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Arrastres en estación lluviosa

lunes 18 de julio de 2022

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
Arrastres en estación lluviosa, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

A

1

Se llevan las riadas los carruajes, los vagones y los pies descalzos. Rozan las desesperanzas contra el suelo; los vientos se marchan llenos de lodo, pero antes arrastran árboles en cuarentena y hojas del embrujamiento. Hacia sí los torbellinos absorben las escenas de los ajusticiados. Son impulsadas las fábulas que entran en conflicto con sus devastaciones. Los acaudalados acarrean sus bienes que se arrebujan sin arrecharse. Unos zopencos arrean y otros se humillan entre carestías.

2

Los hay quienes inducen a las abejas a marcharse de sus colmenas y luego ellos se hartan de miel. Los elocuentes atraen a las muchedumbres para que trabajen a su favor. Existen los que arrebatan crucetas y las incluyen en su mundo sin articulaciones. Rozan los complementos de las personas dispuestas a usar capas bajo las tormentas. Las colas de los monicacos barren las aceras para que no se ensucien los calzados de los putos locales. A remolque las viandas apenas llegan en buen estado.

3

Reptan los fanfarrones y sus aires son pedos de moscas. En los arrastraderos: colecciones de triunfos sin respaldos. Son arrasadas las casas de las orillas de ríos y quebradas y son expulsados muebles por los flancos, camas encanalladas, ollas de dilatadas aporreaduras, orinales con bagazos y condones usados. Las avenidas arramblan las ingenuas quietudes sin demorar en su cometido. De cuajo desaparecen los territorios del olvido y la condenación y las antiguas rancherías ocultas tras las malezas de la omisión.

4

Arrastrantes arrebatos para estudiar las ocurrencias del maldito poder que todo destruye. Atoar las promesas de no ser nunca mancos del cerebro, en conformidad con la necesaria vuelta de tuerca. Arracimarse primero los raquíticos para luego ser brutalmente barridos por los fusiles que sangran. Replegamientos de perros en busca de huesos del extasío y venenos en los alrededores. Amalgamas de vejeces destinadas al atropello en los depósitos de roñas y corvaduras.

5

Sirgos de los comestibles para los figurantes con excrementos sobre los labios. Arrastraculos debajo de las alas magníficas de zamuros y zopilotes. Penosas superficialidades de profesores rascados con trinquetes de flemas y erupciones. Arratonados espectáculos de nuevos ricos surgidos al rescoldo del babeo constante encima de purulentas nalgas del robo y del dolo. ¿Y en algún sitio se despeñarán los sapos que se arropan con arreboles arreglados por sus íntimos colaboradores?

6

Retumban las lluvias y su estación puja sabroso las impertinencias del desastre. Por las puertas pasan, raudas, barajas, lamentaciones y fichas de dominó y los guarapos quedan en candilejas. Taludes muertos que vuelven a resucitar y se convierten en revoltijos de patas y ropas que van a dar a las lagunas que son sus hervideros. Arrastradamente avanzan los ajetreos del hambre y detrás los siguen los bruscos que acometen riñas y roturan lomos con navajas del bullicio.

7

Se deja para el arrastre al encarrujado reacio de las jugadas del vicio. Se le desarticulan las caderas y se le quiebra el pecho. Luego ni se dice que existió represalia ni cosa semejante. Así el perdón vendrá sobre la punta de un asado y los temerosos se regodearán dentro de sus propias salivas. ¿Y no habrá un arriate donde se bendiga la salud, el bienestar de los alguaciles? ¡Bien pensado: todo es y sería una fruslera! Cualquiera se repentina de morado al modo de las zarandajas, con los dedos cogidos entre puertas sobradamente inconclusas. Así granizaría encima de las almas que se resuelven aciagas. En hallando la perdida fe, los adulones volarán, gemirán y estallarán.

