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Objetos de mis deseos

lunes 22 de agosto de 2022

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

Objetos de mis deseos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La canasta me contiene y la cuelgo para que arroje sus verdades. Ella es un caso de trabajo sin compañía. Los puntos de los metales la empujan con éxito y ella experimenta satisfacciones sin límite. Contra todo pronóstico, la canasta se llena de pelotas y también de naranjas que valen lo que cuesta un cedazo. Ella va de compras al mercado y la presión la torna ahíta de vida y nombradía.

 

2

La cama frecuenta sus cuatro patas y duerme alejada de las sillas. Le gusta desayunar muy de mañana para después no sentirse exhausta. Su tiempo aporta hospitalidad a quien la requiera y ella se esmera en atenciones y hasta suministra periódicos para ponerse al día. No admite niños pequeños durmiendo sobre ella por temor a que la orinen y el hedor persista por siempre.

 

3

La bicicleta se dobla si yo la miro con fijeza. Ella tiene su ciclo como el de las mujeres y sus apuros y sus trastornos de carácter. Acorta los pedales para disminuir la velocidad y además ser más ligera para guardar la forma. La fiebre no bloquea su entusiasmo por recorrer la ciudad y ese ejercicio embiste con reflejos de corta duración, pero que dinamizan todas sus piezas.

 

4

La hoja me puede cortar o trocear y no le quito razón. También me puede apuñalear o hacerme sentir el temple de una espada. Prefiero imaginármela deslizándose sobre un lago congelado, mientras un dron vigila sus movimientos. Desde un remo me anuncia la proximidad de la orilla cubierta por hierbas que luego yo deshojo, mientras rielan unos destellos emanados de sardinas.

 

5

Las botellas de licor me magnifican y si son de vino, me avengo mejor a ellas y lo mismo digo si son de cerveza. Las tapas y los corchos pronto se pierden de mis manos y van a dar a un banco de recuerdos. Como aquí no hay botellas de leche, recurro a la memoria para beberme el líquido blanco que las mamas me otorgan para que me decante segregado y oloroso a caseína.

 

6

Los arcos y las cajas me reportan tiros y ocultaciones. Y en el violín, el arco fluye ora con curvas, ora con suaves rectas que recuerdan a flechas viajando en el espacio. Y dentro de las cajas se encuentran mis señales para la telepatía y minúsculas obras de teatro y torres para subir sin escaleras y cartones que derivan después en cartas. Arcos y cajas plantados juntos e interactuando.

 

7

Panes, tortas, pudines, galletas y la boca saborea sin interrupción. Y el pan se alarga y me lo como y si gira, lo pico en pedazos y le doy destino en mesa expectante. Y los pudines atraen a las galletas y las parten y les regalan las cremas. Y las tortas se cruzan entre sí y aparecen uvas pasas y mermeladas y frutas confitadas hablando en varios idiomas extranjeros.

 

8

Los puentes me dejan en suspensión, biselando mis angustias. En ocasiones, prefiero más a los parapetos: con ellos puedo hamacarme de espaldas y canturrear hasta el nivel de los viaductos. (Mi ropa me abriga con tejidos de moda). Desde el puente de mi nariz veo descender las notas musicales emitidas por instrumentos acordes con el espacio breve y mis anteojos se las apañan y se asean.

 

9

Los cepillos poseen una parentela que, de modo usual, no ignoran cómo aguardar para ejercer sus oficios y así se aparecen los pinceles trazando líneas, derramando colores, procurando hacer la aparición de figuras. Y las escobas removiendo el polvo de las celebraciones infinitas, sin parar mientes a las intromisiones de las cucarachas. Y el cepillo de dientes se ríe y no discrepa.

 

10

Objetos de mis deseos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Los relojes me dan la hora sobre la mano, desde la pared, desde el estante… Ellos de la analogía pasaron a lo digital y el tiempo se pervirtió. Ahora, por ejemplo, las nueve de la noche llega más rápido y las nueve de la mañana se atrasa varios minutos. Empero el trabajo de los relojes no ha logrado desplazar el canto de los gallos, aunque éstos estén metidos dentro de jaulas de cristal.

