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Desde la morada que atrás quedó

lunes 1 de agosto de 2022

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

Desde la morada que atrás quedó, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Estaba con el ojo avizor (quizá en busca de una coyuntura) y la ventana era mi atalaya. La noche traía el santo y seña y las asechanzas podían movilizarse abajo, en la avenida. Mis vecinos vivían según sus hábitos, con sus palabras hechas a jirones. (Diré que ni los recuerdo). Por fortuna, ellos se conducían de modo hermético, pero titubeaban cuando se topaban conmigo. Si el invierno comenzaba su labor temprano, todos nos enclaustrábamos: la mayoría a mirar la televisión; los otros, a leer. La hora de la cena podía suceder en cualquier momento y la liturgia del hambre se actualizaba sola. Se sentía un horror por los relojes y a la vista no se colocaban. A veces, aullaban de fastidio unos perros, porque los gatos estaban al margen de la ley doméstica. La temporada del humor me la reservaba para mí solo. A mi parecer, las histéricas se encamaban sin ilusiones. Sus maridos se entretenían enhebrando chapuzas. ¡Qué ocurrencias! Y los antojos fluían sin identificar.

 

2

Subido al color de los vinos fuertes, me daba mis mañas para que no me derribara. Echaba las cartas sobre la mesa y las escudriñaba con morbosidad. (Nunca se esparcieron en pedazos). Les ponía “casa” a cada una de ellas y allí hacían su teatro de futurología. Las paredes no constituían obstáculos para recibir los riesgos de las jugadas de improviso. (Dentro de su redonda pecera, nadaba, bandeándose, un gold fish astuto y amotinado). El nacimiento de nuevos fulgores era un acontecimiento muy raro, pero las bolas de naftalina, en el interior de los roperos, lo aprovechaban para brillar un tanto. Mis nervios propendían a facturar su propia energía, lo cual tendía a alejar lo funesto. No venían huéspedes, ni que los hubiere y el ayer era un néctar de forzoso agrado. La crisis había nacido de una manera accesoria, poco delicada. La nitidez de lo limpio no precisaba ninguna explicación. Mi nariz no negaba el sumo placer que sentía y mis cabellos oscuros se ennegrecían aun más.

 

3

Las cosas se apartaban de sus nombres para mejor trascender. Resultaba la mar de interesante. Durante la luna nueva, veía películas oportunamente adquiridas y me conservaba advertido hasta el FIN. Luego, desnudo por completo, agotaba a mis músculos y huesos en una demanda de gimnasia. Establecía con mis zapatos a la espera un acallamiento de voces. La ocasión sin reparos me obligaba a reducir el tiempo de los ejercicios. Entonces lograba un especial trago y me lo bebía tras la cortina. Después me daba una ducha por caridad y arbitraba los jabones y el champú. Con una guiñada al espejo concluían los chorros de agua dirigidos contra mi cuerpo antes inocente. Pensaba en la ninfómana de ciertas noches y en su ciclo menstrual anodino. Me dirigía a mi habitación todavía mojado y me relataba un inverosímil hecho hasta que empezaba a bostezar. Le dirigía una mirada de complicidad a la marmota del cuadro y me dejaba caer sobre la mullida cama hasta el día siguiente.

 

4

Le daba las manos a los brazos y obtenía un inquietante efecto para ser fotografiado. De un puntapié hacía rodar la pelota de los antecedentes y la seguía con la mirada hasta que se detenía ante la puerta de salida. La añoranza por una señora cedía su sitio a la alegría y al canto que refrescaba. (Los muertos dentro de los libros querían proporcionar consejos, pero les aconsejaba no hacerlo y mantenerse quietos). De las medicinas me desprendía con harta facilidad lanzándolas por el hueco del ascensor. Los niños me atacaban desde sus infancias encuartadas y entonces les consagraba muecas y burlas a granel. Por las ventanas que daban hacia la alameda se colaban ruidos de grúas y sirenas de ambulancias durante los momentos de paz y sosiego. En ocasiones había transeúntes que hablaban usando múltiples adverbios de un origen poco conocido. Más adelante también vislumbraba un puente recién construido, con frecuencia transitado por inverosímiles figuras.

 

5

Desde la morada que atrás quedó, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Solía ser atacado por la espalda: eran mosquitos con los ojos muy abiertos y las fauces dispuestas para devorarme. Mas a mano siempre tenía un gong, al cual golpeaba para aturdirlos y luego rematarlos. Boca arriba, tendido sobre la alfombra de la sala-comedor, recordaba las banderas de las marchas de antaño y se me erizaban los cabellos. Esperaba mucho para ponerme de pie y gozar de las prerrogativas de la soledad. Me hacía gracia verme así, pero era mi documental y no quería que acabara. Cuando el teléfono sonaba con dureza le colocaba una almohada encima para acallarlo y mi dinámica continuaba. Si el sol apretaba de firme, destellando sobre los cristales, lo alejaba con expresiones desagradables y él parecía tragarse las ofensas. De pronto, recordaba que dentro del refrigerador quedaba un rabo por desollar y lo sumergía en agua hirviente, sin pretensiones de lograr con él un plato en ideal armonía, dada su escasa gordura, difícil de tragar.

