“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Foco que eseidades despide

lunes 4 de julio de 2022

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
Foco que eseidades despide, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Soledumbres

Cometas elevadas sobre un desierto de lápidas. Los astros les suministran las colas y, el aire, la armazón para la ligereza. Una estrella se les aproxima y las ata con luces, con reflejos de cañas.

Suelos de los molinos ahuyentándose de los maderos. Las piedras se asientan en su entorno, revestidas de los colores de la astucia. La herencia se dirige hacia la acequia y se pavimenta.

Cantos en los retiros, alejados de lo estéril. Se solejan las tiesuras para lograr perfiles de fuego. No se quiere melancolías, sino zumos de la dicha. Los encuentros se obvian con la simpleza del momento.

Sombras con añoranzas y los destierros enviudan. Retumban las solemnidades que no existen. Hay sitios donde se calzan los picores y los significados de sus apéndices. Y un ave se enmienda.

Yermos separados de su desnudez, mas lo escueto permanece y se calla. Nadie se abandona en clausura, porque la pena lo encogería. Se solapa el desamparo en lo quebradizo del silencio.

 

Dejamientos

Renuncia el pellejo a su tintero y el rincón, a su estadía. Se abaten las manos cuando se mojan, acá temblando, acaso. Traslucen las huellas de la flojedad sin períodos ni finales.

Delante, el libro se opone a su lomo y no delega el ataque. Las palabras se han impreso entre amargores y soplos. Una escala vaga desde la presencia al deleite y reprueba el vaivén.

Considera la ventana al ser borrada y conviértete en su emisario. Lleva la circunstancia a ceder su privacidad. ¿Has pensado en alguna fachada para los días acusados de criterios a la desbandada?

Presencia de la pared donde se juzga lo deleznable. Un descenso remite a un error de diversión. Así, el éter corre a sus bujías y el habla pierde sus acentos. ¿Qué mandato abdica y ya no figura?

Dejo de las frases sobre el mandil de la entrega. Cuelgan las incidencias de la antigüedad de entonces. Los hábitos desertan tras las máquinas de la enjundia y devienen en franjas que caducan.

 

Alargues

Palos de las rosas con vestiduras de a cuarto. Las camisas amanecen con hechuras que se disparan. Unos alaridos desagradan al neuma triangulado encima de la terraza. Y suenan los tiestos.

Las simientes se conceden todas las mercedes, a tenor de la distancia al descubierto. Albahacas en sobresalto y arcos en busca de redes. Del salitre se defienden los grillos con rabia.

Mudan los vientos y las pupas. Se lavan los extremos de los óxidos. Y la vista se presta para cualquier avance en el tardecer. Las alarmas no se ofician si se desvían de la puja ¿Qué cuello se ensarta de sol?

Rodeos de las canelas en su bastardía. Prendas de los alcances de lo rústico. Al podar las ideas se tiñen las tijeras del alba. Se adquiere un estanco por esquinas y luego se afectan los perfumes.

Agracejos con el sentido de las herraduras. La presunción no llega al pulimiento. Duran los brazos pegados a su recinto, pero un alborozo puede soltar sus alfileres y agrietar lo insustancial.

 

Cesiones

Entró el frío empujado por el ciclón, aunque el césped hubiera sido podado. Se recibieron a destiempo las indicaciones de la atmósfera. Algún metal de álcali crepitó, vaciló y sacó tregua.

Un calamar mide su cráneo entre plegamientos de mástiles. Resulta que era en beneficio de su comunidad. Mas la cegajez se abatió sobre los pescadores y éstos recularon cual cepos de cibui.

Se expresan los fuelles contra las calenturas, que hozan, que no complacen. De las mallas al diorama lo laxo rinde su cerco a la resina. Ahora comparad ese brillo con la parentela del cedazo.

Los picos se prestan para el desguace a domicilio. La mansedumbre varía en la selección de sus idilios. ¿Y por qué no acceden las rodillas a la oralidad que no las nombra? ¡Hecho o razón de tul!

Desisto de los caujaros y el deslumbre de sus borras. Digo que me contengo en mi contento y me agencio para templarme. Beso la danza del verano, aunque luego los labios se resientan de la quemadura.

 

Huidas

Antes habían crecido y con qué facilidad huían los hoyos de la humedad. Se hicieron las quiebras en las cortezas a saltos. Tienden siempre a escapar los cuchillos dentro de las galerías de lo absorto.

Escabullirse con quienes huyeran hacia las huellas de la enemistad. No sirven las corpulencias en esos casos. Sólo lo fugaz da media vuelta y no retorna. Lo demás es caridad tras la puerta.

¿Hemos de salvar al espantado? Hay un imperativo de abandono y se cumple. A la carrera se sueltan las najas sobre los surcos de los panderos. Y las villas se pican y se avientan sin bienestar.

Eludieron los aludes para considerarse desertores. Mas la mortificación los acosó con tibias al respecto. Ya los muslos fueron de hulla y el grisú los hizo tramontar allende los ramajes.

Pólvora para irse con historias de presas y ventilaciones. Y las maletas se empluman con los restos de buitres. A la desbandada hasta de espaldas, mientras las gomas trazan unos pegotes de miedo.

