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Deja volar imágenes

lunes 21 de febrero de 2022

Textos y ensamblaje: Wilfredo Carrizales

1

Deja volar imágenes, por Wilfredo Carrizales
Ensamblaje: Wilfredo Carrizales

Sonríe y se desnuda frente al espejo que cuelga, vacilante. Sus senos son más blancos que el resto de su cuerpo y los pezones tiemblan y aumentan su rojez. Sonríe y con los dedos índice y pulgar extrae un bombón de chocolate de una cajita circular de vidrio. Sonríe y aunque su sonrisa tiene algo de enigmática, no deja de ser asequible. Mueve un tanto la cabeza hacia la derecha y aparece un reloj de pared que se mantenía oculto. El paso del tiempo no se señala con nitidez y resulta imposible saber qué hora transcurre en el dormitorio de la mujer. Ella se lleva la mano libre (porque la otra aún sostiene el dulce) a la parte baja del seno y lo acaricia con fruición, sin pausa. De pronto, todo el ámbito queda a oscuras y sólo dos leves reflejos se insinúan sobre las superficies circulares de cristal.

 

2

La nutria que parece un perro que parece una guacamaya que parece un buitre reposa echada sobre un piso blanco. Por momentos ladra intentando atraer un hueso para roer o bosteza expulsando un aliento apestoso o se nutre de pescados imaginarios que encontró entre piedras inexistentes o repite hasta el cansancio las viejas e inútiles advertencias acerca de las mutaciones que se vienen produciendo al margen de la evolución normal.

 

3

El hombre con el alto sombrero rojo asoma su cabeza por la tapa de una alcantarilla, también roja. Quiere preguntar en cuál avenida se encuentra, pero no ve a nadie. No hay transeúntes. El hombre aguarda en posesión del silencio. Atisba con atención a través de la longitud de asfalto y cuando sus ojos se cansan, los frunce con vigor. De vez en vez, escucha el estruendoso sonido de aviones que cruzan el espacio, muy por encima de él. No levanta la mirada para observarlos, sólo se limita a escuchar sus atronadores ruidos. Exhausto, al cabo, el hombre decide sumergirse en la alcantarilla: lo hace y entonces su sombrero se ajusta a la abertura y forma con ella un hidrante enrojecido, de lo más bello.

 

4

Los ojos de la japonesa estaban habituados a mirar de modo oblicuo. Sus iris se trasladaban sin aviso hasta el ángulo ocular más alejado. Un día ella, de modo imprevisto, cerró los ojos. No los abrió de nuevo, sino que separó los labios lo suficiente para hacer notar que un ojo grande espiaba desde allí dentro.

 

5

Trepa de espaldas el árbol la marioneta. Carece de brazos y se apoya en sus voluminosas nalgas y en sus truncadas piernas. Sus enormes senos le sirven de flotadores y por su alargada vulva corre el sudor para lubricar el ascenso. El sol reverbera de manera espantosa y como la marioneta es completamente calva, los reflejos se propagan por el entorno. Elevado es el árbol, aunque su tallo no produjo más que una rama con unas cuantas hojas, anchas y lustrosas. Entonces, he aquí a la marioneta asida por las orejas a la cúspide del árbol, mientras, cogitabunda, otea el panorama.

 

6

Caín y Abel decidieron atravesar el inmenso desierto que los separaba del Paraíso. Se pusieron en camino una mañana fresca. No previeron lo extenso del trayecto y sus escasas provisiones se agotaron con rapidez. Entonces Caín le propuso a su hermano ir a cazar un onagro que por allí abundaban todavía en esa época. Mataron uno no muy robusto, aunque con una cabeza relativamente grande. Lo descuartizaron y lo asaron. Yahvé en vista de su audacia les proveyó de un odre lleno de sagrado vino. Los hermanos devoraron la carne, se chuparon los huesos y se embriagaron. Empero todavía seguían con hambre. Miraron la cabeza del onagro medio chamuscada y dispusieron jugársela a cara o cruz, ya que los sesos contenían una preciosa materia gris. Ganó Abel y se sentó sobre una roca a disfrutar de lo obtenido. Caín no se contuvo y lo empujó con inaudita violencia. Abel cayó al suelo, desconcertado, y Caín aprovechó para apoderarse de la cabeza del cuadrúpedo. Cuando Abel intentó ponerse en pie, Caín lo golpeó en la mandíbula, de modo avieso, sirviéndose de la cabeza del animal y lo asesinó. Mientras Caín absorbía los sesos del onagro sus ojos miraban hacia las alturas, muy medrosos. Mas Yahvé dormía la siesta y no se enteró del suceso sino mucho tiempo después. Caín terminó de cruzar el desierto en una alocada carrera y arribó al Edén. Allí lo recibieron como a un héroe, cosa que utilizó para crear la secta de los cainitas, cuyos primeros mandamientos eran la prohibición de comer carne de onagro, asno o burro y llamarse Abel.

