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Aquí, madera: su conjunto, su entrega

lunes 5 de septiembre de 2022

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
Aquí, madera: su conjunto, su entrega, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

1

Desde el color me conduzco a la fibra. Debajo de la corteza me articulo y me arbolo. Me considero en construcción, con el material que me labra y actúo tras la sustancia que se transforma en cascos. Resulta mi disposición embutida en la naturalidad. Puedo —valiéndome de mi aptitud— profesar el paso del viento hasta convertirlo en resonancia que perdure. Y si semejo un animal echado, ocurro con el aire del albur y facilito la calidad que se opone a lo quebradizo.

Me interesan las escuadras desprendidas de troncos y los rollos escapados de las sierras. A media mañana, me ensamblo con metales de todos los grosores y desvirtúo los maleficios que puedan emboscarse. Mi presencia es palabra que resuena con equivalencias simbólicas. Me menciono y me toco y palpo las consecuencias de la textura. Significo más allá del lignito, aun más allá de lo resinoso y formo una almadía que juegue con los entramados, que se aplique a su carpintería.

Mi destino depende de la dureza que clasifica. Me ablando entre conjugaciones de balsas, pero voy tumbando coloraturas por todas las riberas. Y las ceibas me ofrecen sus alas de saudades y los pinos no me esquivan y, acaso, abrirán sus agujas de aprietos y mañas. Sigo morando o conviviendo entre actos negros caldeados por el frenesí de los estíos. Aves duchas me festejan con cañas y no les pongo freno, aunque haya rocas presentes, pues así, colmo un paraíso de alacranes y grafías.

Viro hacia donde provengan santos de los palos y robledales con urdimbres de guacamayos. Me revisto de colmenas y floto luego sobre sus postales y llego hasta convertirme en juguete dormido encima de poste en alza. Me lanzo, cuando lo requiero, en busca de un veteado para mi espalda y alcanzo a remar dentro de la atmósfera de virutas y serrín. Aprovecho mi carácter para guarecerme bajo los amarillos de los limbos o los pardos acriollados que se deslizan jacarandosos.

El incienso me caldea y suele tornarme rojiza y en tal casualidad me agacho e intensifico mis enunciados. Algo robo de los raudales y entonces me enchapo y compenso los pedazos de vida que se me escapan. Corto mis pasos a la medida y no me saturo de polvo guillotinado y si he de inclinarme adecuo mis extremidades. Me obligo a rotar las lijas y evito a tiempo desgarraduras. Un movimiento justo me coloca de intermediaria y sobrepasando el nivel del suelo auxilio a los diseños.

Le huyo a la imagen del carbón y a su olor de nadería. No me arrimo demasiado a la chimenea, aunque la ayude en el encendido. Advierto con antelación la amenaza de troneras y hurto mi cuerpo para trabajarlo con mejor memoria. Ante la palabra destrozaje me armo y fortifico y permanezco impávida con una frialdad señera. Mis transportes ocurren durante la vigilia y en arrebato de vetas y nudos alcanzo una propuesta esculpida. Esa forma me complementa y no se desgaja.

Poseo dedos de longitud imaginaria y con ellos toco las rajaduras que me acometen calladas. Mis defectos son festines para las polillas, pero en compensación me nutren de estrellas. A la carcoma le genero colapsos de ceguera y después propugno su muerte dentro de encementados bolsillos. Pertenezco a los perfiles que reinan subyugando al taladro, mientras mis manchas trepan a lo ancho avasallando figuras combadas. Ya no sangro: soy elasticidad al instante.

 

Aquí, madera: su conjunto, su entrega, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

2

No quiero proveer de leña que tenga en los ijares. Prefiero mil veces cubrir de bosques los desiertos en expansión. Los cánticos de las selvas y los montes me envuelven al comienzo de los crepúsculos sin plazos. No hostigo a los barriles, pues ellos son los acompañantes de los descensos en giros. Fuera de los peligros me ubico, a considerable distancia de hogueras y fogatas. Tallo mis astillas para que sirvan de monedas en el comercio más confuso. ¿Y acaso el ebanista no es mi cuñado?

Existo también entre rajaduras que no expían. En los desmoches de los arcabucos puedo aparecer de improviso y aplanar los temores. Los xilófagos me amenazan de continuo, mas los leñeros los expulsan con sus hachas en movimiento. Los infantes no sobrepasan mis líneas porque se les quemarían las piernas. Y mis llaves, parecidas a timones, se entintan mientras flotan en las miasmas que no derivan. Y mi albura de extrañeza se abre camino por entre las fatigas de los contornos.

Con la escala de mi dureza trepo a los tejados y luego boyo para percibir verdascas en las lejanías. Menudos alcoholes se me adhieren y me propulsan hacia un ámbito de hormigas en lucha. Todo lo aguanto y cuando desciendo, grabo sombras que no oscilan. Acepto nidos a conveniencia, siempre que no sean de pájaros carpinteros. Y las cochinillas me aturden con sus permanentes susurros y la humedad corrompe mi espíritu. Entonces, opto por apilarme y privilegiar mis aniversarios.

No tolero fumadores a mi lado: detesto el humo y su grosero hedor. De la gimnasia gano zuecos; de los vahos, bálsamos para el disfrute. ¡Y pensar que con cucharas de palo me alimento! Me fascina un banderín tremolando encima de un asta de venado y los ripios movidos por las tempestades. Me aparto de lo anegadizo empinando mis lunares de oscurana. Todos son claves para jaspearme y construirme un oquedal. ¡Ah, de la armadura como caja de resonancias en un mediodía que abraza!

