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El hombre sale a mirar cosas, a vagar…

lunes 13 de febrero de 2023
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Textos y collage: Wilfredo Carrizales
El hombre sale a mirar cosas, a vagar..., por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

I

1

El hombre sale a mirar cosas con el raciocinio aceptado en el género. Es una criatura con una virilidad entre vulgar y manida. Ojea las calidades de las sustancias y entra en juego con ellas. Se avizora con un bastón en la mano que le otorga ambigüedad. Acecha los encadenamientos del devenir y pone cara de circunstancias. Bornea el cinismo a la manera de un bálsamo que lo alivia. Camela coaligado con los azotacalles y un deliquio lo turba por instantes. Contempla la que podría ser una epifanía del cielo y se congratula de pertenecer a los habilitados.

 

2

A vagar, sin recusar nada, se dedica con la obviedad de los atardeceres. Anda con el destino engarzado sobre los hombros. Falto de prisas, precisa la condición de holgazán y se asolea con los postreros resquicios de la luminosidad. Se mueve, ajustado, a la parsimonia, a lo lento de las vaharadas de vapor rehumedecido. Y baila con soltura cuando se topa con alguna música trashumante. Mangonea hasta los ratos de laxitud y amplio bostezo. Erra con la ausencia de yerros y vadea, acompasado, el río pavoroso de vehículos en las avenidas más riesgosas.

 

3

Hombre aunque sea gentil y lo ilustre y lo eminente no se le note. En su estado de bondad pasa desapercibido y entonces se concilia y media entre los manejos de los “sabios” encima de sus sillas. Nunca irá a la guerra, pues las piezas de sus armas siempre aparecen incompletas. Siendo hombre de bigotes, pugna también por serlo de barba, patilla y copete. Su obligación no suele ser la puntualidad, mas la arrogancia le retuerce la faz desde los ojos hasta los labios. El buen porte no aparece por ningún lado y, so capa de “versado”, la severidad lo desarticula y lo hace tender hacia la terriblez. Con su escaso talento, se calza los zapatos nimios y huella las costumbres al uso.

 

4

Hombre del campo de las elucubraciones y de las facultades sesgadas. Ni en su corazón se manifiesta la autoridad y así continúa profesando el anhelo del provecto en cierne. Hombre que se va al fondo, con el dinero acaudalado o con la distinción de miseria y tacañería. A su modo, hace nacer la categoría de lo ridículo y acierta a doblar la espalda para que la orinen los perros. El respeto no le concierne y sí los negocios donde se burla burlando. Llega a pobre con la carrera de amplias zancadas y después saca el pecho de quejas constantes y huérfano de serenidad.

 

5

Hombre de la distinción de manos, no dedicado a templarse, sino a contemplarse: fósil esmirriado ante un espejo de arqueología infinita. Pretende referirse, sistemático, en la cronología de lo espiritual y sólo se data en el encuentro con su cráneo ya agujereado. Hombre indicando lo absoluto de su necedad, soldado a la estulticia y babeando enjutez. Gafo y adolorido y con perenne irritación desprendida de los ijares. Horizontal para ser montado a horcajadas y ser fueteado por todos los ángulos de sus nalgas falibles. Muñeco para la guasa de las esquinas y su propia casa.

 

II

1

El hombre desemboca en los hondillos de la entrepierna del bajo mundo y reconoce la validez de su audacia. Cual gamberro se divierte y se emborracha con desparpajo. Se entrega de todo corazón a la causa de la putería. ¡Helo ahí pugnando por no disecarse! Blasfema y se las da de componedor y se balancea en su automóvil sin ruedas. Alomado y buchón, se aprieta los codos y persigue un decomiso de costras. Las mentiras se le emburujan y él se hincha de vanidad.

 

2

Escruta y esputa el hombre con abominación peluda y eccematosa. Anhela la puerca sobre las brasas, chorreando manteca sin escollos. En las aceras se desinteresa por lo de arriba y lo de abajo. Posee una herramienta para regenerarse, pero no la muestra en público por temor a pervertirla. La licantropía le acosa en cualquier momento y entonces aúlla envuelto con hojas de periódicos. Después dice que estaba bromeando y que tiene autorización para hacerlo a su gusto.

 

3

Fariseo con traje de atracción, el hombre se orienta en las malandanzas y cancela el pudor con billetes rescindidos. Cambia sus caretas, pero siempre le resalta su falsía, aunque se designa “señor” y se señala con el dedo pulgar. Nacido para lo licencioso, en él predomina el primate con lenguaje de homicida. Protesta a gritos cuando nadie admite la categoría que enarbola. El agua le disgusta y se empeña en no tomarla, mas si se descuida, alguien se la vierte encima y él no se da por aludido.

