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Ni cariotipos ni carismas

lunes 26 de septiembre de 2022

Textos y ensamblaje-collage: Wilfredo Carrizales
Ni cariotipos ni carismas, por Wilfredo Carrizales
Ensamblaje-collage: Wilfredo Carrizales

1

Era un tiempo sin atardecer y el calendario gemía agazapado o ¿agusanado? Las bornitas sufrían sin daño después de haber sido atraídas a la trampa. (Alguien blanqueaba la agresión y mucha carne mataba). Ya las conchas procedían con las empalizadas alrededor de sus inventos de oficio.

 

2

No más causías y el lino fue vencido. Las llaves se curaban recordando guijarros. De las chovas, sus reflejos de oscurana; de las cifelas, las jorobas hacia el tejado. Clareaba con la cizaña descortés y en mi asiento un griterío transparentaba sus tejidos. Entre el codo y mi mano se dilataba un herbario.

 

3

Por ese medio no llegaban yuyos. A veces, los conos confesaban sus mareos, mientras la segunda clave circulaba. El meridiano declinaba en medio del vicio y necesitábamos tantas espaldas. Y las monedas emanaban un sueldo incrustado con total disimulo. Entonces la maleza entorpecía.

 

4

Junto a los cascotes, un aroma de té y sahúmos pronto disipados. (No valía la pena recordar el ambulacro). La cera echaba brotes hasta arrastrar los derechos del rocío. Ni un atrio hubiera dado tanto silencio y la ausencia de pájaros llenaba las ollas de la insolencia.

 

5

Hollejos retribuidos. Los bacilos bailaban al son de las vías de la diana. En las mitades de los huecos, gangas, jazmines y cartas breves. Mas algo bramaba con celo de pimienta. Cabían calcetines y nadie tiraba de ellos. Y la seda se bastaba con un tojo al extremo y un capullo desecado con cal.

 

6

Fontículo tras el moco y ambos forjan un entramado. La grasa se engrifa para ser hierática y el guante queda entumecido, cerrado a su valor. Lo escueto equivale a una nuez que no endulza el gañote. Luego se altera la nada, aditiva y de consuno, y el chasco coloca su oferta.

 

7

Hilos encolerizados, a la medida de los clavos postreros. Se necesita lo repentino para que moren las cintas y para que reboten los mazos. Con pasión se ase el engrudo hasta que salte y pegue y poco se pierda. ¿Aparecerá también la cárcola y su premisa de sueño anunciando autoridad?

 

8

Se raspan las espigas y se contiene el algodón. Los rejos no vindican ante el calor del rubial. Más secretos y más cerraduras y una disputa de sequía. A sorbos surge la estratagema y no se sortean los elementos. La taba se atraca entre líneas de lo negro y la pipa se pliega al calor de la nariz.

 

9

Residió el postigo siguiendo el alumbramiento. Tal ventura: un temor en andas. Un adarme de cordura para quien quisiera los despojos. Llora el arrimado a la quilla sin balanceo. Antes la predilección causaba reflujos y, aun así, los particulares se refocilaban con saldos y pininos.

 

10

Suben al embojo los concesivos. Reptan con el polluelo adentro dando tumbos. De punta y pelo se visualiza el erial y las pulsaciones sueltan sus ecos. Toman las golondrinas las barritas que refulgen y se les abre la piel hasta ser un reguero de avispas. ¿Qué tintura les aportó simpatía?

 

11

Vocales en el closet: cimientos para zapatear. Cada obstinación encuentra su mueble y arruga los relentes. Estrechez de los toques primeros y el santo y seña retrasa su edición. Oscila la orza y se osifica con la calígine que la anuncia. Y un martillo silba al espantar las moscas del indicio.

 

12

Corbatas y minucias tras instrumentos de cuerda. Luxaciones de cortinas en la despedida del mechero. Al son del vicio, trompadas y trompetazos. Y se enredan las bravuras entre el número de cabezones. Al fin, la llamada del lazo corta los infartos y se cubren los lomos con pez.

