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Desde la nariz de Gauguin hasta la oreja de Cleopatra

lunes 28 de marzo de 2022

Textos y collage: Wilfredo Carrizales
Desde la nariz de Gauguin hasta la oreja de Cleopatra, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

1

Acaso Gauguin haya heredado de su abuela Flora Tristán su nariz, la misma que le permitió oler el aroma de los mares y los viajes. Su memoria visual lo conducía con frecuencia a su vieja casa, la iglesia y su cúpula y también a su sirvienta negra y a su sirviente chino: verdad que en segundos se hacía presencia. Su prominente nariz hacía resaltar la visión de sus ojos que lo facultaban para escoger dagas y perlas. A veces sus felices remembranzas estaban unidas a gratificantes inviernos. Gauguin ya percibía por la nariz los perfumes extraños del exilio y las imágenes que se tornaron potenciales en sus manos y a través de los colores. Su ambición debía ser satisfecha: fue satisfactoria. Él descubriría nuevos principios básicos para crear otro tipo de pintura y se serviría, a cabalidad, del misterioso corazón del pensamiento. Los materiales y sus sentimientos le penetraban por las fosas nasales y lo conducían a una desconocida dimensión espiritual. Debía remover la naturaleza para acercarse a la abstracción que es el arte y aspirar al encuentro con Dios, con el Maestro Creador. Su nariz, especie de faro detector, adivinaba las emanaciones, los anuncios de las texturas que serían, posteriormente, semejantes a las evocaciones de los sueños. Así mismo, ella le proveía de una percepción que lo llevaría hasta la doble belleza de las cosas. Gauguin resonaba en su propio contexto y se envolvía en sugestiones ligadas a la metamorfosis de los aspectos simbólicos. Su nariz vibraba, de modo intenso, cuando se encontró con protuberancias semejantes en las mujeres de Tahití, donde los poderes sugestivos de la flora exótica lo hicieron transitar por pasajes colmados de maravillas.

 

2

La estética en busca de su empirismo y la imaginación emula sus placeres. La magia no es teoría: su potencia radica en los puentes que la alzan. El pensamiento se agranda tras las rocas del silencio. La vida quiere ser nueva y su habilidad termina en comedia. ¿Existe acaso una poética de las lápidas? ¿Las sensaciones en el mar crean un paisaje distinto, lejos de lo estacional? Las lecturas de hoy mitigan a las de ayer y obligan a reflexionar para devenir contemporáneos. ¿Y si los corazones se debatieran en medio de nudos? Los consuelos serían breves, prosaicos y el hastío aportaría su mal, la turbación que no aguarda. En cuatro zonas se arriman los roncos iluminados y tejen miniaturas: su obra toda. Lo sublime en los cármenes aquieta los espíritus y corta el ritmo de las quejas. El peligro debiera educarnos donde aparezca, mas no acontece así. Decidimos navegar a través de los sueños, envejeciendo, aferrados a rosas que no varían. Los tiempos no traducen lo diáfano porque esto no existe y el fallo de lo veraz no tarda en acaecer y nos trata con frialdad.

 

3

Tratando de trasladar a los bellacos adonde no haya menester. Toda la operación debe realizarse de modo subrepticio para que los vacantes no se enteren. Llaves y fallebas principiarán sus foscos ultimátums entre sonetos de ramos del lado izquierdo. Se observarán colecciones de vivencias escritas y la mayor parte de la reciedumbre. Vértigos y viajes para las agudezas de quienes poseen ingenio. Los espíritus se tornarán en fenómenos de fondo y los místicos se engarzarán a ellos para triunfar sobre lo burdo. ¡O meros ilesos o eidetismos a toda costa! (De las restantes tribus de los dioses se las consigue recorriendo en carretas ciudades extintas). Los sabios de los estertores practican sus hazañas debajo de las palmas sin zarzales. En ciertos cuadrantes se retraen las etimologías del oro y la semilla y los testimonios son memorables. Los dédalos en las penitenciarías sirven para desquiciar a los reclusos hasta que pierdan el juicio y la relación ambigua con la realidad. (Alguien piensa en los novios andando sobre la nieve, especie de paraíso reencontrado, donde las sepias perdieron sus huesos de tragedia, mientras himnos estancaban las noches recónditas).