 

11

Los libros combinan, ante mis ojos, formas, momentos, historias y elucubraciones. Con los adjetivos incrementan las potencialidades de los nombres, a costa de abusos. Mas los libros me hacen arribar al pasado que desafía o al futuro absorto en silencio. Y no se afanan por distanciarme de la lectura y logran agitarme con sucesos oscuros a plena luz del día. Ellos suelen ser generosos y exigentes.

 

12

Las ollas sucediendo con el caldo de pollo y papas entre el comienzo y el fin de la película que emanaba aromas. Las sartenes percibiendo la complicidad de los huevos fritos: cíclopes con el ojo amarillo. Y el mutuo reconocimiento de la importancia de ambos utensilios en incluir la imaginación sin medida y la preferencia para deleitar los paladares y continuar sorprendiendo.

 

13

Los cubos particularizando las abstinencias y las pasiones que cualifican y blanqueando lo excéntrico de las prescripciones anuales. Cubos en la economía de los centímetros, en las fronteras de los sofás sometidos por la melancolía. Cubos en los tamaños diversos de la solidez y retirando los pavores causados por lo vano. Cubos explayándose encima de las gomas de la tecnología vulgar.

 

14

Las puertas por donde pasar quisiera con total informalidad y luego revolverlas hasta que se transformen en trampas sobre el piso. Puertas plegables de acuerdo a los impulsos de las brisas clandestinas. Puertas que se corren por nada, incursas en trastornos letales, mientras cubren las apariencias. Puertas para prevenir los mordiscos de asesinos minúsculos que reptan.

 

15

Los bordes de las cosas irradian sus efectos. El borde de los vasos rima con abrazos y el de las tazas se ensucia con sólo ponerle los labios. El de los anteojos glasea para traspasar la oscuridad de las tapicerías. El de los muros se asimila a las vías y las rodea para reforzarles la hechura. El de los cuadros se educa para soportar las rasgaduras y el de los jardines se guarda de transgresiones.

 

16

Los tenedores me arrebatan porque atraen los rayos y éstos me iluminan varias noches seguidas. Los rastrillos me allegan las hojarascas que son fortalezas sobre el suelo seco. Ante un buen filete de carne mi tenedor favorito se encarga de la cúspide de mi voracidad, mientras se ríe a diente pelado. Y las horquillas me sujetan a su índole de hierro y evitan que me mueva en demasía.

 

17

Los sombreros y las gorras aunque se odian deben servir a la misma cabeza. Fedora me regaló un sombrero stetson y su anchura me permitía pasear bajo el sol más inclemente. Con mi gorra de ala volaba al lugar que se me antojara, con seguridad y rumbo cierto. Una vez usé un sombrero flexible e iba de banda a banda de las calles muy sonreído para que se me considerara un ágil optimista.

 

18

Las criaturas imaginarias siguen poblando mis sueños nocturnos y también los diurnos. Una sirena de larga cabellera y exuberantes senos se desliza por las ondas de mi cubrecama y me deja oloroso a mar y pescados. La torva segadora se aparece con su guadaña y su negra capa y me asusta hasta hacerme brincar. Los trasgos y los fantasmas se sientan sobre mi almohada y ululan para divertirme.

 

19

Los zapatos se acomodan a mis talones y luego les sacan la lengua y bostezan con exasperación de robo. Suelen correr para entrenarse y mostrarse así embutidos dentro del aire. Pulsan sus arterias a hurtadillas e introducen sus puntas en los agujeros de las aceras. Tienen unos estilos muy particulares para desatarse los cordones y luego escabullirse por entre zanjas y resquicios.

 

20

Objetos de mis deseos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Los cuchillos me amenazan con buen temple desde el acero inoxidable, pero me forjo a tiempo para resistir los posibles embates. Ellos creen conocerlo todo acerca de manejos y disuasiones. Mas ignoran que he sido fundado en un cuerpo que tuerce los metales. Para su disgusto, las heridas que podrían causarme dejarían de existir en pocos minutos y ellos se verían arruinados, herrumbrosos.

Wilfredo Carrizales
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