 

6

Si había tiempo de lluvia veía hacia afuera por intermedio de un diamante y adelante aparecía un balneario con estelas. Me sobraba agua para fregar, pero casi nunca la utilizaba y dejaba que las cosas fueran a su gusto. Cancelaba con antelación el servicio de aguas limpias y me hacía el remolón para pagar el de las aguas residuales, porque nunca entendí esa prestación. Aunque me guardaba de salir si había llovido —sobre todo de noche— en alguna que otra oportunidad me lanzaba hacia los jardines y las veredas a chapotear los charcos como un niño embelesado. (Al modo experimental trataba de encontrar dos gotas de agua iguales y mi fracaso era de aplastante contundencia). Luego me amansaba viendo fluir las corrientes que se revolvían en las alcantarillas, empero mis narices escotaban la consecuencia con un resfrío y estornudos de cuidado. De vuelta al apartamento calentaba brandi al baño de maría, lo bebía despacito y adiós conato de catarro.

 

7

Durante las tormentas me extasiaba contemplando los relámpagos, sentado en un sofá enfrentado al gran ventanal del cuarto de dormir. Leía textos que surgían de los fogonazos en el cielo y mi conciencia elucidaba sus significados. Al aclarar, me enfocaba en diversas cuestiones relativas a las hendiduras de la atmósfera y me reía al sentir astillas moviéndose dentro de mi pecho. La verdad de la indagación jamás se presentaba de manera tan manifiesta y un alboroto de buena salud acudía a cargarme de un ahorro de energía corporal. También los eclipses de luna me maravillaban con sus colores de cáscaras de huevos y sus despuntes de ramas rotas o arañazos de cortezas. Escuchaba las ausencias del ocultamiento del satélite entre espumantes cervezas frías que me regalaba la nevera en plena efervescencia. El hundimiento de las estrellas acontecía sin yo advertirlo y sólo permanecía la sensación de una fractura importante allende el universo inmediato.

 

8

Había fechas en que me ganaba la postración: de modo descarado me echaba encima de algún tapete arrancado de pared medianera y descendía hasta territorios lascivos donde podía eyacular entre bellezas emparejadas. Un elixir me humedecía, espontáneamente, los labios y me alzaba con intensidad. Sufría por el alejamiento de una amiga, a la cual creía irrecuperable. Sin embargo, no pretendía enfangarme en un atolladero de añoranzas… Más tarde se apoderaba de mí una pasión por la música y, de inmediato, me ponía a danzar, a dar vueltas como para llevarme un premio ficticio de manos ajenas. Ya no me repetía, sino que me apresuraba a colocar bajo mi dominio los giros experimentados. Se me empleaba bien lo enfático del apasionamiento por las artes a mi alcance. Desde una maceta me contemplaban flores en reparación y les prometía sacarlas a la intemperie para que se recuperaran. De ninguna manera el confinamiento tenía que circundarme a mí.

 

9

Algunas noches, cerca de las nueve, me venían antojos de hembra y telefoneaba a un salón de masajes para que me pusiera a tono una experta. Ella no tardaba en aparecer y en algo más de una hora mi cuerpo se dispensaba por fuera y por dentro, después de que mis fluidos emergieran dichosos. ¡La masajista no escatimaba sus esfuerzos y yo la recompensaba con plenitud! Antes de marcharse mondaba algunos melocotones e intercambiábamos chismes acerca de esposas desconsoladas… Amaba las épocas de los equívocos, porque me dotaban de figuras retóricas y de actos de todo tipo. ¡La ponderación solía perder el equilibrio y aportar un infortunio! Empero cualquier yerro era plenamente subsanado y corregido con fallebas. No confiaba en eso que llaman porvenir, mas tenía la ilusión de que en calendario ignoto se anotaría una herencia a mi nombre. Desde mi piso sexto se divisaban las esfumaciones de los amparos y me reconocía en esos estratos no herméticos.

 

10

Desde la morada que atrás quedó, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Ni las marionetas ni los títeres se las daban de listos. Nunca pretendieron haber inventado la polea vertical giratoria. Sus vidas maritales estaban marcadas por rezongos y gruñidos, pero la candela no subía a un nivel de alarma o peligrosidad. Sus manías no llamaban demasiado la atención, porque más se destacaban sus actuaciones que eran un muestrario de destacado arte. Los sábados sus caracterizaciones se ganaban ampliamente mis aplausos, ramos de rosas y viandas con adobos marinos. No les gustaba enmascararse y aborrecían la chapucería. El conjunto de mis cuidados para con ellos era el de un padre sin presunciones. Muy de mañana desayunábamos entre cánticos de feria, enfatizando la guerra a la mediocridad. Tenían una salud excepcional que no necesitaba de medicaciones. La memoria de cada uno de ellos se regeneraba por mutua indicación y sus fisonomías permanecían en las mismas condiciones inalterables para la felicidad en familia.

