Publica tu libro con Letralia y FBLibros Saltar al contenido

Ocasiones remotas

lunes 2 de octubre de 2023
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

Ocasiones remotas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Originariamente aquello no me inducía y por entera la victoria era mía. Por los aires, los olvidados cuentos; por los terrenos, los sones y las sirenas. Comprobaba que había islas con sólo presionarme las sienes y las enumeraba y partían. Fui autor de testimonios en parques escondidos, donde los domingos apenas se insinuaban y donde se oían sonidos de ocarinas y de zampoñas. Golpeaba las sombras de puertas en riesgo, aunque sospechaba que llevaban largo tiempo extintas. Las coyunturas insinuaban sus contingencias, las mismas que me causaban desazones y fastidios. De lance, me recomendaba alegorías para usarlas orientándome hacia poniente y el poderío del invierno se tornaba universal. Lo más difícil siempre fue exponerme a la pérdida de mis meridianos, pero, occiduo, trastornaba mis huesos hasta aislarlos del entorno. Se comprende que dentro del ámbito que escogía para mi tráfago la paz era espesa y extensible.

 

2

Oscilar en el interior de un cono y estudiar su sensibilidad a los cambios de la luz. Cabecear como si estuviera agitado por olas cautivas. Desviarme hacia los campos golpeados por la electricidad surgida de ecos multicolores. Mi cerebro me permitía imaginarme las más sorprendentes situaciones. No perdía ocasión de atravesar los círculos asesinos y los sitios invadidos por recuerdos de añejos tributos. Supe del último carácter de los pueblos de la montaña y, por descuido, bostecé y se perdió lo propicio de mi hallazgo. Me solazaba en descargar los árboles frutales de los jardines que miraban hacia los deltas de los ríos perturbados por descomunales corrientes. Aprendí a sacar chispas de los pedernales, a imantar llaves de líneas longevas, a hablar bajo la descomprensión de la atmósfera, a registrar bucles de féminas que reptaban entre la hojarasca… Y así, sucesivamente, subsistí, ya a oscuras, ya a merced de fulgores.

 

3

Por mi afluente me comunicaba con la laguna de las galliformes. Allí me volvía animal rapaz o piedra señalada. Me solazaba —vuelto hombre de nuevo— coleccionando valvas y restituyéndoles sus perdidos brillos. Amante de los glifos, los recolocaba donde resaltaran incluso de noche. Participaba de numerosos santuarios dedicados a las deidades del subsuelo y la ventisca. Mi tendencia a mutar no se detenía y establecía contratos con potencias anónimas. Un hacedor de prodigios me sostuvo en mi adversidad y se lo agradecí obsequiándole una joya engastada en platino. (Él murió después de edificar su propio templo ubicuo). Durante mis paseos estallaban los silicatos en miles de cristales traslúcidos y de la lluvia resultante mucho después se conseguían amasijos verdiazules y rojinegros, los cuales me servían para hacer amuletos y sortijas. Llegaba a beneficiarme de la concurrencia de tantas cosas indóciles que la perfección no aparecía.

 

4

A base de confianza, el cobre circulaba por mis predios. Obtenía aleaciones con él y en el país sin fronteras trataban de imitar mi trabajo, mas no lo conseguían. Los tontos me seguían por doquier, tratando de robar mis secretos y mis mastines los mantenían a raya. Hubo un año en que adelgacé muchísimo y temí por mi vida. Afortunadamente mi orgullo me salvó y continué frotando el metal con agua regia. Mientras más la probaba, más me resultaba exitosa. Me adaptaba a los vaivenes del mercado y a los peligros de las emboscadas. Algún adinerado quiso convertirse en mi patrón y rápido me lo quité de encima. Sólo conociendo el rudo trato del cobre fui capaz de domeñarlo y ponerlo a mi servicio. Jamás me encaprichaba con novedades incongruentes y proseguía por mi ruta trazada a pulso y con abundante sudor. Cada amanecer recibía a la orilla del pozo del sol los mensajes que, en lenguaje sobrio, me transmitían los espíritus de los forjadores.

 

5

Ocasiones remotas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Pitonisas de gran tamaño creciendo entre oráculos: las encontraba confiadas, pero encantadoras, en los altares de los botijos, cercanos a la línea ecuatorial. Ellas contaban los días y luego los introducían en el interior de grutas tiznadas por cenizas de restos óseos. Desde promontorios de tierra pronunciaban sus adivinaciones y, en breves instantes, volaban flechas en todas las direcciones. Les proponía sarcófagos que después eran llamados con nombres inextricables. Ayunaban ellas con frecuencia, pero cuando se alimentaban escogían los cervatos más opulentos. Unas veces u otras danzábamos juntos tocando cuernos y pitorreando y nos renovábamos escupiendo dentro de hoyos excavados en las laderas. Ellas pasaban por ser mis madres, aunque nunca me hubiesen destetado y mi lengua sobresalía a la espera de gotas de leche que jamás descendían de sus pezones bien diferenciados. Las perdí de vista un otoño y no aparecieron más.