 

4

Pitan en el ágora y los filósofos se indigestan con las zetas. Platones llenos de caramelos y sólo a los viejos les parece natural comerlos. Enantes se tramontaban los oráculos para que les pluguiera a los arcos. A las aventuras se las poseía de edad en edad, parodiando lo sublime de lo bucólico. Las damas escribían cartas demenciales a sus amantes en el infierno y lejos se iniciaban sonrisueñas gulas en torno a un carrusel. Rayos e impresiones que afrentan a los moradores de lo vernal, gente ruda y poco trovadora. Los lirios se zafaron de su estanque de seda y se dieron a dialogar con los escrotos de las dunas. Las promesas naturales se dividieron en franco adornamiento que, póstumamente, se jugaría en los molinos. Y las charlas se liberaron de sus tastos, de sus torceduras y esa elección sería nido para las elegías. ¡Es mirífico lo que vale una cantata en pleno pauperismo! ¿Quién vio tres vías hacia los retratos de doloroso gris, en mitad de la decadencia mensajera? El veredicto de las esculturas abate hasta la muerte, con la aurora migrando en pos de una superación. La esencia de los modos anuncia angina y los ángeles se desarman con los pechos deformes.

 

5

Juglar sin jofaina: regocijo en ocho triángulos. Las mujeres salen a desconocer sus retratos en el jardín del erotismo y una que otra sucumbe al éxtasis. Los pozos se abren para dar salida a las cópulas de las sardinas. La primavera tiende a magnificarse y pare sus alegorías para el desayuno. (¿Dónde se ocultaron los cenotafios de los vados del bullicio?). Se proponen medidas nupciales entre losanges que pronto se desvanecen. Sobre un mapamundi una muchacha toma una ducha con sapiencia y después se encadena en la mansión de las gracias y los sacos. Ocurren conversiones a granel en contra de la armonía de los calendarios. Dos hermanas obsequian galletas y manzanas y su sirviente las sigue cual una peonza y sopla pompas de jabón. Cerca hay coronas de flores y coros de lectoras que llaman a la corrección de la alegría. Una señorita, con los senos al aire, lleva un panal en sus manos y dice que es regalo de la Providencia. (El prestigio de lo mortal alcanza a los recatados en las fuentes del escurrimiento, mientras se doran las ruedas y los bocetos de modelos mancilladas).

 

6

Barriada carente de alhóndiga. Melancolías para ancianos con pellizas y tablas de sonoros antros. Cabezas con escarabajos de la gentileza, amontonadas debajo de los rincones de las mesas, a la espera de la adoración que demasiado tarda. Los lapsos del espacio se aminoran frente a las partes de los relieves que se columpian y casi se difuminan. La niebla se oye y se ha puesto a caminar hacia el acantilado o hacia el bosque de bambúes. (Se intuye un mar con luna náufraga: desesperación para los idealistas). A borbotones, seres anónimos abrazan las pesadillas con fragmentos de titanio, relacionadas con experimentos y balsas a la deriva. Entre intervalos se duplican las columnas imperceptibles, recuerdos de antiguos templos destrozados por las tempestades. (Aves enfermas —acaso gaviotas o cormoranes— deshacen sus plumas dentro de silos de arena y de cenizas). Para no producir monstruos, los amantes se ofrecen sus sudores en medio de entusiasmos febriles y devoran médulas de saúco. Desde una torre artificiosa, arrojan sin cesar lincurios para los penitentes. Y llegan, de improviso, los embajadores de las movilidades de las rocas.

 

7

Salones olorosos a kéfir, donde armiños se divierten con linternas mágicas. Hay cuerpos humanos elevados en lo vacuo, visitantes de las ábsides. Manos que no se ven halan cuernos repletos de víboras y hojuelas de avena. Visitan los meses, pero resulta vano saber si son enero, abril o julio, pues sus vestidos se disuelven en chocolate. Fácil se encuentran los libros de maravillas, decorados con casimir negro y anaranjado y con flores que parecen ninfeas. Despiertan los ciegos de su somnolencia de siglos y gimen por no poder cultivar la música de los planetas tránsfugos. Las catedrales de la naturaleza rugen y aparece un vehículo para los redentores del alba. Y los artificios, ante los reflectores, imponen sus cristales de brotes. (Los hombres no restaurados exponen sus muñones con la intención de conmover a los amos de los retablos). Una algazara repentina y unos prisioneros son colgados de plataformas ambulantes y la chusma se alboroza y pregunta por sátiros y ménades. Los pocos hidrantes se han tornado herméticos y ya no fungen de apagadores de los nidos en llamas. Ahora las modernas brujas fabrican sus propias máquinas para destruir el mundo y preparan guisos de carne de ardillas y esa energía las mueve en las carreras sin títulos.

