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De las afinidades que vegetan

lunes 7 de marzo de 2022

Textos y construcción: Wilfredo Carrizales

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De las afinidades que vegetan, por Wilfredo Carrizales
Construcción: Wilfredo Carrizales

Sería el estípite el que, al fin y al cabo, se adheriría a la jamba en recelo. Los tejidos y sus funciones iban de acuerdo y se me fue dicho de los aspectos de la química que no se desmantelaba. Mi aspecto, en aquel entonces, se componía de mecanismos de la vitalidad y de la herencia. Se animaban las asociaciones con el medio; se distribuían las actualidades; se apartaban las deformidades para prevenir contagios… Era autótrofo, pero con escaso orgullo. Poseía membranas provistas de las más notables diferencias del reino que me amparaba y mi forma avanzaba de consuno con las células en vibración. Los virus le temían a mi pulpa y jamás oscilaban entre la temeridad y el ataque. Cuando quería reproducirme ejecutaba algún segmento y una masa para la compactación venía a la existencia con sus espacios de vacuidad. Los meatos me servían para comunicarme con otros seres en zonas de adelgazamientos. ¡Yo era un mismo individuo actuando en diversas clases de escenarios! Todo vivía dentro de mí: la absorción, la secreción, la elaboración… Mi epidermis me protegía de lo muerto y temprano aprendí a circular entre los tubos de los leños. Radicales llegarían a ser mis pelos y con ellos saboreaba almidones y azúcares. A las hierbas no les daba ni entrada ni salida y casi siempre soltaban sus líquidos de vergüenza o de miedo. Ocurrió que se me echaron encima innumerables hojas y tuve que transpirar rápido para salvar las clorofilas.

 

2

Se animan los vasos con sus anillos parecidos a escaleras. Con frecuencia lo aéreo traquetea sobre las copas y las longitudes se tornan transversales para disolverse a la menor perturbación. Una navaja no es capaz de ablandar las cortezas de los troncos. El alcohol las reseca, pero no las mata. La tinción se suele emplear para poner al descubierto a los hongos de las obturaciones. Se criba lo rudimentario de la luz con vistas a obtener corpúsculos del estío. No se meritan las opacidades ni se secreta nada que conduzca al limbo. Las texturas de ostensorio provocan porosidades y luego se apoyan en euforias que no son las más idóneas. Las ramas se convierten en objetos de la metafísica, por sus rodillas casi bien estáticas y flores antiguas se incluyen en los arqueos y adelantan aromas, pero no semillas. Alguien oyó comentar acerca de “ganchos de fijación” y se imaginó torceduras para prender los apéndices. Ni por asomo existió tal cosa. Por descamación, las distancias hasta los vértices se van convirtiendo en nimiedades, paso previo a la lignificación y a las alternancias de las mociones libérrimas de los haces que se endurecen. Nombres vivaces estaban habiendo de continuo: epigeos para las bocas de los insectos que chupan con credulidad. En el último cambio de lo acuático, las napas se tornan huéspedes de la reserva y sus ringleras recuerdan a pagodas en miniatura. Y así sucesivamente… Coopera la salsedumbre en el guiso de las manchas que portan las cofias: complementarias de los ejes un tanto aproximativos y simpódicos.

 

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Llamas de lo primario que se conocen en las fases pivotantes y los fenómenos dérmicos de las temporadas generan cortes, hacia afuera o hacia dentro. En esos casos, peligran las grietas por donde se escurren las presiones. Si al alba se criaba lo ancho del trayecto de la goma, cuando era el eclipse total de sol, la transición se calculaba de modo brusco y la edad se cargaba de minerales que se circundaban molestos. Las estelas del brío forman zarcillos para verse empapados de secreciones de la aurora. Un conjunto de tildes hacen las veces de bulbos carismáticos y corren y vuelan en pos de rastros de umbría. Está de más lo caulinar sólo para llenar huecos y festonear los alrededores con radios sin presencia peculiar. ¿Qué equivale a los dibujos que se enrollan en espiral y continúan gramineando sin parar hasta detenerse en la sobriedad de la circulación que cala sin basa? La médula trepa, adventicia, para alcanzar la verja que arde, sinuosa, transparente, reverdecida.