 

6

Nacieron de imágenes apenas esbozadas y sus modificaciones fundamentales les competían a los más humildes. Escalonaban y se vinculaban de modo relativo con la naturaleza que se reemplazaba de continuo. Superando mis temores me acercaba a su materialidad evanescente y me favorecía con la autonomía de las convenciones que esgrimían. Algunos de ellos poseían sentimientos mayores, los cuales superaban cualquier esquema previamente concebido. Su dinamismo resultaba irracional por la discontinuidad. Me iluminaban con cirios tratando de adscribirme a sus iconografías, empero me debatía y fingía un dramatismo enérgico. Sus formas redondas me impresionaban de manera extraordinaria y en ello fundaba yo mi exaltación al contemplarlos. Me consideraba muy afortunado por habérmelos topado en aquellas salas monumentales con muros y fachadas con decoraciones, en donde el ritmo de las líneas constituía un lenguaje de parsimonia.

 

7

¿Triunfaba la muerte a pesar de sus numerosos epígonos? Observando los más distintos rostros y sus expresiones no extraía yo ninguna conclusión fatídica. Por el contrario, era la vida la que se imponía con sus victorias en todos los escenarios. Y así, sonrientes fisonomías se desplegaban al unísono con amables y agradables animales y plantas. De modo preferente, los espíritus asaz profanos se evadían de las simetrías y lanzaban sus alientos encima de las formaciones estáticas y las hacían hincharse de dinamismo. Luego las mutuas influencias de los vigores vitales eran elocuentes y pugnaban por hacer brotar sugestiones de la sensualidad. Siempre aumentaba el frescor y su continuación invitando a la primavera a desarrollar o expandir sus voluptuosidades y sus desnudeces. Ciertos fenómenos al margen también contribuían con sus equilibrios y quietudes al esplendor y difusión de lo vivífico y la savia de su fisiología.

 

8

En las ruinas, el amor y en el lago los gansos desplumándose. La madre besuqueando a los hijos y éstos, hastiados, se frotan las mejillas con lodo. Deambulan unos cantores con extrañas máscaras y la madre arropa a los niños y quisiera que apareciera una vendedora de frutas. El paisaje se desmorona con lentitud y el atisbo de unos cuervos anuncia luna y estrellas picoteadas por la inminente oscuridad… (Se mecen unos peces sobre algas que no se asientan. Un hombre con una oreja cortada escudriña la lejanía cubierta con girasoles. A semejanza de una cabeza de un Cristo un tronco llama a la carcoma). (En otra parte, una joven se imagina vestida con una bombacha colorada y, de pronto, un rubor sube a su tez). La madre hala a los hijos a través de un pequeño puente de hierro y en las orillas del río insinuante unas recolectoras de moluscos no se atreven a saludarla. En sus nidos, unos polluelos de garza desean amotinarse y la madre lo lamenta y calla.

 

9

Remar un bote para sufrir la influencia de una teosofía abstrusa produce un desconcierto de amplia magnitud. Sin embargo, una familia de cuatro miembros se dedicaba con frecuencia a ese menester y no adelantaba en ninguna revelación y más bien retrocedía en el avance de la barca. El padre insistía con los remos y le daba excesiva importancia a su intuición, mas el contexto en el que se movía con el resto de la familia, espacialmente, no lograba aserto alguno y además se repetía la tendencia hacia el hundimiento de la verdad. El fenómeno coincidía con el vuelo de la fe y, de un modo cierto, se experimentaba un interés oculto que no podía ser aprehendido. Ninguno de los integrantes de la familia quería convencerse de lo superfluo de su accionar y ni tan siquiera deseaban aproximarse a la representación de un fallo, por lo demás muy natural. De esa manera, su “misticismo” perdía lustre y toda la embarcación propendía a irse al fondo del embalse.

 

10

Ocasiones remotas, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Disímiles elementos involucrados en el momento en que la luna llena, enorme y amarillenta, se elevó repentinamente sobre los tejados de las casas de dos pisos. Los conejos que correteaban por los jardines enloquecieron y se pusieron a agredirse de modo inusitado. A algunos hasta se les desprendieron las cabezas. Los niños presentes estaban pasmados por el terror y fueron incapaces de gritar. Los perros se dedicaron a circuir sin descanso las edificaciones hasta que cayeron al suelo con los pulmones reventados. La luna apenas se movió unos centímetros. De su superficie parecieron brotar unas hormigas de cuerpos muy cohesionados que, en cuanto tomaron contacto con la tierra, comenzaron a excavarla y a lanzar pedazos de terrones. Los adultos miraban la televisión y de nada se enteraron. Sólo los infantes permanecieron como mudos testigos en medio de un caos que no pudieron explicarse y que, a la larga, afectó con profundidad sus vidas.

Wilfredo Carrizales
Últimas entradas de Wilfredo Carrizales (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio