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Viajes y portentos

lunes 7 de febrero de 2022

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

Umbral

Viajes y portentos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Mi tío-abuelo Narciso vivía solo, en una modesta casa ubicada en medio de un inmenso patio, donde había plantados árboles de muchas especies, frutales, en su mayoría. En los más cercanos a la vivienda —dos mangos y dos nísperos— dormían los gallos de Narciso y esos árboles le brindaban a la morada, sombra permanente, cantos de pájaros y aromas exquisitos y mezclados. Además, la casa, por tener techo de láminas de zinc, reverberaba cada día, por algunos instantes, de acuerdo con la posición del sol. Recuerdo que la inicial vez que mi padre me llevó a conocer al tío-abuelo tendría yo ocho o nueve años. Era cerca del mediodía y los rayos solares encandilaban de una manera especial. Narciso se alegró mucho por ver a mi padre y también por conocerme a mí. Sacó de su cuarto unas bolsas llenas de frutas y nos las aproximó a los pechos para que las cargáramos. En eso, uno de los gallos comenzó a cantar trepado a su rama. Los otros gallos no lo imitaron y esto me dejó atónito, pero nada pregunté. Mi padre me observaba, estudiando mis reacciones. Narciso se puso su sombrero y su viejo saco y nos dijo que lo lamentaba mucho porque tenía que salir de viaje precisamente en ese momento. Salió al patio, echó una ojeada, se despidió con un gesto de las manos y se puso a caminar alrededor de la casa, un poco alejado de ella, quince minutos en la dirección de las agujas del reloj y luego quince minutos en la dirección contraria. Narciso avanzaba, ora con rapidez, ora con calculada lentitud. Mi padre me dijo por lo bajo que esos viajes de Narciso solían durar la tarde entera y, en ocasiones, parte del anochecer. Nos marchamos de allí y después de unos meses lo volvimos a visitar un par de veces más y al poco tiempo murió. Mi padre me había contado que Narciso era autodidacta y que sabía viajar de muchos modos diferentes. Empero lo que más lo sorprendió fue hallar escondidos debajo del colchón de Narciso sus apuntes de las jornadas realizadas, trazados con legible caligrafía sobre cuadernos de uso escolar. Estos manuscritos los conservó muy bien mi padre en su armario. Después de su muerte me los apropié y hoy divulgo algunos extractos.

 

Primera jornada

El gallo alirrojo cantó con los pespuntes de la aurora. Salté del catre, me lavé la cara con el aguamanil y de prisa me tomé el café bien fuerte y caliente en mi totumita. Di un vistazo rápido hacia el cielo y divisé al lucero del amanecer. Titilaba con destellos de buen augurio. La brisa fresca de enero mecía las copas de los árboles y me hacía recordar mi niñez. Me colgué mi mochila al hombro. Metí dentro mi navaja y unos pedazos de pan y salí en busca de mi destino del día. Me encaminé en dirección a los potreros más próximos: allí debía encontrar a mi guía y a la zanja que me conducirían hasta el pantano poblado de eneas, caña amarga y pajas de agua. Anduvimos —calculo— cerca de una hora. Avanzábamos sin hablar: no hacía falta. Todavía revoloteaban los cocuyos, croaban los sapos y atacaban ferozmente los zancudos. Al cabo, el guía me tocó el codo, me miró muy brevemente y se marchó. Quedé a medio camino entre la oscuridad y la claridad, entre la certeza y la duda. De pronto, oí un silbido muy agudo y prolongado, un pitido muy parecido al de los patos estacioneros. De la negrura emergió un magnífico caballero con la cabellera de plata. Se deshizo de su capa zarca y clavó frente a mí seis estacas, unas como macanas labradas con perfección. Luego dijo: “¡Ven acá, mujer!” y emergió una dama de agradable apariencia aferrando una gallina habada. “¡Suéltala!”. Volvió a hablar el hombre y, presto, desapareció junto con la mujer. Sentí que mi lomo se volvía pardo y se llenaba de manchillas. Así que agarré a la gallina y la introduje en la mochila. El ave se estuvo quietecita todo el tiempo. Desandé el camino, ya con el sol ejecutando su trabajo. Llegué a mi casa. Salieron los perros y los gallos a recibirme. Sobre todo los gallos sabían de antemano que una nueva gallina venía conmigo y por la forma que se miraron entre ellos supe que habría pelea esa mañana por la hembra llena de pintas.