 

8

Alegorías y secretos mensajes van y vienen a través de la tarde que se insinúa. Bosquejos de abrazos cabalgan sobra sombras sin colas. Hacia los matorrales el viento quiere avanzar, pero se topa con dificultades, porque el tiempo inmediato se desperdiga. Se darían otras circunstancias si no fuera por las opacidades danzarinas. (Un miércoles se bebe sus fluidos para no detenerse a mitad de semana). ¿Quiénes serían capaces de levantar monumentos con pinceles enchumbados en tintas desleídas? Se plantean mociones de muebles previamente estudiados: un ojo limaría los contrastes y alcanzaría la fracturación de las azarientas influencias. ¿Y para qué altares en los planos que se extienden de modo impreciso? ¿Y para qué muñecas que no terminan de crecer ni de dar a luz? Desde antaño las moradas atraían a sus calaveras y a sus lagartijas, mas ahora hay un enmascaramiento ausente de pasión y arcanos arrojados al límite de sus sangrías. Y todo eso desagrada a los espíritus en ascensión. (Algo de turbiedad se reporta en contra del sacrificio de escorpiones de la pureza)

 

9

Se escuchan monedas soltando sus vapores que boyan. Las palabras se han escatimado y el albedrío obsede. Los enojos se fiscalizan sobre bases libres de pegotes. Por doquier, ayeres de desiertos y telas verticalizando sus recursos. Se crispa el oriente; trepidan minúsculas sirenas de latón; no se ubican los cromatismos para el cambio. Las comuniones de los sentidos se afantasman, antes y después de las erupciones en su proceso de gagueos. Empero los guijarros en clandestinidad se alegran y resuenan por todas sus aristas y nadie (quizá) se conmueve. Se necesitan mondadientes para que afloren los puntos sagrados de los rostros en los espejos. La vastedad vecina desaparece, empujada hacia galerías de momentos sin realdad. ¿Cuántos gramos de líneas en los sucesos de las cartas? ¿Los amanuenses se cubren con las mutaciones que empeoran? Un estallido en medio de la blancura parricida hace la diferencia y casi no se rozan las recientes manchas. Lo omnímodo se escurre por las grietas que aún sobreviven. ¡Ah y qué relevancia, la de los dones de los espurios jardines de la periferia, con sus charcos, sus volteretas, sus predicciones líticas atemperadas!

 

10

Nos sorprende la prominencia nasal de Cleopatra VII y nos retrotrae a la de Gauguin. Empero, de “La víbora del Nilo” lo más importante y resaltante fueron sus orejas, no porque fuesen extrañas o más alargadas de lo normal, sino porque con ellas escuchaba todo lo que se decía a su alrededor, se enteraba de secretos, confidencias y planes de conjura y se servía de ellos para gobernar de forma absoluta. A través de esas orejas aprendió siete idiomas y la lengua de sus sirvientes: el egipcio. La muy bella mujer también absorbió amplios conocimientos sobre política, diplomacia, estrategia naval, medicina y artes amatorias. No le temblaba la voz cuando ordenaba asesinar a algún rival o pretendiente al trono, aunque fuese su propio hermano. Cleopatra Thea Filopátor, la despreciada por los romanos, mas amada por Marco Antonio, la única legisladora de su reino, la principal autoridad de las religiones egipcia y griega, la hembra sensual de pelo rojo, la aficionada a las piezas artísticas antiguas, la que se complacía con el uso de diademas reales y horquillas con incrustaciones de perlas… Y, al final, derrotado y muerto Marco Antonio, Cleopatra se tiende en su cama y se hace traer un áspid. Le ofrece un seno y la serpiente muy venenosa le transmite su ponzoña y mientras la reina muere, sus orejas escuchan el fluir lejano de las aguas del Nilo, el chapoteo de los cocodrilos y el vuelo fúnebre de los ibis… Y las orejas cercanas a la moribunda oyen los pasos pesados del dios Anubis que se acerca con parsimonia.

Wilfredo Carrizales
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