Oigo decir: “Toco madera” y me extremo con brusquedad. Nada bueno se espera de tal enunciado. Esa superstición no instrumenta mis acordes. Me revisto de válvulas y arranco sonoridades que se pueden beber. Nunca hubo una cama de rosas con patas de resaca, pero yo siempre busqué no renquear y reparar en los medios a mi alcance. Unos leños quisieron ser mis compinches, empero acabaron inmersos en brutalidad. Al sereno, los nódulos no me nombran así nomás.

Recojo sueños del suelo, en trozos, a pedazos no familiares. Con regularidad, comienzo y finalizo en un mueble y me compensa la lentitud de la moción. También en una lancha legitimo mi derecho a arder sin ardimiento. Elaboro mi isla con porciones abarcantes, pero sensibles a la relatividad de la luz y la somnolencia. Nunca falta la oportunidad de cubrirme con madejas agrestes procedentes de arenales y orvallos. Y mi madre debió surgir de la naciente de un río colmada de cortezas pálidas.

¿Adónde fueron mis antiguas esencias, mis consabidos habitáculos? Antes fui muy alta y transitaba por la región de las cortinas de nubes. Después la polvareda significó mi cerrazón. Sí era posible la voluptuosidad para mí y la morfología más sutil. Ahora poco me agito por temor a encenderme y sucumbir. Odio lo yermo, lo destrozado, desde el origen de mi causa. Las heridas han sido un préstamo del tiempo arrojadizo. Al morir me retorceré en una sola pieza textual.

Intencionados huesos me fueron placenteros. Aunque no he sido undívaga, he fluctuado dentro de cabañas que apresuraban consuelos. Una imagen revolotea en mi magín: una veleta girando sobre una ventana y la albura buscando sus travesaños para tornearlos. Y encima de una vigueta algo sudaba para confortar mi ardor. Luego no hubo derribos ni hileras en estampidas. Sólo en mi marco encontraba la contingencia que, de modo temprano, me madrugaría en el arte de serruchar.

 

Aquí, madera: su conjunto, su entrega, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

3

Todo no me apareja: la diversidad de los destellos se materializan en mi interior y en el exterior sólo queda una opacidad madura. Mas dándome vuelta, acabo en un corte de lisura. Luego puedo cubrirme con pulpejos de frutas y oler a alusiones magras. Halláranme entre madrigales los maestros de las doctrinas parejas y yo referida a la industria que me informa. Hay ocasión de descubrir mi oportunidad de cercar los años y convertirlos en estilizaciones de lirios o en celosías con alturas de escamas.

De modo culto me voy construyendo, a pesar del pus que intenta obstaculizarme. Quisiera madroños sobre mi piel cambiante para ver qué harán al emparentarse conmigo. No existe la materialidad si no la atraigo con mi magnetismo de matriz vegetal. De donde me desmayo de improviso, surge una noticia de penca o una orla apacentada. En momentos, pendo para sacar los tironeos y convertirlos en faenas que no le huyan al desahogo ni a las pujanzas.

Provengo de maderos previamente cruzados en los anocheceres de la vagancia. Se entronca mi destino con la costumbre de mostrarse sentando entrecielos. Las traviesas y los postes florecen para mí, con sus coloraturas ensiformes. Ecos lejanos me traen las habilidades de los estemples, ascendientes míos en los apoyos de encajamientos. Jamás me dispuse en hábito cerril y siempre me acomodé a la despierta sagacidad. Por ello, mi vientre es el principio y conclusión de lo finito.

En otras van rengos los fustes, en mí no. Tampoco me atoro en bosquecillos por mucho que atruenen las raíces. De un leñoso arrastre extraigo entarimados para el paso de Capricornio. A la gangrena la hago trepar en caballetes y allí que alcance a su lumbre de camaleón. Por mi parte, halo a mis caries hasta que sueltan sus molestas letanías. Y la brisa me aporta una musicalidad para rejuvenecer alcántaras y tarugos de los cinamomos.

De dobleces no vivo: mi corazón no es de cabrito. No me enciego con los carbones: sus picos son demasiado viciosos. Encuentro cabrias de mi especialidad dentro de tinacos y les cincelo sus imperfecciones. Admito que antes hube estarcido estaquillas para que aseguraran las pirámides menos tiesas. Sobre burbujas de aceite me desplazaba de un confín al siguiente y el reguero de destellos era una maravilla de colección. ¿Adónde habrá trashumado el tuero que se izaba?

Una galocha me amadrinó en tiempos de nieve y ambas resultábamos lindas estampas. Tuve también un cobertizo acuñado de astillas junto a amplios mogotes. Las zuritas del alquitrán arrostraban sus zureos pegajosos y negruzcos, mientras yo existía en una senda descosida. Mi cara de ochavo empalidecía, aleñada, pero la apaleaba para que ganara aliento. De este modo, me frisaba y lograba una oratoria de saúco y relativo homenaje a mí misma.

Entre candeladas me fortalecí y llegué a convertirme en corral o cuna. Tras las bardas oteaba las pulpas que hubieran podido constituirme. Me añoro de bauza y evoco los tacos y los garruchos de otrora. Muchas samantas anhelaron atraerme a sus regazos, mas mi libertad pertenecía a la extensión no mensurada. Cuando reabrí mis relaciones con los abejorros se desmontaron las insidias y los avugueros, desde sus diámetros en lontananza, pesaron sus redondeces en señal de asentimiento.

Wilfredo Carrizales
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