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El hombre: mudanzas, trasiegos

lunes 21 de marzo de 2022

Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

A

El hombre: mudanzas, trasiegos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

EL HOMBRE respira de adulto para convertirse en niño y poner en evidencia su fisiología. En las puertas se elogia con las cualidades que no tiene. ¡He ahí a un hombre de energía, de valor pocas veces visto! El mundo se le torna un corazón con textura de dinero y con los puños lo aprieta antes de que se le escurra. De las variedades del triunfo sólo es el mediador.

 

2

Sin malicia, el buen hombre va destruyendo la leyenda de su abominación. Mal haya en lo que habita, vaya pelado o con pelos, y el espíritu de la pasividad lo alcance a su disposición.

 

3

Hombre de armas en sendas sillas. Ata la puerca vida antes de que se le desboque y luego entona cantos para recordar a sus antecesores y definirse plegado a la antigüedad que lo infiere.

 

4

Conciliador en los actos de violencia de calle, interesado en las diferencias con los demás. Le gruñe a los restos de convivencia y se encuentra de piedra y hueso en mitad de su soledad.

 

5

Habla con las mismas personas que lo desconocen y entonces adopta una actitud de sumergido. Pugna por hacerse poderoso y aplastar a quien lo mire de reojo.

 

6

Hombre que entierra a sus muertos, sin herramientas ni féretros. Se extingue de a poquito, ya no prójimo, semejante a un muñeco en holocausto y sentado sobre la gravedad de su trono.

 

7

Regenerado por los pájaros de los gritos, mientras se ocultaba detrás de las instancias de las pajas. Más tarde viste saco de obediencias y se comunica con las nubes y aprende a llover o a nevar y a elucubrar acerca de los dispares meteoros que se le suben al entrecejo.

 

8

Hombre de la vejez, pero no partícipe de las arrugas de la especie. Se porta con valentía ante el fastidio de los achaques y reprime su protesta para no alejar al posible interlocutor.

 

9

Andarín de una sola espontaneidad, excitador de las categorías de la trashumancia, despachador de virtudes en los salones de estambre. Se licencia en castidad y, en consecuencia, marra la línea ortodoxa.

 

10

Hombre del fuego en los ijares. Aludido por el plan primigenio que lo situaría en el sitio de la eficacia. Superada la incredulidad, no vacila y se empeña en rescatar a los caídos en el agua.

 

B

El hombre: mudanzas, trasiegos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

EL HOMBRE imitando los pasos de la noche, empleándolos cual homenaje para sí mismo. Por esos caminos encuentra su vasallaje y mata a quien lo enemiste. Huella los suelos con desbarajuste y poca gracia y luego conversa a solas acerca de su enfermedad de lo hondo. Quizá se emparenta con los deshollinadores de antaño, aquellos holgazanes que contaban historias de tesoros bajo la hojarasca. Él se quema cuando escribe acerca de las víctimas que se tuestan por ser histriones. Él tiende una hebra para unir la altura con lo áspero, mas, de pronto, se halla clavado contra el mojón de la encrucijada del horror. Entonces ahorca sus anhelos y mira el horizonte que se desuella.

 

2

¿A qué distancia del hombre el holladero de los animales de la urbe? La cultura no es el límite de sus hallazgos, criatura supuestamente racional, más dada al juego que a pensar. Y resulta una restricción morfológica que lo exalte como pretende. Y la eminencia se le aleja sin atisbo de conciliación. ¡Ah, pero, de modo puntual, tiene barba y bigotes y va a la guerra con el ojo afilado! Hace alarde de sabiduría y nobleza y cae, de continuo, en un tremedal. Él, el versado en clarividencia. Y las nimiedades proceden con él y lo ahijan con la frecuencia debida. Se afana en pulir sus facultades supuestas, mientras se arregla el copete o la calva magnánima y con sus caudales trata de distinguirse de sus similares y, al final, queda en tan mal estado, engarzado a la irrisión.

 

3

Compra estopas para absorber su talento, hombre sedentario de a mentiras. De las mangas a la nada todo es suyo. Hombre de lunas oscuras y mala digestión con las tripas pinchadas y el mundo se le precipita en el pecho y le hiere con burlas. Cualquier homínido se vincula a él para atiborrarse de espejos carnales y avanzar por encima de lo evolutivo con las propulsiones del mañana a sus pies.

 

4

Varón de a poco y con el hambre infinita de hembra y lances de cuarteaduras y comedia con oficio de mezquindad. Postergado tras las puertecillas de las ventanas, con su pequeñez que lo aniquila. Viudo sin vituallas, a la víspera del zarpazo. Susodicho que no se levanta en contra de ninguno; deleitante de la herrumbre; orejano en la orilla de la necrología. Un navajazo no sería muelle encima de tu mueca y las municiones perforarían tu lomo de mulo en ascuas. Exclamas en los llanos y callas en las ciudades: plañidero pluvial y macabro. En volandas, conjuras con vestuario para la ceguera y la jerga de la jauría tiñe tu boca de dispepsia y hedor. A tu camisa le sobran cabuyas y bisagras.

