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Acciones al voleo

lunes 28 de febrero de 2022

Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

Acciones al voleo, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Después de encontrarme si yo fuera usted. Andaría, de un modo accidental, bien vestido. Y buscaría un tren que nunca se consigue. Tal vez continuaría cegando a los enfermos, exprimiéndoles sus bolsillos, razonando sobre sus existencias poco universales… Estoy lejos de haber sido el que no fuera y haber visto menos tonterías. Ahora me transformo con las heridas resultantes y me ayudo con verdades que están equivocadas. No quiero más astucias ni más culpas. Aquí caigo y aquí comprendo. Este extremo no es partidario de nada. Ocurriré en camisa estando de paseo y no me ocuparé de lo que no soy capaz de hacer. El sol suele estar en el centro de su exposición y hay que darlo a quien lo necesite. ¡Érase una vez una hora que se volvió peligrosa y entonces se cortó el otoño! El jardín no sirve para la defensa ni sus flores sin espinas tampoco. ¡Me toca el azul del cielo para entretenerme y permitir que mi ropa se moje con los chubascos ausentes de estos días!

 

2

Tengo dinero del tiempo y lo deciden los dedos. El hambre no es de poca extensión: seis metros de longitud. ¿Qué le ocurre a mi vida? Me vence y me come. Mas me empeño en habérmelas con alguien que la sustenta. Por más que me parezca a mi amigo ideal carezco de un buen pasar. Entonces me quedo con uno mismo y ante sus ojos soy yo. Tardaré mucho en hablar y no deseo ser obedecido. Por allí hay demasiada gente rescatando semanas y cuentos y pipas de donde no sale ya humo. Tanto es que la casa se traduce en una auxiliar utilitaria y cambia de prisa o fracasa.

 

3

Día cargado de nubes y bajo la cabeza. Mi carne frecuenta otra infancia, ahora que mi vista es corta. Este mundo secreteando en su bajamar acera mi balsa de latón. Entre las piernas no permito que nada huya, aunque la tarde se muestre encapotada. Quedamente se escucha “¡Abajo la dictadura!”, pero nadie da la cara por ello. El decaimiento me hace parir visiones y mis brazos y piernas tienden a rendirse. ¿Y mi traje aún estará al pie de la escalera? Amaina el sombrero en ausencia y los escritos acerca de él salen a medias. Volcaría con gusto mi talega en plena calle, si ella contuviera basiliscos, arañas y escorpiones. Empero siempre estoy agarrado a mi correa y batallo fuera de línea.

 

4

Rompo una silla y tomo un bocado. Casco frutos secos sin extraerlos de sus recipientes. Los tostones han subido, de modo bárbaro, sus precios, a dos palmos de mis narices. Las pendencias perfuman el ambiente y hay rupturas del lenguaje cotidiano. Los castrados han obtenido una nueva categoría y así pueden catalizar adherencias y acuerdos. En caso de urgencia, las calaveras saldrán con sus necesidades advertidas. El último recurso no es la esperanza: será la defunción del raciocinio. ¿Qué pregunta causará un susto? ¿Cedería usted sus méritos? Lo que digo no lo repito dos veces: me canso y la imaginación se empobrece. Más me gustaría morirme de la risa, aquí donde estoy, rodeado de idiotas y mediocres. ¡Sean las cenizas las que se enamoren de los círculos sociales! Sin embargo, no hay que aguardar ningún tipo de ceremonia. La tregua hiede a picadillo, a pescado en podredumbre. La misma cantinela que no muda el estribillo y el oído no la apetece.

 

5

Deslumbro con los brazos en alto: juego de las fechas o de las fantasías. Una ojeada y la viuda se me insinúa, por la ventana. Le prometo fortalecerle los cimientos de su morada. Ella se inspira y anhela volver a nacer. Le grito al cielo y salgo del apuro. Luego me tiendo en la acera a concluir una novela acerca de niños del regazo. Me vacío de hechizos, de vapores y de bosquejos. Me asiste la razón de pedir prestada una manta, pero no lo hago. De pronto, me siento la tez cetrina y me pongo enfermo hacia afuera. Arqueo las piernas y mis tejidos se mueven de lado. Continúo la lectura de la obra literaria, a pesar de los insultos de la viuda: “¡Vejestorio hipócrita! ¡Anciano decrépito!”. Me marcho entre un cortejo de reniegos y, de manera veloz, llego a la fuente donde la luna jamás se reflejaba.

