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A cuerda

lunes 31 de octubre de 2022

Textos y fotografía: Wilfredo Carrizales
A cuerda, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

1

No sólo me aplico en líneas de la rectitud. También acuerdo hacer cosas signadas por curvas y por espirales. Resulta difícil de templar la música de mi instrumento cordial, pero la disonancia no marca falsedad. En los ejercicios no me aflojo y siseo con los ligamentos que me proporciona la laringe. Cedo algo de mi severidad si disminuyen los menoscabos y avanzan las tarrajas.

 

2

En general, me reparto dentro del conjunto de hilos y fibras y me retuerzo para sujetarme a la anécdota. Cada vibración pulsa una textura en las tripas: procedimiento con la intención de exacerbar los acordes atiplados. Orquesto unos sonidos de engalladura contra el hastío y no aguardo la elegancia de los aires. Me mido, con tenacidad, buscando el sustituto de mí mismo.

 

3

Fuego que no prende en los cordones; estrato cimero en la bóveda que se arranca. Voy apoyándome y cubriendo los maderos y los puntales. (Ignoro si mi talla sobresale por debajo del arco con pelusas). Conllevo cadenas al margen de las mañanas sin faldas y, de esta guisa, me apreso y logro sagitas. Tenso, equivalgo a unas varas que no sirven ni para medir lo antiguo.

 

4

El cáñamo fundamental me refiere a la salida que compromete. La soprano me coloca en la diferencia de su canto y debo entonces emular a la farola del teatro. Los relojes se arrollan y duran dando la hora más regular. Siempre parto los bramantes antes de perder la sensatez y distiendo los pellejos a la luz de los recintos. ¿Y las cintas se hunden en su empleo de abundancia y tristura?

 

5

Aquelladas betas en la reticencia de las ataduras. La apraxia me confirma en mi pulso. Bastantes encierros fueron suficientes para conducirme a tal estado. Ahora deberé encabuyarme los músculos y celebrar el acomodo a la prueba del crisol. (Una de mis glándulas quiso ser funicular y terminó deslastrada en el graderío). Más pronto se tendieron los empalmes y ¡garrote con ellos!

 

6

Se hablaba de ronzales y de reatas, pero los libros nada recogieron de eso. ¿Afanes con celos eslabonaron los motivos del “olvido”? De insólitas cabezas colgaron criznejas y, mensualmente, arrastraban por los suelos y les nacían pizcas de colodras. (Nunca fui de los justos y lo exclamé liado a los cabos de los palomares). Cierta varilla se apretó al remate de mi calzado y ahí le di contienda.

 

7

Porque no me satisfacían los estrobos, los arrojé por la borda, aunque la lancha se empinó peligrosamente. Uno debe ser testigo de sus propias acciones y acordelarlas a conciencia para que no se zafen y se desvirtúen. A veces los sujetos les zumban a los objetos y luego ninguno se apea donde hay que hacerlo. Las consecuencias huyeran si las lajas no lo impidieran.

 

8

Un émbolo movido por una huasca y nuestros pliegues, detrás, consistiéndose en lo arduo. Cinco sentidos y un seso (o al revés) y en los cabales ninguna reflexión que se entorche. Colgaduras en los grifos: destinos de ámbar y una vez luminosos. (Una enormidad que se balancea para ser enquiciada, haya o no haya estancia). Desde después, haría falta una sirga en el tránsito hacia la catarsis.

 

9

Cair donde las caídas ahuecan los braseros. Encabuyado, observo los bodigos sensibles a las cerbatanas. No ahondo en los capullos para no abultar la adivinación matinal. Volver con las vértebras devoradas por las lepismas y adoptar una actitud de consagración. Y me place un xantoma sobre el oficio afilado o me detallo en filigranas de adherencias con cánticos y rociaduras.

 

10

Aderras en el mío altar más que en el suburbio de los anuros. De la topografía me nutro con los afilones de sabias tendencias. De modo tétrico, alguna fémina detesta mis testículos sin que ellos la hayan perjudicado en nada. Mas así las cosas, recojo los liñuelos y formo arterias y suturas. ¿Acaso no he instalado las hipóstasis con las personas que me moran? Y mis congéneres se guindan.

