“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Todos los ámbitos

lunes 6 de junio de 2022

Textos y dibujo: Wilfredo Carrizales
Todos los ámbitos, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

A

1

Amagos de la lluvia, arriba, pero también abajo. Pesarán los peines con sus amenazas que no amenguan. En otros casos, ambas situaciones pasarían sin ultimátum. Mas en el distrito, ahora, los canallas portan candiles para mostrar sus luces. Lo ambiguo quisiera correr hacia las catacumbas, donde los enfermos han instalado sus oficinas. Hay un límite para la lotería y los premios.

 

2

Dentro de las casas nadie barre los lodos. Sólo se oyen los berridos de criaturas que desesperan. Las bocas parecen mostrar sus agujeros y las roturas de los labios. ¡Entre ofensores anda el juego y los embobados aplauden! Las habitaciones ostentan manchas: nieblas arrastradas por las corrientes de las tormentas. ¿Y los edredones podrán salir de sus encorvamientos, de sus temblores?

 

3

En el lugar donde se calcinan las calaveras, el césped ha desaparecido para siempre. Lo ha sustituido una desaprensión de plumas. Es de suponer que también habrá rezanderos ejercitándose en recetarios para poder fortalecer el tejido de sus verbos. De rigor, se sostienen las cuerdas que, de modo avaro, han colgado los resucitados de las ramas circunstantes y trepanadas por los cirros.

 

4

Establecimientos para agradecer las congojas de los bibliófilos, abiertos y regentados por los gobiernos de los municipios. Allí se asumen las consecuencias de los volúmenes nunca alabados y en donde la benignidad está pegada de las paredes, sin privilegio ni beneficio. Los ciclos de lectura existen encima de los lomos de los espejismos, mientras, a tientas, se busca el obturador de la luz.

 

5

Humedales que echan humos debajo de los asientos de las plazas. Andan huidos los reposadores y alguien los busca para hacerlos hombres. Las filomanías atosigan el ambiente y muchos se figuran que son algodones de algún mediodía más allá de las doce. También se encajonan cilios, con sus respectivas bacterias, y tubos que resuenan: tambores del hermetismo volátil y nimbado.

 

6

Los artefactos se han comenzado a arruinar encaramados en sus atriles. En muy poco tiempo amenguarán los velámenes. ¡Ya nos acordaremos de su extinción y pondremos feos semblantes para apaciguarnos! Al cabo, los sitios hasta cuando alumbren puntos, se nos subirán a las vistas, después de zurcidos los párpados y tras las bandas nos haremos plantillas entre jactancias.

 

7

Cuantía de alcobas para cesar las durezas y para no transigir con las suspicacias. La crisis —reprobable mercenaria— abarcará el horizonte con sus cristalerías y esa historia se asentará en los legajos de los amanuenses, tanto si conviene como si no. ¿Acaso no andan las manos, derechas, detrás de los ojos para apropiarse de los cartuchos envueltos en mapas? ¡Y el arte de trazar averías nos reta!

 

8

Casas de vecindad con sus corrales para que los poetas puedan reunir sus cofradías y dirimir sus erratas, sus acercamientos a la equidad. Entonces los bardos de la rojez estarán descubriendo funciones superiores en los tinglados del carrusel. Y los aedas verdes introducirán sus calendarios de cuatrocientos días para expresarse plenamente a través de todos los medios.

 

9

Percepciones de las pequeñeces en los salones vitalicios. Los vagabundos, esos caballeros malandantes, bambolean dentro de concavidades señaladas para ocultarse. La molienda de los momentos traerá sus sangres, casi fruslerías, pero que manchan por consuelo. Un hallazgo de las incógnitas del devenir inflamable se producirá a las puertas de alguna entidad bancaria.

 

10

Zaguanes entre galletas en el interior de vasijas. Y una borrasca, de colores medrosos, aturde con sus ruidos acres. Al fresco, las comezones turban menos y es para osar esquivando los oropeles, bordeando las zanjas, no dándoles el pecho. Los perímetros carecen  de intervalos en el tiempo de las incidencias consagradas al vocerío y, así, la voluntad no rueda, pero tampoco se rinde.

 

B

1

Parajes y gesticulaciones en paralelo. El mar que no se veía, se pronunciaba con su oleaje inaugural. Difícil salir al modo de los peces con cierres. A nuestras espaldas las adornaban unos sudores color del suelo en barrena. ¿Éramos el centro del orbe o su cerraja mal empleada? La facilidad de la materia hacía flotar los cascos y zarandear las sombrillas. En la misma longitud de nuestro mirar, unas gramíneas se repetían y, de cuando en cuando, eran aplastadas por husos horarios venidos del lado principal de las adyacencias. Ya no valía la pena apoyar las manos sobre los cánones redondos.

 

2

Sin olvidar los luego y no recurrir a pasajes de la lobreguez. Una nebulosidad de luto oxidaba mis flancos. Mas las refulgencias velaban. Me retiraba un tanto con el pie de la importancia, aunque debía masticar la faja ancha de las niñas de exultantes pechos. En un apéndice colgaba una guitarra que eludía culpas de malos cantos. No lloraba a mis muertos y, si me necesitaban, los exhortaba  a seguir cultivando sus vacíos. Un país, del tamaño de un fragmento, dilataba mi partida, pero yo le latía en punta y él se sumía dentro de sus pulsaciones de tristuras.