 

Segunda jornada

Viajes y portentos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Me levanté tarde. No escuché el canto de ninguno de los gallos. Creo que el quiquiriquí no sobresalió; ni siquiera se me encimó. Entonces, me senté, desganado, en el portal, con la mirada perdida en el vacío. Frente a mí se comenzó a insinuar una carretera recta y larguísima, de color verde claro o más bien tirando a gris. Hervoroso, me puse en pie y empecé a andar por aquella vía. Zancajeaba y me detenía. Un aire sucio se me zampaba por la nariz y me hacía estornudar. Crucé algunos puentes y debajo vi a unos pajarracos que chapuzaban y me dieron ganas de acompañarlos. Empero algo me templaba para que siguiera andando porque si no se me anublaba el entendimiento. La carretera era una sola soledad y aunque llevaba la cabeza descubierta no sentía el resistero. Mientras avanzaba me iba poniendo tirante. Tal vez a causa de la retrónica de mis alpargatas. También contaba con que me estaba avejentando minuto a minuto y mis carnes parecían un tembladal. Tenía que continuar y mis ojos dicen a ponerse bizcos y los párpados, turgentes. A los lados de la carretera había montoncitos de tusas y las pateaba para entretenerme y para ejercitar los reflejos de los pies. El tiempo volvía una y otra vez al lugar de donde partió y me dejaba en total desnudez, descoritado. No sudaba y tampoco me atormentaba la fatiga. Los kilómetros por recorrer eran breñales, fraguras, lugares asina espantosos. Menciono palmas que aplicaban sus esmaltes para realzar sus alturas y yo, por debajito, entendiéndole los afectos. Recogí algunos restos de los términos de sus flores, creo. Huían conejos de monte rozando el envés de las hojas y provocando ruidos con daños sobre lo secano. Inmediatamente me alagartaba y me introducía en un cambio que me protegía. El algo que me halaba se hizo tejido de lana, pero rubial, escarlata. Me adelanté con miramientos y mi piel cambió a cetrina y un color de tierra amarga vino a gorgorear en mi garganta. Sentí que la semejanza de mis patillas con un vegetal mojado era asunto muy escabroso. Fui de estatura mediana y ya iba por una tamaña espesura del cuerpo. Confieso que mi alma tuvo visos malignos y mi carita casi que no sirvió para más nada. Los cachetes eran puro pimiento y en el decimocuarto fulgor, una voz, desde un agujero, preguntó: “¿Y éste es el rey?”. Y entonces las greñas se me retiñeron y las mandíbulas se me encresparon hasta hacerme enjugar la venerabilidad. Aparecieron cruces, comúnmente llamadas turbiedades negrales y la infinitud se me insinuó desmesurada, con aquellas aporreaduras sufridas, con esas morras de hastío. No puedo demostrarlo, pero una palidez se me subió al extremo de mi nombre y me hizo sentir un ñiquiñaque, una roncería que se clava al pie de un tocón. ¿Qué tributo tenía que pagar con este viaje donde me faltaba la yuntería? ¡Ni por asomo lo pregunté! Si alguien me hubiese hablado de una albarda, con seguridad la habría agarrado para después alardear y alabarme ante mis íntimos. Me juntaron gavillas en manojos y un ampo tendió a recogerme tarde. Asperjé mis meados mientras iba caminando y tamborilearon sobre el asfalto ardoroso. El hartazgo se me antojaba infausto y mis alpargatas estaban vueltas un astillero. ¿Qué hacer? ¿Asordar a los invisibles trasgos que me condujeron a estos parajes para obligarlos a que me retornasen? Trunco me padecía y deseaba hacerles señales a los zamuros que merodeaban por encima de mí para que me despojaran y me llevaran a mi morada… Escuché el ladrido de mis perros y supe que estaba en casa, de vuelta.