 

11

La exuberancia de las solturas me apaciguaba el volumen de mis facetas. Los idiomas me facilitaban sus créditos y yo les correspondía con buenas obras. Pugnaba, de modo constante, por reducir mis puntos flacos, aunque tuviera que emplear rígidos sistemas. Mi hecho de alma era materia para no embaucarse. Me daba prisa por criar sueños que fueran factibles y que no se interpretaran como milagros. ¿Que se hacía tarde y había que apurarse? ¡Quia! El “estilo” debía ser cortado en manojos y componérselas con vivacidad. Si faltaban libros se recibían sabrosas tortas y el techo no se desplomaba. Fue necesario que adquiriera un sillón para la lectura y lo instalé en mi rincón favorito: allí las golondrinas colgaban sus nidos en primavera y las felicitaba por ello. Cuando emprendía con febrilidad una traducción difícil del chino clásico, ellas evitaban sus chillidos para no importunarme. ¡Era nuestra complicidad una fiesta sin solemnidad ni arruinada de antemano!

 

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Al dar pasos hacia atrás verificaba antes la ubicación de los escalones. De ningún modo hacía lo que no debía hacerse. Pasaba de un caso a otro o de un tema dado a uno sin conexión con el primero. Me admitía para transcurrir alejado de las imitaciones, pero no me abstenía de recibir influencias si las consideraba meritorias. En silencio, hojeaba y hojeaba revistas de grandes maestros de la innovación y con ellos compartía inigualables momentos. De continuo me imaginaba de centinela en una puerta en pendiente, mas pronto perdía el aliento y regresaba a lo que permutara construyéndose y que me condujera a un período de compensación atemporal. A veces, al buen tuntún, personificaba a un individuo perspicaz a quien le faltó poco para exagerar. A los pies de la cama solía colocar piedras de chispa para que fucilaran sin ruido en previsión de molestosas pesadillas mías. Mi cobija quedaba machacada y aburrida, pero no se teñía ni de verdades ni de mentiras.

 

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Vivía con sencillez en mi condición de no simulador. Acaso la franqueza me colocó bajo la influencia de la astrología. No iba descaminado al escribir acerca de los rumbos desnudos de los objetos. Aunque no me acostaba temprano, usualmente no me sentía agotado y de esta manera podía usufructuar la validez de la imaginación. En el verano acudían oleadas de vaguedades, a las cuales conjuraba con formas femeninas que se contorsionaban libres y cribadas. La vacuidad se interrumpía al lanzarle yo mis miradas perdidas dentro de una maleta. El insomnio me daba tundas de vez en cuando, sobre todo en vísperas de acercarse los enlaces de terciopelo, pues barruntaba ponzoñas en busca de venganzas. En lugar expuesto a los rayos solares versificaba sobre gusanillos y áncoras y luego me entregaba al desalojo de las carcomas. Si me ocurría pelearme conmigo mismo hacía las paces con un vermut y le echaba cerrojo a la puerta. Nada quedaba pendiente de un hilo.

 

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En verdad, no me parecía a mis vecinos, aunque una periodista rusa que vivía al lado, en algunas memorables ocasiones, tocaba a mi puerta y se aparecía con una botella de vodka, a la cual despachábamos en copas pequeñas, escuchando a Rachmaninov y acariciándonos sobre el sofá. ¡Nos entendíamos en inglés y perdí la oportunidad de aprender el idioma ruso con ella! – Una bóveda, con toda verosimilitud, platinaba sus aristas en un rincón encorvado y entonces me cargaba de espaldas y, punto por punto, me ganaba un claustro donde alguien querido se comprendiera y, de paso, me entendiera en correspondencia. Sus ustedes y yo nos conocíamos en el empleo de cortesías vulnerables y también había que remarcar las videncias. No obstante, me negaba a aceptar la servidumbre de luces y los números no fiables y no anhelaba propasarme, pero el cero absoluto caía por ahí y empezaba su franqueza digerible y yo apenas mostrando interés por la televisión.

 

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Desde la morada que atrás quedó, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

En circunstancias de aclamación surgían rostros amparados por sombras instaladas de prisa. Eran semblantes severos o expectantes o sorprendidos; ¿descubiertos para cambiarme? ¡Lo dudo! Los colores de esas caras variaban y sus expresiones, también. Jamás averigüé si eran buenas o malas faces. Sólo me limitaba a recibirlas y hacerles grata la estadía. Frente a mí, sus posibles bellezas no me concernían y, por lo visto, a ellas eso no les afectaba en nada. Quizá picaban muy alto y tuvieran ambiciosas intenciones que yo desconocía. ¿Aspiraban a dirigir mis esfuerzos hacia alusiones no deseadas? Tal vez. Mas mis ojos no pretendieron enfocar su puntería, sino evidenciar que las contradicciones podían o no apretar las clavijas. Si me animaba mucho las aclamaba y si no, las obviaba con prudencia. Visualmente ellas eran soportables y yo no las vituperaba con críticas. Al ausentarme para mudar de camisa y regresar, ellas habían optado por marcharse sin escarceos.

Wilfredo Carrizales
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