 

7

Él giraba su cabeza mientras daba vueltas sentado sobre un tronco rotatorio. Las botas que calzaba descansaban sin presión encima de una manivela. Sólo poseía un ojo negro incrustado dentro de un rostro piramidal y descolorido. Al aletear producía un extravagante ruido que sacudía el polvo reinante. Su piel se descortezaba en todas las direcciones y luego aparecían vetas y grietas insospechadas. Él giraba su cabeza y se imponía con firmeza a sus adversarios.

 

8

La sirena emergió de un mar ocre que más bien parecía lodo disuelto en agua. Por eso la coloratura de ella le permitía camuflarse con extrema facilidad. Reía de continuo y enseñaba una dentadura perfecta y marfileña. De su cara rechoncha destacaban unas mejillas granates, un par de ojos como tazas de chocolate con vainilla y unas exageradas orejas que eran su radar y que la facultaba para oír cualquier onda sonora por muy distante que vibrara. Su testa de ferro impresionaba por sus dimensiones, las cuales casi anulaban su exiguo cuerpo de pez con escamas torpemente tatuadas… Empero se la veía feliz y cantaba antiguas arias con culta voz de mezzosoprano. Los pescadores estaban encantados con y por ella y su duro oficio se les hacía más llevadero. Hasta que apareció “el guerrero”, un gigantesco cangrejo de una sola tenaza, con la cual atrapó de inmediato a la sirena y la partió por la mitad. Sin embargo, la garganta de la sirena continuó cantando a más y mejor con la marea alta.

 

9

Entre perplejidades, los perros peroraban acerca de la mostaza y la salsa de tomate. Los malvados se distinguían de modo recíproco, pero los bondadosos se sumían en la simpleza. Y los perdedores ganaban la trashumancia y se marchaban cuidando sus alforjas. Y los cobradores mezclaban las heridas con las contusiones. Por cualquier causa, las razas se mantenían en sus propios ámbitos, tratando de alejarse de los prejuicios, las subordinaciones y las empresas fallidas. Muchos le ladraron a la rabia y se perdieron bajo su crueldad. Unos pocos desaparecieron para esconderse y tomar provecho de los bienes futuros y luego holgar con la perra suerte y las mordidas al hueso.

 

10

Blancas candencias acumuladas unas sobre otras. Así se mestizaban los muslos y las prominencias denominadas glúteos y las entrepiernas quedaban guarecidas, entre sombras, a salvo de miradas indiscretas o inquisidoras. Sin embargo, la lascivia dominaba, al cabo, y hacía brotar grititos de frenesí.

 

11

Vuelan las plumas impulsadas por un breve motor de diseño rectangular. Su desplazamiento en el vacío no lleva una dirección preconcebida. Ora raspean las plumas, ora se ciernen. Al pronto, descubren abajo, sobre el suelo otrora trepidante, un hito estructurado en cuatro partes superpuestas, a las cuales se les han adherido una lágrima cenicienta y dos cálamos que escriben sin tinta. Entonces las plumas sobrevuelan, a baja altura, en torno al hito, para marcar distancias con él y además para manchar su nombre y su figura y borrarlos de la historia. De una plumada, avientan al mojón, no sin antes agredirlo con la masilla que contiene su buche. Muy orondas, abandonan el lugar las plumas, con desconcertante lentitud, y, de cuando en cuando, dan un vistazo hacia donde estaba erecto el hito y lo continúan percibiendo, a pesar de que él yace derribado dentro de una fosa.

 

12

Clavos perforando máscaras, de oro, de vidrio, de espuma, de arcilla… en el ámbito de las intrigas y los lamentos. Clavos, dueños absolutos de la histeria, asociados con el martillo de los herejes. Clavos que odian a muerte los adornos, los capullos secos, los abanicos y los tarugos. Ellos, los clavos, siempre pendientes de los catálogos para no retraerse ni trancarse. Ellos, sabedores de cientos de asuntos de las herraduras en su existencia de plebeyas. Ellos, los que aplacan las hambres ardiendo con las puntas de su altruismo. Los clavos, obstinados hasta herirse, hasta desarrollar iras de lobos.

