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La relatora

lunes 16 de mayo de 2022

Textos y dibujo-ensamblaje: Wilfredo Carrizales
La relatora, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-ensamblaje: Wilfredo Carrizales

Ella asumió la función de relatora para encargarse de la reconstrucción de los hechos de los cuales había sido testigo a lo largo de meses de relieve. Relataba con su prodigiosa memoria y la boca se le surcaba de paciencia. Como norma exigía que sus oyentes permanecieran callados, no permitiéndoseles hacer ningún tipo de preguntas. Sólo debían estar frente a ella, sentados, echados, recostados o de pie. Al acabar un relato, inspiraba con profundidad y pasaba al siguiente hecho.

 

1

La mujer venía descendiendo los escalones de madera con insólita lentitud. Su cuerpo únicamente estaba cubierto con un pantalón negro. Sus grandes senos se proyectaban con brutalidad desde su rosáceo pecho. Su cabellera de acendrado jade oscuro caía sobre sus hombros y se desplegaba hacia atrás sin gracia. Nadie más que ella había en la vacua sala. (Yo la espiaba a través de la puerta entornada del pasillo). De pronto, ella se detuvo en mitad de la escalera. Su pie derecho adelantado y el izquierdo levemente apoyado sobre las puntas de los dedos. Su pantalón cayó o se le deshizo sobre el cuerpo. En ese momento, su desnudez asustaba, producía cohibición. Unas manos masculinas ciñeron su humanidad, cruelmente, con bandas blancas de plástico, con especial énfasis en los senos, que se vieron así reducidos de tamaño. Su piel se volvió lustrosa y reflejaba la poca luz del ambiente. Su boca y sus ojos se entreabrieron algo. El silencio se duplicó y yo sentí un pavor sin parangón. Por unos segundos dejé de escudriñar al interior y cuando volví a llevar mi visión hacia el lugar donde estaba la mujer, no otra cosa percibí que una figura desvaneciéndose en el mismo lugar ocupado antes por la mujer.

 

2

Llegué muy tarde al sitio de la demolición de los edificios. Encontré apilamientos de pedazos de concreto, retorcidas cabillas y cascajos de todo tipo. Las máquinas demoledoras habían actuado rápida y audazmente. A unas centenas de metros aún permanecían humeando unas panzonas chimeneas de sólida estructura. Un perro dálmata husmeaba entre los escombros y, de vez en cuando, los revolvía buscando algo que le atraía. Me acerqué y vi la mano de un hombre semicubierta por la tierra; tenía los dedos crispados. Espanté al perro a gritos y con un pie empujé unos cuantos pedazos de ladrillo y terminé de ocultar la mano. Ningún ser humano merodeaba por allí. Mas al sobrepasar un montón alto de desechos se presentó ante mí una muñeca de tamaño natural. Estaba ataviada y vestida con traje de novia, de una blancura y una confección impresionantes. La muñeca reposaba parada, inserta dentro de una caja que le tapaba hasta la cintura. Su rostro, ligeramente inclinado hacia delante, parecía contemplar un rosario que colgaba de su único pulgar.

 

3

Siempre que estaba sentado se reía colocando su cabeza encima de un antebrazo. Apretaba sus ojos, carentes de cejas y pestañas, y dos insignificantes rayitas aparecían bajo los párpados. Entonces ensanchaba la boca, de la cual brotaban hileras de marfil, y sus labios enrojecían aliados a invisibles purpurinas. Hasta que todo su semblante y cuello no adquirieran un matiz de rosado intenso no se levantaba de su porción de espacio.

 

4

Le ordenaron caminar pegado a un muro gris. Al llegar al final debía devolverse y repetir la acción de manera infinita. Le habían vestido con un pijama de seda blanca transparente y cuando avanzaba, la prenda de vestir emitía destellos. En mitad del muro habían colocado un balde de color rojo y él tenía que escupir dentro cada vez que se topaba con el cubo. De tanto ir y venir, su cabellera casi había desaparecido y sólo le quedaban unos mechones a ambos lados de la cabeza. Además el gris del muro, por efecto del calor del penado, se iba tornando blancuzco. Inesperadamente, sonó un silbato, en el preciso momento en que el reo pasaba frente al cubo. Entonces él se acuclilló, tomó el balde, lo izó por sobre su cuerpo y se vertió encima el asqueroso contenido. Se escucharon unos aplausos y el prisionero permaneció allí semejante a una escultura de plástico recién hecha.

 

5

Miles de bananas fueron esparcidas en el amplio vestíbulo del hotel. Alguien hizo descender una escalera de mano desde un mirador y por ella bajaron, eufóricas, dos mujeres jóvenes, dando alaridos y riendo alocadamente. Sus vistosos trajes idénticos, estampados con profusión de diseños florales, tendían a soltar espigas y pétalos por doquier. Las mujeres comenzaron a bailar, agarradas de las manos, pisoteando las bananas, al compás de una música estridente, aturdidora al máximo. Mas a ellas parecía no afectarlas en absoluto. Así danzaron, cada vez más excitadas, alrededor de una media hora hasta que un grupo de hombres empujó, con exagerada violencia, las puertas de acceso al vestíbulo y, sin mediar palabras, empezaron a disparar contra el par de danzarinas. De sus pechos perforados brotaron chorros de sangre a punto de coagularse y ellas, sin dejar de reírse, cayeron al piso y se mezclaron con la pulpa aplastada de las frutas musáceas.