 

Tercera jornada

Viajes y portentos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

El mar seguía lejano en su geografía y en mi recuerdo. Dormido, oía el frangollar de las olas, según que hiciera frío o calor, con suavidad o con estrépito. Durante una trasnochada, repentinamente aclaró y me percato que ante mí se extendía un puente de tablas que se internaba en el agua de una bahía. Al final de la pasarela, estaba anclado un barco. ¿Será preciso mencionar que el sitio estaba ayuno de gente? Apenas se notaban unas levísimas ondulaciones sobre el agua que no lograban mecer la embarcación. Un cambio súbito llamó mi atención: el barco comenzó a moverse de lado hasta que tocó el extremo del puente. Allí se detuvo, sin producir ningún ruido y sin voces que salieran de su interior. Percibí que debía subir a la embarcación y así lo hice, confiado en mi buena suerte. Yo procedía de unos amplísimos valles y nunca me había hallado a bordo de ningún barco. El sol procedía con cautela, aunque parecía concebirme como a un transgresor. Recorrí metódicamente la cubierta de la embarcación y luego bajé adonde creía estaban los camarotes. Encontré una especie de sala con una mesa de madera en su centro y sobre el mueble descubrí comida recién hecha, a base de pescados y arroz, y abundantes frutas tropicales. Intuía que vigilaban mis movimientos y entonces me senté a probar lo que estaba servido. Comí sin apurones aquellos platos preparados con eficaz sazón. Terminé el improvisado condumio al tiempo que el barco empezaba a moverse después de hacer sonar la sirena. Permanecí sentado en mi silla y me puse a observar, por una ventanilla circular, el paisaje que rápidamente cambiaba sus cuadros con discreción. Las horas se fueron empujando entre sí y apenas yo lo notaba. Pronto nos hundimos en un ambiente enlutado y turbio y el barco se detuvo por breves momentos, como si estuviese tomando aire fresco. Se reanudó la marcha y el barco parecía bajar por un desfiladero. En un brusco vaivén, emergió un baúl escondido debajo de la mesa. La curiosidad me obligó a abrirlo y adentro había unos discos dorados marcados con diferentes signos. Sentí un poco de miedo. ¿Para qué negarlo? Además había espejos pintados con figuras marinas, feísimos monstruos. Afuera se encendió un fuego y mi corazón ardió de angustia. Ya deseaba yo volver a pisar tierra, deslizarme a mis anchas en mi humilde catre. Desconocía si al final sería devorado por esos seres gigantescos de los mares. Mi espíritu se sumergía en las tenebrosas aguas y salía a flote entre desfallecientes pálpitos. Vi una sombra que merodeaba alrededor de donde me encontraba y sin vacilar comprendí que era la Señora de la Muerte. Cerré con muchísima fuerza los ojos, pero no recé. Al rato, me hallaba tendido, de barriga, en la sala de mi casa.

 

Cuarta jornada

A medianoche regreso ebrio a casa, dando tropezones, pero más contento que franja de adorno. Todo está en absoluta calma y el patio ha sido tragado por una escurana morga. Me dirijo hacia mi árbol favorito donde acostumbro orinar. Un metro antes de alcanzarlo, me hundo dentro de un pozo que no estaba, que no estuvo jamás allí. Tardé miles de años en llegar al fondo. La suficiente agua fue mi salvación, porque de lo contrario me hubiera desarticulado el cuerpo entero y mucho más. Si me hallaba en el interior de un aljibe, entonces debía haber una cuerda por algún lado. La busqué tanteando y no la encontré. ¿Y los perros por qué no habían ladrado? Como que ni se enteraron de mi caída. Y si se hubiesen dado cuenta, ¿acaso podrían ayudarme a salir? ¡Malditas tonteras que se me ocurrían en tales momentos! De inmediato, abarajo que el agua estaba tibia y dulzona. ¡Claro, hombre! Mi suprema aspiración es abandonar este agujero cuanto antes para ir a echarme sobre mi añorado jergón y terminar de disfrutar la borrachera. Empero, ¿cómo brotar de aquí y ventilarme? ¡No voy a ponerme a gritar ahora! Me comunico que estoy en el centro del mundo y lo averiguo al mirar hacia el cielo por la amplia abertura del pozo. Sopotocientas estrellas brillan en lo alto y me envían sus saludos de conmiseración. Se los agradezco con un leve movimiento de mi testa. El hallazgo insólito de este pozo debe anunciarme que en una corta etapa me volatizaré. Debiera despedirme entonces, sin cartapacios ni llaves ni hormazos. ¡Yo, que nunca he sido un juzgamundos! Si existiera una divinidad dentro de este aljibe, le preguntaría por los primitivos que me antecedieron en mis correrías. El nivel de mi ánima va en proceso de elaborar su rito medicinal. Entonces aprovecho ahora y me mojo a conciencia las manos, la cara, el pecho y la espalda. Advierto que me crecen cañas en las plantas de los pies: me anuncio que estoy salvado. Oigo a una lechuza revoloteando encima del pozo. Me pesca y me asciende entre sus garras. Luego me suelta frente al lugar que me sirve de lavadero. Afortunadamente allí todavía hay escondida una botella de aguardiente. De un solo trago me zampo la mitad y el gaznate aúlla, pero no lastimeramente.