 

4

Duramen de muchas lianas, de sobrepasados ástiles que verbenan sus labios. Las estomas secretas irradian vapores que adormecen a los epígrafes hasta causarles nerviosismos. Allende los nudos se solazan los helicoides con la constancia puesta encima de lo que se enreda de tarde en tarde. De modo típico, desaparecen las dependencias que mantenían a las nervaduras en calidad de láminas difundiendo hemiplejias, mientras élitros ignorados reposan en procura de un largo existir. Ciertos hipogeos manifiestan lo divino, aquello sostenido por armillas en el extremo de los vislumbres. Aunque sea en quietud se trasfunden emulsiones (las otrora borbollantes) y sudores y burbujas escapadas de las lisiaduras: talmente unas carencias. Por varias enviciadas curvas los gérmenes se trastruecan, se vuelven solubles. Sin explicación factible tienden a rebrotar los vástagos en ascuas y, asimismo, se tambalean los pimpollos entre rayas de la contrariedad.

 

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En cualesquiera momentos han de sumergirse las hojas faltas de espíritu. De lo exógeno cumplirán con lo específico de sus siluetas, según se estipula en el seno de las vainas. Muchas veces se oirán, después, las anatomías displicentes de los musgos ya secados. ¿Acaso no se abajarán las cintas de las dicotomías constantes? Ante todo esto, ya nos sentimos densos, ya nos percibimos lagunosos. Y las empalizadas menores que portamos facilitan la irregularidad de los canjes con las cutículas, desde la base hasta la cubierta que se dimana. Los que poseemos capacidad de fusión ablandaríamos las membranas: las superiores y las inferiores y ambas se mencionarán próximas a la caducidad. El otoño, paulatino él a todo trance, persistirá sin caer y compondrá su daño para no emigrar. Se pueden ir las foliáceas formas con sus heridas del amusco o de la pavura que pardea y comenzar a obturar sin brisas que las separen. Que haya golpecitos orinando residuos de la tierra es agible y con sosiego. Además estaremos expuestos a que nos alcancen las puntas de flechas en los triángulos de la complejidad. Y recordaremos a nuestros lóbulos con sus fragancias de vitelo, de jarillo en arriate.

 

6

No se hienden las texturas así no más. Hay órganos que se les afilian desde muy temprano y mitad a mitad las escudan. Se observa el orto desde la parcialidad que crece insertada dentro de vegetantes meniscos. Aparecen utrículos en su unidad de misión y oreamiento, al tiempo que se cruzan definiciones de la oscuridad tardía y enfermiza. Para evitar los desgarros se palmea alrededor del centro hasta concretar un raquis, flexible, a semejanza de un rapacejo. De las espinas no subyacen sino recuerdos y en una balanza con anteras aún se pesa lo hirsuto de su cualidad. ¿Para qué disonar con el resto de vestigios en puyas? Ahora son las brácteas como consecuencia del pensamiento (asunto que ignoran las acacias) y el estudio se antoja sésil con la amplitud para más de un uso. ¡Ah, y esos salmos de la palmera, muy atados, pero llevados al triunfo de la exaltación! ¡Sírvanse trepar los oyentes visionados por los resquiezos que traban las sensaciones y los tiemblos!

 

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Nadie invitó a la hiedra, pero ella vino, a escondidas, bajo su propio riesgo y llegó trepando, subiendo, montando el lignito y los cantos rodados de los muros de las estaciones del porvenir y quedaron sus hojas secas, batidas, como testimonio de su paso… Las nervaduras siguieron creciendo y basculaban en el adquiriente otoñar soñado. (Lustres que se emplearon a fondo araban en el tronco del árbol de cuero entintado y cubrían los paredones casuales y hacían expectorar a las imágenes acorazonadas de flores de la virtualidad).