 

11

Caso en las lumbres con los quipos que recibí del ancestro del inca. No puedo partir mientras mi saliva no escurra, hilo a hilo. Entretanto, inspecciono, conspicuo, las cocuizas que batirán los vientos hasta convertirlas en ariques. (La ardentía me adelgaza y en ello me va lo mordaz). Para soltar estrellas estoy dispuesto en cualquier momento y para enlazarlas después también.

 

12

Mecapales o pabilos, enyesados o imaginados, pero, sobre todo, abundosos en su reproducción. Desde lo serófilo, una asepsia y un trocoide: ambos semejantes en lo no común. Y miren que me aguardo de hemorragia arenal, cabeando lances de argollas o de calcetines. ¿Y por qué no diseccionarme para descubrir las queratinas olorosas a cuescos y a estigmas?

 

13

Se apean las anguilas a través de las celofanas y, al final, les fluyen azúcares y jabones. (Antes el aspecto de mi panoplia no requería cadáveres de papagayos). Existen pieles que se aplican a la desnudez y se arruinan sin bailes mediante. Otro miope que no seré yo expondrá la opulencia de los rebenques y, allí mismo, rumiarán las bestias del amarre, apretaditas, adoleciendo de viajes.

 

14

Bastantes calzaderas, casi abiertas, nominadas para las prácticas a oscuras. La luz ya se ha dislocado y la lesión resiste la maesilla. De manera furtiva, hilomorfismos desplegándose en abanico. Por el estío hablan los cedazos y dicen de lo concerniente al antídoto contra lo sequizo. Y al costado, capricantes de soplo y bufanda: sucedáneos de altura en estado de farfullar entre maromas.

 

15

Mi peso colgado de la flexibilidad de los elementos y latigazos para que se expandiera más y sufriera. Es una materia que en nada me atrae, pero que resulta balido cercano de carnero. Más sencillo sería un alambre, pese a su encendida vocación de encenderse y torturar. Ya las fanegas han acontecido sin dejar rastro; ya mi antiguo tambor no resuena por falta de impulsos mullidos.

 

16

Cumplen los penados con el acuerdo y ni éste ni aquél se comunican a través de sogas. Desde la cima, con apariencias, de las montañas, se vislumbran arcos formados con piolines. Seres de la extrañeza esgrimen sus cuchillos de liaza. La bruma se apiada de sus empleos, aunque después deba disiparse. También se contraen los espantos hasta el límite de desprender virutas reglamentarias.

 

17

Saltan la cuerda las niñas dentro de las bóvedas y les arrancan compases de cuidado. Las tablas del piso retumban: truenos de un cielo soldado al suelo. Los tendones de las niñas dilatan sus horizontes con crispamientos llamados criznejas. Y sus vientres van a lo alto y perduran en lo bajo, mientras espasmos con cautela voluntariamente se asombran. Y en sus ruedos se albergan sarrias con granos.

 

18

Trazos estirados para los volatineros con los atributos del macho. Secos tabiques debajo, con esteras de atocha. Entre movimiento y temblor, unas poleas perdiendo esmalte y una escena signada por ecuaciones. Rigor sin disciplina que el halago corroe; examen que transcurre con los tobillos trabados. Más inmediato al centro de la pista, obra un decidor de lo oculto tras los mecates del frío.

 

19

Suyos y muy cuerdos remiendos. Las señales avanzan ya curadas y lo común se entiende sin recurrir a mugidos. Las trabazones se medican con total fidelidad a los patrones tirantes. Mucha instancia y pocos anzuelos y las orillas se cansan porque no las pescan. Hay equívocos de lana y los necios se los enajenan. (De pronto, me acuerdo del loco que tragaba cabos de forrajes y luego eructaba a placer).

 

20

Cogitaba el que generaba cruces repentinas y verecundo se desligaba del símil único de los tormentos y se relajaba con ausencias de esguinces, absorto en la salvedad de las mayúsculas cuerdas. ¡Al cuerno con los cordones y que el cuerpo sea su inefable coraza! La prudencia no puede instrumentarse con el solo juicio cordillerano y para cuento, una excoriación ha de salir cundida.

Wilfredo Carrizales
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