 

6

Al viejo barbudo y esquelético, quien cubría sus partes pudendas con un pañal, lo atropelló un taxista en una bocacalle. El anciano quedó tendido sobre el pavimento. Se quejaba, con una mano aferrándose la tetilla izquierda, y de su boca manaba un hilillo de sangre incolora. De inmediato, se congregaron los vecinos en torno al atropellado. Cada uno opinaba cosas distintas, pero ninguno intentaba ayudar al anciano. Nadie prestaba atención al taxista que, aún dentro de su vehículo, no salía de su asombro por el accidente. Pasaron largos minutos y los curiosos se apretujaban para observar al viejo que, sin duda, moría sin asistencia. Al fin, apareció un policía motorizado, un tipo alto y fornido que, al no más estacionar su vehículo de gran potencia muy cerca del moribundo, inició una perorata sobre leyes de tránsito, velocidades y contraventores. El gendarme uniformado levantaba las manos y vociferaba, pero en ningún momento miró al anciano tendido en la calle, el cual exhaló el postrero gemido con la última sílaba del policía. Éste encendió de nuevo su máquina y enrumbó hacia su comedero favorito. Los concurrentes se dispersaron entre bostezos, mientras que el taxista, poco a poco, se recuperaba de la impresión recibida.

 

7

Penetré a la habitación por un hueco de la ancha ventana de vidrio. Los rayos del sol pegaban de frente e iluminaban el espacio interior. La cama de hierro estaba recubierta con una colcha y sobre ella se insinuaba la pesada figura que había yacido allí. Al lado, colgaba de un gancho en la pared una braga o mono de obrero, con evidentes manchas de grasa oscura. Miré bajo la cama y descubrí semillas de varias especies que habían empezado a dar brotes. Muy extraño porque la habitación no contenía trazas de humedad ni filtraciones del techo y más bien el cuarto era seco y radiante. Su antiguo residente había saltado la noche anterior de un tren en marcha y se había matado. En el bolsillo de su camisa reposaba una tarjeta con la dirección de la casa en donde había alquilado el dormitorio. Vine aquí porque el inspector de seguros me lo pidió. Él estaba sumido en plena perplejidad y yo intentaría sacar algo de luz de las sombras. No lo logré. De manera inexplicable, la habitación ardió al siguiente día de mi visita y nada se salvó de las llamas. No hubo tentativa posterior de mi parte en hallar clarificaciones al suceso. Ni siquiera recuerdo ahora el nombre del muerto.

 

8

Detrás de la superficie aparecía la exiliada, casi siempre en cuclillas y con el dedo índice de la mano izquierda señalando algo que sólo ella veía, aunque sus ojos se velaban en esos instantes de la madrugada. Su aspecto de animal larguirucho causaba pavor. Mas si ella se presentaba de día, su aspecto era otro: finos rasgos que modelaban un rostro ovalado, terso y de pómulos no tan prominentes y unos labios sensuales en una boca pequeña. Las pupilas adquirían un brillo celeste, pero nada tranquilizador. De sus delicadas falanges surgían unas diminutas chispas multicolores que a ella misma sorprendían y la impulsaban a relamerse las comisuras de los labios. Yo sabía dónde ubicarla a mitad de semana, cuando la noche apenas iniciaba su despliegue. En el vallado de la metalúrgica se escenificaban simulacros de acciones hiperreales y ella acudía con sus bagajes. Al cabo, después de muchos vaivenes, se la llevó un súbito torbellino y la lanzó contra la cerca electrificada. Hubo una violenta explosión y todos los que estábamos allí huimos en estampida. El matutino publicó en primera página la fotografía del cadáver achicharrado de la exiliada colgando de los alambres de la cerca.

 

9

A través de un mensaje anónimo, recibido en mi teléfono móvil, se me invitaba a contemplar una batalla entre pandillas de niños de la calle. El combate se escenificaría en un descampado en las afueras de la ciudad. Debía estar sin falta allí a las seis de la tarde del día fijado. Le dije a un amigo que me llevara en su motocicleta y pasara por mí una hora más tarde. El “campo de batalla” ya estaba dispuesto: los contrincantes debían pelear con lo que tuvieran a mano, respetando un enano muro divisorio hecho con trozos de ladrillos y palos. O sea que cada pandilla guerrearía desde su posición hasta que agotara sus municiones. Al principio, los pandilleros comenzaron a agredirse lanzándose piedras, botellas y tuercas, pero pronto salieron a relucir armas de fuego y empezaron a caer los combatientes a ambos lados del muro. Yo me lancé a una hondonada que localicé por suerte y desde ese “refugio” trataba de no perderme las escenas de exterminio, aunque muy temerosa de que me alcanzara una bala perdida. Cuando la refriega ya había alcanzado unos cuarenta y cinco minutos y los lamentos e insultos colmaban el ambiente, se oyeron los sonidos inconfundibles de las sirenas de los carros policiales. Los pandilleros escaparon por donde pudieron, dejando a los muertos y heridos en el “campo de batalla”. Iba a ponerme de pie cuando, inesperadamente, escuché nuevos sonidos de disparos. Medio levanté la cabeza y observé cómo los policías remataban a tiros a los heridos, recogían las pistolas y revólveres y abandonaban el lugar entre comentarios obscenos y jocosos.