 

4

Se desgonza y no se amortigua. Al hombre se le descompone el cuerpo y trata de contemporizar con su tragedia. Insidioso, masculla las palabras hasta hacerlas hervir sobre la lengua. Ocurre, creyéndose a salvo del destino, mas el tizne lo aguarda en inesperada vereda. De continuo, se imagina ser un estatuario y en esa posición se expone con frecuencia al ridículo. Los dioses atentan contra él y disminuye su jactancia por momentos y, de improviso, vomita sus improperios.

 

5

Individuo de la horda moderna, el hombre horripila y así mismo se humilla. No obstante, se ofrenda homenajes al macho de hocico y legaña. ¡Y mírenlo cómo se acuesta junto con el chapucero, cómo cohabita a toda costa! ¡Y ni hablar de cómo se apea las orejas y se anuda el cogote! Llega a tener su barriga agredida por cacharros y cubierta la cara de cachetadas y cebada la jeta con pringue y mayonesa. El hombre deambula de la cocina al comedor y en el tránsito se vuelve antiguo.

 

6

Sale caro y sale fallido, el hombre arrancado de la cama a salivazos. Un garrotazo le adviene del techo y él lo disculpa para que no haya jaleo. Mas vocifera y se viene en picado: terrón de angustias sin límites. Toma un peine y se entera para qué sirve. Amenaza con rastrearse la escasa cabellera, mas, al cabo, se sujeta, quedito, a la reiteración. ¡Ah, pero el impostor ya está baldado y el ambiente se le torna irrespirable! (Echemos un vistazo por la ventana: acusamos su sensación de cosquilleos, mediatos y consuetudinarios; advertimos sus pestañeos de pajarraco en ascuas; intuimos su cuello sobrecebado; de hito en hito, revisamos su pellejo de perro rascado; penetramos en el interior de sus órbitas extraviadas…). El hombre quisiera mimetizarse: miriñaque con afectación y oloroso a narcóticos, ofiólatra, pandero de burdel, rabihorcado, secretor de infundios a domicilio.

 

III

1

El hombre (¿ser racional?) se agasaja en permanente tributo a sí mismo y aparece retirándose hacia la salvación inocua. La pobre criatura recrea la historia con mórbidas narraciones y la ilusión no se le separa del pecho. Se enciende el alma frotándosela con las yemas acuchilladas de los dedos. Escondido en los rincones, resuena con el viento sombrío y se le enturbia el poco entendimiento. Se agacha y se cerciora de estar solo y apunta: “No gano nada cayendo, pero trabajo mi polvo pugnaz”.

 

2

De provecho, ni una pizca: el pobre hombre, el macho feo de afuera y de adentro. Luce sus venas y sus arterias en acatamiento de necropsia que ambula. Se escucha al borde de las calzadas y en su torpeza estriba lo que se le desvanece siempre adelante. Muere de fragilidad y de duda y de contrición inane. En cada perdición surge con un nuevo crepúsculo que lo inquieta, que lo acecina. Entre penumbras, se consuela, muy callandito, muy tumbado y su apocamiento es su cataclismo.

 

3

Prójimo vano, de navaja con herrumbre y fórmula de antojos. Se irá con la intensidad de los rumores del entorno. En marcha, plañe; en quietud, plañe más. Llora con las tristezas menos fugitivas, aquellas que le oprimen las sienes. Suele abrirse a todos los delirios y pregona su suerte en las escalinatas de las iglesias embalsamadas. Cual tronco añejo que cruje de continuo, le rechina el aspa que le sirve de armazón y, no obstante, respira en procura de un vendaval o una borrasca menuda.

 

4

Jamás “seor”: ente menoscabado, sin haz y sin envés, rasgando “hazañas” de trivialidades. ¡Y da pena la caja negra que lo sigue a todas partes con teclas sonoras! Mustio, yace encorvado bajo una luna que se agosta sólo para él. Huele misterios entre enramadas de las plazas y de sus oídos brotan fluxiones que lo acosan y lo conturban. Tardío es su panorama de mudeces y de abatimientos, empero él anhela consumirse en un sumido santuario, donde haya un resplandor impuro.

 

5

No repara en dichas, ese viador, ese mortal trasbandado, murrio. Hombrecillo al agua, de letras flojas y de un micromundo de regresiones. Llaga y pátina en su impensada primavera. Preso del círculo del abandono con canes resoplantes y encadenados a su esfinge. Ése que escala prisiones en sus cercanías y las evoca después para palpar su tragedia y su ardor y su pantano. Luego recibe su alimento de los hierros, en todo momento dormidos, y a él le salen ojeras para terminarlo de volcar.

Wilfredo Carrizales
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