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Moho sin albur

lunes 23 de enero de 2023

Textos y pintura matérica: Wilfredo Carrizales
Moho sin albur, por Wilfredo Carrizales
Pintura matérica: Wilfredo Carrizales

1

Mojo el bizcocho en la punta del hierro y recibo un puñetazo. Parece que gesticulo. Me muevo y no me preocupo. Creo en las vaharadas de la humedad que se anuncia. Aguzo mi cuerpo para afilarlo, para embestir con él a los que se atrevan a mofarse. (Desde un mogote deriva la avidez que me come). Avanzo seco, no reblandecido y en mi misma nariz el disgusto me juzga.

 

2

Se enmohecen los límites de la moderación. Las herencias tienen sus modos para hincharse sin letargo. Un enojo se trunca y gana parentela. Mucho extiendo mis mofletes ahora o hace un momento. Me figuro un búho carente de forma, pero las orejas se insinúan con el influjo de una vista mocha. Aterciopelo los mitones para encontrarme con las gatas y sentir sus suaves vulvas.

 

3

La modorra es mi triunfo y tranquilo me mistifico. Echo al suelo las ganancias de las momias y sus músculos de falsía se hunden dentro de los maderos. Bajo mi concha me consisto, aunque me altero. Si me traicionan los “mulos” les estropeo los vientres. Sobre anejos tejados averiguo lo magro de las inmundicias y las redondeo con intención de salir en las crónicas de los monaguillos.

 

4

Mohíno, recomienzo la herrumbre con ventajas de capas. Después resisto los períodos que suponen riesgos de inmersión. Lo grotesco de los beatos se expele hasta dañarme los ojos medianeros. ¡Cuánta falta me hace un asta para enfadarme sin estarlo! Más si por el frontón adelanta una figura de niño que pica con caricias de ajíes. (Anhelo un mojito mientras la furriera me da palmaditas).

 

5

Descompongo mi organicidad y la reparto entre viradoras y untuosas: para que se sepa del mol tras los cabellos. Las baldosas se tornan sombrías: licopodios hartos de murria. ¡Ah, mis silencios y mis armónicos suspiros! Y la música que la caspa propaga libérrima. Opto por apretarme las plantas de los pies y trato de transcribir sus pulsaciones, sus quiebros al margen de intervalos.

 

6

Vientos de una clase con resonantes bríos. A contratiempo, concuerdo. Llevo el compás de los preludios del rizoide. ¿He de aplicarme adjunto a los triángulos que se mustian? ¿He de convencerme de la mutualidad de los troncos y las moscas? ¡No estoy para solfeos! ¡Es que ando particularmente de algas sin natura! ¡Soberbia sobarba lanzada hacia el hospicio de los trinos!

 

7

Sospecho persecuciones de los hitos humedecidos. Medro y mudo de ropa y paso a significar “trasladador de cortezas” y otros embargos se me ajuntarán más luego, más de carga mediante. Suelen ser mis orejas traicioneras, pero les prohíbo amusgarse y les recuerdo su fealdad. Cuando emponzoñen los murmullos sabré el nombre de la muñeca que se complace muriendo.

 

8

Desafiados los atrios por las tristezas de los musgos. Supongo un éxito de sombras y de pezuñas. Cuando se rascan los suelos surgen formas que crecen incitando estemas. En algo se rompen los moldes del cardenillo. Por donde solían emerger las fungosidades, ahora salen lombrices que tragan ozono. De manera plausible, contemplo lo que puedo y si no, levanto prisas que se tronchen.

 

9

Olor de mojaduras sobre la pátina al grueso modo. Muchos engaños aquende los vapores y nada cuenta durante el desplazamiento de los muros. Dentro de jarras acervos del robín, en la infinidad de lo desflorecido. Mas intuyo una giba que chapotea en un barro transfigurado. Me quito de en medio y mido los haces que aciertan a marchitarse. Un difunto se aja y acudo a él para retar lo muelle.

 

10

De la conveniencia de mi estro en muda humectancia, sólo el intérprete de los engorros aclara un tanto. Mi lujuria evoluciona y se renueva mientras desfallecen los crucificados. No me niego a la evidencia de lo azaroso. De mis añoranzas, doy señales en las noches nutricias, ésas que reglamentan ritos o recetas. Y la ponzoña es lamida por el dócil murciélago en su embarazo.