8

Los arrayanes amurrados y acuosos devendrán en milagros de las alturas comunes, ésas que se pudren más allá de las rebatiñas. Y los huracanes eugenésicos frotarán los palos hasta volverlos colorados y predicantes. Y la consigna: ¡a la ruina sin pendencias! Hierve la ironía con la caída de todas las madres y las disculpas, al descuido echadas. De los zapateros jamás se encontrarán los calzados que aguardaban arreglos y los recién hechos flotarán sobre las blanduras llovidas. Al cruzarse los ahogados mostrarán sus habilidades para reconocerse entre sí y se robustecerán sus pálpitos mezclados. ¿Acaso todo eso no encaja con la dicha anunciada por los cielos en flagrancia?

9

Arrecian las artimañas sin azar ni ventura. Raigambres de las extrañezas volcadas bajo las polutas arenas y la contaminación no se desperdicia. Arranques de las armonías nunca sahumadas, pero sí suspendidas de las hostilidades tras bastidores. Mejor ocasión no habrá para que los abyectos prostituyan a las niñas de la desunión tramada. Revolcaderos para destruir cualquier hermanamiento: ardua pestilencia gozando de sus fueros. ¡Julios de las mayores congojas: sucesos de los estruendos sin secretos! ¡Que los consuelos ya no tienen propósitos, sino tropiezos en los martirios no conceptuados! Arrastrapiés de los arrapiezos arrancados de sus doctrinas suspirantes.

10

¡Y la gran devastación: aquelarre para igualar los atractivos o los maridajes en torno a los barros coadyuvantes! Sobrevienen los arríos de banderas anegadas y los artefactos abatidos por la brutalidad de las crecidas, de cuya certeza no se mitigaban avisos. ¿Y se arrimarán los desahuciados a las fogatas de un pretérito sin arrostrar? Los caminos con sus carnes afrentadas, ahora cuarteadas costras sin colorantes. Luego, impedimentos para que los gritos no desgarren y las víctimas halándose las gargantas desaforadas, penando en medio de saltos mustios, roncos, vencidos… ¿Cuántos arrancatubos en las arremetidas de los torrentes que codician desamparos?

 

Arrastres en estación lluviosa, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

B

1

Arrastres no son arrestos, sino disipaciones, dislocaduras, disoluciones. Los ciegos ven la última vorágine dando vueltas dentro de la masa de barro, hojarasca y piedras y piensan en renacuajos.

2

Arrebollarse de hormigas antes de los arrastres y arredro se les juntan los rezagados impulsos de las nubadas desde los farallones. ¿Habrá alguien que logre arremangarse los pantalones de mirto?

3

Braman los pantanos con las reses muertas y aun así unos seres emburujados se extasían con los sonidos de falsos arreboles. Y los rastros de reptiles humillados se pierden bajo el cansancio mojado.

4

Cuerdas y rastrillos propulsados por el arrebato de los vórtices. Celos de rayos y truenos sorprenden y emboscan a los sordos cereales que deben resignarse a la presencia de la inundación.

5

Son desarbolados los barcos en tierra y las mutaciones resultan bruscas y llenas de detritos. Ninguna embarcación arrecula: el arrastre posee un peso equivalente a un desperdigado precipicio.

6

Despabilan muy tarde los cazadores: las afluencias inusitadas del clamor de los fangos los barrenan y les hincan lanzas de residuos. Perdieron lo cobrado y cobraron la trampa que los inflamó.

7

Cascajos: ilusiones de monedas para los sobrevivientes y la vicisitud no se poda. Está el hecho colmando senderos y abras y de los despojos se hacen lengua todos.

8

Pezuñas que pueblan los arrasados sitios de la congoja. Gigantes escobas allegándose los barriales con el sofoco de sumideros. Torronteros destilando arcillas por doquier y las tiesuras abundan.

9

Lagartos vidriados en los campos con asas, copiándose ahurragados. Y el encuentro con los movimientos giratorios del aire los vuelven glomérulos en el teatro donde glosa la muerte.

10

Arrastres que debutaron sin debilitarse. Abatiduras de aves carroñeras que no zumban, sino que desaguan. Acrescentes derrubios hacia las zonas plenas donde las cornadas sucias son estragos.

Wilfredo Carrizales
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