 

6

Oraciones fúnebres tras la borrasca. Con mi corazón de cobre capeo el temporal. Recién me han operado de las amígdalas y un profundo cambio se ha manifestado en mi garganta. Hablo con acentos de ofidios y mis interlocutores tienen que ser pertinaces para entender lo que digo. ¿Por dónde avanzaré bajo estas circunstancias? En cualquier sitio que me acoja procederé de acuerdo con mi origen. De pan vive el hombre y la cebolla viene sola. En cuanto salió el nuevo sol mostré mi rúbrica para aparentar distinción. Parece que no se nota, pero eso no me preocupa. Disertaré entonces en voz alta, con la emoción del azar, y merecerá la pena escucharme, aunque no se comprenda lo que expreso. De modo invariable, contaré las palabras para no perderlas.

 

7

Por señas, la persuasión y el cuerpo que se persigna hacia adentro, hacia la llaga que sibila. Bajo la influencia de los astros de la simplicidad se atrae el más eficaz seudónimo. Sinrazones que se reparan según el reglamento de las andanzas. Luego podría enrollarme yo con los hilos de la ronda y girar con una montaña entre las sienes. O eludir las tragedias que me persiguen desde el oriente. ¿Por qué no tomar las armas contra los embriagados de poder? Alguien deberá trastornarse a mis espaldas, cuando esté cambiando las cerraduras. Sin embargo, los pies se me hielan, se tuercen en ridícula maniobra de giro. Me viene a la memoria: redundan los vinagres en sus funciones de serpenteos en pos de los azules o los magentas, lo mismo da. Ahora quiero atraerme a la muchacha que se sesga, mas no se anda con rodeos. Ya tiene todo lo posible: dos niñas y un niño y sólo le falta un abuelo que le trabaje el tema de las caderas y el pubis.

 

8

No comparto la vista sin luces. Eso es tan verdad como un cigarro apagado en el fondo de un pozo. Así que me enlazo a la verosimilitud para proseguir mis pasos por los claustros. En primer plano siempre aparece quien me vigila: él teme perder su presa y yo no lo defraudaría. Son altas mis miras al presente y las impresiones no vulgares, mis designios. Traeré un viaje sobre mis todopoderosos zapatos y regalaré a mis conocidos, pájaros y tranvías, cometas y serpentinas. Desde un carruaje que se volatiliza arrojaré a las calzadas campanas de palo. ¡Tantos asuntos que me aguardan para que eleve mi voz! Las personas en sillas de ruedas me gritarán sus elogios de prisa, concebidos cual empresas de ripios. ¡Ahí está el busilis! Lo he visto y me lo tengo ganado. Además debo aparejar las velas para los difuntos, no vaya a ser que alguno resulte santo y me deje fuera de los que recibirán ofrendas. Uno, sin recursos, se atrae todas las críticas y hagas lo que hagas nadie lo apreciará.

 

9

Se dice que tengo el genio atravesado. Acaso haya en eso cierta verdad. La sopita me desagrada y el mal de falsía también. No obstante, no doy con mi testa contra los muros. Me aterra derribar las madrigueras de los soplones. Prefiero tantear primero las condiciones y después lanzar el ladrillo. ¿Qué torre de sombras me convendrá? Mi territorio se desbarata en medio de interminables peleas de perros. ¿Cuándo podré terminar mi jardín de cactos y plantas xerófilas? Capto las cabronadas de quienes me asisten y les tengo aprontadas sus recompensas.

 

10

Era testigo de los cargos de la temporalidad. En la hora actual, los libros me ocupan mucho sitio (por lo voluminoso y el estorbo anejo). Supe algo de los relojeros agarrados a una gripe y del alarido que provino de sus madres. ¡Un batintín no pega tan duro! De tan dormido que estaba presentí un terremoto en su contestación oportuna. Pegada a mis talones, una cucaracha apretaba su coraje y me transmitía ánimos. Es una lástima que mi casa sufra la inexistencia de una buhardilla. Desde allí sacudiría el polvo acumulado por las eras de desgobierno y trazaría con azogue los contornos de un novísimo país. ¡Ah, la fantasía me satisface con su mercancía fermentada! Es menester que viva sin volantes, con el emplazamiento adherido a mis chancletas. Del viernes a la santa paz del mediodía, no me fío de los flacos ni de los sosos, excepto los que cambian sus evocaciones. (A veces, el cielo continúa arrebolándose, con la pólvora de momentos tardíos, y entonces, prevalece un embarazo).

