¿Qué la colmaría de respuestas? A veces, se sorprende con el instrumento de trepidar, inserto en lo abisal de su cauce. Entonces las efusiones demandan un reinicio y el hambre inferior mejora y moja para no secarse tan rápido. Su ámbito de flexuras la instruye sin vacilar y sus meneos son ejemplares en cada rincón.

 

11

Pimpollo de púrpura que continúa expuesto para engullir virilidades en la postura de la luz. Frotamiento de peonía en el haber volcado hacia los revolcones. Desde su centro, rápidos a contra reloj. Con fortaleza escande su espíritu hasta el tope más rabioso de lo salaz. Así siguen sus ejemplos, unos tras otros, y van a dar a donde comenzó el mundo a contraerse y levantarse. No ruega por aliento, ya que le sobra y rebosa. ¡Tan justo su apetito que llama entre llamas! Y la nuez confitada que preludia y consume mordiscos y, además, reinstala el zumo agradable de las oqueruelas. Todo le afina: el rumor de la gasa, el velo que se rasga, la tela embutida…

 

12

Criba de una araña existencial y perdurable. Una sustancia gomosa le empegosta los amoríos y gusta hundirle mensajes de nervios. Dijérase de los lados galantes, breves delfines que en la fuente surgieron. Y el azúcar adviene para rizar los extremos coralinos. Luego y siempre, los encantamientos y las piruetas con señales de pavesas. Se mezclan los cuartos de hora con los ahora del cuarto y lo caliente suelta chorros de arrebol que enlucen a los compañones. ¿Un sable redunda en el agujero? ¡Se lo tiene merecido y no desagrada! ¿O una flauta se hincha tras el collar que se pinta de grana y cangrejo? Se empina el día y eyacula con el vigor del servicio clariso y majadero.

 

13

Guiña, el ojo, y guiña de lo más cetrero. Ocurre en actos sin dosel, a la entrada de la intemperie y con ruedas cercanas que son pelotas. No hay ardor casual, sino afortunado y previsto. Nada de sibilinas erecciones: lo bifurcado marca su ruta donde se ensarten los fuegos carnosos. ¡Demasiado no existe: demasiado es cháchara! Y en un poster, un condón para la memoria. Audacias de las ganas obscenas y bebidas que alojen lo libertino. ¡Ah, y la escena bullendo entre fantasías con exactas notas agregadas! Frecuentado sitio del humedecimiento, extractor de las bolsas colgantes: gemelas que no se agotan y se renuevan veloces. ¡Lujuria de lujo al son de pífanos y meneantes picas!

 

14

Quiere —y puede— sorprenderse dormida encima de un lecho de césped. Algo tieso se restriega a su costado. De súbito, se eleva su furor. Y pizcas blanquecinas le caen entre las pestañas. ¡Qué contentura! ¡Qué alhaja vital! Mientras más arde, menos se libra de la quemazón. Y la embisten y le descargan un azar semoviente, mas suave y muelle. No importa que no haya almohada: una tabla sirve lo mismo y ayuda al empalme. ¿A qué averiguar si es otoño o estío? Implosiona la sangre y ¡fuera miserias! Se echan las referencias del bulbo y de los pétalos que repercuten y mordisquean. Desde la urna de flujos se perfeccionan las revanchas que duran y los prodigios de granate textura.

 

15

Desatadas holganzas sin calzones y una mancebía en la totalidad de lo fecundo. Ese limbo estriado y pulposo que se alimenta de cayados mudos; esa cuneta asida a una hendija. Epifanía para los testigos que se balancean golosos. La virtud del eros la convierte en cosa de calidad: bien vista, bien educada, bien olfateada. Reina en su altar, a la espera de su estribo para el pubis. Y una jofaina levita encima de óleos de atributos. Y una yema oblonga de hierro que se extiende para separarle lo rollizo y lo fruncido hasta que brinque el bermellón meritorio. La elasticidad también se corona con las suertes mundanas de su raíz y los encantos se filtran por los cojines y trasvasan el vestíbulo fluxible.

Wilfredo Carrizales
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