 

Titubeos

La estabilidad de los tizones es puesta en duda por los poseedores de menoscabos. Los tiznajos acuden a los cuerpos antes de estar calcinados. Vacilan las titilaciones ante lo pulverulento.

Balbucean los de espíritu precario y luego ambulan entre cuerdas de muñecos que riñen. La tiniebla se entorna en su asilo a riesgo de dispersarse. No se prorrogan las ruedas por falta de linaje.

Indecisiones al tresbolillo: elementos del despiezo. Señas que no penetran en la materia porque se deformaron bajo la presión de los trenos. A los títulos quizá los froten con crayones.

Ortodoxia de la inseguridad en el resistero sin instancia. Se tambalea el jacarandá y no se adorna con crines. No empiezan las músicas, pues su registro se extravió mientras ladraba la luna de cuarzo.

(Te veo, tití, encaramado sobre el hombro del mequetrefe. Sé que no piensas bajar de allí porque te sientes a gusto. Empero eres el titubeante de la manada que ya no descarga vocaciones).

 

Hallazgos

Todas las recompensas para el dueño de la avidez. Quien miente desabriga su mente y se agota sin creerlo. La comodidad se halla en el baúl de la inspiración, donde se revuelven entuertos y descifres.

Pan que se cuece en hamaca, al rescoldo del durmiente. Cada pista hala su obstáculo hasta la cortadura del mañana. Y si el fastidio aparece se sume en lo acre de su bombeo sin ventaja.

Se perciben las hipérboles merodeando en pos de su sustento. Parecen despojos de un exceso de saciedad. Ya sus maneras no son las de antaño, sino que ahora se afincan en lo absurdo.

Rapidez para pensar un mundo tras el halo de los cristales del endriago. ¿Cómo inventarse una disección en los límites de la piel? Encuentros y despejes comparten los golpes de dados y desfallecen.

Hallazgos en aquellas presencias de garabatos. Flejes de las superficies que agreden y se espesan. Soluciones para los paladares roídos por la efervescencia. Alguien opina y le halan la cabuya.

 

Tragicidades

En las casas de los perros que han muerto a trallazos, pantalones y chalecos ensucian las salas. Se descomponen las cocinas y se obturan los desagües. Y los grifos se dedican a cuartearse y gemir.

Dramas de lo negro entre personajes que se traicionan al ocultarse. Costos trajinados entre las piernas que no pudieron extenderse a tiempo. Familias rompiendo santos en los recitáculos.

Conflictos hambreados de solemnidad y desparpajo. Los pietistas se fueron a danzar a la campiña y no regresaron. Lo terrible acaeció cuando los cobardes se zurraron entre sí y perdieron todos.

Hundimientos de los cómicos encima de sus parlamentos de utilería. Arriba, en los tragaluces, los murciélagos engañan con sus dardos. Rigideces de los enfáticos con rinitis y narices de ostugo.

Con frecuencia, lo irremediable se potencia para ampliar su derrotero. La catástrofe no se clausura post scriptum. Del tremedal no se avanza sin cabriolas y sin turbarse. Después, abundancia de lodos.

 

Tabúes

Aprietan y no caen. Si cayeren, anduvieran en su clímax. Acordamos no mencionarlos; la prohibición amilana. (Dentro de los hilos, aires de lo irracional que las espadas no curan ni suavizan).

Yuxtaponen las supersticiones para acabar con los complots. ¿Cabremos en la suite donde se cuecen collages? Nuestros eufemismos se pertrechan y defienden nuestras creencias a priori.

Gustos de lo bueno para no ser sustituidos. Aunque sepamos reír que los dientes no sean de ambigüedad. No deben componerse aceros en los tobillos mientras los cestos rugen.

Ruegos sólo si están sujetos por cosas rotas. Valgan las costumbres en mengua y los barrenos al margen de las heces. Tampoco se vuelva a los rincones tacaños de aventuras.

Temas para el común de los prejuicios: no acudir a ellos en busca de ranas con estrellas. Del ogro, espantan sus sardinas; del revoltoso, espíale los tiros. Y así los mininos no armarán fiestas.

 

Amaines

Recogemos las velas y oscurece y la tempestad se apeñasca. El ámago, en la travesía, simula su síntoma. Los pozos del cortejo pretenden estancarse encima de los jabones del disgusto.

Se hablará del debilitamiento de la amnistía. Pero, ¿cuál amnistía? ¿La de odiado rostro que muestra cansancio? Las aspiraciones de la furia se recogen dentro de vasijas que deliran sin cesar.

Moderaciones para superar lo escindido: contradicción que conlleva la pugna o la emboscada. ¡Ojalá escampe con las dudanzas bajo el tejado! Adrede flaquean las alucinaciones de la bizarría.

Las amalgamas se ceban en montones y ni en un altar se aplacan. Los aflojamientos embarazan las fraguas, trozo a trozo, hagan lo que hagan. Mas la cresta que se empina prende y se deshonra.

Aliviando los simulacros poniendo por delante el retorno de la verticalidad. El apogeo entra en ebullición para rasar los capazos. Luego, con dispendio, se espacian los minutos de lo crónico.

Foco que eseidades despide, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales
Wilfredo Carrizales
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