 

13

Cada género se carcome desde la vaina a la vasija. La señal se junta al pezón y acometen cómplices. (Alguien surcaba el silencio que raía y fuego y obraje se borraban). Pues, ¿a qué pujar o dudar? Si lo que se aupaba no era enjundia, sino insinuación de fustes con los frutos caídos.

 

14

Acitaras para entristecer a los rientes expuestos. Hasta otro rato y se activa lo rayado. En su puesto, el cazo de los lloros o el frasco que se agita. (Calla el gallo y su ojo se pierde). ¡Fíjate! Y el odio poniendo su cuarzo y lo machaca y lo machaca con impertinencia de temporada mísera.

 

15

Se le nombra de modo usual y no es caricia que aturde. Tampoco neuma ni afasia. La negra luz aporta indicios, pero mucho ronronean… Me apuro en capturar irisaciones para insertármelas en las pupilas, aunque fuera el rey de los aspectos de las puertas y éstos batieran sobre ampos de lana.

 

16

Ya no hay cerdas en las manos: sólo intrigas y haz de complementos. Medran las médulas para negarse después. Y, ¿vivirá el que lo sabía? Enfados en círculo y el vientre hediendo a vaca muerta. Desde su origen se percibe el motivo de los ceros y en el paladar se palia una ráfaga de carbón.

 

17

Haces en orfandad, sucesivamente vapuleados por fulminantes y por rizos. El abanico no llegó a la hora de comulgar y entonces brotaron aliños de lejana acepción. (Me molestó la sal abandonando mi correa y la insipidez posterior me dejó sin mesura, cazando intervalos para no descender).

 

18

Ilinio que se deduce por su penumbra, por lo basto de su ensanche. Un cieno viste a los estorbos menores con las ataduras más contumaces. Entretanto las erupciones no hacen mella sobre el pliego de las signaturas. Lo espurcísimo insiste con una rutina que se incrusta de refilón.

 

19

A semejanza de jabeques, unos labios se coagulan para sorprender a los vocablos despegados. A pausas, se forma una lagartija de ámbar, propensa al lacrimeo sin estética. Ella se aplica a su propia tristeza y moja mi yelmo de reserva e inserta su orín en mis sortijas que blando en las oquedades.

 

20

Fibras consistiendo fiebres y las huélligas no se fichan. Tampoco se contabilizan los ornamentos y se dejan deteriorar entre barbechos del ocaso. Los hitos comienzan a roerse de modo recíproco y sostienen su contienda hasta que las luces se abulten y distraigan los caracteres de las marchas.

 

21

Las cognaciones han sido deslindadas casi al borde de lo petrificado. Los corimbos inadvertidos penetran en mi posibilidad de cambio y les ofrezco un estuche plagado de accidentes. Aun sin atributos, me obtengo del bocado ya suelto del árbol de pan. Y luego deifico una libación.

 

22

Fluctúa mi floema exterior, adosado a una gorguera del suelo. Fiel a las fibras con empuje, domino a los alcotones superando sus fingimientos. Siso los gallardetes en vuelo tardío y los testo al contertulio sin nombre. (Un sietecueros se divierte y pringa todas las horas de ocio).

 

23

Por el matiz de los cordeles deduzco la ceremonia de donde proceden. Un mes era un asunto excluido, pero su bullicio se tornaba comestible. Y lo aciago no me era referido para evitarme la náusea. De modo concurrente, se anotaba un trémolo que más tarde yo trepaba y podaba.

 

24

Otros usos para diferentes nervios y franjas costeando su altura. Alguna semilla se instalaría con su pasible abundancia, mientras los guiones se peinaban sus cortas pautas. Mi correntía apaciguando las mantas, otrora amparos de la huerta pudibunda. Y mis zuros anhelando ser góticas columbinas.

 

25

Ésos de allí han sido mis desgarros, los que lucían antes en racimos y ahora se extienden subyugados. Resolano, soportaba yo la dicha ineficaz, a disgusto. Respiraba y sobajeaba los sarmientos de papel y sobre ellos me ejercitaba en los estigmas de mi personal teofanía.

Wilfredo Carrizales
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