 

13

El ruso y su alma atrapados en el interior de cajas que se desplazan a través de la penumbra. El ruso tiene que avanzar con el cuello estirado para evitar su encogimiento. No obstante, él todavía posee la virtud de sonreír con dignidad. Si las cajas, de improviso, se abren, el ruso exhibe su desnudez no acorde con su rango de caminante profesional. Noche tras noche, el ruso está obligado a movilizarse de esa manera, no tan extraña, pese a las apariencias. El eslavo moscovita ya se ha asimilado a su destino sin paño grueso. Ahora su itinerario no conocerá la ruptura y él volverá a ser un paleto.

 

14

La leche cuenta con una doncella que la protege, la mima y la agita. Cuando desea comer queso, ella introduce su mano izquierda dentro de una pequeña cántara portátil, llena de leche y la remece con intensidad. A los pocos instantes, logra capas suaves y olorosas del producto del cuajar. Las extrae, con sumo cuidado, para que no se rompan, y se las coloca sobre el rostro hasta cubrirlo por completo. Luego, abre la boca y, ayudada por la lengua, devora con fruición costra tras costra. Terminada la faena, se lleva la mano grasienta al abdomen y lo masajea suavemente.

 

15

El rostro aplanado de Diocles subido al pedestal, de donde no quiere ni puede bajar. Una madonna, de larga cabellera, ha presidido la ceremonia. Diocles intenta hablar, enunciar algo, pero se le traba la lengua y, en el colmo de la exasperación, alarga el cuello y escupe tachuelas y trozos de bronce. De vergüenza, la cara de la madonna queda inmovilizada: máscara con protuberantes ojos y una nariz fálica que viola cualquier hendidura que esté a su alcance.

 

16

Dos balas de cañón de diferente calibre: fetiches de las últimas guerras. Los generales quienes las exhiben, lo hacen metidos dentro de jaulas circulares de acero y que penden de ganchos sujetos del techo. Las balas son amarillas y negras como recuerdo de las diarreas de los soldados que murieron poco después destrozados. Los generales de artillería, arteros y artesonados, brindan con champaña en botellas rosáceas y la generalidad de la gente allí presente se conforma con las gotas que, de modo casual, caen de las copas a sus bocas sedientas.

 

17

Extraordinario huevo de ardilla que reposa encima de una pila de ladrillos. La roedora, ejecutante de la puesta en escena, toma cerveza en el bar, con movimientos ligeros e intensos. Como es tímida, sorbe la bebida y oculta el cuerpo bajo la mesa, pero su amplia y negrísima cola permanece levantada hasta que se apagan los flashes de los fotógrafos.

 

18

Caja de las efemérides que contiene fauces peludas y hambrientas (aulladoras tenaces), huesos y élitros de insectos prehistóricos, conchas de mar harto lujuriosas, cuernos para embestir a los cornudos y mariposas de la calavera. Se extraviaron cabezas de mamíferos emplumados (se sospecha de un guardián con faz de águila real) y tetas de ballenas o vacas marinas, testigos de inclemencias en los atolones. La eficacia de la caja para ejercitar la memoria jamás se pone en duda. Como consecuencia de eso, ella deslumbra a quien lo desea y a quien no edulcora el mensaje.

 

19

La reina de las termitas en noche de fiesta arábiga. Su extenso cuerpo se arrastra por el piso de mosaicos y arranca aplausos de todos los presentes. De las termas, la reina se vino velozmente para no faltar al excelente sarao. Los miembros de sus colonias debieron quedarse fuera del palacio, mas allí se entretenían con las maderas del edificio y soldados y obreras copulaban sin término. La reina era termófila y la ascendente temperatura de la jarana le resultaba, por lo demás, favorable.

 

20

Deja volar imágenes, por Wilfredo Carrizales

Una mujer a caballo contemplando a cuatro parejas chupándose en un cubículo vertical, dividido en cuatro secciones. Otra mujer, bicéfala, con rostro de toro enfurecido, amenaza a la jinete. Sobran pelos de parte y parte y estructuras que los sobrelleven. Hay bellezas de piedra que el viento se encargó de transportar y un gran diamante octogonal para crear arcoíris. De una cordillera cercana irrumpe “el viejo de la montaña” con monedas blanquinegras en sus manos. Los corazones crecen hasta explotar y forman retorcidos árboles rojos que sueltan semillas para los batracios del andurrial. (Al fondo, las dos mujeres están trabadas en feroz lucha desigual y caen y chapotean dentro del barro que ya no aguanta más tantas inútiles holladuras).

Wilfredo Carrizales
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