 

11

Adrede, los dados ruedan a lo largo de las autopistas. Desde el alba hasta el desengaño. En cuanto a discordancias, no las hay y si las hubiere, ellos desertarían… Me azoto como un niño al no lograr comprender nada. No me atrevo a preparar argumentos en mi defensa. La rueda de la fortuna me pisa de frente o de costado, pero me magulla a discreción. ¿Tiene importancia que lo diga? Soy incapaz de exceptuarme con una invocación mágica y me incrimino en mis incorrecciones. El día siguiente me lenifico con la excusa más artificial. Me encojo de hombros, alzo la nariz, allano los descensos. A grandes rasgos me encargo de las claridades que circuyen las galerías. Localizablemente habito en ellas los periodos necesarios para que todos me miren de reojo. Al margen del ocio consigo encapricharme con las tramoyas, poco frondoso en mi actual aspecto. Por añadidura, marcho pisando huevos, no siguiendo las huellas de los enmascarados.

 

12

En el mismísimo centro de la acuñación de fechas: ahí estoy, con las opiniones que mal operan. Las palabras me acorralan y no logro sacar tajada en limpio. Me reparto las mitades de mi yo y el azúcar se me mete en la cintura. Digiero vocablos que usan los plagiarios y la pasión se torna en ajedrez para aguantadores. Paso a confesar las mentiras de la radio y de la televisión. ¿Qué sucede después? Examino mis costumbres y paso un insoportable momento. A la caída nunca la admitiré en profundidad. La paciencia patina sobre mi carácter y, a la sazón, lanzo garabatos y demuestro no conocer las campanas de los mentecatos. (Descanso. Tomo un café en el empedrado. Me golpeo los párpados para corresponder a su solicitud). Los adultos pequeños se hacen los zonzos, los abstraídos, mas con galletas los rebajo y los ubico en sus taburetes para las funciones. Tarda la vuelta al sosiego, mi tranquilidad sin retractación. Soy a sotavento y me silencio en tono de mudanza. La circulación de datos sigue su curso y los ladrones negocian.

 

13

Por las amplias coberturas del habla se desplaza un animal. Parla de regiones donde él manda sin ton ni son. Baladra acerca de su cogote de potencia, acerca del sereno que le depara perlas. Cuchichea ante los presentes con el canto de la perdiz… Me emociono con el alma en falso y hablo en voz alta para mi coleto. Con la garganta, a último minuto, me amaestro de modo grosero. Razono entre ritos de aborígenes. Acá, adonde apenas se me oye, menciono el paroxismo de los parlanchines, esos encadenados a las ternezas del viento procaz. ¡Qué labia y tú que lo digas! Que me han hecho censuras y yo les he regalado mi peluquín. ¿Equivocarme? Sólo si me lo piden. La enemistad se aparece, expresamente, de sopetón, con sus maneras de papagayo y con sus gritos de tirabuzón. Por eso, respiro hondo para mejor oír el pío pío de los pollitos. Interrogaciones muchas se me anticipan en los parlamentos y las respondo con inflorescencias arraigadas dentro de mis entrañas.

 

14

No adivino el parpadeo de lo marginal: sólo imagino la taciturnidad que se vuelve cenicienta. Miro de hito en hito e intuyo la correspondencia entre los desvelos y los lampos. Con el catalejo llegan las luxaciones que permiten al hombre remontar las cuerdas. ¿Quién profiere amenazas a partir de unas reseñas de la irregularidad de las alhajas? Ni en presencia de lo auténtico me combo. Mas el encausamiento de la canícula me hace tragar grueso. Hogaño las averías no resultan extrañas, sino que avivan cicatrices y escudillas. De lejos, los primeros saludos salen baratos; de cerca, riñen con lloviznas. Existe el resquicio para que los juramentos asombren y quemen los devaneos. Un alguien se suspende durante la comunión con el whisky y luego oculta sus cadencias. Sobre las baldosas se forma una encrucijada que apesadumbra. Otras cesuras se encabritan para darle paso a las mutaciones de las cargas. ¿Qué hay que deducir de las conductas que se conocen de oídas?

 

15

Todo se acerca a su fin: la relectura del libro, las gangas, los episodios sonoros, las sutilezas de las antorchas… Los cuerpos se definen a destajo, en la humilde fechoría que los nuclea. De tal modo, se arrostran las frialdades al trasluz. Ya nada se esquiva: lo fugitivo posee la pasión de un clavo. Donde se amasan las volteretas, se guardan hábitos para el archivero. El poder de la greda se cuela hasta debajo de las camas. Los escritos no siempre gozan de su dicha y menos aun en la dirección que los tuesta. Sin detenerse, los chirridos tapan los hocicos con la astucia de los andrajos. En las bajas alturas de las espaldas se esparcen decretos y ejecuciones. Las palabrejas han heredado los rastros del invierno, hieráticos e importunos, los cuales madrugan con palancas de tejidos. A dos manos procuro la esencia mayor que me place y me echo un auxilio de moción. También con dos barajas me bandeo entre las ondas sin aristas o en el lugar de las cosas que penan.

Wilfredo Carrizales
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