 

10

La obesidad extrema le impedía moverse con libertad y entonces la antigua actriz permanecía inactiva y desnuda en su apartamento de un tercer piso. Se sentaba todas las tardes sobre un taburete sólido y forrado con lana que estaba recostado contra una ventana orientada hacia un parque. Apoyaba sus codos en el alféizar y se ponía a mirar, embelesada, a los niños y adolescentes que se divertían haciendo piruetas sobre la grama o encima de los bancos. Le atraía en especial un rapaz que se paraba de manos sobe un asiento de madera y lograba rebasar en esa posición los diez minutos. Ella lo aplaudía con la mirada anegada en lágrimas por la emoción. También llamaba su atención una muchacha que hacía contorsiones tumbada de espaldas: torcía y retorcía brazos, piernas y cuello hasta semejar una oruga. El espectáculo gratuito del rapaz y la muchacha se repetía durante lo más sereno del tiempo vespertino y le servía a ella como alivio para sus noches de insomnio. Hasta que un día el parque fue cerrado, de modo inconcebible, y desaparecieron los niños y los adolescentes y asimismo los bancos y la grama fue cubierta por capas de hojarasca. La actriz principió a mustiarse con mucha rapidez y se agarrotó y feneció por enfriamiento, aferrada a los cristales de la ventana. (Yo fui su asidua visitante y por eso puedo testimoniar lo narrado).

 

11

Me regalaron un cerdo blanquísimo con motivo de mi cumpleaños. Quienes lo hicieron imaginaron que lo rechazaría o lo echaría a la calle de inmediato. Pero no. Lo instalé en mi jardín y lo alimentaba con flores, desechos vegetales y pajas con espigas. Reciclaba su excremento y lo convertía en abono para mis helechos. Pronto mis vecinos me denunciaron a la policía y sus niños se dedicaban a molestar al cerdo con sus jets a control remoto. Para burlarse de ellos, mi cerdo les mostraba el trasero y se ponía a hozar ruidosamente en su corral. Entonces decidí levantar un muro de tres metros de alto que rodeara mi propiedad. Nunca como antes el cerdo se sintió tan seguro y protegido y gruñía de felicidad a cada instante. ¿Y yo? ¡Ni qué decirlo! Mas la alegría nuestra tuvo un rápido e inesperado fin. Después de haber tenido pesadillas toda una noche, me levanté muy tarde y aún cansada. Lo primero que extrañé fue la ausencia de los gruñidos del cerdo. Tuve una intuición y fui a toda prisa a su corral. Sólo encontré su cabeza, guindada de un alambre, completamente desprovista de piel, carne y demás porciones comestibles. Sobre ovaladas bandejas distribuidas por el ámbito se veían pedazos de huesos aún rezumando grasa. ¿Qué seres fueron capaces de trepar el muro, matar al cerdo sin ruido, asarlo y devorarlo en un santiamén? ¿A qué hora liquidaron al porcino y cuánto tiempo emplearon para zamparse los trozos y huir por donde habían venido? ¡Nadie jamás encontró respuestas a esas preguntas que todavía en la actualidad me dejan boquiabierta!

 

12

Estrangulé a mi traidor amante con mis propias manos, con una fuerza descomunal que ignoro de dónde vino. Él llegó sonriendo a la sala de mi casa, dicharachero y haciendo bromas. Me le acerqué, puse mis dos manos sobre sus hombros y me le quedé mirando a los ojos, fijamente. Con un brusco arrebato lo aferré por la garganta y él no se defendió. Apreté y apreté hasta el límite de la extenuación y lo sentí desgonzarse y luego deslizarse y caer a mis pies. Su lengua, gruesa y cargada de sangre, brotó de su boca y se contrajo. Desde mi altura, le contemplé con lástima y le eché un último vistazo a su atractiva fisonomía. A continuación marqué el número telefónico de la comisaría policial y dije que había asesinado a un hombre. El detective que me interrogó no creyó en mi versión del hecho. Se ordenó la necropsia de ley para el cadáver y resultó que mi amante había muerto de infarto de miocardio. Acepté ese resultado y quedé fuera de sospecha, aunque en mi fuero interno sabía con certeza que yo era una asesina pasional.

Wilfredo Carrizales
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