 

8

Si hubieran brotado flores lo habrían hecho en conjunto, con la fertilidad en abundancia. Constarían sus gineceos y las piezas de los frutos de la alucinación y los androceos, enmaridados con las gammas, y los perigonios apurando el rocío en el cáliz de la vegetal eucaristía (sépalo, usted) y los pétalos apeteciendo las llamadas de las espuelas. Empero, de muy rara manera, sólo engrosaron soportes sin jugos aromáticos, sin néctares para pedírselos después. A los rudimentos de la lámina de segregado luto, se le agregaron estigmas de una blandura tan excepcional que pronto desaparecieron, papilas de brevísimas oquedades con un humor bilioso y abultamientos ovoides, proclives a la inseminación. Contrarias adherencias iban con estilos libres, conectadas a filamentos que una vez fueron violetas. Las ocasiones para plantarse resultaron intermedias: chalazas que discurrían con habilidad de diminutos chaguaramos. Por los bordes se claveteaban cavidades que, solapadamente, devendrían más tarde en lisas protuberancias. Todo exultaba a los sucesos desnudos que, incluso, se homologaban entre sí y frecuentaban los manojos.

 

9

Cuando se disimulan las cortezas se recubren las sensibilidades de una cáscara de filadiz. Los segmentos podrían proveerse de alas esporádicas para movilizar las dehiscencias y dejar el abandono de los elementos visibles. Se retuercen las procedencias antiguas entre estupores y alborotos de tarsana. Detrás de los escarzos se oculta el sitial de la hormiga blanca y se me permite saludarla con fórmula de hojaldre. Mas la floema marca su distancia de lo mustio y se libera con el desprendimiento de un nutriente que siempre luce de pulimentos y azabache. Lo tosco mantiene sus recuerdos con rigor que envuelve y alarga. Y pocas correcciones convidan al corcho a convertirse en suprarreal ente de la flotación. (Mis manos se inclinan para tocar, para palpar las corrugaciones de lo arborescente disminuido y fijado al misterio evidente de la resaca negral).

 

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De las afinidades que vegetan, por Wilfredo Carrizales
Construcción: Wilfredo Carrizales

Y la sustancia del árbol se vinculó con su parentela y juntos decidieron levantar la parhilera que no fuera de relleno. Luego vendrían aquellas gutaciones del exclusivismo ramificado y del derivo que se efunde. Un solo cono apical se encargaría de los contornos palmeados, aspectos para cubrir los ritualismos. Hoscas rigideces carraspean a deshora y se aceptan, malamente, sus bizarrías sin costribo. (Debajo se siente el rumor de la turba marchitándose, dolida de una imperfección hepática). Las revueltas se acercan a sus ciclos de cordel y ansias de dispermo, los cuales, para la taxonomía, serían ubicables junto a las bacas. La estructura, a semejanza de azafate oscurecido, distaría escasamente de aprovecharse del apego implícito de las eferencias del carbón licuado. ¿Algún antojo podría dividir al orden complexional establecido aquende la carpintería? De la sordidez tapetada al entusiasmo del moral se chamuscaría lo más endeble y lo menos moñudo. ¿Dónde estaría enterrada la bellasombra si olvidarla se pudiera? Empero sí hay milagros del dondiego, sin enfados y con su corimbo halado por la noche parásita. ¿Cómo captar los candelabros en cercenamiento habituados a sus asientos de cacosmia? De súbito, se consolidan los agracejos, de modo vulgar, sobre las veraces trabas de lo fosco, mientras las saxífragas perforan las cándidas tormentillas que se friegan entre escaramuzas de poca monta.

Wilfredo Carrizales
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