 

3

Trivios en contra de las elegías y no siendo yo, de manera exclusiva, zoófago, agarraba la zarigüeya entre salpicaduras de barro. Verdad que llovía, pero mi retrato era de esa índole. La úvula iba de suave a olorosa y de ella recibía campanillas de hollejos. De cualquier modo, se torcían los moluscos fuera del agua y la novedad me provocaba gestos sin solución. También el destino me hacía distinciones y esa circunstancia  era una reja ante mi pecho. ¿Para qué escaldar las dudas? La tregua no me alcanzaría, a pesar de la mora en separar los límites entre lo involutivo y lo sesgado.

 

4

Asiento para encresparse o encorvarse. Llamo a las acuñaciones que se postran: más de eso y ningún adelanto. Después, frutos sin argumentos, en las diez caras del hambre. Y el favor de la carne no se allega al sombrero. La suerte se inserta en el fondo de una solemnidad, particularmente, oscura, mientras la infamia cobra sus pensiones. Me venzo con mis aparejos y mis piedras de casta. Alguien frunce su lienzo y es ella tras la colmena. Del bebedero vierto una bocanada de picos y más tarde acuden las plumas para completar la escena. Y otros quehaceres dormitan con vitalidad,

 

5

Un cajón para amparar cristales y mis bigotes no se les articulan. ¿Travesía del imaginario y sin merienda? Junto a unos figurantes en un espacio antes maldito y alzamos puertas, despegamos ventanas, relajamos las baldosas y todo lo irremisible no se malea. Diversiones sin vendajes y esmeraldas en las grietas. Me doy en la gracia del aire, donde no se dicen responsos, donde se graban heliotropos a destajo. Retengo el estandarte en vilo y, barbicano, aquilato el estuche de boj. Y, a toda prisa, vuelo tras un betún de barajas y despliego los soportes donde se acicala la araña.

 

6

Paradero destinado a los elogios del entorno y alabanzas y justicias. Lo pacífico conocido de los humanos que transmundan. Y sanguinarias continuadas en sus instintos, bulléndoles los coágulos, inclinados para sentir hechizos. Paradojas de pie: inventos para los bolsillos y un abatido hijo de cierto loro. (Yo había salido, porque ya no cabía dentro de la fascinación de los riesgos sin guía). Algo apareció y despegó, fuera de toda duda y su origen no parecía altivo, aunque encimaba instantes de legados. Después, la coexistencia se imponía con sus sustratos de parafina y aceites del envite.

 

7

Recintos de los seres recíprocos, con sus aves del reclamo y sus tejuelas para coserlas. Desde una palestra se elucida una cuestión: ¿lo secluso puede avenirse a la humedad y conservarse ambos? De hongos ubérrimos ya estábamos hartos y otras costras buscaban ubicación. Sin embargo, se vendían relámpagos con cualidades calzadas para empleo de xilograbadores de orilla. Por un sitio pasaban las zarzas al modo del tafetán y abundaban los sucesos que se apoderaban de las aglutinancias. Y las lenguas, taheñas por contraste, se soldaban a los cueros y subscribían sus discursos.

 

8

Debajo del bucare de mi antípoda me antiguaba con algunas mujeres del circuito de la arcilla y nos mordisqueábamos hasta las posesiones de los búcaros. Quedábamos nocturnos en pleno mediodía, con nuestras salaces connotaciones inflamando los hornos. Soplaban céfiros de un valor aterciopelado y no con levedad nos bordábamos las manos y la afición continuaba sin temor a los siglos de papel. Buenas eran las exclamaciones, muy buenas y aun mejores, sin pretensiones de ironía, pero yuxtapuestas a las bocas en sus búsquedas.

 

9

Fundamentos de las zonas de la lumbre, quizá vestíbulos de hotel, salones de mancebía o plazas con excrecencias de fulguritas. ¿Habría aparatos para sentenciar los arrojos de los metabolismos en pugna? Tiene escasa importancia insinuar una respuesta. Los quienes se arrojaban sobre los cuales y se amaban, esquina con esquina, mientras los jugos se templaban al servicio de las narigadas. Y ganas de calzar carbuncos y penar por el desenganche y por las vueltas retrógradas de los relojes. Y la creencia en augurar garabatos para ahorrar displicencias y fracasos al son del hado.

 

10

No eran esferas sin siniestros. Las cucharadas iban de señuelos y los enjutos postres expresaban sus purgantes. Los imagineros arrastraban sus retablos y sus sepulcros por calles y avenidas y las viudas, pero también las solteras y casadas, se santiguaban y se dolían con reflejos de sus bustos. Propios de los agobios resultaban los desayunos carentes de virtudes, distantes e irreductibles. Jadeos para personas de tal y tal jaez y lentitudes de flemáticos nunca redimidos por la burocracia. Entonces, ¿para qué llevar encima magnitudes de la devoción si los pillos medran y abultan sus vestidos?

Wilfredo Carrizales
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