 

5

Alertas con tu aldaba de bosta durante los idus de marzo y el cigarro se te tuerce entre las comisuras. Charlatán para los charcos y los chascos, delator que adelantas tus sueldos y destruyes elegancias y ejemplos. Fanfarrón del folklore nacional con el galimatías colgando de la lengua luenga. Sólo tierra en tu cerebro; sólo hule hueco. Te ilusionas con el incesto contigo mismo, olvidando la jácara y el jabón. Ladino de las lamentaciones sin culmen, magaña con onanismo por sorteo. Padre de la tribu de los palurdos, atrapadores de sabañones y tarántulas. Por lo bajo, acunas perfidias, al tiempo que te equilibras sobre las ruedas de un automóvil. Eres diestro en borrones y bostezas cuando no logras la muerte de alguien. Echas el capote a quienes te lanzan los mendrugos, tú, el de las cejas de cuerdas con cerumen, el contundente que delira a empellones. Eructas a domicilio y el espectáculo asombra por lo bello, por lo delicado de su factura.

 

C

El hombre: mudanzas, trasiegos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

1

EL HOMBRE rastreando su nombre, sincerándose con su habla para proveerse de sagacidad y multiplicar su agudeza y su memoria y consolidar el pretendido raciocinio que lo homologaría con los individuos primarios. Contempla el mundo con mirada de naufragio y más adelante se excita con los humos que salen de chimeneas que dejaron de estar erectas y se instiga con la condición influyente de las capas posesivas. Aspira a señalar con dedo sublime las columnas desde donde se visionan los isómeros. Alistado, dicta el curso que lo auspicia y se dijera idolatrado por los gentiles del embargo. Él mismo se tiene por sabio y se lo comunica a los de su entorno, pues perdió la inocencia leyendo libros apócrifos. A partir de entonces, profesa la miseria y la toca con agrado.

 

2

Su concordia hace las veces de crines para mostrar el todo que se agita de continuo. Y vocifera que se torna en imagen de la pasión con tres elementos similares. Sangra por su garganta, se enciende y le vale en exceso lo rubicundo de su aspecto. Le teme a la tierra que se le ajusta al calzado y junta fuerzas para deshacerse de ella, miles de minutos después. Se sigue de allí para allá y se obliga a ser frágil y se enferma hasta casi palpar la mortalidad. Responde a un misterioso impulso y se cuadra para ¡mugir! A su verbo lo envuelven frases de una inaudita simpleza, de una pasmosa repetición.

 

3

Intima con la fragilidad y se muerde las encías en una ínfima obligación. Se oculta detrás de algún viril encorvado para lograr custodia pequeña, mientras las tildes se le chorrean desde los hombros. Mea las paredes para volverlas sagradas, pero después tiene que enfrentarse a los perros que se las disputan. Su seso alude a un material altamente maleable, modificable, y su casa huele a sabandija, a micos en estampida. Si posee mujer pugna por mandarla, mas siempre termina de criado de ella, de mensajero portátil. Eso sí, que nadie le diga “señor fulano” porque monta un berrinche que más parece una farsa de aprendiz. Se desmanda entre enormes necedades y su cobardía lo favorece para preservarse de cualquier represalia. Sale de su verdadera edad y entra en otra postiza y gana cuernos. Llora al negársele los créditos para remendar su cuerpo y, al cabo, se suicida con pistola de papel. (Si hubiera muerto de veras, desde temprano se hubiera dedicado a espantar a los vecinos).

 

4

Su fiereza lo suele conducir al homicidio: su brutalidad es la de los demonios y se atribuye el poder de la redención. Al inicio escuchaba la homilía de los curas; más tarde lo ganó el henchimiento y ¡ale que le vinieron las ganas y se palpaba el buche! La codicia lo atrae con ahínco y sueña a diario con abultar la panza y heredar de algún difunto cercano la hacienda. ¡Hereje que no es capaz de cargar sus heridas! Y se agacha y recoge cosas quebradas y las tienta y se da por satisfecho y entona un cantarcillo viejo donde se mencionan a “los hermanos del latrocinio”. Erra con la idea de entrarle al primer negocio que se le encare y se aprieta las suelas con las hernias de los lapsos. Ignora la esplendidez de lo esplénico y se maltrata en las proximidades de los hospitales y allí ventea el peligro y vuela a hibernar. Con posterioridad, aparece esmaltado, fingiendo una resurrección de entre los occisos y su hipocresía no lo innova, sino que lo corrompe aun más y él tuerce el hocico.

 

5

El hombre cava su hoyo, hoy, mañana, ayer y el polvo lo arroja dentro de sus ojos. Hipoteca su alma y las raíces de su apellido y por más que busque, no logra hogaza de pan. Divide sus horas: unas para honrarse; otras para mimetizarse; unas más para menguar en la eternidad de su recuerdo. A horcajadas viaja sobre los buses suspensos y cada vez se rompe los riñones y le pronostican un rápido fenecimiento. Empero continúa con vida, capturado por una suerte que lo socava y lo afrenta. Él especula con el horóscopo y, por trizas, sale victorioso de los lances y entonces anhela que la caridad se adhiera a los dados y le haga desaparecer para siempre su rostro triste, hórrido, y le ayude a destorcer el hilo que lo muerde. Prueba también a ser peregrino, a quemarse con la esperma de las velas y recibe hostias a granel y holgando en ese menester, se angosta y se solidifica y funda un humilladero para hundirse a perpetuidad en el fondo de su propio fraude.

Wilfredo Carrizales
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