 

11

Mañana me envicio con las tildes, aunque sean opacas, de arúspices anteriores. Porque las manchas continuarán su dialéctica, a pesar de los dilemas de su propagación. Mas aquí, en esta esfera que me soporta, lanzo los deslustres al vacío, con la esperanza de escuchar el eco de su desgracia. Patraña o no, acaso argucia, mis tajadas procuran la infección puntual y la ristra de escollos borbotantes.

 

12

Plomizo, a la usanza de lo profano en hervidero con rincón. Viajo encima del carromato de las palabras más convulsas. A dos velas, boto y reboto sin sosiego. ¿Cómo atajar esta fiebre que demanda mi paladar? ¿Atando cábalas? Por dentro, ostento unos flecos de analogías y en mi sangre circula una estancia de alucinación y recelo. Por lo regular, huelo los musgos más severos.

 

13

¿Cómo ha de ser la circunstancia de la cárcava? En las rodillas, se agita un vocerío con acordes de sustancias en repliegue. Entre todas mis briznas, escojo siempre a las consumadas en el umbral. Por la boca, me jubilo y los frutos se vinculan a sus zumos. ¿Y debo coser mi mochila para no zozobrar con traspiés? Empero, la viscosidad se angosta para no redundar en destellos renitentes.

 

14

Soy gente de herramienta y de sentimientos. La bilis fraterniza con los helechos y entrambos pulsan las asperezas de lo rudimentario. Excito la fogosidad del cobre culpable y no excluyo su innoble alegato. Al guiñapo en su cuna le aplaco los despojos. Categórico, irrito a los desconocidos y conservo la quietud con pesquisas asaz factibles. A conciencia, accedo a la fundición del círculo.

 

15

Mucílagos en las ventanas que apenas giran. Estoy sobre un escabel y siento que permanezco dentro del cuerno de la abundancia. Del mutismo no me saca nadie. No me comprometo a invalidarme: fabulosamente me interpreto cual gemelo inspirado. Y es que mi carnadura muerde con sus homofonías y no hay disyuntiva que se aduzca. (Quizá más luego transite un tono verdiseco).

 

16

Niebla doméstica al alcance de la gravedad. Ocio de prudencia y un temblor en su obra mística. En la costumbre, brevedad de las cutículas que suplican, pero no espantan. Calentitos los vestigios de lo imperceptible: al unísono se retuercen sin salida. El deterioro narra sus influencias y exhibe su poderío. Unos legajos mohientos privilegian su inmunidad y esparcen dogmas a granel.

 

17

Tedio de la censura. ¿Instaurar la sedición, el repudio con astucia? Se reaviva mi habitáculo y la aguaza mortifica con su sinuosidad. Se untan las mudanzas de las cisuras en el instante cuando se chafla el hollín. Con el mío colutorio no plaño: sólo ideas emboscadas tras las noticias. (Se comenta que mi efigie ensordece ahíta de señas). Dos suelas entre sí recaban materia para un raciocinio.

 

18

Del arte de la estupefacción al lance del embrujo. Y una horchata persuadiéndose dentro del bofe. Me sumo por entregas; me zambullo con una resignación de caducidad. Oigo la vehemencia de las fragancias advenedizas; tanteo los sabores de los llantos lucrativos. El holgorio tiene que arracimar su lotería, entretanto las exquisiteces del pañuelo mezquino se delatan por su sobrada virulencia.

 

19

Musgos circuncidados de modo magistral y mi suelo —oriundo de la astrología— es penetrado por la nequicia. ¿He de maldecir el extenso sino en contra? Claro que la madrugada me otorga un imperfecto refugio, pero siendo así, lo acepto. Estaré de semilunio con nimbo y membrana de texturas torpes. Estaré de alivio sin exequias, pero con lubricidad tan necesaria como un centelleo.

 

20

Aventado hacia la lama de la red: traspaso mi sanción y me torno adepto de su largueza. Un toque de campana (¿diminuto, dilatado?) me hace chispear sobre los meandros gemebundos de la alfombra. Respiro y aguardo la moratoria. La mugiente mugre me turba con su reforma, ya, todavía, amparada por el garbo volandero y el alarido que despunta en el altar de la sala insinuante.

Moho sin albur, por Wilfredo Carrizales
Pintura matérica: Wilfredo Carrizales
Wilfredo Carrizales
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