 

Quinta jornada

Viajes y portentos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Esas montañas al norte de mi casa a veces me perturban con sus energías que me halan, con sus periqueras verdes que alborotan desde la madrugada. La altura de ellas no es muy elevada, pero la masa y la forma son de temer. Sin embargo, cuando sueño con ellas me interpreto más vertical, con elevaciones internas rodeadas de neblina. Una vez incluso las visualicé huecas como un horno donde se cocían mis arepas. Desde mi columna vertebral se remonta su eje para perdurar: esto lo puedo afirmar sin miedo a equivocarme. Siempre estuve muy tentado de internarme en su espesura que imaginaba muy arisca, a la manera de los pendejos de las negras. Hasta que se presentó la ocasión de treparlas y penetrarlas: a las montañas, me refiero. Recibí el encargo de traer de allá arriba un cargamento de orquídeas, de las más elegantes. Me puse mi zamarra con su amuleto bordado por dentro, empuñé mi machete encabuyado y me calé mi sombrero veterano. Me llevaron en jeep y después de subir trabajosamente durante casi dos horas, me bajé en una encrucijada del camino montañés. Y de nuevo palpé la sensación de estar en el centro del mundo. El primer árbol gigante con el que me topé —y donde sospechaba habría abundancia de orquídeas en sus ramas— tenía las raíces apuntando hacia el cielo y su tronco se expandía en permanente volteretas. Me despojé del sombrero y de la ropa y, desnudo, me puse a orar ante tan magna presencia. Al terminar mis oraciones y abrir los ojos y mirar hacia el suelo, lo encontré cubierto de plantas de orquídea. Las fui recogiendo sumido en un silencio reverencial y metiéndolas dentro de un saco que llevaba con ese propósito. Mi ombligo se ligó, de modo invisible, con las barbajas de las orquídeas y sus flores gravitaron en mis entrañas. Me suponía de esmeralda vegetal y emplacé mis pies, norteados. El ambiente a mi alrededor olía a oro blanco y su blancura dominaba por completo mis pobres sentidos. Yo existía, simultáneamente, dentro y fuera de la montaña, asimilado a su aspecto. La mortalidad y la inmortalidad se intercambiaban sus funciones con total libertad. Aunque no estaba parado precisamente sobre la cima, empero un paisaje perteneciente a ella me envolvía y me transformaba. Casi ni pensaba: mi cerebro seguía fiel a la construcción que se desarrollaba en los recovecos. Hubiera podido quedarme a dormir para siempre en aquel paraje lleno de magia, dejándome envolver por los misterios más recónditos. Entre dos fases desaparecí y aparecí lleno de una salud inaccesible para otros. Encima de mí giraban pétalos de claridad, hechuras de estrellas de hojas, escaleras de bejucos, cruces de crecientes cortezas… Una intensa mordedura se asentó en mi pie derecho y comenzó a arderme. Se veían las marcas de unos colmillos. Instintivamente me dejé caer al suelo húmedo y me restregué la herida. Perdí el conocimiento y cuando volví en mí, los perros me estaban lamiendo la cara en la entrada hacia mi patio.

 

Coda

Podría seguir incluyendo más jornadas extraídas de los legajos dejados por mi tío-abuelo Narciso, pero son tan variadas y abundantes que me llevaría un abrumador espacio transcribirlas todas. Las que he apuntado aquí, originalmente no iban en ese orden ni pertenecen a un mismo segmento. Las escogí porque me parecieron contener asuntos harto interesantes que ilustran muy bien las características de los viajes de Narciso. La casa de mi tío-abuelo y su grandísimo patio desaparecieron. Mas él, sus gallos y sus perros andarán en inusitados itinerarios, guiados por una rosa de los vientos muy fresca.

Wilfredo Carrizales
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